LOS NUE­VOS CA­POS DEL NAR­CO GA­LLE­GO

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine | A Fondo - POR NA­CHO CA­RRE­TE­RO

Los Pas­te­le­ros, Os Car­ni­cei­ros, Os Pa­na­dei­ros... no son ofi­cios. Son los nom­bres de los ac­tua­les cla­nes de la dro­ga. Tras la Ope­ra­ción Né­co­ra en 1990 –con la de­ten­ción de Lau­reano Ou­bi­ña, Ma­nuel Char­lín y Si­to Mi­ñan­co–, los nar­cos ga­lle­gos des­apa­re­cie­ron de los ti­tu­la­res. Pe­ro los ca­pos nun­ca 'mue­ren'. Se re­ge­ne­ran. Un li­bro, 'Fa­ri­ña', de Na­cho Ca­rre­te­ro, lo cuen­ta.

TO DO ES­TA­BA PRE­PA­RA­DO EN MAR­ZO DE 2013 PA­RA EL JUI­CIO QUE DE­BÍA ME­TER EN­TRE RE­JAS A ÓSCAR RIAL IGLE­SIAS, ALIAS ' EL PAS­TE­LE­RO', « EL CA­PO MÁS PO­DE­RO­SO QUE HAY EN GA­LI­CIA AHO­RA MIS­MO » , COMO LO DE­FI­NE LA GUAR­DIA CI­VIL.

Se lo acu­sa­ba de ha­ber in­ten­tan­do ali­jar 3000 ki­los de co­caí­na a bor­do del pes­que­ro ve­ne­zo­lano San Miguel. Jo­sé Luis Fer­nán­dez Tu­bío, un miem­bro de la or­ga­ni­za­ción de Los Pas­te­le­ros que ha­bía par­ti­ci­pa­do en el in­ten­to de des­car­ga que frus­tró la Po­li­cía, de­ci­dió 'can­tar' al ser de­te­ni­do. A cam­bio, el tri­bu­nal le pu­so a Tu­bío pro­tec­ción per­ma­nen­te. Un gru­po de po­li­cías acom­pa­ña­ba al arre­pen­ti­do día y no­che pa­ra que el tes­ti­go cla­ve lle­ga­se de una pie­za al día del jui­cio. Cua­tro días an­tes de que arran­ca­se el pro­ce­so, Tu­bío se es­fu­mó. Se­gún pa­re­ce, pi­dió a los es­col­tas que lo de­ja­ran un ra­to so­lo to­man­do unas co­pas por Boi­ro –su lo­ca­li­dad na­tal– y no vol­vió. Sí lle­gó al tri­bu­nal una carta del des­apa­re­ci­do en la que ex­pli­ca­ba que to­do lo que ha­bía con­ta­do era men­ti­ra. El Pas­te­le­ro fue ab­suel­to. De Tu­bío se di­jo que es­ta­ba en el Ca­ri­be dis­fru­tan­do del di­ne­ro que se lle­vó por la es­pan­ta­da. Pe­ro ha­ce unos me­ses lo de­tu­vie­ron en un con­trol de Po­li­cía. Se nie­ga a de­cla­rar. El que sí de­cla­ró fue Jo­sé Isa­sis Gon­zá­lez, un nar­co co­lom­biano que for­ma­ba par­te de la tri­pu­la­ción del bar­co abor­da­do. Fue el úni­co que acu­dió al jui­cio con­tra Los Pas­te­le­ros. Apa­re­ció el 10 de ju­nio de 2014, sin vi­da, sin pier­nas y me­ti­do en un con­ge­la­dor de Pon­tea­reas. Aunque los in­ves­ti­ga­do­res no sa­ben se­gu­ro si su muer­te tie­ne re­la­ción di­rec­ta con el clan ga­lle­go, la co­sa 'mos­quea'. Lo des­cri­to en los pá­rra­fos an­te­rio­res no pa­só en Si­ci­lia o Mé­xi­co. Ocu­rrió en Ga­li­cia. Y ocu­rrió ha­ce unos me­ses.

EL ETERNO RE­TORNO. La ima­gen que se trans­mi­te hoy es que el nar­co­trá­fi­co en Ga­li­cia es pa­sa­do. Y no. «Yo te di­go que hay mu­chos más cla­nes y es­tán or­ga­ni­za­dos», ase­gu­ra un agen­te de la Guar­dia Ci­vil es­pe­cia­li­za­do en la lu­cha con­tra el nar­co­trá­fi­co. La Ope­ra­ción Ta­bai­ba, lle­va­da a ca­bo en 2010 por los jue­ces Jo­sé An­to­nio Vázquez Taín e Ire­ne Rou­ra y la cual de­bi­li­tó a los cla­nes que ha­bían to­ma­do el re­le­vo de

EL ÚNI­CO TES­TI­GO QUE DE­CLA­RÓ CON­TRA EL PAS­TE­LE­RO APA­RE­CIÓ SIN VI­DA Y SIN PIER­NAS EN UN CON­GE­LA­DOR. NO PA­SÓ EN SI­CI­LIA, SINO EN GA­LI­CIA HA­CE ME­SES

los que ca­ye­ron en la Ope­ra­ción Né­co­ra de 1990, mar­có un pa­rón en el nar­co­trá­fi­co ga­lle­go. Los co­lom­bia­nos bus­ca­ron al­ter­na­ti­vas, sin éxi­to. «Pro­ba­ron con Áfri­ca y con An­da­lu­cía, pe­ro aca­ba­ron es­car­men­ta­dos –afir­ma un juez–. Ha­ce dos años las FARC me­tie­ron 20.000 ki­los de co­ca por Áfri­ca y les ro­ba­ron un 20 por cien­to. Eso no les pa­sa en Ga­li­cia. Por eso es­tán re­gre­san­do». Lo co­rro­bo­ra Fé­lix Gar­cía, je­fe de la Uni­dad de Dro­gas y Cri­men Or­ga­ni­za­do de la Po­li­cía Na­cio­nal (Udyco) has­ta ha­ce unos me­ses: «Sí, es­tán vol­vien­do. Siem­pre que pue­dan van a aliar­se con los cla­nes ga­lle­gos. Son mu­chos años de en­ten­di­mien­to». Se­gún da­tos de la Guar­dia Ci­vil, el 80 por cien­to de los bar­cos con más de 2000 ki­los de co­caí­na que se apre­sa­ron des­de el año 2000 has­ta hoy di­ri­gién­do­se a Eu­ro­pa iban a Ga­li­cia. Los da­tos son po­co dis­cu­ti­bles.

LO QUE CUE­CE EL PAS­TE­LE­RO. En­tra­do el si­glo XXI, Óscar Rial y su fa­mi­lia eran unos sen­ci­llos pas­te­le­ros de Vi­la­gar­cía. Hor­nea­ban bo­llos, ho­jal­dres y em­pa­na­das. Y mo­vían en­tre 15 y 20 to­ne­la­das de co­caí­na al año. La sos­pe­cha des­cen­dió so­bre la fa­mi­lia cuan­do en 2007 su nom­bre apa­re­ció en una ope­ra­ción po­li­cial con­tra otros cla­nes. Aunque el Pas­te­le­ro aca­bó ab­suel­to, aque­llo sir­vió pa­ra que em­pe­za­ran a vi­gi­lar al ti­po de los ho­jal­dres. Y des­cu­brie­ron que más allá de los pas­te­les ha­bía pi­sos, co­ches de lu­jo, in­ver­sio­nes y una mansión a las afue­ras de Vi­la­gar­cía. El Pas­te­le­ro ha­cía po­cas des­car­gas, pe­ro muy bien pla­nea­das. El gol­pe lle­gó en 2008, cuan­do las pla­nea­do­ras que te­nían que sa­lir a bus­car la co­caí­na del San Miguel se ave­ria­ron en ple­na ru­ta. Los tres pi­lo­tos aca­ba­ron de­te­ni­dos. «Sin lle­gar a ser una or­ga­ni­za­ción como las de los no­ven­ta, se con­vir­tie­ron en un gru­po muy fuer­te. Son lo más pa­re­ci­do a las an­ti­guas or­ga­ni­za­cio­nes», ex­pli­can des­de la Po­li­cía Na­cio­nal. Al­gu­nos agen­tes van más allá. El miem­bro de la Guar­dia Ci­vil que in­ves­ti­ga al clan se mues­tra con­ven­ci­do de que de­trás de Los Pas­te­le­ros es­tá Si­to Mi­ñan­co, uno de los tres gran­des ca­pos de los años ochen­ta y no­ven­ta. «Cree­mos que él es el je­fe. Y que lo di­ri­ge to­do des­de la cel­da». Hay ali­men­to pa­ra sa­ciar es­ta teo­ría: en 2010, Si­to fue tras­la­da­do a la cár­cel de Huel­va. Se des­cu­brió más tar­de que go­za­ba de to­do ti­po de pri­vi­le­gios en la pri­sión onu­ben­se, des­de te­lé­fo­nos has­ta per­mi­sos de sa­li­das. Dos años des­pués, ya en la cár­cel de Al­ge­ci­ras, Si­to dis­fru­tó de su pri­mer per­mi­so (aho­ra sí, ofi­cial) y pu­do sa­lir de la pri­sión seis días. ¿Qué hi­zo? Se fue a Ga­li­cia, cla­ro, y allí la Guar­dia Ci­vil con­tem­pló có­mo el ca­po se reunía con el Pas­te­le­ro. «Nos quedamos alu­ci­na­dos. Lle­va­ba 12 años en la cár­cel y lo pri­me­ro que ha­ce al sa­lir es re­unir­se con otro ca­po».

Pe­ro al Pas­te­le­ro no lo trin­ca­ron por aque­lla reunión. Ca­yó en di­ciem­bre de 2014 como caen ca­si todos: por blan­queo de di­ne­ro. El hi­lo des­de el que ti­ró la Bri­ga­da de Blan­queo de Ca­pi­ta­les fue una com­pra na­da dis­cre­ta: una mi­na de co­bre en la Re­pú­bli­ca De­mo­crá­ti­ca del Con­go. La in­ves­ti­ga­ción cul­mi­nó con una re­da­da como las de an­ta­ño, con he­li­cóp­te­ros y pe­rros, que pa­ra­li­zó Vi­la­gar­cía. De mo­men­to se sa­be que el Pas­te­le­ro em­pleó va­rias so­cie­da­des con ju­bi­la­dos como tes­ta­fe­rros, y se si­guen in­ves­ti­gan­do las nu­me­ro­sas em­pre­sas que po­see. En enero de 2015 sa­lió en li­ber­tad con­di­cio­nal des­pués de pa­gar 200.000 eu­ros de fian­za. Aho­ra es­tá li­bre, a la es­pe­ra de jui­cio.

LOS CLÁ­SI­COS RE­SIS­TEN. Con los nue­vos gru­pos per­vi­ven en la cos­ta ga­lle­ga dos clá­si­cos: Os Lulús y Los Char­li­nes. Los pri­me­ros son, a jui­cio de la Po­li­cía, el clan más en for­ma. Li­de­ra­do por dos her­ma­nos, Fer­nan­do y An­drés Gar­cía Ges­to, ope­ran des­de los no­ven­ta al ni­vel de los gran­des ca­pos de en­ton­ces, pe­ro han con­se­gui­do es­qui­var me­jor a la jus­ti­cia. Tie­nen una enor­me red de con­tac­tos en la Cos­ta da Mor­te, que con­tro­lan sin ape­nas filtraciones. El otro clá­si­co im­pe­re­ce­de­ro, el de Los Char­li­nes, es­tá di­ri­gi­do aho­ra por la ter­ce­ra ge­ne­ra­ción. El pa­triar­ca vi­ve, apa­ren­te­men­te, re­ti­ra­do del ne­go­cio y se de­di­ca a to­mar ca­fé en Vi­la­no­va mien­tras al­gu­nos vie­jos del lu­gar le pre­sen­tan sus res­pe­tos. El ma­ri­do de su nie­ta, Mar­cos Vi­go, es el que es­tá aho­ra al fren­te. Y eso que se en­cuen­tra en­tre re­jas. Jun­to con él, Jor­ge Du­rán Pi­ñei­ro, pa­re­ja de una so­bri­na del pa­triar­ca. En 2005 fue con­de­na­do a nue­ve años de cár­cel y es­tá a la es­pe­ra de jui­cio por otro ca­so. El res­to del clan tam­po­co vi­ve tran­qui­lo. Se los juz­ga por blan­queo. Hi­jos, nie­tos y so­bri­nos se­guían mo­vien­do, se­gún la in­ves­ti­ga­ción, des­co­mu­na­les can­ti­da­des de di­ne­ro. En 2009 el clan pu­jó 800.000 eu­ros por una con­ser­ve­ra, an­ti­gua pro­pie­dad de la fa­mi­lia, que ha­bía si­do in­cau­ta­da y que aho­ra vol­vía a sa­lir a la venta. To­da una me­tá­fo­ra cir­cu­lar del nar­co­trá­fi­co en Ga­li­cia. Da­vid Pé­rez La­go es hi­jas­tro de Lau­reano Ou­bi­ña, pro­ba­ble­men­te el ca­po más co­no­ci­do de los no­ven­ta, pro­ta­go­nis­ta de la Ope­ra­ción Né­co­ra. Da­vid es hi­jo de su mu­jer, Est­her La­go, y nue­vo ca­be­ci­lla del clan. Que las au­to­ri­da­des se­pan, el es­treno del cha­val tu­vo lu­gar en 1999, cuan­do ayu­dó a su ma­dre y a su pa­dras­tro, Lau­reano, a trans­por­tar 12 to­ne­la­das de ha­chís. Con ape­nas 21 años ya se ha­bía con­ver­ti­do en su mano de­re­cha. Cuan­do al año si­guien­te, en 2001, su ma­dre falleció en un ac­ci­den­te de trá­fi­co, Da­vid to­mó el con­trol de la or­ga­ni­za­ción. El hi­jas­tro de Ou­bi­ña con­si­guió re­es­truc­tu­rar el im­pe­rio. Vi­vía en­tre las Rías Bai­xas y Ma­drid, co­lec­cio­na­ba co­ches de lu­jo, te­nía tres man­sio­nes y una am­plia red de em­pre­sas. Se le aca­bó el cho­llo en abril de 2006, cuan­do lo pi­lla­ron lle­van­do a ca­bo una des­car­ga de 2000 ki­los de co­caí­na. Lo sen­ten­cia­ron a nue­ve años y en 2014 sa­lió li­bre pa­ra en­fren­tar­se a otro jui­cio por blan­queo de di­ne­ro. En fe­bre­ro de 2015 lle­gó a un acuer­do con la Fis­ca­lía y acep­tó una condena de tres años que cum­ple en la ac­tua­li­dad. Pa­ra mu­chos agen­tes, la his­to­ria de Da­vid no ha he­cho más que em­pe­zar.

OS RO­MAS Y LAS TETASEN IN­TER­NET. Os Ro­mas era un clan sin an­te­ce­den­tes po­li­cia­les cuan­do, en oc­tu­bre de 2007, ca­yó su lí­der: Ra­mi­ro Vázquez Ro­ma. Su­pu­so una no­ve­dad pa­ra la Po­li­cía, que no lo te­nía con­tro­la­do. Era una ex­cep­ción, por­que no des­cen­día de his­tó­ri­cos ni es­ta­ba re­la­cio­na­do con el nar­co­trá­fi­co de los no­ven­ta. Una prue­ba de que, a la som­bra de las gran­des fa­mi­lias del nar­co­trá­fi­co, es pro­ba­ble que vi­van otros tan­tos cla­nes a los que nun­ca se les ha echa­do el guan­te. «Lo de Ro­ma es el ejem­plo del tí­pi­co em­pre­sa­rio de las Rías Bai­xas que tie­ne la opor­tu­ni­dad de pro­bar una des­car­ga y le sa­le bien –co­men­ta un man­do de la Po­li­cía Na­cio­nal–. Su­po­ne­mos que ha ha­bi­do mu­chos ca­sos así. Dan un pe­lo­ta­zo y si­guen con sus ne­go­cios le­ga­les. Pe­ro a al­gu­nos les pue­de la co­di­cia y si­guen al te­ma. Fue el ca­so de es­te hom­bre». Se­gún la Fis­ca­lía, en 2007 Vázquez Ro­ma in­ten­tó in­tro­du­cir 4000 ki­los de co­caí­na. Le sa­lió mal y aca­bó en la cár­cel. En 2013, pen­dien­te de jui­cio y su­pe­ra­da la es­tan­cia pro­vi­sio­nal en

EL PAS­TE­LE­RO CA­YÓ COMO CAEN TODOS AHO­RA: POR BLAN­QUEO DE DI­NE­RO. ALER­TÓ A LA PO­LI­CÍA SU NA­DA DIS­CRE­TA COM­PRA DE UNA MI­NA DE CO­BRE EN EL CON­GO EL LÍ­DER DE OS RO­MAS NO ES­TA­BA FI­CHA­DO CUAN­DO CA­YÓ EN 2007. UNA PRUE­BA MÁS DE QUE ES PRO­BA­BLE QUE HA­YA CLA­NES DE LOS QUE NO SE SA­BE NA­DA

pri­sión, Ro­ma vol­vió a di­ri­gir una ope­ra­ción. El clan or­ga­ni­zó un ali­jo de 3400 ki­los de co­caí­na que traía el mal­tre­cho pes­que­ro se­ne­ga­lés Rip­ti­de. De­bía en­con­trar­se con el ve­le­ro Pi­sa­po el 26 de ma­yo de 2013, pe­ro al­go fa­lló. El pes­que­ro em­pe­zó a gi­rar so­bre sí mis­mo mien­tras es­pe­ra­ba al ve­le­ro y la ex­tra­ña ma­nio­bra per­mi­tió al Ejér­ci­to lo­ca­li­zar­lo y asal­tar­lo. Se cuen­ta que, en reali­dad, los in­ves­ti­ga­do­res lo­ca­li­za­ron el Rip­pi­de por­que uno de sus tri­pu­lan­tes in­do­ne­sio se me­tió en una web porno y desató un tro­yano en el or­de­na­dor que des­ta­pó con­tra­se­ñas que fa­ci­li­ta­ron las coor­de­na­das de su ubi­ca­ción. Aque­lla ope­ra­ción se co­no­ce en Arou­sa como «las te­tas de los 100 mi­llo­nes de eu­ros», el pre­cio apro­xi­ma­do de la co­caí­na que lle­va­ban a bor­do.

EL RAS­TRO DEL DI­NE­RO. La co­caí­na ha de­ja­do un ras­tro po­de­ro­sí­si­mo en to­da la zo­na. El di­ne­ro que se ha in­ver­ti­do y se in­vier­te en las rías pro­ce­den­te del nar­co­trá­fi­co es in­cal­cu­la­ble. Cien­tos de ne­go­cios, em­pre­sas, ca­fe­te­rías, dis­co­te­cas y tien­das se le­van­ta­ron gra­cias al di­ne­ro de los ali­jos. Hoy son es­ta­ble­ci­mien­tos le­ga­les, pe­ro na­cie­ron gra­cias a una des­car­ga de co­caí­na o ha­chís. Jo­sé Vázquez, al­cal­de de Vi­la­no­va en los años ochen­ta, afir­ma: «Lo que di­go es has­ta gra­ve, pe­ro hay muy po­cas em­pre­sas aquí que en al­gún mo­men­to de­ter­mi­na­do no ha­yan te­ni­do re­la­ción con el nar­co­trá­fi­co. Me cues­ta mu­cho de­cir­lo y es muy do­lo­ro­so. Pe­ro es la ver­dad». En 2010, el Ser­vi­cio de Vigilancia Adua­ne­ra con­ta­bi­li­zó 100 ne­go­cios de Vi­la­gar­cía y al­re­de­do­res usa­dos como ta­pa­de­ras pa­ra blan­quear di­ne­ro. El pa­tri­mo­nio in­cau­ta­do a los cla­nes se des­ti­na al Plan Na­cio­nal so­bre Dro­gas, pe­ro hay un problema pen­dien­te de re­sol­ver: par­te de es­te pa­tri­mo­nio se acu­mu­la y pierde su va­lor. No se pue­den ad­mi­nis­trar o ven­der los bie­nes de­co­mi­sa­dos a los nar­cos has­ta que exis­ta una sen­ten­cia fir­me, y las sen­ten­cias sue­len di­la­tar­se años. El de­pó­si­to del Fon­do de Bie­nes De­co­mi­sa­dos de A Co­ru­ña es­tá lleno de vehícu­los de lu­jo, em­bar­ca­cio­nes y mo­to­res que se oxi­dan. Eso cuan­do los fa­mi­lia­res de los ca­pos no se pre­sen­tan como de­po­si­ta­rios. «Las mu­je­res o hi­jos de los de­te­ni­dos –ex­pli­ca Fer­nan­do Alon­so, ge­ren­te de la Fun­da­ción Ga­le­ga con­tra o Nar­co­trá­fi­co– si­guen con­du­cien­do el BMW por Vi­la­gar­cía o vi­vien­do en el cha­lé de lu­jo. Es­to trans­mi­te un men­sa­je de im­pu­ni­dad. Y es des­alen­ta­dor». El me­jor ejem­plo lo en­con­tra­mos en el pa­tri­mo­nio de Si­to Mi­ñan­co. Su fa­mi­lia con­ti­núa dis­fru­tan­do de ca­si todos sus bie­nes, des­de cha­lés has­ta co­ches de al­ta ga­ma. Fer­nan­do Alon­so va más allá: «Que­re­mos que los bie­nes se em­bar­guen an­tes y que es­to sea nor­ma, no de­ci­sión del juez. Es más, no­so­tros pe­di­mos la le­ga­li­za­ción de la in­ver­sión de la car­ga de la prue­ba». La in­ver­sión de la car­ga de la prue­ba es una pe­ti­ción di­fí­cil de lo­grar. Con­sis­te, gros­so mo­do, en la pre­sun­ción de la jus­ti­cia de que un pa­tri­mo­nio pro­vie­ne de ac­ti­vi­da­des ile­ga­les. Es de­cir, si un juez con­si­de­ra­se sos­pe­cho­so que un se­ñor de Vi­la­gar­cía que re­gen­ta una fru­te­ría ten­ga tres cha­lés y cin­co co­ches, po­dría acu­sar­lo de una ac­ti­vi­dad de­lic­ti­va. Una suer­te de pre­sun­ción de cul­pa­bi­li­dad que no en­ca­ja con la Cons­ti­tu­ción, pe­ro que, tras años de im­pu­ni­dad en las rías, mu­chos ve­ci­nos exi­gen como úni­co ca­mino pa­ra ter­mi­nar con el nar­co­trá­fi­co.

LA BA­TA­LLA PO­LI­CIAL. Pa­ra la Po­li­cía y pa­ra la Guar­dia Ci­vil, las Rías Bai­xas son te­rri­to­rio hos­til. Sue­lo enemi­go. «Es tre­men­do. Las pa­re­des es­cu­chan allí», di­ce Fé­lix Gar­cía, ex­je­fe en Ga­li­cia de la Udyco. Los ac­tua­les ca­pos ape­nas acu­den a reunio­nes, por­que dis­po­nen de mu­cha gen­te de con­fian­za pa­ra ejer­cer de re­ca­de­ros. Co­ger a los cla­nes en fae­na es utó­pi­co, a no ser que dis­pon­gas de un con­fi­den­te. Por su­pues­to, la Po­li­cía los tie­ne; la Guar­dia Ci­vil tam­bién. «Son pa­ra­noi­cos. De ver­dad, es­tán mal psi­co­ló­gi­ca­men­te –afir­ma, sin piz­ca de iro­nía, so­bre los ca­pos Fé­lix Gar­cía–. Todos pa­de­cen es­trés, pen­dien­tes de to­do y des­con­fian­do de to­do el mundo cons­tan­te­men­te. Eso no es vi­da». Un agen­te de la Guar­dia Ci­vil coin­ci­de: «Dan cua­tro vuel­tas a ca­da ro­ton­da. Siem­pre. Aunque no se­pan que los si­guen». Los ca­pos, le­jos de aque­llas fi­gu­ras po­pu­la­res con oro y bri­llan­tes que se da­ban ba­ños de ma­sas o que co­mían en los me­jo­res res­tau­ran­tes, hoy son hu­ra­ños des­con­fia­dos que vi­ven re­clui­dos. Pe­ro no hay que con­fun­dir la fal­ta de os­ten­ta­ción con la fal­ta de ri­que­za. Son muy dis­cre­tos de puer­tas a fue­ra, pe­ro por den­tro es otra co­sa. «Un ca­po muy co­no­ci­do de Arou­sa tie­ne un apar­ta­men­to im­pre­sio­nan­te en Du­bái. Se cui­dan y vis­ten de mar­ca, aunque no se­pan ni qué lle­van pues­to. Tie­nen mu­chí­si­mo di­ne­ro –ex­pli­ca Fé­lix Gar­cía–. Pe­ro les pierde la co­di­cia». Y pa­ra con­se­guir más tie­nen que ha­cer lo úni­co que sa­ben. Y vuel­ven a pre­pa­rar to­do pa­ra la si­guien­te des­car­ga. Y re­gre­san la pa­ra­noia, los te­lé­fo­nos y las vuel­tas a la ro­ton­da. Sin dis­fru­tar del di­ne­ro que han lo­gra­do. Y el ci­clo si­gue.

LOS NUE­VOS NAR­COS VI­VEN RE­CLUI­DOS, SIN OS­TEN­TA­CIO­NES. "SON PA­RA­NOI­COS –DI­CE UN PO­LI­CÍA–. DAN CUA­TRO VUEL­TAS A CA­DA RO­TON­DA, PA­DE­CEN ES­TRÉS... NO ES VI­DA"

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