"Lo que más ilu­sión me ha­ría en la vi­da es com­prar­me el Real Ma­drid en­te­ro"

Fahim Moham­mad

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - ELLA & ÉL -

Ban­gla­dés, 2000. A los 7 años fui cam­peón de aje­drez en la In­dia y a los 11, en Fran­cia. De­jé mi país por ame­na­zas de se­cues­tro. En 'El rey de Ben­ga­la' (Gri­jal­bo) na­rro mi vi­da de re­fu­gia­do.

Xlse­ma­nal. El aje­drez te se­pa­ró de tu ma­dre y tus her­ma­nos, pe­ro tam­bién te sal­vó de ser ex­pul­sa­do de Fran­cia. Fahim Moham­mad. Sí, en mi país [Ban­gla­dés] ha­brían aca­ba­do con mi vi­da. Que me fue­ra bien con el aje­drez me obli­gó a huir con mi pa­dre, y por ser cam­peón de Fran­cia nos arre­gla­ron los pa­pe­les. XL. Siem­pre te has sen­ti­do más un re­fu­gia­do que huía de la muer­te que un emi­gran­te que huía de la mi­se­ria. F.M. Sí, en Fran­cia no se en­tien­de bien y se tien­de a unir las dos fi­gu­ras. Y aho­ra to­do se ha com­pli­ca­do aún más y mu­chos con­fun­den, en­ci­ma, a los mu­sul­ma­nes con te­rro­ris­tas. Y en Es­pa­ña igual: de­for­man las ver­da­des y las con­vier­ten en fal­se­da­des. XL. Di­ces que no se­rás nun­ca ju­ga­dor pro­fe­sio­nal. ¿Por qué? F.M. El aje­drez es un pla­cer pa­ra mí, pe­ro no quie­ro vi­vir de ello. XL. Pe­ro si te gus­ta y di­cen que eres un su­per­do­ta­do, un gran aje­dre­cis­ta... F.M. Hay que ser realista: a Van Gogh le gus­ta­ba pin­tar, pe­ro vi­vió siem­pre en la mi­se­ria; a mí me gus­ta vi­vir bien. Quie­ro ser muy ri­co, y con el aje­drez so­lo lo eres si es­tás en el top mun­dial. XL. ¿Y no lo vas a intentar? F.M. Es que no tra­ba­jo lo su­fi­cien­te. Soy hi­per­ac­ti­vo y ten­go dé­fi­cit de aten­ción: ne­ce­si­to mo­ver­me to­do el ra­to; so­lo me sereno y me con­cen­tro en el aje­drez. XL. Más a mi fa­vor. F.M. Es que soy muy va­go, y es­tar en el top exi­ge mu­cho. Mi me­ta es tra­ba­jar po­co, ga­nar mu­cho di­ne­ro y nun­ca más ser po­bre. He vi­vi­do mu­cha mi­se­ria. Quie­ro de­di­car­me a la pu­bli­ci­dad de mar­cas de­por­ti­vas y ha­cer­me mi­llo­na­rio. XL. En Ban­gla­dés te sen­tías ri­co en una ca­sa con so­lo dos cuar­tos: en uno dor­mían tus pa­dres y tu her­mano pe­que­ño y en el otro, tu her­ma­na y tú. F.M. En mi país era im­por­tan­te no te­ner pro­ble­mas al fi­nal del día y no­so­tros no los te­nía­mos. Pe­ro no quie­ro vol­ver. So­lo por tu­ris­mo, den­tro de tres años, que ya po­dré so­li­ci­tar la na­cio­na­li­dad fran­ce­sa. XL. ¿Eres un chi­co fe­liz o te pe­sa de­ma­sia­do lo vi­vi­do? F.M. Soy fe­liz, no mi­ro atrás, el pa­sa­do ya no me in­tere­sa, vi­vo al día y so­lo pien­so que ma­ña­na voy a te­ner un día fan­tás­ti­co: no me com­pli­co na­da la vi­da. XL. Y, cuan­do seas mi­llo­na­rio, ¿qué vas a ha­cer con tan­to di­ne­ro? F.M. Da­ré va­rios mi­llo­nes a fun­da­cio­nes que ayu­den a los que más lo ne­ce­si­tan. Vi­vi­ré muy bien con mi fa­mi­lia y me com­pra­ría el Real Ma­drid en­te­ro: es lo que me ha­ría más ilu­sión en la vi­da.

Rey aho­ga­do... «Por las ma­ña­nas no to­mo na­da, no ten­go ham­bre. Voy al co­le­gio en ayu­nas y has­ta la ho­ra de co­mer, a las 12, no sue­lo to­mar na­da».

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