LA POR­TA­VOZ ' CON EN­CAN­TO'

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine -

So­lo hay una mu­jer que pa­se más tiem­po con Trump que Me­la­nia: Ho­pe Hicks. Es­ta ex­mo­de­lo de 27 años pa­só de ser ase­so­ra de Ivan­ka, la hi­ja del mag­na­te, a se­cre­ta­ria y di­rec­to­ra de co­mu­ni­ca­ción de Trump. Su tra­ba­jo es cal­mar las aguas ca­da vez que el je­fe abre la bo­ca o pu­bli­ca un tuit ofen­si­vo. Lo que ha­ce, al con­tra­rio que él, sin per­der la com­pos­tu­ra. Es la úni­ca mu­jer jo­ven en su equi­po. Ya que Trump se ha en­zar­za­do en una gue­rra de se­xos, es in­tere­san­te pre­gun­tar­se qué pien­san de él las mu­je­res de su vi­da, em­pe­zan­do por la que po­dría con­ver­tir­se en pri­me­ra da­ma. Fue modelo y po­só des­nu­da en una re­vis­ta. Aho­ra se de­di­ca a di­se­ñar jo­yas y pro­mo­cio­nar cre­mas de be­lle­za a ba­se de ca­viar. Por cier­to, que por las no­ches em­ba­dur­na a su hi­jo Ba­rron, de nue­ve años, con el me­jun­je. El can­di­da­to es­pe­ra de Me­la­nia que en la Ca­sa Blan­ca ten­ga un pa­pel «muy tra­di­cio­nal, que sea la nue­va Jac­kie Ken­nedy». Gla­mour no le fal­ta. Y ella pa­re­ce con­ten­ta con esa mi­sión. «Lo ha­ré muy bien. Soy per­fec­cio­nis­ta», ase­gu­ra. Siem­pre ha te­ni­do cla­ro su pa­pel. «Es muy im­por­tan­te co­no­cer a la per­so­na con la que com­par­tes tu vi­da. Y ca­da cual cum­ple sus ro­les. No es­pe­ro que Do­nald cam­bie pa­ña­les o me­ta a Ba­rron en la ca­ma», con­fe­sa­ba en una entrevista. Y tam­bién ha de­ja­do caer que «te­ne­mos un se­xo in­creí­ble al me­nos una vez al día». Trump se jac­ta de que Me­la­nia se po­ne un tan­ga pa­ra an­dar por ca­sa; o pa­ra pa­sar la tar­de vien­do la te­le, que es otro pa­sa­tiem­po de la pa­re­ja. Co­mo es­tra­te­gia, no pa­re­ce muy in­te­li­gen­te echar­se en­ci­ma a la mi­tad del elec­to­ra­do. Pe­ro la au­to­crí­ti­ca no va con él. «Le pue­des acon­se­jar, pe­ro al fi­nal ha­ce lo que quie­re. Do­nald es así y no pue­des cam­biar­lo», re­co­no­ce Me­la­nia. Y, ade­más, Trump se con­si­de­ra a sí mis­mo irre­sis­ti­ble: «Ten­go cla­ro lo que quie­ro y ha­go lo que sea pa­ra con­se­guir­lo. Las mu­je­res en­cuen­tran que mi po­der es tan ex­ci­tan­te co­mo mi di­ne­ro», con­fie­sa con la se­gu­ri­dad en sí mis­mo del que se mi­ra al es­pe­jo y ve a un ma­cho al­fa. Me­la­nia ha con­se­gui­do que le ha­ga ca­so en al­gu­nas cues­tio­nes de es­ti­lis­mo, pe­ro se ha re­sig­na­do a que se si­ga pei­nan­do co­mo cuan­do era un jo­ven Tra­vol­ti­lla. Ella es­tá cen­tra­da en su hi­jo, Ba­rron. «Quie­ro que ten­ga una in­fan­cia lo más nor­mal po­si­ble». Lo di­ce sen­ta­da en el trono cha­pa­do en oro don­de po­sa en las en­tre­vis­tas en su apar­ta­men­to de Nue­va York, va­lo­ra­do en cien mi­llo­nes de dó­la­res y que ocu­pa tres pi­sos del ras­ca­cie­los fa­mi­liar (la Trump Tower). «Soy ma­dre a tiem­po com­ple­to». A su hi­jo lo lla­ma 'mi­ni-do­nald'. Y di­ce que ha he­re­da­do las cua­li­da­des de li­de­raz­go de su pa­dre, que al pa­re­cer son ge­né­ti­cas. A los cin­co años, si se en­fa­da­ba con la ni­ñe­ra, la des­pe­día. Lue­go se le pa­sa­ba el be­rrin­che y la vol­vía a con­tra­tar. «¿No es ado­ra­ble?». Sue­le col­gar fo­tos con él en su cuen­ta de Twit­ter. Me­la­nia en­tró en cam­pa­ña pa­ra de­fen­der a su ma­ri­do. «No creo que ha­ya in­sul­ta­do a los me­xi­ca­nos. Ha­bla de in­mi­gran­tes clan­des­ti­nos. Yo fui in­mi­gran­te. Pe­ro cum­plí la ley pa­ra ob­te­ner la na­cio­na­li­dad». Lo que su­ce­de, se­gún

"CA­DA UNO CUM­PLE SUS RO­LES. NO ES­PE­RO QUE DO­NALD CAM­BIE PA­ÑA­LES O ACUES­TE A NUES­TRO HI­JO"

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