Desa­yuno de do­min­go con… Fer­nan­do Sch­wartz.

Fer­nan­do Sch­wartz Hi­jo de di­plo­má­ti­co, na­cí en Gi­ne­bra (1937). He si­do cón­sul y em­ba­ja­dor, he tra­ba­ja­do en te­le­vi­sión y fui Pre­mio Pla­ne­ta (1996). Mi nue­va no­ve­la es 'Hé­roes de días atrás' (Es­pa­sa).

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario -

Xl­se­ma­nal. Su li­bro cuen­ta la ges­ta de La Nue­ve: re­pu­bli­ca­nos en el exi­lio que se unie­ron a la re­sis­ten­cia fran­ce­sa pa­ra echar a los na­zis. Fer­nan­do Sch­wartz. La Nue­ve era una com­pa­ñía for­ma­da por 150 es­pa­ño­les dis­pa­ra­ta­dos a los que uti­li­za­ron en Fran­cia co­mo ca­be­za de to­do y, al fi­nal, co­mo pun­ta de lan­za. Ellos lo­gra­ron la ren­di­ción de los na­zis. XL. Di­ce que «eran anar­quis­tas, co­mu­nis­tas… ¡Bue­na gen­te!». F.S. ¡Ha­cien­do ami­gos! Pe­ro es real: eran in­dis­ci­pli­na­dos, va­lien­tes y muy no­bles. XL. Los de La Nue­ve hoy se­rían de­sen­can­ta­dos del PSOE, co­mu­nis­tas de IU, se­gui­do­res de Po­de­mos… F.S. ¡Di­me más! [ríe]. Nin­guno de esos se ase­me­ja; pe­ro los po­de­mi­tas, me­nos que nin­guno: esos tie­nen otro per­fil. Hoy, lo más pa­re­ci­do a aque­llos va­lien­tes pu­die­ran ser los legionarios. XL. Y de te­lón de fon­do, una gran his­to­ria de amor, muy eró­ti­ca. Al fi­lo de los 80 años, lo veo muy subido de tono: a lo Var­gas Llo­sa.

F.S. ¡Oye, eso no! [ri­sas]: en to­das mis no­ve­las hay es­ce­nas eró­ti­cas. XL. ¿Tan­tas y tan ex­plí­ci­tas co­mo aquí? F.S. ¡Buahhh! Pss­sí… o no. Son es­ce­nas re­la­ti­va­men­te tó­rri­das por­que soy bas­tan­te dis­cre­to… o no. Es que du­ran­te la gue­rra la vi­da no se pa­ra, con­ti­núa. XL. Se sa­be: en si­tua­cio­nes lí­mi­te… F.S. Echas un pol­vo lí­mi­te, con per­dón... XL. ¿Se pa­re­ce el pro­ta­go­nis­ta en al­go a us­ted: hé­roe con prin­ci­pios, dis­cre­to, va­lien­te, ri­co por su ca­sa...? F.S. Más que en to­do eso, se me pa­re­ce en un cier­to es­cep­ti­cis­mo, por­que es­tá de vuel­ta de to­do. Yo me to­mo en se­rio al­gu­nas de las co­sas que ha­go, pe­ro no me to­mo en se­rio a mí mis­mo. XL. Re­ti­ra­do en Ma­llor­ca y de­di­ca­do a es­cri­bir y a na­ve­gar, ¿có­mo se ve des­de el bar­co el pa­no­ra­ma po­lí­ti­co? F.S. Bas­tan­te me­jor que des­de tie­rra; pe­ro, oye: rom­per la ti­ra­nía de dos par­ti­dos pa­ra con­ver­tir­la en la de cua­tro que no re­suel­ven na­da me pa­re­ce un in­sul­to ma­yúscu­lo a la po­bla­ción. El dis­pa­ra­te se ha mul­ti­pli­ca­do por cua­tro. XL. Yerno de una in­fan­ta, ca­sa­do con una nie­ta de Al­fon­so XIII y pri­ma her­ma­na de Don Juan Car­los… ¿ha­ce vi­da de fa­mi­lia? F.S. Sí, cla­ro: con la mía [ríe]. Con el pa­dre del Rey sí la ha­cía­mos; pe­ro con es­tos chi­cos jó­ve­nes no. Ellos tie­nen otra vi­da y yo es­toy re­ti­ra­do. XL. Fue el pri­me­ro en en­tre­vis­tar a Ur­dan­ga­rin. ¿Qué le pre­gun­ta­ría hoy? F.S. Que có­mo se le ocurrió ha­cer se­me­jan­te ton­te­ría. No lo ne­ce­si­ta­ba.

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