Step­hen Haw­king y Sla­va Muk­ha­nov desa­rro­lla­ron ca­si a la vez en los ochen­ta su teo­ría so­bre el ori­gen de las ga­la­xias. Aho­ra, por fin, se ha de­mos­tra­do. Nos re­ci­ben en ex­clu­si­va.

Son dos de las men­tes más bri­llan­tes del pla­ne­ta, pe­ro no pue­den ser más dis­tin­tos. A Haw­king y Muk­ha­nov so­lo los unen su ge­nia­li­dad y su teo­ría so­bre el ori­gen del uni­ver­so: las se­mi­llas de las ga­la­xias. La enun­cia­ron en los ochen­ta, pe­ro aho­ra, por fin,

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - ANA TAGARRO / FO­TO­GRA­FÍA: CAR­LOS LUJÁN

SLA­VA MUK­HA­NOV ES UNA FUER­ZA DE LA NA­TU­RA­LE­ZA. HAY AL­GO EN ÉL DE ENER­GÍA ATÓMICA.

En su presencia con­tun­den­te, en su ri­sa pron­ta, en su conversación in­ce­san­te so­bre los pla­ce­res de la vi­da, en su vehe­men­cia cuan­do ha­bla de cien­cia –so­bre to­do de cien­tí­fi­cos– y en un acento ru­so que pa­re­ce sa­ca­do de una pe­lí­cu­la de es­pías de los años se­ten­ta. Step­hen Haw­king es otra fuer­za de la na­tu­ra­le­za, aun­que se­gu­ro que él pre­fie­re ser com­pa­ra­do con la gra­ve­dad, fuer­za a la que lla­ma 'el su­per­hé­roe del uni­ver­so'. El bri­tá­ni­co no es so­lo un ge­nio de la fí­si­ca; es un pro­di­gio de su­per­vi­ven­cia, el úni­co ser hu­mano que ha lle­ga­do a los 74 años con es­cle­ro­sis la­te­ral amio­tró­fi­ca (ELA). Cuan­do le diag­nos­ti­ca­ron la en­fer­me­dad, a los 22, le die­ron dos años de vi­da. Aho­ra es­tos dos fí­si­cos, Haw­king y Muk­ha­nov, tan dis­tin­tos en­tre sí, ven su des­tino pro­fe­sio­nal más li­ga­do que nun­ca. Han si­do ga­lar­do­na­dos, con­jun­ta­men­te, con el Pre­mio Fun­da­ción BBVA Fron­te­ras del Co­no­ci­mien­to, lo que bien po­dría ser la an­te­sa­la del Pre­mio No­bel. Se co­no­cen des­de ha­ce años, pe­ro cuan­do los ci­ta­mos en Cam­brid­ge, don­de Haw­king di­ri­ge el de­par­ta­men­to de fí­si­ca teó­ri­ca, el en­cuen­tro no es sen­ci­llo. Muk­ha­nov ha ve­ni­do des­de Mú­nich, don­de es pro­fe­sor de la Uni­ver­si­dad Lud­wig Ma­xi­mi­lian, y sa­lu­da a su co­le­ga con res­pe­to. De la pantalla de Haw­king sa­le un «hello, how are you». Se­rá to­do lo que di­ga. Des­de ha­ce unos años, el fí­si­co más co­no­ci­do del mun­do se co­mu­ni­ca con mu­cha di­fi­cul­tad. Su mo­vi­li­dad ha que­da­do reducida a cier­tos múscu­los faciales. Ya no pue­de usar la mano pa­ra pre­sio­nar un ra­tón que ge­ne­ra pa­la­bras a tra­vés del or­de­na­dor. Aho­ra tie­ne que ha­cer­lo con su me­ji­lla, con la que ac­ti­va un sen­sor aco­pla­do a las ga­fas, lo que, pe­se al so­fis­ti­ca­do di­se­ño pre­dic­ti­vo del pro­gra­ma, ape­nas le per­mi­te com­po­ner me­dia do­ce­na de pa­la­bras por mi­nu­to. Sus asis­ten­tes se co­mu­ni­can con él bá­si­ca­men­te bus­can­do un sí o un no. Un sí, al­za la ce­ja. Un no, ha­ce un ges­to ha­cia aba­jo con sus la­bios. La com­ple­ji­dad no im­pi­de que le con­sul­ten cual­quier de­ci­sión.

DOS VI­DAS DE PE­LÍ­CU­LA. La vi­da de Haw­king es de so­bra co­no­ci­da y más des­de que la pe­lí­cu­la La teo­ría del to­do la con­vir­tie­se en un éxi­to de ta­qui­lla, pe­ro no por ello de­ja de ser asom­bro­sa. A sus es­pal­das tie­ne dos ma­tri­mo­nios. Uno, con Ja­ne Wil­de, la jo­ven que se ca­só con él tras ser­le diag­nos­ti­ca­da la en­fer­me­dad y con quien hoy tie­ne una muy bue­na re­la­ción y tres hi­jos y tres nie­tos en co­mún. El otro, con la en­fer­me­ra Eleai­ne Ma­son –por la que de­jó a Ja­ne–, es la ca­ra os­cu­ra de la vi­da per­so­nal de Haw­king. Ma­son lo hu­mi­lló y mal­tra­tó has­ta que fue de­nun­cia­da por la hi­ja del cien­tí­fi­co cuan­do es­te su­frió una in­so­la­ción al ser aban­do­na­do al sol. Sin em­bar­go, na­da ha de­te­ni­do la fé­rrea vo­lun­tad de Haw­king de apro­ve­char la vi­da. Mues­tra de ello es su em­pe­ño en via­jar in­clu­so aho­ra que no pue­de ha­cer­lo en avión por­que su cuer­po no su­pe­raría la pre­sión. Si hay océano de por me­dio, se des­pla­za en bar­co. La vi­da de Muk­ha­nov qui­zá no sea tan ex­tra­or­di­na­ria, pe­ro tam­bién es 'de pe­lí­cu­la'. Na­ció ha­ce 59 años en una ciu­dad tan re­mo­ta de la Unión So­vié­ti­ca que na­die du­da­ba de lo que de­cía el ré­gi­men co­mu­nis­ta por im­pro­ba­ble que fue­se; en la que era im­pen­sa­ble lle­gar a te­ner un co­che (de he­cho, él si­gue sin con­du­cir) y en una fa­mi­lia muy hu­mil­de y sin es­tu­dios. Pe­ro en su ciu­dad ha­bía una bi­blio­te­ca con li­bros de fí­si­ca y ma­te­má­ti­cas. Qui­zá, ad­mi­te, era el úni­co ni­ño que los leía, pe­ro así na­ció su in­te­rés por la cien­cia. Con to­do, en­ton­ces no po­día ima­gi­nar que lle­ga­ría a ga­nar­se la vi­da con ello. Fue el ma­te­má­ti­co An­dréi Kol­mo­gó­rov quien lo 'des­cu­brió' cuan­do

AM­BOS SE CO­NO­CEN DES­DE HA­CE AÑOS. DE LA PANTALLA DE HAW­KING SA­LE UN "HELLO, HOW ARE YOU". SU MO­VI­LI­DAD HA QUE­DA­DO REDUCIDA A LOS MÚSCU­LOS FACIALES

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