Tay­lor Swift y Ade­le, las ca­ras de una mis­ma mo­ne­da. Des­mon­ta­mos a las Mi­das del pop ac­tual. La in­dus­tria de­pen­de de ellas.

TAY­LOR SWIFT VS. ADE­LE

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario -

ESPEJITO, ESPEJITO, ¿QUIÉN ES LA REI­NA DEL POP?: ¿ADE­LE O TAY­LOR SWIFT? ¿LA CHI­CA DE BA­RRIO O LA NI­ÑA DE PAPÁ?

¿La mu­jer de car­ne y hue­so que ha su­fri­do por el al­cohol, los no­vios y los ki­los; o la Bar­bie que vi­ve en un sel­fie per­pe­tuo, cu­yas mo­ne­rías y pu­che­ros son glo­ba­les en Ins­ta­gram? Si se atien­de a la ca­ja re­gis­tra­do­ra, Ade­le arra­sa. En un ne­go­cio don­de el triun­fo se me­día por las ven­tas en la pri­me­ra se­ma­na, man­dan los 3,3 mi­llo­nes de co­pias de 25, lo nue­vo de la bri­tá­ni­ca, que tri­pli­có el ré­cord de 1989, lo úl­ti­mo de Swift. Pe­ro si se con­si­de­ra el im­pac­to vi­ral, los 78 mi­llo­nes de se­gui­do­res de la es­ta­dou­ni­den­se en Twit­ter (por 26 mi­llo­nes de Ade­le) for­man una ca­ja de re­so­nan­cia in­su­pe­ra­ble. En apa­rien­cia, Swift y Ade­le son muy di­fe­ren­tes. Pe­ro las apa­rien­cias en­ga­ñan. Em­pe­zan­do por la edad. Swift va ca­mino de los 27 años, que cum­ple en di­ciem­bre, y Ade­le es­tre­nó los 28 en ma­yo. No hay sal­to ge­ne­ra­cio­nal en­tre ellas, aun­que sí en su men­ta­li­dad, en sus vi­ven­cias y en su pú­bli­co. El de Swift es en su ma­yo­ría ado­les­cen­te; Ade­le ha con­se­gui­do que ma­dres e hi­jas va­yan jun­tas a sus con­cier­tos.

LA VOZ O LA IMA­GEN.

La gu­rú del pop Li­sa Dur­den ex­plo­ra las di­fe­ren­cias: «En Swift, to­do es­tá di­se­ña­do al de­ta­lle: cuer­po, pe­lo, ro­pa, can­cio­nes... Pe­ro la voz de Ade­le pue­de com­pe­tir con las más gran­des, co­mo Aret­ha Fran­klin o Whit­ney Hous­ton. El úni­co lu­gar don­de Tay­lor po­dría con­se­guir una ex­ce­len­cia vo­cal si­mi­lar es en sus sue­ños». Ese cho­rro de voz, que abar­ca cin­co es­ca­las en la te­si­tu­ra de con­tral­to, es la cre­den­cial de Ade­le, que so­bre el es­ce­na­rio ad­mi­te mo­ver­se «co­mo un pa­to», se ol­vi­da a ve­ces de la le­tra y no te­me reír­se de sí mis­ma, co­mo cuan­do con­tó que fue a los Grammy con va­rias fa­jas su­per­pues­tas o al rea­li­zar es­ta con­fe­sión so­bre la no­che an­tes de un con­cier­to en Bar­ce­lo­na: «Me be­bí ocho va­sos de san­gría y me lle­vé una bo­te­lla de vino al ho­tel. Cuan­do me des­per­té, creí que las sá­ba­nas es­ta­ban ro­jas de san­gre. Lue­go me fi­jé bien y era una vo­mi­to­na». Tay­lor Swift na­ció en Pen­sil­va­nia. Su pa­dre per­te­ne­ce a una sa­ga de di­rec­to­res de ban­co, y la ma­dre fue eje­cu­ti­va an­tes de con­ver­tir­se en ama de ca­sa. Swift fue a un co­le­gio de mon­jas que si­gue el mé­to­do Mon­tes­so­ri, ba­sa­do en la mo­ti­va­ción. Cla­ses de can­to, dan­za y gui­ta­rra. Re­sul­ta­do: co­lec­ción de so­bre­sa­lien­tes en el ins­ti­tu­to. Un buen día ga­nó un con­cur­so lo­cal, se le me­tió en la ca­be­za ser can­tan­te country y la fa­mi­lia se mu­dó a Nash­vi­lle pa­ra que la ni­ña cum­plie­se su sue­ño. To­tal que a los 17 años ya era una es­tre­lla. «Nun­ca me me­tí en líos, ni pro­bé un ci­ga­rri­llo ni una go­ta de al­cohol. Ni si­quie­ra me te­ñí el pe­lo. Además, hu­bie­ra te­ni­do pro­ble­mas si mien­to a mis pa­dres –con­fe­só Swift,

ADE­LE AD­MI­TE MO­VER­SE «CO­MO UN PA­TO» EN EL ES­CE­NA­RIO, SE OL­VI­DA DE LA LE­TRA Y NO TE­ME REÍR­SE DE SÍ MIS­MA, CO­MO CUAN­DO FUE A LOS GRAMMY CON VA­RIAS FA­JAS SU­PER­PUES­TAS

a quien le mo­les­ta el sam­be­ni­to de cal­cu­la­do­ra, a la re­vis­ta Ro­lling Sto­ne–. Que me acu­sen de pen­sar las co­sas an­tes de de­cir­las y me preo­cu­pe por mi tra­ba­jo me re­sul­ta ofen­si­vo». Ade­le, por su par­te, se crio en los su­bur­bios de Lon­dres. Su ma­dre, Penny Ad­kins, la tu­vo con 18 años y el pa­dre las aban­do­nó cuan­do Ade­le te­nía 2, así que no es ex­tra­ño que lle­ve al ape­lli­do de su ma­dre, que se plu­ri­em­pleó pa­ra sa­car­la ade­lan­te. Ade­le des­cu­brió en su ado­les­cen­cia a las gran­des vo­ces afro­ame­ri­ca­nas co­mo Ella Fitz­ge­rald y Ro­ber­ta Flack. Y pu­lió su ta­len­to en la es­cue­la BRIT de ar­tes es­cé­ni­cas. Las di­fe­ren­cias se agu­di­zan en el ma­ne­jo de las re­des so­cia­les. Pa­ra Swift son una ex­ten­sión de su ca­rre­ra: lan­za per­fu­mes y lí­neas de ro­pa, sube fo­tos y es­cri­be co­men­ta­rios. Acos­tum­bra­da a que se mi­re con lu­pa si lle­va un su­je­ta­dor con efec­to pa­ra re­don­dear su fi­gu­ra, no siem­pre se mo­vió co­mo pez en el agua en el mun­do vir­tual. «Pa­sé más de un año fue­ra de In­ter­net. Has­ta ol­vi­dé mi con­tra­se­ña de Ins­ta­gram. Me mo­les­ta­ban las his­to­rias que se con­ta­ban de mí. Aho­ra ha­go un se­gui­mien­to de to­do lo que se di­ce». Tam­po­co es in­mu­ne a los ries­gos, co­mo ame­na­zas anó­ni­mas o su­pre­ma­cis­tas blan­cos que la en­sal­zan co­mo «la mu­jer per­fec­ta».

TUITERA BO­RRA­CHA Y NI­ÑA MO­DE­LO.

Sus fo­tos, por cier­to, son más re­ca­ta­das que las de otros ico­nos ju­ve­ni­les, co­mo Mi­ley Cy­rus o Lind­say Lohan. La pe­rio­dis­ta mu­si­cal Ca­te Meig­han ex­pli­ca: «Swift es el equi­va­len­te a la chi­ca ame­ri­ca­na pro­to­tí­pi­ca: quie­res ser co­mo ella y si eres pa­dre la ve­rás co­mo un mo­de­lo al que se­guir pa­ra tus hi­jas». Ade­le, sin em­bar­go, ha de­ja­do las re­des so­cia­les en ma­nos de su agen­te. «A ve­ces, tui­tea­ba bo­rra­cha y me­tía la pa­ta». Y en un con­cier­to en Ve­ro­na le re­cri­mi­nó a una es­pec­ta­do­ra: «¡Oye, que soy real! ¿Quie­res de­jar de gra­bar­me con el mó­vil? Dis­fru­ta de la vi­da real». Ade­le se re­ti­ró una tem­po­ra­da pa­ra re­cu­pe­rar la voz, muy cas­ti­ga­da por­que can­ta siem­pre al lí­mi­te de sus cuer­das vo­ca­les. «Es­tu­ve nue­ve días sen­ta­da en si­len­cio, con una pi­za­rri­ta col­ga­da del cue­llo, co­mo un ni­ño en el rin­cón de los cas­ti­ga­dos». Pa­só por el qui­ró­fano pa­ra que le ex­tir­pa­ran un pó­li­po y apro­ve­chó la con­va­le­cen­cia pa­ra te­ner un hi­jo. Esa au­ten­ti­ci­dad es una ba­za pa­ra co­nec­tar con el pú­bli­co. «Tie­ne la ha­bi­li­dad de crear un víncu­lo emo­cio­nal con gen­te de 20 a 40 años, y eso es al­go muy di­fí­cil –co­men­ta el lo­cu­tor de ra­dio Ralp­hie Aver­sa. Y la com­pa­ra con Swift–: am­bas com­po­nen sus pro­pias can­cio­nes y com­par­ten un te­ma uni­ver­sal al que re­cu­rren una y otra vez, el desamor y las se­cue­las de una rup­tu­ra».

En el fon­do, Ade­le y Swift son alia­das en la gue­rra con­tra el strea­ming y, en par­ti­cu­lar, con­tra Spo­tify, por es­ca­ti­mar el pa­go de ro­yal­ties. Y se han con­ver­ti­do en la pun­ta de lan­za de la in­dus­tria pa­ra re­con­quis­tar el te­rreno per­di­do. Pe­ro sus ven­tas mi­llo­na­rias, ba­jo el mo­de­lo de pro­mo­cio­nar un ál­bum y ven­der­lo en for­ma­to fí­si­co, son un anacro­nis­mo pa­ra la ma­yo­ría de los crí­ti­cos. John Sea­brook ana­li­za en The New Yor­ker: «Ven­der CD pue­de ser ren­ta­ble, pe­ro las ven­tas si­guen dis­mi­nu­yen­do. En 2015 se es­cu­cha­ron 317.000 mi­llo­nes de can­cio­nes en strea­ming. Si se aña­den los vi­sio­na­dos en You­tu­be y otras pla­ta­for­mas, la ci­fra se dis­pa­ra a bi­llo­nes. El can­tan­te, al me­nos, ga­na di­ne­ro en las gi­ras, pe­ro el com­po­si­tor so­lo ten­drá a sus ami­gos y gen­te de buen co­ra­zón pa­ra apo­yar­lo, por­que no po­drá vi­vir de los de­re­chos de au­tor».

EN EL FON­DO, SON ALIA­DAS EN LA GUE­RRA CON­TRA SPO­TIFY POR ES­CA­TI­MAR EL PA­GO DE 'RO­YAL­TIES' Y SON PUN­TA DE LAN­ZA DE LA IN­DUS­TRIA PA­RA RE­CU­PE­RAR EL TE­RRENO PER­DI­DO

Es­tas dos mu­je­res go­bier­nan el pop ac­tual con pu­ño de hie­rro. Y no po­drían ser más di­fe­ren­tes. Swift do­mi­na las re­des so­cia­les y cui­da su ima­gen al de­ta­lle. A Ade­le, ar­ma­da de una voz pro­di­gio­sa, le im­por­ta un ble­do el qué di­rán. Jun­tas, en to­do ca­so, son

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.