To­más Ál­va­rez Be­lón es uno de los tres hi­jos de la fa­mi­lia es­pa­ño­la que se sal­vó, ín­te­gra, en el tsu­na­mi de 2004. Aho­ra quie­re cam­biar el mun­do.

Su fa­mi­lia es la pro­ta­go­nis­ta real de la pe­lí­cu­la 'Lo im­po­si­ble'. So­bre­vi­vir con sie­te años al tsu­na­mi que ma­tó a más de 200.000 per­so­nas ha mar­ca­do su vi­da. A sus 19, ya es 'coach' y pro­mo­tor de un pro­yec­to in­ter­na­cio­nal pa­ra cam­biar el mun­do. Nos cuen­ta

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR DA­NIEL MÉNDEZ

El pró­xi­mo 26 de di­ciem­bre, To­más Ál­va­rez Be­lón cum­pli­rá 12 años. Y tam­bién lo ha­rán sus pa­dres, Ma­ría y En­ri­que, y sus her­ma­nos Lu­cas y Si­món. Más allá de su edad bio­ló­gi­ca, to­dos ellos vol­vie­ron a na­cer el 26 de di­ciem­bre de 2004: «Ese día fa­tí­di­co, trá­gi­co, her­mo­so, cruel…, co­mo la vi­da, es­ta­ba con mi fa­mi­lia en Khao Lak, Tai­lan­dia, cuan­do un ma­re­mo­to nos arras­tró a to­dos», re­cuer­da hoy To­más. CON­TRA TO­DO PRO­NÓS­TI­CO so­bre­vi­vie­ron los cin­co y, des­de en­ton­ces, no im­por­ta dón­de es­tén, se reúnen pa­ra ce­le­brar la vuel­ta a la vi­da de la fa­mi­lia. «Pa­ra ce­le­brar que es­ta­mos vi­vos, pe­ro tam­bién pa­ra acor­dar­nos de los que no es­tán aquí». Más de 200.000 per­so­nas per­die­ron la vi­da aquel día, y To­más tie­ne muy pre­sen­te que, más allá del ‘fi­nal fe­liz’ de su his­to­ria, mu­chos no co­rrie­ron la mis­ma suer­te. Su ex­pe­rien­cia fue lle­va­da a la gran pantalla en la pe­lí­cu­la Lo im­po­si­ble. To­más ha­bla rá­pi­do, con una vi­ta­li­dad que no so­lo se ex­pli­ca por su ju­ven­tud. Tie­ne ga­nas de ha­cer co­sas, de cam­biar el mun­do. Y con­si­de­ra, además, que per­te­ne­ce a la ge­ne­ra­ción que lo con­se­gui­rá. Pa­ra ello se ha in­te­gra­do en Pan­gea, una red global que bus­ca «des­per­tar, po­ten­ciar y co­nec­tar el enor­me ta­len­to de la ge­ne­ra­ción jo­ven de hoy», en pa­la­bras de su fun­da­dor: el tam­bién es­pa­ñol Pablo Gon­zá­lez Ruiz de la To­rre. Sie­te de es­tos jó­ve­nes han pu­bli­ca­do un li­bro Pan­gea (Agui­lar), del que To­más ha es­cri­to el epí­lo­go.

Xl­se­ma­nal. Su vi­da cam­bió el 26 de di­ciem­bre de 2004. To­más Ál­va­rez Be­lón. Es­ta­ba con mi fa­mi­lia en Tai­lan­dia cuan­do, de pron­to, lle­gó una ola gi­gan­te, un mu­ro ne­gro de 11 me­tros. En mi­lé­si­mas de se­gun­do, la vi­da cam­bia. Son se­gun­dos de con­fu­sión, pier­des el sen­ti­do de la orien­ta­ción. La ola te arras­tra y eres una plu­ma, un grano de are­na. No eres na­da. XL. ¿Qué hi­zo us­ted? T.A.B. Al ca­bo de lo que yo creo que fue­ron un par de mi­nu­tos, la ola me sa­có. No fue por­que yo na­da­ra o hi­cie­ra cual­quier co­sa: el agua me lle­vó a la su­per­fi­cie. Lo que vi fue una de­sola­ción co­mo nun­ca ha­bía vis­to y es­pe­ro no vol­ver a ver ja­más. XL. Además, ha­bía per­di­do a su fa­mi­lia. T.A.B. Un ra­to des­pués, me en­con­tré con mi pa­dre y mi her­mano Si­món. Y vol­vi­mos al ho­tel don­de ha­bía­mos es­ta­do la no­che an­te­rior. Mi ma­dre y Lu­cas, mi her­mano ma­yor, no apa­re­cie­ron. Los ins­cri­bi­mos en la lis­ta de des­apa­re­ci­dos. XL. La otra op­ción era más du­ra. T.A.B. Ha­bía dos lis­tas: una de muer­tos y otra de des­apa­re­ci­dos. Im­pac­ta te­ner que de­ci­dir si tu her­mano y tu ma­dre es­tán muer­tos o des­apa­re­ci­dos. Pe­ro tam­bién es du­ro sa­ber que al­guien que­ri­do es­tá des­apa­re­ci­do. ¿Qué sig­ni­fi­ca? ¿Dón­de es­tán? ¿Los en­con­tra­re­mos al­gún día? XL. ¿Se ha­cía esas pre­gun­tas? T.A.B. Yo te­nía 7 años, no me plan­tea­ba es­tas du­das. Pe­ro mi pa­dre,

con to­da se­gu­ri­dad, esa mis­ma tar­de me di­jo: «To­más, ten­go que ir a bus­car a Ma­ría y a Lu­cas. Ne­ce­si­to que cui­des a Si­món. Te pro­me­to que vol­ve­ré al ano­che­cer». XL. Si­món te­nía 5 años; us­ted, 7. T.A.B. Y ver a tu pa­dre me­ter­se de nue­vo en la bo­ca del lo­bo des­de la te­rra­za del ho­tel… [la fra­se per­ma­ne­ce inaca­ba­da]. Mi pa­dre no vol­vió. Al ano­che­cer, eva­cua­ron el ho­tel y nos lle­va­ron a mi her­mano y a mí a las mon­ta­ñas. Y ahí pa­sa­mos la no­che. XL. Otro epi­so­dio sig­ni­fi­ca­ti­vo. T.A.B. ¡Ja­más ha­bía si­do yo el can­gu­ro! [Ríe]. Fue otro de esos mo­men­tos que te cam­bian la vi­da. Im­pac­ta ver la ge­ne­ro­si­dad de la gen­te, có­mo te cui­dan. Gen­tes anó­ni­mas, ex­tra­ños, hé­roes, co­mo quie­ras lla­mar­los. El me­jor as­pec­to de la hu­ma­ni­dad sur­ge de la tra­ge­dia. No so­lo de ella, pe­ro des­de lue­go ahí sur­ge. Y enor­gu­lle­ce pre­sen­ciar eso. XL. Pe­ro to­da la fa­mi­lia ha­bía so­bre­vi­vi­do. ¿Có­mo se re­en­con­tra­ron? T.A.B. Al día si­guien­te, nos lle­va­ron al hos­pi­tal y, por pu­ra ca­sua­li­dad, en la re­cep­ción me en­cuen­tro de fren­te con Lu­cas. Mo­men­to eléc­tri­co, vi­bran­te, de in­cre­du­li­dad… Un gi­ro to­tal. Nos cuen­ta a Si­món y a mí que mi ma­dre es­tá vi­va; se es­tá mu­rien­do, la han ope­ra­do va­rias ve­ces, pe­ro si­gue vi­va. Cuan­do es­ta­mos ahí, con­tac­tan con mi pa­dre, que ha­bía pa­sa­do la no­che bus­cán­do­los… XL. Fi­nal fe­liz. T.A.B. La his­to­ria tie­ne un fi­nal fe­liz pa­ra no­so­tros, pe­ro pa­ra más de 200.000 per­so­nas y mu­chas más familias no lo tu­vo. Eso es lo más im­por­tan­te: que es­ta his­to­ria sea bo­ni­ta ayu­da a con­tar lo que pa­só y que la gen­te en­tien­da el men­sa­je, pe­ro mu­chos se que­da­ron en la ola. XL. ¿Y cuál es el men­sa­je? T.A.B. Son va­rios. Pe­ro de al­gu­na ma­ne­ra el fun­da­men­tal es: im­por­ta lo que im­por­ta. ¿Qué sig­ni­fi­ca eso? Que en la vi­da hay co­sas esen­cia­les y otras que nos po­de­mos qui­tar, co­mo es­ta cha­que­ta que lle­vo. Co­sas que no te ha­cen sen­tir vi­vo ne­ce­sa­ria­men­te. ¿Cuán­ta gen­te ve a su ma­dre, a su pa­dre, su hi­jo o her­mano y di­ce: «Ten­go que apro­ve­char es­te mo­men­to, dis­fru­tar, apren­der, com­par­tir, por­que qui­zá ma­ña­na lle­ga una ola y se lo lle­va to­do»? XL. ¿Us­ted lo ha­ce? T.A.B. No ha­ce fal­ta te­ner siem­pre la muer­te pre­sen­te, pe­ro sa­ber que es­tá ahí a mí me re­con­for­ta. Me ha­ce sen­tir que ca­da de­ci­sión que to­mo es im­por­tan­te. XL. ¿Y por qué se hi­zo so­co­rris­ta? T.A.B. ¡El agua no me ha ex­pul­sa­do! Tam­bién me de­vol­vió a la vi­da. Tam­bién prac­ti­co surf: es un mo­do de es­ta­ble­cer una amis­tad con el mar.

"Soy so­co­rris­ta por­que el agua me de­vol­vió la vi­da y por to­das las per­so­nas a las que na­die pu­do sal­var"

"El tsu­na­mi se lle­vó mi inocen­cia. La no­che que pa­sé en la mon­ta­ña con mi her­mano pe­que­ño ma­du­ré 20 años" "So­mos la pri­me­ra ge­ne­ra­ción que quie­re cam­biar el mun­do que cuen­ta con In­ter­net pa­ra con­se­guir­lo"

Y me hi­ce so­co­rris­ta pa­ra agra­de­cer a to­dos aque­llos que nos sal­va­ron a no­so­tros y a otros mi­les de per­so­nas… Y, so­bre to­do, por to­da la gen­te a la que na­die pue­do sal­var. XL. Era un ni­ño cuan­do co­no­ció la muer­te a gran es­ca­la. T.A.B. Des­de un pun­to de vis­ta psi­co­ló­gi­co, es su­per­in­te­re­san­te. Hay un um­bral de edad ba­jo el cual los ni­ños blo­quean to­do ti­po de trau­mas. Eso los ayu­da a su­pe­rar­lo, pe­ro siem­pre en pro­ce­sos muy lar­gos. XL. Se pe­lliz­ca­ba pa­ra com­pro­bar que no era un sue­ño. T.A.B. Exac­to. ¿Có­mo pue­de ser ver­dad? Es­tás en Tai­lan­dia, con tu fa­mi­lia. De pron­to, tu ma­dre y tu her­mano no es­tán… ¿Qué ha­ce un ni­ño de 7 años con la muer­te a gran es­ca­la? Pues se­guir ade­lan­te, lu­char. Es lo úni­co que po­de­mos ha­cer. Cla­ro, que un tsu­na­mi se lle­va la inocen­cia del ni­ño. La no­che que pa­sé en la mon­ta­ña con Si­món qui­zá ma­du­ré 20 años. En­ten­dí. XL. ¿Qué en­ten­dió? T.A.B. Yo sa­bía que mi ma­dre y mi her­mano es­ta­ban muer­tos. No du­da­ba, no de­cía «oja­lá…». ¿Có­mo iban a es­tar vi­vos? La vi­da ya me ha­bía da­do a mi pa­dre y mi her­mano pe­que­ño. ¿Quién era yo pa­ra pe­dir más? En­tien­des en­ton­ces que el men­sa­je de la muer­te siem­pre es: vi­ve. [To­ma ai­re]. XL. Es­tu­dia Fi­lo­so­fía y Po­lí­ti­cas en la Uni­ver­si­dad de Geor­ge­town. T.A.B. La fi­lo­so­fía es un ejer­ci­cio men­tal que me en­can­ta. Co­mo mon­tar un puz­le. Pe­ro la po­lí­ti­ca es al­go que siem­pre me ha atraí­do. Y me to­có es­pe­cial­men­te la cam­pa­ña de Oba­ma de 2008: en la du­cha, en lu­gar de can­tar, yo re­ci­ta­ba sus dis­cur­sos. ¡Me los sa­bía de me­mo­ria! XL. ¿Quie­re cam­biar el mun­do? T.A.B. Creo que lo es­ta­mos ha­cien­do. Eso es lo que que­re­mos trans­mi­tir en Pan­gea, la pla­ta­for­ma fun­da­da por Pablo [Gon­zá­lez Ruiz de To­rre] que quie­re co­nec­tar a los jó­ve­nes de to­do el pla­ne­ta. Al­gu­nos de no­so­tros

he­mos pu­bli­ca­do el li­bro Pan­gea, con un men­sa­je pa­ra los jó­ve­nes: hay que so­ñar y tra­ba­jar por el sue­ño hoy. XL. Con el mo­vi­mien­to #Nuit­de­bout, los fran­ce­ses han vuel­to a sa­lir a las ca­lles. Co­mo ha­ce unos años los 'in­dig­na­dos' en Es­pa­ña… ¿Se iden­ti­fi­ca con esos mo­vi­mien­tos? T.A.B. Yo es­tu­ve en los pri­me­ros días de los 'in­dig­na­dos' aquí en Ma­drid. Me en­can­tó que ex­plo­ta­ra de ma­ne­ra pa­cí­fi­ca ese en­fa­do acu­mu­la­do. Pan­gea no tie­ne una ideo­lo­gía po­lí­ti­ca, pe­ro pien­so que las po­lí­ti­cas so­cia­les son las que nos sa­can ade­lan­te. XL. Ci­ta a me­nu­do a Vik­tor Frankl, un su­per­vi­vien­te del ho­lo­caus­to. T.A.B. Sí. Me leí su li­bro El hom­bre en bus­ca de sen­ti­do, y tie­ne mu­cho que con­tar. Pe­ro el men­sa­je es pa­re­ci­do al del li­bro de Pan­gea: hay que de­jar de pre­gun­tar­se cuál es el sen­ti­do de la vi­da y bus­car qué te­ne­mos que ha­cer pa­ra vi­vir, qué nos pi­de la vi­da. Ha­bla de có­mo el ser hu­mano apren­de del su­fri­mien­to, de la tra­ge­dia; ha­bla del es­fuer­zo, de la éti­ca… Es un maes­tro de la vi­da. XL. ¿Se ve me­ti­do en po­lí­ti­ca? T.A.B. Lo que me in­tere­sa es apren­der a ges­tio­nar, y esa es una de las claves de la po­lí­ti­ca: ges­tio­nar con unos va­lo­res. Si so­lo crees en ti mis­mo y en tu po­der, vas a co­rrom­per el sis­te­ma, tu po­si­ción y la cre­di­bi­li­dad. Pe­ro si tie­nes eso que los ame­ri­ca­nos lla­man ac­coun­ta­bi­lity [tra­du­ci­ble co­mo 'ren­di­ción de cuen­tas'], pen­sa­rás en cam­biar las co­sas. Es al­go que tie­ne que ser om­ni­pre­sen­te. Vi­vo en Was­hing­ton, y allí apren­des que las éli­tes vi­ven en otro mun­do. ¡Ver­lo de cer­ca da mie­do! Y hay mu­cha gen­te que le gus­ta­ría ser par­te del cam­bio, pe­ro les asus­ta. XL. ¿Qué les da mie­do? T.A.B. Con­ver­tir­se en uno de ellos. Por eso no es una per­so­na quien cam­bia­rá la po­lí­ti­ca, sino un mo­vi­mien­to. XL. En el epí­lo­go del li­bro se re­fie­re us­ted a los mi­llen­nials. T.A.B. Sí. A los que te­ne­mos en­tre 18 y 25 años. No so­mos la pri­me­ra ge­ne­ra­ción que quie­re cam­biar el mun­do, pe­ro sí la pri­me­ra que pue­de uti­li­zar el po­ten­cial de In­ter­net pa­ra con­se­guir­lo. Es­ta es la no­ve­dad: que se mez­clan las ga­nas con el po­ten­cial y las he­rra­mien­tas. XL. Pe­ro Pan­gea es una or­ga­ni­za­ción de lí­de­res en cier­to mo­do. T.A.B. Qui­zá es ver­dad. Tie­ne que ver con el pri­vi­le­gio que men­cio­na­ba. Pe­ro lo que que­re­mos co­mu­ni­car es que no so­mos lí­de­res ex­cep­cio­na­les, no so­mos su­per­hé­roes… Cuan­do me pre­gun­tan quién soy, di­go que soy un ciu­da­dano pe­ro com­pro­me­ti­do. Al­guien que quie­re cam­biar el mun­do. No es tan di­fe­ren­te a ma­yo del 68. No que­re­mos sa­lir de aquí co­mo lí­de­res, que­re­mos que sea una pla­ta­for­ma abier­ta a to­dos. XL. Na­ció en Mé­xi­co y ha vi­vi­do en Es­pa­ña, Ja­pón, Ga­les o, en la ac­tua­li­dad, Es­ta­dos Uni­dos. ¿Se plan­tea vol­ver a Es­pa­ña? T.A.B. La vi­da te lle­va por don­de ella quie­ra. Pe­ro ten­go cla­ro que me gus­ta­ría vol­ver a Es­pa­ña, aun­que no sé cuán­do. No ten­go pri­sa. Quie­ro apren­der del mun­do y traer lo me­jor que he apren­di­do. Pe­ro hay mu­chas co­sas que ha­cer.

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