Ro­ca Rey: el to­re­ro que va­le un Pe­rú.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - Por Car­los He­rre­ra.

una vez más, fue en Gra­na­da. Pe­ro pu­do ha­ber si­do en Bil­bao, o en San­lú­car, o en Ma­drid. Ve­nía yo tran­qui­la­men­te de pa­seo tras al­go de tra­sie­go por el Cor­pus gra­na­dino, de la Ro­ma­ni­lla a Puer­ta Real, de las puer­tas ce­rra­das del Se­vi­lla a las puer­tas abier­tas de El Ele­fan­te o la bo­de­ga Los Tin­tos o mi im­pres­cin­di­ble Las Ti­na­jas de siem­pre, cuan­do me di con la pla­za de los to­ros. Pre­vio a ello, tu­ve tiem­po de dar bue­na cuen­ta de un tar­tar de atún ro­jo de al­ma­dra­ba con tru­fa so­bre ho­ja de sis­ho en tem­pu­ra que me des­equi­li­bró. Juan Luis Ál­va­rez, una vez más, me lle­vó a Bib-ram­bla, co­ra­zón de Gra­na­da, y me in­sis­tió en que de­di­ca­ra un par de ho­ras a co­mer en Si­ba­rius. Gran con­se­jo. Ese tar­tar y el arroz me­lo­so pos­te­rior me sir­vie­ron de pis­ta de des­pe­gue pa­ra acer­car­me al co­so de los Fer­nán­dez Fá­bre­gas, Ma­ri Pepa y Pa­co, que han obra­do con in­te­li­gen­cia y han ren­ta­bi­li­za­do las ins­ta­la­cio­nes de un co­so, el gra­na­dino, con­de­na­do a cua­tro o cin­co fes­te­jos al año y, por lo tan­to, a con­ver­tir­se en una ré­mo­ra co­mo pro­pie­dad. Pe­ro los Fer­nán­dez Fá­bre­gas op­ti­mi­za­ron los ba­jos de la pla­za co­mo lu­gar pa­ra abrir ba­res y lo­ca­les con cier­to gus­to y sa­ca­ron pro­ve­cho de con­cier­tos y di­ver­sos ac­tos que allí se ce­le­bran du­ran­te el año. De no ser por esas, la ma­yo­ría de las pla­zas de to­ros en ma­nos pri­va­das son un pa­si­vo im­por­tan­te pa­ra sus pro­pie­ta­rios. La pla­za de Gra­na­da es con­tem­po­rá­nea de la de las Ven­tas de Ma­drid. Y no so­lo con­tem­po­rá­nea: ca­si es una ré­pli­ca en pe­que­ño. La cons­tru­yó Án­gel Ca­sas en los úl­ti­mos años vein­te y es, có­mo no, un ejem­plo más del es­ti­lo neo­mu­dé­jar que se fre­cuen­ta­ba en la épo­ca. Lo neo­mu­dé­jar res­pon­día a cier­tas co­rrien­tes ara­bi­zan­tes del úl­ti­mo cuar­to del si­glo XIX y par­te del XX, cual si fue­ra una suer­te de es­ti­lo na­cio­nal (Aní­bal Gon­zá­lez en Se­vi­lla de­jó gran­des mues­tras); fí­jen­se si no en las mu­chas es­ta­cio­nes de tren, tea­tros, igle­sias o ayun­ta­mien­tos que es­tán cons­trui­dos en ese es­ti­lo que tan bien lle­vó a las Ven­tas su crea­dor, Jo­sé Es­pe­lius. Pe­ro me es­toy yen­do. El Pe­rú era sím­bo­lo del oro. Lo ha­bía cuan­do lle­ga­ron los con­quis­ta­do­res. Pe­ro tam­bién de más me­ta­les y más be­lle­zas, fue­ra Po­to­sí –hoy en ma­nos bo­li­via­nas– o Ma­chu Pic­chu o cual­quier te­so­ro in­ca. Aho­ra, sin ir más le­jos, es el país que ve cre­cer su PIB de for­ma más vi­go­ro­sa en to­da Ibe­roa­mé­ri­ca. Pe­ro, pa­ra el pla­ne­ta tau­rino, Pe­rú es el país del que ha sur­gi­do un tío de ape­nas vein­te años –si los tie­ne– que va a po­ner to­do es­to bo­ca aba­jo du­ran­te el tiem­po que du­re ha­cien­do lo que ha­ce. Se lla­ma An­drés Ro­ca Rey, vie­ne de es­tir­pe to­re­ra y ha­ce ape­nas dos años es­ta­ba to­rean­do be­ce­rras sin ca­ba­llos. Hoy es el to­re­ro en el que se fi­ja, ató­ni­ta, la afi­ción des­pués de que le ha­ya pues­to el co­ra­zón en la bo­ca a lo lar­go de va­rias tar­des. Es un to­rren­te de emo­ción, en to­dos los ór­de­nes. To­re­ro va­lien­te, has­ta el es­tre­me­ci­mien­to, pe­ro no so­lo eso, Ro­ca Rey sa­be lo que son las cor­na­das y sa­be que su for­ma de to­rear le va a cos­tar más de una en­fer­me­ría, pe­ro pa­re­ce an­dar an­te el to­ro co­mo si eso no fue­ra un pe­li­gro evi­den­te: en Gra­na­da esa tar­de abrió la fae­na de mu­le­ta con es­ta­tua­rios y pa­ses cam­bia­dos por la es­pal­da ajus­ta­dos has­ta el de­li­rio, que hi­cie­ron que me vol­vie­ra a fro­tar los ojos co­mo me ha ocu­rri­do en al­gu­na oca­sión con to­re­ros que han de ga­nar­se el si­tio ex­hi­bien­do va­len­tía ca­si sui­ci­da. Evi­den­te­men­te sa­be lo que ha­ce (ha

Es un tío de ape­nas vein­te años –si los tie­ne– que va a po­ner to­do es­to bo­ca aba­jo du­ran­te el tiem­po que du­re ha­cien­do lo que ha­ce

te­ni­do buen maes­tro, el gran Jo­sé An­to­nio Cam­pu­zano), pe­ro con­si­gue me­ter­se al pú­bli­co en el bol­si­llo. A los dos días, en San­lú­car de Ba­rra­me­da, cor­tó los dos ra­bos a sus opo­nen­tes y de­jó mo­men­tos de esos a los que no es­ta­mos acos­tum­bra­dos (ten­go aún en el ar­chi­vo de la men­te un qui­te por ca­le­se­ri­nas es­tre­me­ce­do­ra­men­te her­mo­so). No sé cuán­to du­ra­rá pi­san­do esos te­rre­nos, ya que el mo­tor pa­ra to­rear así no du­ra eter­na­men­te, por lo que les in­vi­to a que, si tie­nen una mí­ni­ma cu­rio­si­dad por el ar­te de to­rear, va­yan a ver­lo. Va­le un Pe­rú en­te­ro y es un tío que se vis­te por los pies.

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