A fon­do.

Era la per­la del Pa­cí­fi­co. Hoy, Aca­pul­co es la ciu­dad con más muertes en Mé­xi­co. La Gue­rra que man­tie­nen cin­co car­tels por con­tro­lar sus ca­lles ha sem­bra­do de te­rror has­ta la pla­yas.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - CARADEC'H POR JEAN-MI­CHEL

Aca­pul­co –his­tó­ri­co des­tino pa­ra­di­sia­co de Mé­xi­co– es ya la ciu­dad con más muertes vio­len­tas del país. Has­ta cin­co cár­te­les de la dro­ga lu­chan allí por el con­trol del te­rri­to­rio.

LOS TRES HOM­BRES AVAN­ZAN CON DI­FI­CUL­TAD POR LA PLA­YA TAMARINDOS, EN­TRE LAS SOM­BRI­LLAS Y LOS NI­ÑOS QUE JUE­GAN EN LA ARE­NA.

Sus ca­mi­se­tas con los co­lo­res de un club de fútbol ame­ri­cano y sus fla­man­tes Ni­ke fluo­res­cen­tes son tan in­con­fun­di­bles que los 'man­te­ros' re­co­gen sus ca­chi­va­ches y hu­yen a to­da pri­sa. Es­ta vez, sin em­bar­go, los ma­to­nes no van tras los ven­de­do­res am­bu­lan­tes. Se acer­can a un chi­rin­gui­to y abren fue­go so­bre el en­car­ga­do. El hom­bre di­ri­ge su pe­que­ño ne­go­cio de al­qui­ler de som­bri­llas des­de ha­ce dé­ca­das, pe­ro se ne­gó a pa­gar la mor­di­da (lla­ma­da 'co­ta') al ca­po lo­cal. O, peor, qui­zá no se la pa­gó al cártel ade­cua­do. An­tes de mar­char­se, el que pa­re­ce el je­fe dis­pa­ra una úl­ti­ma ba­la en la ca­be­za del hom­bre ten­di­do. Cum­pli­da su mi­sión, los si­ca­rios re­gre­san con el mis­mo pa­so can­sino, de­jan­do a un la­do a una pa­re­ja de tu­ris­tas ca­na­dien­ses ate­rro­ri­za­da e in­mó­vil so­bre sus toa­llas de ba­ño. «Bien­ve­ni­dos a Aca­pul­co» pro­cla­ma en to­das las len­guas una ban­de­ro­la en el ae­ro­puer­to in­ter­na­cio­nal Juan N. Álvarez. Mos­tra­do­res aban­do­na­dos, tien­das ce­rra­das, car­te­les pu­bli­ci­ta­rios he­chos ji­ro­nes, em­plea­dos ocio­sos: en el de­sier­to ae­ro­puer­to to­da­vía per­vi­ven ves­ti­gios de los bue­nos tiem­pos. La om­ni­pre­sen­cia de po­li­cías, de mi­li­ta­res ar­ma­dos has­ta los dien­tes y de vehícu­los blin­da­dos acen­túa la ima­gen de una re­pú­bli­ca ba­na­ne­ra en ple­na in­su­rrec­ción. El es­ta­do de Gue­rre­ro se ha con­ver­ti­do en el cam­po de ba­ta­lla de los ca­pos me­xi­ca­nos de la dro­ga. Su lu­cha por el po­der es im­pla­ca­ble. En la ciu­dad, una mi­ría­da de ban­das lo­ca­les se ma­ta en­tre sí por el con­trol de una man­za­na de casas o por una mor­di­da de al­gu­nas po­cas de­ce­nas de pe­sos. Aquí cer­ca, en la lo­ca­li­dad de Igua­la, fue don­de 43 es­tu­dian­tes des­apa­re­cie­ron y fue­ron ma­sa­cra­dos en 2014. El ba­lan­ce de 2015 es ate­rra­dor: 1300 ase­si­na­tos; 196 en los dos pri­me­ros me­ses de 2016. En re­la­ción con su po­bla­ción, Aca­pul­co es la ciu­dad en la que más muertes se pro­du­cen

LOS ASE­SI­NOS FILMAN EL CA­DÁ­VER Y A LOS TES­TI­GOS. LUE­GO, EL CÁRTEL CUELGA EL VÍ­DEO EN LA RED

LA ÚNI­CA ES­PE­RAN­ZA: LA ANAR­QUÍA EM­PIE­ZA A PER­JU­DI­CAR A LOS PRO­PIOS CÁR­TE­LES. EL MER­CA­DO IN­MO­BI­LIA­RIO SE HUN­DE

en Mé­xi­co. Aun­que es­to son so­lo ci­fras ofi­cia­les. Los pe­rio­dis­tas lo­ca­les es­pe­cia­li­za­dos en 'no­tas ro­jas' (los su­ce­sos san­grien­tos) es­ti­man que mu­chas fa­mi­lias, que no quie­ren res­pon­der pre­gun­tas a la Po­li­cía, en­tie­rran de for­ma dis­cre­ta el mis­mo nú­me­ro de muer­tos. Du­ran­te la Se­ma­na San­ta, con su afluen­cia de tu­ris­tas, el ba­lan­ce ofi­cial era de 38 muer­tos. Pe­ro, en reali­dad, al­can­za­ría am­plia­men­te los 60. «Pue­de ha­ber has­ta cin­co o seis 'on­ces' por día», ex­pli­ca Pe­dro, uti­li­zan­do el có­di­go de ra­dio de la Po­li­cía pa­ra de­sig­nar un homicidio. «Mien­tras los in­ves­ti­ga­do­res efec­túan las pri­me­ras com­pro­ba­cio­nes, si se pro­du­ce otro cri­men en otro lu­gar, los fa­mi­lia­res tie­nen tiem­po de ha­cer des­apa­re­cer el ca­dá­ver y cual­quier in­di­cio». ¿Y los tes­ti­gos? La pre­gun­ta pro­vo­ca la hi­la­ri­dad del pe­rio­dis­ta en­tre­vis­ta­do. «¡La Po­li­cía ha re­nun­cia­do a in­te­rro­gar a los tes­ti­gos! ¡Na­die tie­ne ga­nas de des­cri­bir a los ase­si­nos! Los ser­vi­cios ju­di­cia­les de iden­ti­fi­ca­ción se con­for­man con re­unir los in­di­cios ma­te­ria­les, co­mo en una se­rie de te­le­vi­sión, y de re­dac­tar in­for­mes que na­die lee­rá ja­más». Re­sul­ta­do: la ta­sa de es­cla­re­ci­mien­to de ase­si­na­tos en Aca­pul­co ape­nas lle­ga al 3,3 por cien­to del to­tal.

LA MI­TAD DE LOS HO­TE­LES Y LAS TIEN­DAS ES­TÁN CE­RRA­DOS

La pu­si­la­ni­mi­dad de los tes­ti­gos es fá­cil de ex­pli­car. Pa­ra em­pe­zar, los nar­cos dis­po­nen de una red im­pre­sio­nan­te de so­plo­nes, los 'halcones' –po­li­cías co­rrup­tos, em­plea­dos de ho­tel...–, que les tras­la­dan el más mí­ni­mo de­ta­lle útil. Ade­más, tras una eje­cu­ción no es ex­tra­ño que el ase­sino vuel­va al lu­gar de los he­chos pa­ra fil­mar el ca­dá­ver… y a los tes­ti­gos, a los que así se pue­de iden­ti­fi­car ya con fa­ci­li­dad. Las fo­tos y los ví­deos se cuel­gan en la Red –en pá­gi­nas co­mo Lo Real de Gue­rre­ro– al­gu­nas ve­ces in­clu­so an­tes de que lle­gue la Po­li­cía. Arres­tar a los cul­pa­bles de­pen­de pues de la vo­lun­tad de Dios o del azar. En fe­bre­ro, un abo­ga­do pri­mo del an­ti­guo al­cal­de fue ase­si­na­do de cua­tro ba­la­zos en la es­pal­da mien­tras co­mía en un res­tau­ran­te a po­cos me­tros de la muy chic ave­ni­da Cos­te­ra. El ma­tón, un jo­ven de unos 20 años, que ni si­quie­ra se to­mó la mo­les­tia de en­fun­dar su ar­ma al ale­jar­se del lu­gar, fue de­te­ni­do por una pa­tru­lla a la vuel­ta de una es­qui­na. Es­te in­só­li­to arres­to pro­vo­có una con­fu­sión tal en las ins­ti­tu­cio­nes ju­di­cia­les que el abo­ga­do del ase­sino se in­dig­nó pú­bli­ca­men­te an­te es­ta fal­ta de fi­de­li­dad… ¡a las tra­di­cio­nes! Hoy, Aca­pul­co de­be­ría lla­mar­se más bien 'Apo­ca­lip­sis Now': la mi­tad de los gran­des ho­te­les y de las bou­ti­ques de la Cos­te­ra es­tán ce­rra­dos. En el puer­to, ca­si de­sier­to, los gran­des cru­ce­ros ya no ha­cen es­ca­la y los ya­tes han aban­do­na­do sus ma­ri­nas. Y es que en Aca­pul­co hoy se li­bra una gue­rra. «Hay cua­ren­ta ban­das en Aca­pul­co –ex­pli­ca el pro­cu­ra­dor ge­ne­ral Olea Pe­láez– y una so­la so­lu­ción pa­ra aca­bar con ellas: lim­piar 'los ba­rrios'», las zo­nas po­pu­la­res cons­trui­das en las es­tri­ba­cio­nes del sur de la Sierra Ma­dre, un for­mi­da­ble ma­ci­zo mon­ta­ño­so al cual se ado­sa la ciu­dad. Las ban­das que, de­pen­dien­do de su im­por­tan­cia, con­tro­lan uno o va­rios ba­rrios se bau­ti­zan con nom­bres de gue­rra: Los Ven­ga­do­res del Pue­blo, Los Co­man­dos del Dia­blo, Los Te­me­ra­rios, Los Ro­jos, Los Bui­tres… Pe­ro sus me­dios de sub­sis­ten­cia son los mis­mos: ven­ta de dro­ga, ex­tor­sión, se­cues­tros, tor­tu­ras y ase­si­na­tos. En gue­rra per­pe­tua en­tre ellos, so­lo co­no­cen un ve­re­dic­to po­si­ble: el ca­li­bre 9 mm.

LOS NAR­COS BUS­CAN CON­TRO­LAR EL PUER­TO DE LA CIU­DAD

La cri­mi­na­li­dad de los ba­rrios es, en reali­dad, una gue­rra de po­bres con­tra po­bres. Las mor­di­das no so­bre­pa­san al­gu­nas de­ce­nas de pe­sos y se di­ri­gen a pes­ca­do­res, pe­que­ños co­mer­cian­tes, ar­te­sa­nos, ta­xis­tas e in­clu­so obre­ros… Es en el in­te­rior del país don­de se jue­ga la ver­da­de­ra gue­rra, en los va­lles es­con­di­dos de la Sierra Ma­dre, el do­mi­nio del nar­co. Allí, cen­te­na­res de cam­pe­si­nos se de­di­can a la cul­tu­ra de la ador­mi­de­ra; y pue­blos en­te­ros es­tán en ma­nos de los tra­fi­can­tes. En los la­bo­ra­to­rios ul­tra­mo­der­nos edi­fi­ca­dos en ple­na sel­va, quí­mi­cos asiá­ti­cos trans­for­man el opio en he­roí­na. Es­tas lu­jo­sas ha­cien­das, cons­trui­das co­mo for­ta­le­zas en pun­tos inac­ce­si­bles, son so­la­men­te de­tec­ta­bles por sa­té­li­te. Cin­co cár­te­les ro­dean hoy a Aca­pul­co: el de Si­na­loa, la fa­mi­lia Mi­choa­ca­na, Los Ca­ba­lle­ros Tem­pla­rios, la fa­mi­lia de Los Ro­jos y el Ci­da (Cártel Independiente de Aca­pul­co). En jue­go, el con­trol del puer­to. Pa­ra los nar­cos, la sa­li­da es es­tra­té­gi­ca tan­to pa­ra la ex­por­ta­ción de la he­roí­na co­mo pa­ra la im­por­ta­ción de ma­qui­na­ria y de pro­duc­tos quí­mi­cos ne­ce­sa­rios pa­ra la trans­for­ma­ción de la ma­te­ria pri­ma. La anar­quía que rei­na en la ciu­dad es­tá em­pe­zan­do a pa­sar fac­tu­ra a los pro­pios cár­te­les. La caí­da del tu­ris­mo y de los pre­cios in­mo­bi­lia­rios es ca­tas­tró­fi­ca… Ya no les sa­len las cuen­tas. Pe­ro los ca­pos han de­mos­tra­do mu­chas ve­ces que son ca­pa­ces de de­jar de ma­tar­se unos a otros, en aras de un in­te­rés su­pe­rior. Eso es­tá ocu­rrien­do es­tos días. Ba­jo el im­pul­so del cártel de Si­na­loa, aca­ba de de­cla­rar­se una operación de 'lim­pie­za'. An­te las na­ri­ces de las au­to­ri­da­des, se ha fi­ja­do un to­que de que­da a las 11 de la no­che en los ba­rrios más afec­ta­dos. Los que lo vio­len re­ci­bi­rán una ba­la en el crá­neo, y pa­ra los más tes­ta­ru­dos ha­brá de­ca­pi­ta­ción.

/ FO­TO­GRA­FÍAS: ENRICO DAGNINO

LA AUTODEFENSA Los ha­bi­tan­tes de Aca­pul­co y las ciu­da­des cer­ca­nas han crea­do mi­li­cias de autodefensa con­tra el nar­co. En la fo­to, va­rios mi­li­cia­nos mon­tan guar­dia du­ran­te el entierro de uno de los su­yos.

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