"SUS­PEN­DÍA, ME CAS­TI­GA­BAN... DE­CÍAN QUE NO VA­LÍA PA­RA ES­TU­DIAR. PE­RO ELLA APOS­TÓ POR MÍ"

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine En Primer Plano -

El psi­quia­tra Luis Ro­jas Mar­cos, an­ti­guo pre­si­den­te eje­cu­ti­vo del Sis­te­ma de Sanidad y Hos­pi­ta­les Pú­bli­cos de Nue­va York y miem­bro del Con­se­jo de Me­di­ci­na de ese es­ta­do, car­gó du­ran­te años con la eti­que­ta de mal alumno, sus­pen­di­do y cas­ti­ga­do mu­chas ve­ces. Afor­tu­na­da­men­te, án­ge­les, así las lla­ma él, co­mo do­ña Lo­li­na –la di­rec­to­ra de su úl­ti­mo co­le­gio– y su pro­pia ma­dre, vie­ron en él al­go más... que sus di­fi­cul­ta­des.

P. Fue un ni­ño con trastorno por dé­fi­cit de aten­ción e hi­per­ac­ti­vi­dad (TDAH) en tiem­pos en que no es­ta­ba iden­ti­fi­ca­do. ¿Có­mo lo vi­vió en el co­le­gio? R. Re­cuer­do que, con 13 años, me sen­ta­ban en la úl­ti­ma fi­la. Ha­bía un pu­pi­tre ne­gro que se con­vir­tió en ‘mi pu­pi­tre’, por­que no obe­de­cía, sal­ta­ba, can­ta­ba... Aho­ra me río, pe­ro en­ton­ces me pre­gun­ta­ba: «¿Qué me pa­sa?, ¿por qué no en­ca­jo?». P. ¿Se sen­tía dis­cri­mi­na­do? R. In­com­pren­di­do. El co­le­gio era un lu­gar don­de te­nía pro­ble­mas, sus­pen­día y mi au­to­es­ti­ma se po­nía a prue­ba. Las cla­ses eran una si­tua­ción de opre­sión. No me per­mi­tían uti­li­zar es­ta ener­gía fí­si­ca que me ha­cía sal­tar, mo­ver­me. Es­tar sen­ta­do to­da la cla­se era un mar­ti­rio. P. ¿El pu­pi­tre ne­gro era uno de mu­chos cas­ti­gos?

R. Sí. Me ti­ra­ron de las ore­jas li­te­ral­men­te, me pe­ga­ban, me po­nían de ro­di­llas, con los bra­zos en cruz, en una es­qui­na por don­de pa­sa­ban los es­tu­dian­tes ca­mino del co­me­dor... P. ¿Us­ted có­mo reac­cio­na­ba? R. Du­ran­te tres años sa­lí en las co­fra­días en Se­ma­na San­ta. Pen­sa­ba: «¡A ver si es­to me ayu­da!». P. ¿Lo veían co­mo un caso per­di­do? R. Con 14 años me sus­pen­die­ron to­do me­nos

las tres ma­rías: Gimnasia, Re­li­gión y, en aque­llos tiem­pos de Fran­co, For­ma­ción del Es­pí­ri­tu Na­cio­nal. Eso, mez­cla­do con mi ener­gía, hi­zo que los je­sui­tas les di­je­ran a mis pa­dres que me­jor apren­die­ra un ofi­cio, por­que es­tu­diar no era lo mío. P. ¿Sus pa­dres les hi­cie­ron caso? R. Me man­da­ron al sur de Fran­cia pa­ra apren­der fran­cés, pe­ro al vol­ver a Se­vi­lla in­sis­tie­ron. Pa­sé a un co­le­gio lai­co, San­to Án­gel, en la calle Fa­bio­la, don­de iban ni­ños y ado­les­cen­tes ca­tea­dos. P. ¿Có­mo le fue? R. Mi vi­da cam­bió. La di­rec­to­ra, do­ña Lo­li­na, una se­ño­ra cor­pu­len­ta que da­ba unos gri­tos que pa­ra­li­za­ban, se fi­jó en mí. P. ¿Qué hi­zo? R. Me sen­tó en la pri­me­ra fi­la. Ade­más, in­ven­tó una pa­la­bra pa­ra lo que me pa­sa­ba. Na­die co­no­cía el TDAH y ella lo lla­ma­ba ‘fur­bu­chi’. Me di­jo: «Luis, cuan­do te dé el ‘fur­bu­chi’ pi­des per­mi­so al pro­fe­sor, pa­ra sa­lir unos mi­nu­tos y des­fo­gar­te. Lue­go vuel­ves a cla­se». No era un pro­ce­di­mien­to nor­mal, pe­ro tu­ve es­ta gran suer­te. P. ¿Vol­vió a ver­la? R. Sí. Años des­pués. Le pre­gun­té qué ha­bía vis­to en mí y no su­po de­cir­me. P. ¿Qué efec­tos tu­vie­ron las me­di­das de do­ña Lo­li­na? R. Es­tar en pri­me­ra fi­la y sa­lir si lo ne­ce­si­ta­ba fue muy im­por­tan­te pa­ra ca­na­li­zar po­co a po­co mi ca­pa­ci­dad pa­ra en­fo­car­me. Ha­bía en­tra­do a un co­le­gio don­de no co­no­cían mi ma­la fa­ma y pu­de crear mi nue­va iden­ti­dad. P. Des­ha­cer­se de las eti­que­tas que le ha­bían pues­to...

R. Des­de lue­go. Cam­biar de co­le­gio es una so­lu­ción en mu­chos ca­sos, pe­ro, en ge­ne­ral, no es al­go que con­tem­plen los pa­dres; ellos in­sis­ten en que su hi­jo lo va a su­pe­rar. Se ve co­mo un fra­ca­so, pe­ro le da al ni­ño, aun­que no siem­pre, la opor­tu­ni­dad de crear una nue­va ima­gen. Los nue­vos pro­fe­so­res pue­den bus­car una ma­ne­ra nue­va de ayu­dar­lo. P. ¿To­do eso le hi­zo cam­biar su per­cep­ción de sí mis­mo? R. Sí. Con 16 años per­ci­bí que te­nía mis di­fi­cul­ta­des, pe­ro que po­día en­cau­zar mi ener­gía de for­ma cons­truc­ti­va. Fue­ron mo­men­tos di­fí­ci­les, pe­ro tu­ve suer­te de en­con­trar án­ge­les anó­ni­mos que vie­ron en mí al­go que se po­día res­ca­tar. Co­mo do­ña Lo­li­na y co­mo mi ma­dre, que, años an­tes, me ayu­dó a que mi au­to­es­ti­ma no se des­tru­ye­ra. P. ¿De qué ma­ne­ra? R. Me sus­pen­dían, de­cían que yo era un desas­tre, pe­ro mi ma­dre su­po ver al­go po­si­ti­vo en mí. Tu­ve la suer­te de te­ner buen oí­do y ella se dio cuen­ta cuan­do te­nía ocho años. Me mo­ti­vó pa­ra que lo desa­rro­lla­ra apun­tán­do­me a cla­ses de mú­si­ca. La mú­si­ca me sal­vó. De­cían lo que de­cían de mí, pe­ro te­nía es­ta ca­li­dad re­den­to­ra; me re­di­mía. To­ca­ba el piano, la ba­te­ría, la gui­ta­rra... Con 16 años for­mé un con­jun­to, to­ca­ba por la ra­dio de vez en cuan­do y aque­llo com­pen­sa­ba mi au­to­es­ti­ma. P. Hoy, a los 72 años, des­pués de to­das las di­fi­cul­ta­des, es un pro­fe­sio­nal de pres­ti­gio. ¿Cuál ha si­do la cla­ve? R. La cla­ve es en­con­trar, des­de pe­que­ños, per­so­nas que te acep­ten, que de al­gu­na for­ma vean tu po­ten­cial y te ayu­den a man­te­ner tu au­to­es­ti­ma ra­zo­na­ble­men­te po­si­ti­va y sa­lu­da­ble. La au­to­es­ti­ma es fun­da­men­tal. Yo tu­ve es­ta suer­te. En mi caso fue­ron per­so­nas que no eran de nin­gu­na ma­ne­ra ex­per­tas en el te­ma. He he­cho tra­ve­su­ras se­rias. Po­día ha­ber­me me­ti­do en líos. P. Es de­cir, que sin un sal­va­dor ¿no hay su­pera­ción? R. Hay tres ca­mi­nos. El pri­me­ro es el de la su­pera­ción; los que lo su­pe­ran con la ayu­da de ma­dri­nas y pa­dri­nos que te van sur­gien­do a lo lar­go de tu vi­da, co­mo me ha pa­sa­do a mí. Te­nien­do en cuen­ta a es­tos án­ge­les anó­ni­mos, co­mo me gus­ta lla­mar a los que vie­ron al­go bueno en mí, pue­de que el pro­ce­so lle­gue de una for­ma na­tu­ral –ma­du­ras y en­cau­zas po­si­ti­va­men­te tu ener­gía– o pue­de que ne­ce­si­tes tra­ta­mien­to. El re­sul­ta­do es que la im­pul­si­vi­dad y la dis­trac­ción van dis­mi­nu­yen­do. P. ¿Y los otros dos ca­mi­nos? R. El se­gun­do es la de­pre­sión; la au­to­es­ti­ma da­ña­da des­de ni­ños, sen­tir­se in­fe­rio­res, di­fe­ren­tes. La ta­sa de sui­ci­dio en­tre adul­tos con TDAH es su­pe­rior al de la po­bla­ción en ge­ne­ral. El ter­ce­ro es la de­lin­cuen­cia. Hi­ci­mos es­tu­dios de vio­len­cia en los co­le­gios y en las pri­sio­nes de Nue­va York. En la cár­cel mu­ni­ci­pal hay 10.000 pre­sos y, en­tre ellos, la pro­por­ción es muy al­ta de jó­ve­nes o adul­tos que de pe­que­ños eran hi­per­ac­ti­vos y su im­pul­si­vi­dad y su ex­ce­so de ener­gía los lle­va­ron a co­me­ter ro­bos y pe­leas aquí y allí. Una vez que en­tras, es muy di­fí­cil sa­lir.

"LAS CLA­SES ERAN UNA SI­TUA­CIÓN DE OPRE­SIÓN. CON 14 AÑOS SUSPENDÍ TO­DO ME­NOS GIMNASIA Y RE­LI­GIÓN"

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