Los hos­pi­ta­les fi­chan ya pe­rros te­ra­peu­tas

Pe­rro­te­ra­pia. Es de­cir, pe­rros que ejer­cen co­mo te­ra­peu­tas. En Es­pa­ña, dos hos­pi­ta­les ya los uti­li­zan pa­ra ayu­dar a los ni­ños a afron­tar lar­gos in­gre­sos, ci­ru­gías e in­clu­so mi­ti­gar la an­gus­tia en una sa­la de es­pe­ra. Son ani­ma­les que se mue­ven por sa­las de

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario -

A los ni­ños que no quie­ren le­van­tar­se de la ca­ma tras ser ope­ra­dos los pe­rros los con­ven­cen pa­ra dar un pa­seo

Hoy es un gran día pa­ra Efrén. Le aca­ban de de­cir que ya es­tá cu­ra­do. Efrén, de cin­co años, in­gre­só ha­ce tres se­ma­nas en el hos­pi­tal Sant Joan de Déu de Bar­ce­lo­na con una pan­crea­ti­tis gra­ve pro­vo­ca­da por uno de los me­di­ca­men­tos que to­ma pa­ra com­ba­tir la epi­lep­sia. Ha pa­sa­do jor­na­das de an­gus­tia, tu­bos, do­lo­res y pin­cha­zos. Han si­do días te­rri­bles en los que in­clu­so se pen­só que po­dría te­ner cáncer. «TO­DO SE LE PA­SA­BA CUAN­DO Bam­ba ve­nía a vi­si­tar­lo», cuen­ta Marta, la ma­dre de Efrén. Bam­ba tie­ne su tar­je­ta iden­ti­fi­ca­ti­va y su uni­for­me. Es par­te del per­so­nal de uno de los hos­pi­ta­les del mun­do don­de se per­mi­te la en­tra­da a los pe­rros. No a cual­quier pe­rro, por su­pues­to: Bam­ba es te­ra­peu­ta, es­tá adies­tra­da pa­ra ayu­dar a los ni­ños in­gre­sa­dos. Y es­tá acre­di­ta­da pa­ra ac­ce­der a las sa­las de es­pe­ra, ha­bi­ta­cio­nes, sa­las de cu­ras, pa­si­llos... Tra­ba­ja con to­dos los ni­ños del hos­pi­tal Sant Joan de Déu (el cen­tro pio­ne­ro en Es­pa­ña en te­ra­pia hos­pi­ta­la­ria con pe­rros), «ex­cep­to con los que tie­nen he­ri­das abier­tas, es­tán en la UCI, son alér­gi­cos, es­tán ba­jos de de­fen­sas y los de neo­na­to­lo­gía», ex­pli­ca Nú­ria Se­rra­llon­ga, en­fer­me­ra y psi­có­lo­ga en­car­ga­da de la uni­dad de in­ter­ven­cio­nes asis­ti­das con ani­ma­les del Sant Joan de Déu. «El pe­rro en sí no cu­ra, pe­ro ayu­da mu­cho en la re­la­ción en­tre el ni­ño y el per­so­nal del hos­pi­tal, ade­más los re­la­ja y mo­ti­va», cuen­ta. A los pe­que­ños que no se quie­ren le­van­tar de la ca­ma por­que los han ope­ra­do de es­co­lio­sis y les da mie­do ca­mi­nar, los pe­rros los con­ven­cen pa­ra dar un pa­seo. El tru­co es pe­dir al ni­ño que ayu­de al pe­rro. A los que se asus­tan y se al­te­ran por­que les van a po­ner una vía o una in­yec­ción, se los con­ven­ce pa­ra que ha­gan ellos de mé­di­cos con los pe­rros. Com­prue­ban có­mo los ani­ma­les se de­jan ha­cer tan tran­qui­los (usan je­rin­gui­llas sin agu­ja) y eso los tran­qui­li­za. A los que su­fren an­sie­dad, an­gus­tia, de­ses­pe­ra­ción tras se­ma­nas de tra­ta­mien­to, in­ter­na­mien­to y 'pe­rre­rías' mé­di­cas, los ani­ma­les les in­yec­tan paz y so­sie­go. Una de las téc­ni­cas que se uti­li­zan es la del 'pe­rro man­ta': el ani­mal se tum­ba bo­caa­rri­ba y el ni­ño se co­lo­ca en­ci­ma, en si­len­cio, con la ore­ja so­bre el pe­cho del pe­rro. Su co­ra­zón y su res­pi­ra­ción le con­ta­gian un so­sie­go se­dan­te y fre­nan la an­sie­dad.

CUI­DA­DO CON EL CON­TA­GIO. Así tra­ba­jan aho­ra los ca­nes que for­man par­te de la uni­dad fun­cio­nal de in­ter­ven­cio­nes asis­ti­das con ani­ma­les del hos­pi­tal bar­ce­lo­nés, pe­ro an­tes so­lo tra­ta­ban a pa­cien­tes del ser­vi­cio de psi­quia­tría. Los pe­rros en­tra­ron

en es­te cen­tro en 2010, cuan­do ya se uti­li­za­ban en otros paí­ses co­mo Ita­lia, Ale­ma­nia o Es­ta­dos Uni­dos. Hu­bo que ha­cer mu­cho pa­pe­leo por­que ha­bía que ase­gu­rar que los ani­ma­les no con­ta­gia­ran en­fer­me­da­des a los pa­cien­tes hos­pi­ta­la­rios y hu­bo que 'nor­ma­li­zar' su pre­sen­cia allí. Los pe­rros tra­ba­jan en pa­re­ja. Siem­pre

los acom­pa­ña un adies­tra­dor. Y siem­pre acu­den a pe­ti­ción de al­gún fa­cul­ta­ti­vo y con el con­sen­ti­mien­to de los pa­dres del me­nor. En el hos­pi­tal Te­re­sa He­rre­ra de La Coruña, el otro cen­tro es­pa­ñol que ofre­ce pe­rro­te­ra­pia en co­la­bo­ra­ción con la Fun­da­ción Ma­ría Jo­sé Jo­ve, los ani­ma­les de mo­men­to so­lo ayu­dan a los ni­ños con trastorno de es­pec­tro au­tis­ta. Ya han tra­ta­do a 23 ni­ños y los re­sul­ta­dos son ex­ce­len­tes. «Es­ta­mos es­tu­dian­do el efec­to en sus re­la­cio­nes des­pués con el res­to de gen­te. El pe­rro ha­ce de puen­te, de te­ma de con­ver­sa­ción con el te­ra­peu­ta, con su fa­mi­lia, con otros ni­ños», ex­pli­ca el doc­tor Mi­guel Alonso, je­fe de reha­bi­li­ta­ción in­fan­til del hos­pi­tal Te­re­sa He­rre­ra.

«HO­LA, PE­RRI­TO, ¿CÓ­MO ES­TÁS?». Alicia, de tres años y me­dio, es ami­ga de Fus­co, Ve­nus, Ma­rron y Jim des­de ha­ce va­rios me­ses. Jue­ga con ellos an­tes de en­trar en la con­sul­ta. Alicia es muy ca­ri­ño­sa. En cuan­to apa­re­cen los pe­rros, los sa­lu­da. «Ho­la, pe­rri­to, ¿có­mo es­tás?», le di­ce piz­pi­re­ta. Se acer­ca a aca­ri­ciar­los, los lle­va de pa­seo y les da ór­de­nes pre­ci­sas, que ellos obe­de­cen

en­se­gui­da. «Sién­ta­te, túm­ba­te», di­ce Alicia, muy re­suel­ta. Ellos obe­de­cen.

UNA CUES­TIÓN DE INS­TIN­TO. A Alicia le cues­ta mu­cho más co­mu­ni­car­se con ni­ños de su edad que con es­tos ani­ma­les pa­cien­tes y man­sos. «Yo creo que es una cues­tión de ins­tin­tos. Los ni­ños, cuan­do se es­tán desa­rro­llan­do, co­mo es el caso de Alicia, y los ani­ma­les se mue­ven por ins­tin­to. Por eso co­nec­tan tan bien», di­ce Su­so, el pa­dre de es­ta ni­ña que es­tá en pro­ce­so

"El ani­mal ha­ce de puen­te en­tre el ni­ño y su te­ra­peu­ta, su fa­mi­lia y otros ni­ños", ex­pli­ca el doc­tor Alonso

de diag­nós­ti­co, tie­ne pro­ble­mas con el len­gua­je y con las re­la­cio­nes. Con los pe­rros es­tá apren­dien­do a no ha­blar tan al­to, a mo­du­lar el tono e in­clu­so a ser más tran­qui­la. Es un tor­be­llino. Fus­co, un can de pa­llei­ro (ra­za au­tóc­to­na ga­lle­ga) de nue­ve años con an­te­pa­sa­dos pas­to­res, es ex­per­to en el tra­to con ni­ños y se de­ja ha­cer con ama­ble man­se­dum­bre. Alicia le da be­sos y lo lle­va de acá pa­ra allá.

ACA­RI­CIAR Y TI­RAR LA PE­LO­TA. En otros cen­tros tam­bién se usan pe­rros en fi­sio­te­ra­pia: los ni­ños ti­ran pe­lo­tas a los ani­ma­les, los aca­ri­cian, los pei­nan y así, sin dar­se cuen­ta y sin pro­tes­tar, se es­tán ejer­ci­tan­do. A Efrén los pe­rros lo han ayu­da­do a se­re­nar­se, a aguan­tar co­mo un cam­peón el te­ner una son­da en el es­tó­ma­go y el in­tes­tino y no in­ten­tar qui­tár­se­la. «Tam­bién lo ha ayu­da­do a co­mu­ni­car­se a ex­pre­sar có­mo se sen­tía», cuen­ta Marta, la ma­dre de Efrén. El ni­ño ha­cía de mé­di­co, aus­cul­ta­ba al ani­mal, lo fe­li­ci­ta­ba por su buen com­por­ta­mien­to, le da­ba pre­mios y al des­pe­dir­se cho­ca­ban la mano. In­clu­so han com­par­ti­do ca­ma (con un em­pa­pa­dor so­bre el col­chón en la zo­na ocu­pa­da por

el pe­rro). Hu­bo días en los que Efrén no se po­día mo­ver. Esas vi­si­tas eran vi­ta­les pa­ra él.

SA­LA DE ES­PE­RA DE UR­GEN­CIAS. En el hos­pi­tal Queen Eli­za­beth de Londres, los pe­rros tam­bién ayu­dan a las fa­mi­lias de los pa­cien­tes de ur­gen­cias. Los ani­ma­les mi­ti­gan la an­gus­tia en la sa­la de es­pe­ra: «Los be­ne­fi­cios son ca­si in­me­dia­tos, a la gen­te le ba­ja la

an­sie­dad y tam­bién me­jo­ra la pre­sión san­guí­nea», ex­pli­ca Mi­ke Mac­do­nald, del ser­vi­cio de ur­gen­cias. Mu­cho me­jor un pe­rro que un cal­man­te.

POR FÁ­TI­MA URI­BA­RRI / FO­TO­GRA­FÍAS: CARLOS LU­JÁN

Acom­pa­ña­dos de sus adies­tra­do­res, los pe­rros se tum­ban en la sa­la. Los más ex­tro­ver­ti­dos, co­mo Alicia, se acer­can a ellos. A los más tí­mi­dos les cues­ta, pe­ro tras va­rios días aca­ban aca­ri­cián­do­los. Al­gu­nos in­clu­so se han arran­ca­do a ha­blar.

Los pe­rros te­ra­peu­tas in­clu­so tie­nen per­mi­so pa­ra acos­tar­se con los ni­ños. Eli­sa­beth de Was­hing­ton D. C. uti­li­zó pe­rros pa­ra tra­tar a sol­da­dos del Ejér­ci­to de Es­ta­dos Uni­dos en 1919. Y des­de los años se­ten­ta del si­glo XX mu­chos hos­pi­ta­les nor­te­ame­ri­ca­nos, eu­ro­peos y aus­tra­lia­nos abren sus puer­tas a los pe­rros te­ra­peu­tas. Los be­ne­fi­cios son evi­den­tes. Un es­tu­dio de la Es­cue­la de En­fer­me­ría de la Uni­ver­si­dad de Ca­li­for­nia, en Los Án­ge­les, ha de­mos­tra­do que la vi­si­ta de 12 mi­nu­tos de los pe­rros a pa­cien­tes con pro­ble­mas car­dia­cos me­jo­ra­ba su pre­sión ar­te­rial y los ni­ve­les de adre­na­li­na.

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