Desa­yuno de do­min­go con…

Lo­ren­zo Sil­va Ma­drid, 1966. Soy abo­ga­do, es­cri­tor, edi­tor y el car­te­ro de 'Xlse­ma­nal'. He ganado los pre­mios Na­dal y Pla­ne­ta. Mi nue­vo li­bro, 'Don­de los es­cor­pio­nes' (Des­tino), es la 9.º en­tre­ga de la se­rie del guar­dia ci­vil Be­vi­lac­qua.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario -

Lo­ren­zo Sil­va.

Xlse­ma­nal. Es di­fí­cil man­te­ner una sa­ga co­mo la de Be­vi­lac­qua, pe­ro la su­ya ga­na lec­to­res con los años. Lo­ren­zo Sil­va. Hay un mo­men­to de­li­ca­do en las sa­gas: so­bre la sex­ta o la sép­ti­ma en­tre­ga. Yo me la to­mé muy en se­rio, pu­se to­da la car­ne en el asa­dor y los lec­to­res res­pon­die­ron muy bien: el per­so­na­je lo han crea­do tam­bién ellos. Aho­ra pre­pa­ro mi si­guien­te no­ve­la, se­rá his­tó­ri­ca, pe­ro ya ten­go cla­ra la dé­ci­ma de Be­vi­lac­qua. XL. Ha con­se­gui­do crear es­cue­la: una de sus hi­jas si­gue sus pa­sos. L.S. Sí, tie­ne 17 años y es­tá es­cri­bien­do; pe­ro no le gus­ta la no­ve­la ne­gra. Ya se sa­be: los hi­jos, pri­me­ro, tie­nen que ma­tar al pa­dre y en eso an­da [son­ríe]. XL. En ju­lio de 2014 via­jó a la ba­se mi­li­tar es­pa­ño­la de He­rat, en Af­ga­nis­tán: te­nía 48 años, cua­tro hi­jos… ¿Qué se le per­dió tan le­jos? L.S. Eso se pre­gun­ta­ba, ho­rro­ri­za­da, mi mu­jer [ríe]. Lle­va­ba diez años que­rrien­do co­no­cer ese país, uno de los más des­di­cha­dos de la Tie­rra. El si­glo XXI es un si­glo bé­li­co y Af­ga­nis­tán, el em­ble­ma de la gue­rra, el pa­gano de es­te con­flic­to. XL. ¿Via­jó bus­can­do una his­to­ria que con­tar o se la en­con­tró sin bus­car­la? L.S. An­tes de ir, te­nía al­gu­na du­da, pe­ro se di­si­pó al lle­gar: la his­to­ria es­ta­ba allí. Es la pri­me­ra vez que Be­vi­lac­qua acep­ta re­sol­ver un caso fue­ra de Es­pa­ña. XL. Es­ta nue­va no­ve­la es du­rí­si­ma, por la reali­dad tan vio­len­ta que des­cri­be. L.S. No­ti­cia de es­tos días: «Los ta­li­ba­nes uti­li­zan a ni­ños pros­ti­tui­dos pa­ra ma­tar a je­fes de la Po­li­cía af­ga­na». En la no­ve­la se ha­bla de esos ni­ños, ¿ver­dad?, pues tie­nen has­ta uti­li­dad bé­li­ca. Es­te li­bro es un via­je al ho­rror del co­ra­zón hu­mano. XL. Vio­la­cio­nes, tor­tu­ras... ¿Hay que es­tar en­fer­mo pa­ra ser tan cruel? L.S. Creo que el ser hu­mano tie­ne un fu­si­ble que no es tan di­fí­cil de fun­dir y que, la­men­ta­ble, no fal­ta gen­te que jue­ga a fun­dir­lo. Y no ha­blo so­lo de paí­ses bár­ba­ros: cuan­do los paí­ses ci­vi­li­za­dos man­dan a su gen­te a lu­ga­res don­de se les fun­den los fu­si­bles, ha­cen las mis­mas bar­ba­ri­da­des. El ser hu­mano es muy pe­li­gro­so y hay que te­ner mu­cho cui­da­do con qui­tar­le los fre­nos. XL. Por cier­to, ¿qué es lo que más le preo­cu­pa a nues­tros lec­to­res? L.S. Se man­tie­nen muy aten­tos y muy vi­vos. Des­ta­ca­ría dos co­sas: lo crí­ti­cos que se han vuel­to con el dis­cur­so po­lí­ti­co, in­clu­so con el de los su­yos, y la preo­cu­pa­ción –en jó­ve­nes, ma­du­ros y vie­jos– por la edu­ca­ción. La re­for­ma edu­ca­ti­va y el mo­de­lo edu­ca­ti­vo es el te­ma es­tre­lla que en­tra una y otra vez.

«Ca­fé con le­che, zu­mo de na­ran­ja y pan con acei­te. Pe­ro en Jaén me re­ga­la­ron uno de oli­va ex­tra vir­gen, de pri­me­ra pren­sa­da, in­ten­so y ver­de, y ya no me va­le con otro».

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