Pe­que­ñas in­fa­mias.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - Por Car­men Po­sa­das.

Can­cio­nes en ve­na.

leo que, a la vuel­ta del ve­rano, se re­edi­ta­rá la co­lec­ción com­ple­ta de dis­cos del gru­po Me­cano, tra­yén­do­lo de nue­vo al pri­mer plano de la ac­tua­li­dad. ¿La aban­do­nó al­gu­na vez? Pa­ra los de­vo­tos de ci­fras y es­ta­dís­ti­cas, los da­tos ob­je­ti­vos son im­pre­sio­nan­tes. Des­de su crea­ción, el gru­po ha ven­di­do más de vein­ti­cin­co mi­llo­nes de dis­cos en to­do el mun­do. Mu­jer con­tra mu­jer en fran­cés es la can­ción que más tiem­po ha si­do nú­me­ro uno en la his­to­ria de la mú­si­ca ga­la, mien­tras que Hi­jo de la lu­na es­tá con­si­de­ra­da la can­ción li­ge­ra es­pa­ño­la con más ver­sio­nes en otros idio­mas. Cruz de na­va­jas por su par­te es un himno en Mé­xi­co, co­mo Me cues­ta tan­to ol­vi­dar­te lo es en Chi­le y lo mis­mo ocu­rre con Ai­re en Ve­ne­zue­la, don­de, en su mo­men­to, mien­tras Queen ha­cía dos ve­ces El Po­lie­dro de Ca­ra­cas, Me­cano lo ha­cía seis… Pe­ro, más allá de ci­fras e hi­tos, Me­cano es par­te de la edu­ca­ción sen­ti­men­tal de va­rias ge­ne­ra­cio­nes. En mi ca­so, por ejem­plo, re­cuer­do que en el año 83, cuan­do me fui a vi­vir a Lon­dres, des­cu­brí que mis hi­jas em­pe­za­ban a ha­cer­se ma­yo­res y a cam­biar de sen­si­bi­li­dad gra­cias a uno de sus dis­cos. ¿Ma­má, por qué unas can­cio­nes cuen­tan his­to­rias y otras can­san?, me pre­gun­tó Sofía, que en­ton­ces de­bía de te­ner unos on­ce años. Du­ran­te aquel ve­rano ha­bía­mos es­cu­cha­do una y mil ve­ces una cin­ta del gru­po en la que es­ta­ban sus éxi­tos más co­mer­cia­les: la de «som­bra aquí y som­bra allá«, tam­bién la de «en tu fies­ta me co­lé», pe­ro de pron­to mis ni­ñas co­men­za­ron a in­tere­sar­se por otras, por las que «con­ta­ban his­to­rias», en su ca­so Hé­roes de la An­tár­ti­da, que na­rra la fra­ca­sa­da ex­pe­di­ción del ca­pi­tán Scott a la con­quis­ta del Po­lo Sur. Me gus­tó ver que a mi hi­ja le pa­sa­ba lo mis­mo que a mí. Hay can­cio­nes que nos gustan la pri­me­ra vez que las es­cu­cha­mos, que se nos cuelan en las en­ten­de­de­ras y nos co­lo­ni­zan in­clu­so sin ser par­ti­cu­lar­men­te bue­nas. Des­pués es­tán las can­cio­nes que mar­can hi­tos en nues­tras vi­das re­cor­dán­do­nos un mo­men­to, un pai­sa­je, un amor. Son –con per­mi­so de la mag­da­le­na de Proust– lo más pa­re­ci­do a la má­qui­na del tiem­po, per­mi­tién­do­nos vol­ver atrás, vi­brar, pen­sar, amar, oler, to­car, sen­tir exac­ta­men­te co­mo lo ha­cía­mos en el pa­sa­do. Pe­ro lue­go es­tán las otras, las más ex­tra­ñas, las que tal vez no di­cen de­ma­sia­do la pri­me­ra vez que se las oye, pe­ro que van en­tran­do en ve­na po­co a po­co co­mo un sua­ve ve­neno y arrai­gan, anidan y se que­dan pa­ra siem­pre. Yo, por ejem­plo, ten­go mu­chas y de dis­tin­to pe­la­je. Una es Se me ol­vi­dó otra vez, can­ta­da por Cha­ve­la Var­gas; des­pués es­tá Vol­vió una no­che, en la voz de Gar­del; o Soy una ro­ca, de Si­mon & Gar­fun­kel. Son can­cio­nes que se mue­ven por de­ba­jo de la epi­der­mis y que tal vez ni si­quie­ra re­mi­tan a una ex­pe­rien­cia per­so­nal que uno pue­da re­co­no­cer al me­nos de mo­do cons­cien­te. Pe­ro al­gu­na te­cla muy ín­ti­ma, muy pro­fun­da, de­ben de pul­sar por­que tie­nen la im­pa­ga­ble vir­tud –lle­ga­da es­ta pro­vec­ta y al­go des­creí­da edad mía– de ace­le­rar­le a uno el co­ra­zón co­mo cuan­do te­nía quin­ce años. En esa ben­di­ta li­ga de cam­peo­nes a la que re­cu­rro siem­pre que lo ne­ce­si­to pun­túa al­to una can­ción de Me­cano. Se lla­ma Lía y, co­mo tan­tas de las su­yas, la han ver­sio­na­do di­ver­sos ar­tis­tas, en­tre otros Ana Be­lén, aun­que yo si­go pre­fi­rien­do la ori­gi­nal, la de ellos. Na­da de to­do es­to le he con­ta­do a Jo­sé Ma­ría Cano, ami­go con el que com­par­to com­pli­ci­da­des des­de ha­ce

Tal vez no di­cen de­ma­sia­do la pri­me­ra vez que se las oye, pe­ro van en­tran­do en ve­na po­co a po­co co­mo un sua­ve ve­neno y se que­dan pa­ra siem­pre

años. ¿Pa­ra qué? Las can­cio­nes que nos en­tran en ve­na, las que, co­mo de­cía mi hi­ja Sofía con on­ce años, nos «cuen­tan una his­to­ria», la más re­cón­di­ta y quién sa­be si tam­bién más in­con­fe­sa­ble, no son pa­ra com­par­tir. Son de esos placeres que no re­quie­ren de na­die más que de uno mis­mo. Y eso, en tiem­pos en que to­dos nos em­pe­ña­mos en po­ner nues­tra fe­li­ci­dad en ma­nos de los de­más –en que nos acep­ten, en que nos ad­mi­ren, en que nos amen, en que nos ido­la­tren–, es bas­tan­te más útil de lo que pa­re­ce. ¿No era Emer­son el que de­cía que un hom­bre sa­bio es el que bus­ca la fe­li­ci­dad en él y no en los ojos de su ve­cino?

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