"No que­rría vi­vir de­ma­sia­do. Mi ma­dre, de 93, es di­vi­na, pe­ro ya na­da es lo mis­mo"

Madrid, 1955. De­jé a me­dias Psi­co­lo­gía y es­tu­dié Ar­te Dra­má­ti­co. De­bu­té en el ci­ne ha­ce 45 años, y el 20 de ju­lio ac­túo por pri­me­ra vez en el Teatro Ro­mano de Mé­ri­da con la obra 'Los hi­los de Vul­cano'.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Ella&él -

Xlse­ma­nal. ¿Có­mo es que, con su trayectoria, no ha par­ti­ci­pa­do ya en es­te Fes­ti­val de Teatro Clá­si­co? Ve­ró­ni­ca Forqué. Pa­re­ce men­ti­ra, sí; pe­ro así es. Me ha­ce mu­cha ilu­sión ac­tuar al ai­re li­bre, en ve­rano, con ca­lor, con esa ma­gia tan es­pe­cial que dan la no­che y las es­tre­llas, con tan­to en­can­to... XL. Es teatro clá­si­co, mu­si­cal y comedia; y us­ted, la due­ña de un bur­del. ¡Buen co­mien­zo! V.F. ¡Muy bueno! [Ríe]. Soy As­ta­sia y es­toy en­can­ta­da: la gen­te de­be sa­ber que en la an­ti­gua Gre­cia las pros­ti­tu­tas eran mu­je­res muy res­pe­ta­das. XL. ¿Por los hom­bres tam­bién? V.F. Sí, sí: y por las mu­je­res. Por la so­cie­dad en ge­ne­ral. Eran, ade­más, muy in­de­pen­dien­tes y ad­mi­nis­tra­ban sus bie­nes. Las pros­ti­tu­tas en Gre­cia eran más li­bres que el res­to de las mu­je­res. XL. Es la úni­ca ac­triz que tie­ne cua­tro Go­ya y no ha re­co­gi­do nin­guno. V.F. Ca­sua­li­da­des: siem­pre me pi­lla­ban tra­ba­jan­do. De ha­ber sa­bi­do que me lo da­rían, hu­bie­se in­ten­ta­do re­co­ger al­guno,

pe­ro co­mo no se sa­be has­ta ese mis­mo mo­men­to… No se pue­de ti­rar un día de ro­da­je por re­co­ger un pre­mio. El úl­ti­mo fue muy es­pe­cial: lo re­co­gió mi pa­dre. XL. Tras la muer­te de Ál­va­ro, su úni­co her­mano, y la se­pa­ra­ción de su ma­ri­do [Ma­nuel Ibo­rra] ca­yó en una de­pre­sión fuer­te que la re­ti­ró al­gún tiem­po. V.F. Sí, pe­ro ya no va­mos a ha­blar de eso; vol­ver a con­tar­lo es un po­co abu­rri­do. XL. ¿Si­gue yen­do a la In­dia? V.F. No. Fui seis o sie­te ve­ces cuan­do era más jo­ven, y ha­ce unos años que no voy por­que mu­rió mi gu­rú. XL. ¿Si­gue esa es­pi­ri­tua­li­dad? V.F. Si ini­cias ese ca­mino, ya es di­fí­cil cam­biar. Se­guir a los gran­des maes­tros es el ca­mino pa­ra no su­frir: vi­vir el pre­sen­te y amar al pró­ji­mo co­mo a ti mis­mo es una bue­na fór­mu­la; ca­si nun­ca se con­si­gue, pe­ro el in­ten­to es­tá ahí. XL. De su hi­ja Ma­ría, que ha­ce per­for­man­ces muy san­grien­tas y se­xua­les, ha di­cho: «Mi hi­ja da vér­ti­go. Yo era trans­gre­so­ra, pe­ro no tan­to». V.F. Cla­ro, ella es de otra ge­ne­ra­ción y es muy va­lien­te. Mi hi­ja es muy lis­ta, un ser ma­ra­vi­llo­so y ado­ra­ble, nos que­re­mos mu­cho, nos reí­mos mu­cho jun­tas y nos lle­va­mos muy bien. XL. ¿Qué tal le sen­tó cum­plir 60 años? V.F. Ni me lo creo; a ve­ces pien­so: «Cum­plí 50, ¿no?». No me gus­ta­ría vi­vir tan­to co­mo di­cen que lo ha­re­mos. Mi ma­dre tie­ne 93 y es di­vi­na, muy di­ver­ti­da, con mu­cho hu­mor; pe­ro su cuer­po, sus mo­vi­mien­tos, sus dien­tes… Ya na­da es lo mis­mo.

Po­co y tar­de «Desa­yuno fa­tal: no ten­go na­da de ham­bre por la ma­ña­na. Soy noc­tám­bu­la del to­do. Por eso desa­yuno, más o me­nos, a las 12: un ca­fé, un zu­mo de na­ran­ja y un plá­tano».

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