En­tre­vis­ta.

Fue ni­ño bo­ni­to de Holly­wood, ído­lo se­xual, ac­tor más gua­po del mun­do... Rupert Eve­rett to­có el cie­lo en los no­ven­ta, pro­pul­sa­do por su tor­men­to­sa amis­tad con Madonna. Las dro­gas, los ex­ce­sos y la arro­gan­cia, sin em­bar­go, lo con­vir­tie­ron en una vie­ja estr

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR CA­MI­LLA LONG

An­ti­guo ído­lo se­xual, el ac­tor bri­tá­ni­co Rupert Eve­rett to­có el cie­lo en los no­ven­ta. A sus 57 años ha­ce ba­lan­ce de su vi­da en­tre las es­tre­llas: dro­gas, ex­ce­sos, arro­gan­cia, fa­mo­sos y una tor­men­to­sa re­la­ción con Madonna.

"De ni­ño, me mo­ría de ga­nas de ser chi­ca. Gra­cias a Dios no vi­vía­mos en el mun­do de hoy. ¡Aho­ra es­ta­ría to­man­do hor­mo­nas y se­ría una mu­jer!".

ASUS 57 AÑOS, Rupert Eve­rett dis­ta mu­cho de ser aquel ído­lo se­xual de piel ter­sa que tra­ba­jó co­mo mo­de­lo pa­ra Opium y era el me­jor ami­go de Madonna. Du­ran­te sus co­rre­rías por Pa­rís, Holly­wood y Mia­mi to­mó tan­tas dro­gas que hoy te­me des­per­tar­se un mal día «me­dio de­men­te». La co­ca es «te­rri­ble» pa­ra el ce­re­bro, di­ce, al igual que el pop­per o ni­tri­to de ami­lo: «La dro­ga que me lle­va­ría a una is­la de­sier­ta». Vo­yeur com­pul­si­vo y aman­te de los ro­da­jes –«se es­cu­chan unos chis­mes mag­ní­fi­cos y uno pue­de sa­lir a di­ver­tir­se con un mon­tón de pe­lu­que­ros y pe­lu­que­ras»–, Eve­rett con­fie­sa que se ha con­ver­ti­do en un hom­bre «tí­mi­do y re­traí­do». Cues­ta creer que el ac­tor que le lle­gó a de­cir a Alas­tair Camp­bell, exasesor de Tony Blair, que te­nía una na­riz «hecha pa­ra el cun­ni­lin­gus» pue­da des­cri­bir­se a sí mis­mo co­mo «tí­mi­do», pe­ro lo cier­to es que la es­tre­lla de La bo­da de mi me­jor ami­ga lle­va aho­ra una vi­da de er­mi­ta­ño. En sus pro­pias pa­la­bras: «Es­toy con­vir­tién­do­me en mi ma­dre». In­clu­so tie­ne pen­sa­do ir­se a vi­vir con ella a Nor­folk, pa­ra dis­fru­tar de una exis­ten­cia so­li­ta­ria, de­jar­se ir de una vez y con­ver­tir­se en «un vie­jo ade­fe­sio». «Mis pul­mo­nes se caen a tro­zos –la­men­ta en la Brooklyn Aca­demy of Mu­sic, don­de en­car­na es­tos días a Os­car Wil­de en El be­so de Ju­das, de Da­vid Ha­re–. Ha­blo a gri­tos y no­to un do­lor en la par­te pos­te­rior de la ca­be­za. De­be de ser un de­rra­me fa­tal». Aho­ra de­di­ca mu­cho tiem­po a pen­sar en la muer­te, pe­ro ha aban­do­na­do sus tendencias au­to­des­truc­ti­vas, se­gún di­ce. Vi­ve a dos mi­nu­tos de su no­vio bra­si­le­ño, un con­ta­ble de as­pec­to bur­gués lla­ma­do Hen­ri­que a quien per­si­guió du­ran­te cua­tro años por el gim­na­sio. «Fi­nal­men­te me lo ti­ré a lo bru­to», re­ve­la. In­clu­so ha de­ja­do de ha­cer­se re­to­ques en la ca­ra des­de que el der­ma­tó­lo­go de Madonna, Fre­dric Brandt, se ahor­có en Mia­mi. «El doc­tor Brandt era un en­can­to», co­men­ta. Pe­ro, por Dios, es­ta­rá pre­gun­tán­do­se: ¿se ha con­ver­ti­do Rupert Eve­rett en una per­so­na abu­rri­da? Au con­tra­ire, co­mo él mis­mo di­ría. Cuan­do la con­ver­sa­ción des­pe­ga, sa­ca a re­lu­cir el vi­trio­lo y co­mien­za a po­ner ver­de a to­do el mun­do, des­de Madonna has­ta Caitlyn Jen­ner. Pa­ra él, Jen­ner co­me­tió un tre­men­do error al cam­biar de sexo. «La po­bre­ci­ta –sus­pi­ra– no te­nía idea de lo que su­po­ne ser tran­se­xual. Cuan­do des­cu­brió que to­dos son dro­ga­dic­tos o pros­ti­tu­tas, se que­dó ho­rro­ri­za­da. Ade­más, no creo que sea una mu­jer de ver­dad. So­lo es un hom­bre que se vis­te de mu­jer». El pro­pio Rupert, en su mo­men­to, tam­bién fue trans­for­mis­ta. «En­tre los 6 y los 14 años me mo­ría de ga­nas de ser una ni­ña –ex­pli­ca–. Gra­cias a Dios que no vi­vía­mos en el mun­do de hoy. ¡Aho­ra es­ta­ría to­man­do hor­mo­nas y se­ría una mu­jer! A los 15 años cam­bié de idea y de­jé de es­tar em­pe­ña­do en cam­biar de sexo». Le preo­cu­pa que al­gu­nos pa­dres op­ten por «la so­lu­ción mé­di­ca». «Es en­co­mia­ble que de­jen que sus hi­jos se ex­pre­sen –ex­pli­ca–, pe­ro re­cu­rrir a las hor­mo­nas tan jó­ve­nes es pe­li­gro­so. Mu­chos ni­ños y ado­les­cen­tes son am­bi­va­len­tes en lo to­can­te al sexo. Ten­dría que ha­ber otra for­ma de abor­dar el pro­ble­ma».

EL ES­CÁN­DA­LO DEL VE­LLO PÚBICO

Edu­ca­do en un in­ter­na­do de chi­cos, en las fun­cio­nes tea­tra­les de sus años de co­le­gio so­lo in­ter­pre­tó una vez a un per­so­na­je mas­cu­lino. Cuan­do lle­gó a Lon­dres, con­ver­ti­do en un vo­ci­fe­ran­te mons­truo es­cé­ni­co, ves­tía con lo que su pa­dre, ex­mi­li­tar, de­no­mi­na­ba «ese mal­di­to sa­ri in­dio». Sus ex­tra­va­gan­cias y nu­me­ri­tos eran la co­mi­di­lla de to­do Lon­dres y se hi­zo cé­le­bre por el «es­cán­da­lo del ve­llo púbico». Cuan­do un ma­tri­mo­nio de North­wood le en­vió una car­ta cri­ti­cán­do­lo, él les res­pon­dió con un so­bre lleno de pe­los en el in­te­rior. Era «in­so­por­ta­ble», ad­mi­te. Odia­ba a to­do el que no fue­ra fa­bu­lo­so, fa­mo­so o gay. Él acha­ca aho­ra mu­chos de sus com­por­ta­mien­tos al si­da. Vi­vía «su­mi­do en el pá­ni­co» por la po­si­bi­li­dad de ha­ber­lo con­traí­do. Un día vio en la te­le­vi­sión a un an­ti­guo aman­te des­cri­to co­mo uno de los pri­me­ros por­ta­do­res bri­tá­ni­cos de la do­len­cia. Co­rría 1983 y fal­ta­ban po­cas se­ma­nas pa­ra que se em­bar­ca­se en el ro­da­je de Otro país, la pe­lí­cu­la que lo ha­ría fa­mo­so. Pe­ro a esas al­tu­ras ya es­ta­ba «mal de la ca­be­za».

"EN MI LI­BRO CON­TÉ QUE MADONNA LE HI­ZO UN TRA­BA­JO MA­NUAL A SEAN PENN BA­JO EL MAN­TEL EN UNA CE­NA. Y SE EN­FA­DÓ"

"PAREZCO MI MA­DRE. MIS PUL­MO­NES SE CAEN A TRO­ZOS, HA­BLO A GRI­TOS Y NO­TO UN DO­LOR EN LA PAR­TE POS­TE­RIOR DE LA CA­BE­ZA. DE­BE DE SER UN DE­RRA­ME"

El he­cho de ser «un ver­da­de­ro ma­nia­co se­xual» no ayu­da­ba. A los 16 años ya era la «rei­na de los cue­ros y los lá­ti­gos» del mun­di­llo gay lon­di­nen­se. No se acuer­da ni de con cuán­ta gen­te se acos­tó, aun­que ma­ti­za que «acos­tar­se» no es, ni de le­jos, la pa­la­bra exac­ta. «Gran par­te de mis ac­ti­vi­da­des se­xua­les te­nían lu­gar en ver­ti­cal. Ha­blo de au­tén­ti­cas co­chi­na­das».

ÉCHA­LE LA CUL­PA AL SI­DA

Cuan­do por fin apa­re­ció un mé­to­do pa­ra de­tec­tar el si­da, Eve­rett se so­me­tió a aná­li­sis una y otra vez, y su pá­ni­co em­pe­zó a ate­nuar­se. Hoy se sien­te «aver­gon­za­do» de que aquel te­rror lo con­vir­tie­ra en un «re­pe­len­te». En 1997 ape­nas le que­da­ban ami­gos, pe­ro tu­vo la suer­te de ha­cer­se fa­mo­so otra vez por su pa­pel en La bo­da de mi me­jor ami­go. Al prin­ci­pio so­lo iba a de­cir tres frases en la pe­lí­cu­la, pe­ro su par­ti­ci­pa­ción fi­nal­men­te re­sul­tó de­ci­si­va. El éxi­to de la cin­ta lo con­vir­tió en el nue­vo ni­ño bo­ni­to de Holly­wood. Pe­ro Rupert se­guía sien­do su peor enemi­go. Y lo de­jó cla­ro cuan­do se con­vir­tió en el me­jor ami­go de Madonna. Su amis­tad con la ma­te­rial girl fue la co­mi­di­lla del fin del mi­le­nio. So­bre to­do des­pués de que le die­ra la es­pal­da de for­ma am­plia­men­te ai­rea­da por la pren­sa. Du­ran­te su eta­pa co­mo el ami né­ces­sai­re de Madonna, a la que acom­pa­ña­ba a to­das las fies­tas, se to­pó con un gra­ve in­con­ve­nien­te: su

ob­se­sión por ser el cen­tro de aten­ción era tan gran­de co­mo la de la pro­pia Madonna. «El pro­ble­ma con las su­per­es­tre­llas –di­ce– es que te chu­pan la ener­gía». Uno de los sín­to­mas de su su­mi­sión an­te la es­tre­lla fue ro­dar Al­go ca­si per­fec­to, la peor pe­lí­cu­la de su ca­rre­ra, don­de in­ter­pre­ta­ba a un ho­mo­se­xual que de­ja­ba em­ba­ra­za­da a una pro­fe­so­ra de yo­ga en­car­na­da por Madonna. Fue un mi­la­gro que des­pués de aque­llo man­tu­vie­ran su amis­tad. El pun­to fi­nal lle­ga­ría seis años des­pués, en 2006, cuan­do Eve­rett pu­bli­có su pri­me­ra au­to­bio­gra­fía. Rupert cre­yó que Madonna era ca­paz, co­mo él, de reír­se de sí mis­ma y le le­yó va­rias pá­gi­nas en las que la des­cri­bía co­mo «una fi­gu­ra di­bu­ja­da por Pi­cas­so» y co­mo «una ca­ma­re­ra ave­jen­ta­da y que­jum­bro­sa» en los mo­men­tos de es­trés. «Me di­jo que lo que ha­bía es­cri­to era bo­ni­to y ge­ne­ro­so –ase­gu­ra–, pe­ro se pu­so hecha una fu­ria por­que con­ta­ba que, cuan­do sa­lí a ce­nar con ella y Sean Penn, le hi­zo un tra­ba­jo ma­nual a Penn ba­jo el man­tel. ¡Yo lo en­con­tra­ba la mar de ro­mán­ti­co! –di­ce rien­do–. Me es­cri­bió al mó­vil ra­bio­sa y nun­ca más vol­vi­mos a ha­blar». Se mues­tra más ama­ble cuan­do ha­bla de las víc­ti­mas de la can­tan­te. Por ejem­plo, de su hi­jo, que se ha ne­ga­do a vol­ver con su ma­dre pa­ra que­dar­se con su pa­dre, el ci­neas­ta Guy Rit­chie. La dispu­ta ter­mi­nó en un juz­ga­do, en­tre una nu­be de abo­ga­dos. «¿Tú sa­bes la vi­da que lle­va­ba el po­bre chaval? –apun­ta–. Siem­pre de gi­ra, acom­pa­ña­do por una institutriz, vi­vien­do en ho­te­les con cham­pán fran­cés y fru­ta fres­ca en la ha­bi­ta­ción, con un fu­lano que aca­rrea tu ma­le­ta y con una vie­ja y ho­rro­ro­sa ar­pía co­mo institutriz que co­bra 50.000 li­bras a la se­ma­na. La vi­da de Roc­co ha si­do muy pro­ble­má­ti­ca, te lo di­go yo».

LAS VI­SIO­NES DE LA VIR­GEN

Pa­sa­dos unos días, Eve­rett lla­ma pa­ra pre­gun­tar si en el tex­to se in­clu­ye al­gún pá­rra­fo en el que «Madonna sal­ga bien pa­ra­da», una mues­tra de lo mu­cho que de­be de odiar­la. En cier­to mo­men­to de los años no­ven­ta, tras es­cu­char la can­ción Jus­tify my love cre­yó oír unos men­sa­jes sa­tá­ni­cos en la gra­ba­ción. «Me que­dé he­la­do. Me edu­ca­ron en el ca­to­li­cis­mo y de ni­ño te­nía vi­sio­nes de la Vir­gen. En ese mo­men­to es­tu­ve con­ven­ci­do de que ha­bía ve­ni­do al mun­do pa­ra ma­tar­la –re­cuer­da en­tre ri­sas–. ¡Madonna era el an­ti­cris­to!». Si­guien­do con Madonna, du­ran­te un tiem­po tu­vo la ten­ta­ción de atri­buir­la el hun­di­mien­to de su ca­rre­ra, pe­ro re­co­no­ce que él fue «el pri­mer cul­pa­ble» de que se es­tre­lla­se. «Si hu­bie­ra tra­ba­ja­do más y hu­bie­ra si­do más lis­to... –ad­mi­te–, pe­ro a los 45 se­guía sien­do un ni­ño». Cuan­do fi­nal­men­te rom­pió con Madonna, vol­vió a Lon­dres y se rein­ven­tó co­mo cro­nis­ta de su pro­pia as­cen­sión y caí­da en dos li­bros don­de re­ve­la­ba que se ha­bía acos­ta­do con Paula Ya­tes e Ian Mcke­llen, así co­mo con la ac­triz fran­ce­sa Béa­tri­ce Da­lle, quien lle­gó a pen­sar que es­ta­ba em­ba­ra­za­da. «A ve­ces ha­bla­mos de lo que hu­bie­ra pa­sa­do de ha­ber te­ni­do un hi­jo –re­ve­la–. Me hu­bie­ra en­can­ta­do te­ner­lo, pe­ro, ¡por Dios!, el chaval hoy es­ta­ría en un cen­tro de des­in­to­xi­ca­ción».

DRO­GA­DO EN LA BO­DA DE JOAN CO­LLINS

Los li­bros des­cri­ben una épo­ca de sexo y fa­mo­seo en la que era ca­paz de pa­sar la no­che bai­lan­do en el club gay Tra­de y asis­tir a la quin­ta bo­da de Joan Co­llins a la ma­ña­na si­guien­te, «con los ojos abier­tos co­mo pla­tos». En­tre los 48 y los 52 se su­mió en lo más pro­fun­do de su ob­se­sión se­xual, aun­que le ate­rra­ba con­ver­tir­se en «uno de esos sep­tua­ge­na­rios que vis­ten ro­pas mo­der­nas y to­man éx­ta­sis en las ra­ves». Hoy si­gue em­pe­ña­do en ro­dear­se de per­so­nas que lo ido­la­tran. Co­mo su ma­dre. Sara Eve­rett tie­ne 89 años, es viu­da y de apa­rien­cia ve­ne­ra­ble. De ni­ño lo mi­mó por com­ple­to y ha­cía ca­so omi­so a las im­per­ti­nen­cias de su pe­que­ño. Tam­bién lo ves­tía con sus pro­pias ro­pas o le en­car­ga­ba que se acer­ca­ra a la tien­da de la mo­dis­ta del pue­blo pa­ra que le com­pra­ra «sal­tos de ca­ma y pi­car­días». En la Brooklyn Aca­demy of Mu­sic, el público le de­di­ca una tre­men­da ova­ción al ver­lo apa­re­cer en el es­ce­na­rio, pe­ro de vuel­ta al ca­me­rino Eve­rett se em­bar­ca en una fre­né­ti­ca pe­ro­ra­ta fu­rio­sa. «¡Nun­ca he vis­to un público más ho­rro­ro­so! ¡Lo peor de lo peor! –re­cal­ca–. ¡Ca­lla­di­tos co­mo muer­tos! ¡Las muy pe­rras! ¡Hu­bie­ra po­di­do ca­gar­me en el es­ce­na­rio y ni se ha­brían da­do cuen­ta!». Eve­rett ni si­quie­ra se cal­ma cuan­do Glenn Clo­se vie­ne a sa­lu­dar­lo y le di­ce: «Lo has he­cho de ma­ra­vi­lla». Sus ha­la­gos no le ha­cen me­lla. Se sien­ta y frun­ce los la­bios. Fi­nal­men­te lo con­ven­cen pa­ra su­mar­se a la fies­ta en el ves­tí­bu­lo, que ame­na­za­ba con boi­co­tear. En po­cos mi­nu­tos vuel­ve a ser el de an­tes y ya no pa­ra de sol­tar ri­si­tas ma­li­cio­sas mien­tras ha­bla de sexo y de Andy War­hol, quien, se­gún su asis­ten­te, «se hin­chó co­mo una pa­va an­tes de mo­rir».

"EL PRI­MER CUL­PA­BLE DEL HUN­DI­MIEN­TO DE MI CA­RRE­RA SOY YO. SI HU­BIE­RA TRA­BA­JA­DO MÁS, SI HU­BIE­RA SI­DO MÁS LIS­TO..., PE­RO A LOS 45 AÑOS SE­GUÍA SIEN­DO UN NI­ÑO"

"¿SA­BES LA VI­DA QUE LLE­VA­BA ROC­CO, EL HI­JO DE MADONNA? DE GI­RA, EN HO­TE­LES, CON INSTITUTRIZ... ¡PO­BRE CHAVAL!"

LA MA­DU­REZ DEL DI­VO Iz­da. Eve­rett en 1993, cuan­do era una es­tre­lla de Holly­wood, po­san­do ves­ti­do de Va­len­tino. Ba­jo es­tas lí­neas, un re­tra­to re­cien­te.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.