In­mi­gra­ción y rap Lory Mo­ney

Se­ne­gal, 1979. Su nom­bre es Da­ra Dia y lle­gó en ca­yu­co ha­ce diez años. Vi­ve en Va­len­cia y con su alias acu­mu­la mi­llo­nes de vi­si­tas en Youtu­be. Lo cuen­ta en 'El you­tu­ber que lle­gó en pa­te­ra' (ed. Pe­nín­su­la).

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Se Habla De... - DANIEL MÉN­DEZ

«Los po­li­cías que me de­te­nían eran fans. Me pe­dían fo­tos bai­lan­do…»

Xlse­ma­nal. ¿Por qué Lory Mo­ney? Lory Mo­ney. Lo de ‘Lory’ es un ho­me­na­je a un ra­pe­ro que me gus­ta mu­cho: 50 Cent. El ‘Mo­ney’, por­que me gus­ta el mo­ney y pen­sé: «Lo pon­go ahí, a ver si va ca­yen­do» [ríe]. XL. ¿Lo ha con­se­gui­do? L.M. Va­mos ti­ran­do. No me pue­do que­jar. XL. De mo­men­to, el top man­ta ha que­da­do atrás. L.M. Sí. En 2011, yo es­ta­ba en la ca­lle ven­dien­do y se me ocu­rrían ideas. Des­de pe­que­ño, me gus­ta el rap. Un día gra­bé en mi mó­vil una can­ción: la de San­ta Claus. Co­no­cí a Cris­tian en el bar don­de él tra­ba­ja­ba, en el mer­ca­do cen­tral. Es­cu­chó la can­ción, le mo­ló y ahí em­pe­zó to­do. Aho­ra él ha­ce las ba­ses y yo, la letra. XL. En esa can­ción ha­bla de «ha­cer un San­ta Claus», ¿qué sig­ni­fi­ca? L.M. Cuan­do es­tás de ‘man­te­ro’ y vie­ne la Po­li­cía, ¿có­mo qui­tas la man­ta? Te la echas a la es­pal­da con to­do den­tro y pa­re­ces Pa­pá Noel re­par­tien­do sus ju­gue­tes a los ni­ños. Si me ten­go que ir co­rrien­do, ha­go el San­ta Claus. XL. Aca­bó en co­mi­sa­ría más de una vez. L.M. ¡Y a ve­ces los po­li­cías eran fans! Te lle­van allí, pe­ro lue­go te pi­den fo­tos bai­lan­do… Te lo to­mas con hu­mor. Son la ley, na­die pue­de me­ter­se con ellos. Pues les si­gues el ro­llo y con­si­gues lo que quie­ras. ¡De mal ro­llo nun­ca vas a con­se­guir na­da! Mira dón­de es­toy yo. XL. ¿El se­cre­to? L.M. La gen­te tie­ne sus pro­ble­mas de fa­mi­lia, lo pa­sa mal por la cri­sis… y lle­ga un ti­po co­mo yo que ha­ce unas can­cio­nes que te di­vier­ten y te ha­cen pa­sar­lo bien. ¡Eso es lo más! Mis ví­deos al me­nos te ha­rán reír, te lle­nan de bue­nas co­sas. XL. In­clu­so lo ayu­dó an­te el juez. L.M. Un día, me pa­ra­ron dos se­cre­tas. Se lo con­té co­mo es: no ten­go pa­pe­les, soy ile­gal. Me lle­va­ron a co­mi­sa­ría y al día si­guien­te ya me iban a de­por­tar. Pe­ro con mi abo­ga­do le en­se­ña­mos los con­tra­tos que te­nía, los pa­pe­les de los bo­los que me ha­bían sa­li­do, re­cor­tes de pe­rió­di­co… Me ha­cían ir una vez al mes a fir­mar, pe­ro no me man­da­ron de vuel­ta. XL. ¿Ha con­se­gui­do ya los pa­pe­les? L.M. ¡Sí! Des­de ha­ce un mes. ¡Por fin es­toy free Lory! [lo di­ce can­tan­do]. Aho­ra he he­cho una em­pre­sa de be­bi­das: Suaj Un­li­mi­ted y ya es­tá a la ven­ta en Madrid, Bar­ce­lo­na, Zaragoza, Va­len­cia, Má­la­ga... XL. Otros tu­vie­ron peor suer­te. L.M. Yo te­nía un ami­go, siem­pre

es­tá­ba­mos jun­tos. Y él te­nía no­via y un hi­jo de dos me­ses: ¡lo de­por­ta­ron! Aho­ra es­tán arre­glan­do los pa­pe­les pa­ra ca­sar­se y que pue­da vol­ver. XL. Us­ted vino en pa­te­ra. L.M. Eso no se ol­vi­da. No fue fá­cil. Tú tie­nes la ilu­sión de ve­nir a Eu­ro­pa a en­con­trar una vi­da me­jor. Y en­cuen­tras un tío que te di­ce: «Tú me das mil pa­vos y en tres días es­tás en Es­pa­ña». Pues yo me apun­to. Mi ma­dre me ayu­dó a pa­gar­lo. XL. No fue­ron tres días… L.M. ¡El pri­me­ro y el se­gun­do ha­bía una llu­via...! Que­ría­mos vol­ver atrás, pe­ro el que lle­va­ba el bar­co di­jo que ni ha­blar. Hu­bo una dis­cu­sión, pe­ro se­gui­mos. Tres días, cua­tro días... La gen­te se ma­rea­ba. Por la no­che, la gen­te es­ta­ba lo­ca. Uno te de­cía: «Aho­ra ven­go, voy a com­prar unas co­sas». Y se ti­ra­ba al mar. Tú te que­das alu­ci­na­do, ro­llo what the fuck... XL. ¿Cuán­to es­tu­vie­ron así? L.M. Ocho días. Tu­vi­mos suer­te, el úl­ti­mo día no nos que­da­ba co­mi­da, be­bi­da ni ga­so­li­na. Es­tá­ba­mos más cer­ca de mo­rir que de vi­vir. Los días an­te­rio­res, arroz blan­co con pi­can­te. De re­pen­te lle­gó la Cruz Ro­ja y nos lle­va­ron a Ca­na­rias. Pa­sé por Te­ne­ri­fe, Las Pal­mas, Madrid y lue­go Va­len­cia, don­de vi­vía un ami­go de mi pa­dre. XL. ¿Vol­ve­rá a Se­ne­gal? L.M. ¡Sí! Pe­ro no en pa­te­ra es­ta vez. No te pue­des ima­gi­nar las ga­nas que ten­go. Mi pa­dre mu­rió es­tan­do yo aquí. Y allí de­jé a mi hi­ja ma­yor cuan­do te­nía dos me­ses; la otra na­ció des­pués, cuan­do yo ya me ha­bía ido. ¡En los úl­ti­mos diez años so­la­men­te las he vis­to por Sky­pe!

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