La paz co­mo ins­pi­ra­ción

San Se­bas­tián aco­ge una ex­po­si­ción so­bre la paz, con Pie­ter Brueg­hel el Vie­jo co­mo uno de los protagonistas. De ni­ño que­dó con­mo­cio­na­do al pre­sen­ciar una eje­cu­ción.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Conocer Cómo Mirar Un Cuadro... -

1. La com­po­si­ción: des­de arri­ba

En La urra­ca so­bre el ca­dal­so, Brueg­hel re­pre­sen­ta un am­plio pai­sa­je con mon­ta­ñas ro­co­sas, bos­ques tu­pi­dos, va­lles, ríos, bar­cos, una al­dea… To­do ello, cu­bier­to por un ve­lo com­pues­to por una li­ge­ra ca­pa de nie­bla de pri­ma­ve­ra. Al­tos ár­bo­les con sus ra­mas y ho­jas en­vuel­ven la com­po­si­ción y crean un mar­co na­tu­ral que se abre con profundidad. De es­te mo­do, la mi­ra­da del es­pec­ta­dor se pier­de en lo más le­jano del ho­ri­zon­te.

Los cam­pe­si­nos: de ce­le­bra­ción

Un gru­po de cam­pe­si­nos, for­ma­do por dos hom­bres y una mu­jer, bai­lan ale­gre­men­te co­gi­dos de la mano. De­trás de ellos es­tá el gai­te­ro, que acom­pa­ña su baile con mú­si­ca, mien­tras otros es­tán su­bien­do la cues­ta pa­ra unir­se al gru­po. En la es­qui­na in­fe­rior iz­quier­da, un hom­bre ha­ce sus ne­ce­si­da­des. Cer­ca, dos per­so­na­jes ob­ser­van a los bai­la­ri­nes. ¿Una fies­ta cer­ca de una hor­ca? Es una ma­ne­ra de bur­lar­se de la muer­te y de cri­ti­car las eje­cu­cio­nes.

3. La his­to­ria: real

De ni­ño, Brueg­hel pre­sen­ció una eje­cu­ción en la hor­ca. Que­dó im­pac­ta­do: al lle­gar a su ca­sa, di­bu­jó la es­ce­na y en sus úl­ti­mos años la plas­mó den­tro de una de las pin­tu­ras de pai­sa­je más re­le­van­tes del si­glo XVI. El ar­tis­ta jue­ga con el gro­sor de las ca­pas de la pin­tu­ra y los to­nos os­cu­ros: ma­rro­nes en pri­mer plano, el ver­de en me­dio y los azu­les en la le­ja­nía. Así con­si­gue trans­mi­tir una sen­sa­ción de ex­tre­ma profundidad.

4. La pro­ta­go­nis­ta: la urra­ca

La urra­ca es un ani­mal de ma­la repu­tación: se con­si­de­ra pá­ja­ro de mal agüe­ro jun­to con su ‘pri­mo’ el cuer­vo. Ade­más, es un ave la­dro­na y se la ha aso­cia­do con la muer­te. Brueg­hel la co­lo­ca po­sa­da so­bre la hor­ca. Al­gu­nos ex­per­tos in­ter­pre­tan su pre­sen­cia en la obra co­mo una crí­ti­ca de Brueg­hel a los hi­pó­cri­tas y los que se de­di­can al co­ti­lleo y la ma­le­di­cen­cia.

5. Con­tras­tes: vi­da y muer­te

Brueg­hel crea un con­tras­te en­tre la ale­gría de los per­so­na­jes y el en­torno de­pri­men­te que re­pre­sen­ta a la muer­te con la hor­ca y la cruz de­trás de ella. En mu­chas de sus obras se en­cuen­tran con­no­ta­cio­nes po­lí­ti­cas. Pa­re­ce que se bur­la del sis­te­ma, de los cas­ti­gos im­pues­tos en una so­cie­dad que es azo­ta­da por la po­bre­za, el ham­bre, la pes­te y las gue­rras.

6. La hor­ca: en el cen­tro

El ele­men­to más im­por­tan­te de to­do el cua­dro es la hor­ca. Es­tá si­tua­da en el cen­tro, co­mo un eje, y di­vi­de la obra en dos par­tes. Es una ‘fi­gu­ra im­po­si­ble’, ya que en la reali­dad las hor­cas no eran así: es­ta tie­ne los pos­tes mal co­lo­ca­dos y la vi­ga ho­ri­zon­tal es po­co con­sis­ten­te, da la im­pre­sión de que se pue­de de­rrum­bar en cual­quier mo­men­to.

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