En por­ta­da. Via­ja­mos has­ta Cervera, el pue­blo de Marc Már­quez, pa­ra des­cu­brir có­mo ha ma­du­ra­do el ni­ño pro­di­gio del motociclismo. Con­ver­sa­mos con él so­bre las re­la­cio­nes entre los pi­lo­tos del Mun­dial, su vi­da pri­va­da, su fa­mi­lia y sus pla­nes pa­ra cuan­do s

El ni­ño pro­di­gio del motociclismo ha ma­du­ra­do. Tras la acia­ga tem­po­ra­da pa­sa­da, tri­ful­ca in­clui­da con el mis­mí­si­mo Va­len­tino Ros­si, Már­quez vuel­ve a li­de­rar el Mun­dial. Via­ja­mos a Cervera, su pue­blo na­tal, don­de es con­si­de­ra­do un au­tén­ti­co hé­roe, pa­ra hab

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR CARLOS MA­NUEL SÁN­CHEZ / FO­TO­GRA­FÍAS: CARLOS LU­JÁN

"En el 'pad­dock' nun­ca se ha­bla de la muer­te"

AMI NIE­TO HA­BÍA QUE ATARLO EN COR­TO!». Ra­món, abue­lo pa­terno de Marc Már­quez y su fan nú­me­ro uno, siem­pre te­nía el agua oxi­ge­na­da a mano. Des­de muy pe­que­ño, su nie­to so­lo co­no­cía dos maneras de es­tar en el mundo: so­bre dos rue­das o en el sue­lo des­pués de una de­rra­pa­da, ya fue­ra con la bi­ci o con la mo­to. Mien­tras le cu­ra­ba, el pe­que­ño Marc se aguan­ta­ba los la­gri­mo­nes sin que­jar­se. «No me di­gas na­da, abue­lo, ¡los pi­lo­tos no llo­ran!», mur­mu­ra­ba. La pa­sa­da tem­po­ra­da fue acia­ga pa­ra Már­quez. Per­dió el cam­peo­na­to y Va­len­tino Ros­si lo atacó sin mi­ra­mien­tos, acu­sán­do­lo de fa­vo­re­cer en la pis­ta a Jor­ge Lo­ren­zo, pa­ra que es­te aca­ba­ra por lle­var­se el Mun­dial. Él apre­tó los la­bios y guar­dó si­len­cio, co­mo cuan­do su abue­lo le cu­ra­ba las ras­pa­du­ras. Pe­ro es­te año va lí­der y vuel­ve a ser el pi­lo­to que asom­bró al mundo. Via­ja­mos a Cervera, el pue­blo iler­den­se don­de na­ció ha­ce 23 años y cu­yos ve­ci­nos tie­nen en un pe­des­tal a es­te cha­val de fa­mi­lia hu­mil­de que ha ga­na­do mun­dia­les en las tres ca­te­go­rías (dos de Mo­togp) y que jun­to con su her­mano Álex, cam­peón en Mo­to3, son los Ga­sol del motociclismo.

Xl­se­ma­nal. Si no fue­ra cam­peón del mundo y un hé­roe en su pue­blo, con museo y to­do, ¿se­ría el gam­be­rro de la mo­to con el es­ca­pe tru­ca­do que da el fo­llón a la hora de la sies­ta? Marc Már­quez. [Suel­ta una car­ca­ja­da]. ¡Yo creo que sí! XL. Pues de bue­na se han li­bra­do sus ve­ci­nos...

M.M. Y mi ma­dre es­ta­ría más ner­vio­sa. Siem­pre me lo ha di­cho. Que pre­fie­re que co­rra por los cir­cui­tos y que por la ca­lle co­ja la bi­ci­cle­ta y va­ya tran­qui­lo. Pe­ro yo lo te­nía muy cla­ro des­de pe­que­ño. Quería ser pi­lo­to. Y si no po­día, me­cá­ni­co. Y así por lo me­nos es­ta­ría en es­te mun­di­llo. XL. Tam­bién po­dría ha­cer ca­rre­ra co­mo 'la­drón' de mo­tos. Lo di­go por la que co­gió por ahí en el Gran Pre­mio de Ho­lan­da... M.M. [Se ríe]. A ver, el es­cú­ter es­ta­ba ahí, con las lla­ves... XL. To­da una ten­ta­ción... M.M. Me ha­bía caí­do en la 'cali' (ca­li­fi­ca­ción) y aún no ha­bía he­cho una vuel­ta de­cen­te. Nun­ca me ha­bía caí­do en una 'cali', y ne­ce­si­ta­ba vol­ver al pad­dock a por la mo­to de re­pues­to. XL. O sea, que no po­día bus­car al due­ño y pe­dir­le per­mi­so... M.M. ¡No sa­bía de quién era! Lue­go me en­te­ré de que era de un fotógrafo ita­liano. Ha­blé con él des­pués y le pre­gun­té si me la hu­bie­ra de­ja­do. Me di­jo que sí. Pe­ro va­mos... que la hu­bie­ra co­gi­do de to­dos mo­dos. XL. Un ita­liano pres­tán­do­le la mo­to al ri­val de Va­len­tino Ros­si... M.M. Al final, la ri­va­li­dad se que­da den­tro de la pis­ta. Y fue­ra so­mos co­mo una gran fa­mi­lia. XL. ¿Han he­cho ya las pa­ces us­ted y Ros­si? M.M. Yo creo que sí. No nos ire­mos de ca­ñas, pe­ro al me­nos te­ne­mos una re­la­ción pro­fe­sio­nal, cor­dial, de res­pe­to mu­tuo, que es lo mí­ni­mo entre pi­lo­tos. Cuan­do se aca­ba la ca­rre­ra, nos fe­li­ci­ta­mos o nos sa­lu­da­mos y es­to se ha­bía per­di­do tras lo que pa­só al final de la tem­po­ra­da pa­sa­da. He­mos he­cho las pa­ces, aun­que qui­zá no so­mos los me­jo­res ami­gos. XL. ¿Qué es lo que más le do­lió de to­do el asun­to? M.M. ¡Uf! Hu­bo mu­chas co­sas. Lo peor es que, sin ha­ber he­cho na­da, yo era el cul­pa­ble de to­do. Sin ha­ber ti­ra­do a nin­gún pi­lo­to, sin ha­ber he­cho na­da in­co­rrec­to... ¡Ni si­quie­ra me es­ta­ba ju­gan­do el cam­peo­na­to! To­do em­pe­zó en Aus­tra­lia, des­pués de que ga­na­ra la ca­rre­ra. Lle­ga­mos a Ma­la­sia y se lía to­do. To­do el mundo opi­na­ba, la pren­sa ven­día lo que quería; y eso es lo que le llega al afi­cio­na­do. XL. Y, en ese mo­men­to, ¿qué pa­sa por su ca­be­za? M.M. Te sien­tes im­po­ten­te. Por otro la­do, pen­sa­ba: «¿Pa­ra qué en­trar en la gue­rra si al final el tiem­po po­ne a to­do el mundo en su si­tio?». No hi­ce de­cla­ra­cio­nes brus­cas, es­tu­ve a ver­las ve­nir, re­ci­bien­do gol­pes, pe­ro cen­tra­do en lo mío. Por­que una gue­rra me­diá­ti­ca con Va­len­tino la tie­ne per­di­da cual­quier pi­lo­to. Él se lo ha ga­na­do en la pis­ta. Tie­ne mu­chos fans y ca­si to­do el mundo es­tá a su fa­vor. XL. Ros­si era su ído­lo des­de ni­ño, ¿le do­lió más por eso? M.M. Yo era su fan. He dis­fru­ta­do mu­cho es­tos años com­pi­tien­do con él y he apren­di­do mu­chas co­sas de él, pe­ro di­cen que el bueno no es tan bueno y que el ma­lo no es tan ma­lo. Yo he apren­di­do co­sas de él, de Jor­ge y de Da­ni. XL. ¿Có­mo asi­mi­la uno pa­sar de ser un hé­roe a que le sil­ben? M.M. Los sil­bi­dos no me afec­tan mu­cho. Es­tá cla­ro que pre­fie­res re­ci­bir aplau­sos. Yo pen­sa­ba: «¿Por qué sil­báis si lue­go os gus­ta ver ade­lan­ta­mien­tos?». El afi­cio­na­do va al cir­cui­to a ver es­pec­tácu­lo. Por ejem­plo, en Je­rez es­te año ga­nó un in­glés en Mo­to2 y se le aplau­dió. Ga­nó un ita­liano, Va­len­tino, y se le aplau­dió. Es­to no es co­mo el fút­bol, que vas a ver a tu equi­po. Tú pue­des ser fan de un pi­lo­to, pe­ro vas a ver el es­pec­tácu­lo de las mo­tos. XL. ¿Có­mo ca­peó el tem­po­ral? M.M. Te re­fu­gias con los tu­yos, que siem­pre es­tán con­ti­go. Los que es­tán por ahí cuan­do ga­nas te di­cen 'gua­po' y cuan­do pier­des son los pri­me­ros que hur­gan en la he­ri­da. XL. ¿Y quié­nes son los su­yos? M.M. Po­cos. La fa­mi­lia, el equi­po y los ami­gos de to­da la vi­da. Ten­go la suer­te de que mis me­cá­ni­cos son mis ami­gos. Hay uno que ya ve­nía a ca­sa a re­co­ger­me cuan­do te­nía 12 añi­tos. Y con al­guno me voy de va­ca­cio­nes y de fies­ta. XL. Vuel­ve a ser el pi­lo­to a ba­tir. ¿Se lo es­pe­ra­ba? M.M. La ver­dad es que no. Es la pre­tem­po­ra­da que más he su­fri­do, por­que veía que no lle­gá­ba­mos al ni­vel co­rrec­to. Pe­ro, apar­te de ser cons­tan­tes y rá­pi­dos, nos ha cua­dra­do to­do: uno ha fa­lla­do, otro tam­bién. Y he­mos pa­sa­do el tra­mo de la tem­po­ra­da más di­fí­cil, las ca­rre­ras que se nos sue­len atra­gan­tar: Mu­ge­llo, Mont­me­ló... Otros años me veía más fuer­te. Hoy es­toy a un ni­vel muy pa­re­ci­do al de Va­len­tino y Jor­ge. XL. ¿Ha­bía per­di­do el ham­bre des­pués de ser cam­peón del mundo dos ve­ces con­se­cu­ti­vas? M.M. No, el ham­bre nun­ca se pier­de. De he­cho, el año pa­sa­do no pu­de lu­char has­ta el final por el tí­tu­lo por ex­ce­so de ham­bre. Con 22, 23 años el ham­bre es­tá ahí. Y un tra­ba­jo que ha­ce muy bien mi má­na­ger, Emi­lio Alzamora, y el equi­po es cal­mar­me es­ta ham­bre. Por­que el ex­ce­so de que­rer ga­nar me ha­cía co­me­ter erro­res por asu­mir de­ma­sia­dos ries­gos. XL. Cuan­do uno llega tan jo­ven a lo más alto, ¿es di­fí­cil en­con­trar una mo­ti­va­ción pa­ra se­guir? M.M. Ca­da año, siem­pre hay dis­tin­tas mo­ti­va­cio­nes. Lo bueno y lo ma­lo del motociclismo es que no de­pen­des de ti

"UNA GUE­RRA ME­DIÁ­TI­CA CON VA­LEN­TINO LA TIE­NES PER­DI­DA DE AN­TE­MANO. TO­DO EL MUNDO ES­TÁ A SU FA­VOR. SE LO HA GA­NA­DO EN LA PIS­TA"

mis­mo. En otro de­por­te, me­jo­rar cuan­do ya eres el me­jor es más com­pli­ca­do y te pue­des es­tan­car. En el mundo del mo­tor, no es así. Hay una evo­lu­ción cons­tan­te de las mo­tos, de las otras fá­bri­cas; un pi­lo­to que es­te año no va bien al año que vie­ne le cam­bian la mo­to y te pue­de ga­nar. Y es­to te mo­ti­va. Hay piezas nue­vas que te ha­cen cam­biar la for­ma de pi­lo­tar y eso tam­bién ha­ce que tú es­tés en cons­tan­te evo­lu­ción. XL. ¿Por qué ha cam­bia­do tan­to es­te año su es­ti­lo de pi­lo­ta­je? M.M. Lo he­mos he­cho ca­si to­dos los pi­lo­tos. Pe­ro ha si­do un cam­bio for­za­do, por­que han cam­bia­do los neu­má­ti­cos, la elec­tró­ni­ca... Con los Mi­che­lin el pi­lo­ta­je es más fino que con los Brid­ges­to­ne, y es­to me ha he­cho cam­biar mi es­ti­lo, que era de fre­nar fuer­te y de ir muy agre­si­vo. Es­te año no pue­do. XL. Di­cen que ha ma­du­ra­do, ¿no echa de me­nos al Már­quez de las lo­cu­ras? M.M. Ese Már­quez si­gue es­tan­do ahí. Asu­mo mu­chos ries­gos y es­toy a punto de caer, pe­ro has­ta un punto... XL. ¿Se aguan­ta las ga­nas de ha­cer al­gu­na de las su­yas, co­mo aquel ade­lan­ta­mien­to a Ros­si en el 'sa­ca­cor­chos', la fa­mo­sa do­ble cur­va de La­gu­na Se­ca? M.M. Es que to­do es­to es muy re­la­ti­vo. Cuan­do te en­cuen­tras más fuer­te y con­fia­do, vas más rá­pi­do y, ade­más, prue­bas más co­sas. Un ade­lan­ta­mien­to di­fe­ren­te, una tra­za­da... Cuan­do no tie­nes ese punto de dul­zu­ra con la mo­to, de po­der ha­cer lo que quie­ras co­mo me es­tá pa­san­do es­te año, arries­go, pe­ro so­lo en mo­men­tos pun­tua­les. Por­que sé que si arries­go to­do el tiem­po ten­go mu­chos números pa­ra aca­bar en el sue­lo. XL. ¿In­flu­ye en ese cam­bio que su Hon­da es más di­fí­cil de 'do­mar'? M.M. No es que sea más di­fí­cil, pe­ro te­ne­mos pun­tos muy dé­bi­les. Te­ne­mos pun­tos fuer­tes tam­bién, por ejem­plo, en la en­tra­da a cur­va. Pe­ro en las ace­le­ra­cio­nes per­de­mos mu­cho. En la rec­ta, si la mo­to ace­le­ra bien, ga­nas tiem­po sin arries­gar. Y yo me lo ten­go que ga­nar en las cur­vas... Voy al lí­mi­te. XL. O sea, que tie­ne me­nos mo­to que los de­más. M.M. No. Pe­ro sí es­te punto dé­bil. Por el con­tra­rio, las Ya­mahas de Va­len­tino y Jor­ge son más cons­tan­tes. Se­gu­ra­men­te tie­nen sus pro­ble­mas. Pe­ro no tie­nen un punto muy dé­bil co­mo no­so­tros. Y eso ha­ce que de un cir­cui­to a otro va­ríe mu­cho nues­tro ni­vel. Ga­nas en Aus­tin, y lue­go lle­gas a Je­rez y te sa­can diez se­gun­dos. XL. ¿Ha­bía per­di­do la son­ri­sa? M.M. No. La son­ri­sa nun­ca. Fue­ra del cir­cui­to nun­ca la he per­di­do, pe­ro sí es ver­dad que en el cir­cui­to es más fá­cil son­reír cuan­do te sa­len las co­sas. Si un vier­nes te van mal los en­tre­na­mien­tos libres son­ríes, pe­ro es­tás preo­cu­pa­do,

con­cen­tra­do en re­sol­ver el pro­ble­ma y un po­qui­to más se­rio. XL. ¿Pe­ro ha­bía de­ja­do de dis­fru­tar en­ci­ma de una mo­to? M.M. Tam­po­co. Eso no me ha pa­sa­do y es­pe­ro que lle­gue tar­de. Por­que cuan­do de­jas de dis­fru­tar, ¡pum!, ba­jas de gol­pe. Yo siem­pre he dis­fru­ta­do. Pe­ro si lu­chas por las pri­me­ras po­si­cio­nes, to­do es más di­ver­ti­do. XL. ¿La tem­po­ra­da pa­sa­da lo pa­só us­ted mal en­ci­ma de una mo­to por pri­me­ra vez en su vi­da? M.M. No, pe­ro por pri­me­ra vez sen­tí la pre­sión. Ve­nía de ga­nar dos años. La gen­te te­nía mu­chas ex­pec­ta­ti­vas. Pe­ro so­mos hu­ma­nos y co­me­te­mos erro­res. Hi­ce dos ce­ros al prin­ci­pio. Veía que el cam­peo­na­to se ale­ja­ba y que, ade­más de ha­cer­lo bien, ya no me po­día caer más. Pe­ro cam­bia­mos el cha­sis y me dio la con­fian­za otra vez pa­ra su­bir. XL. ¿Cuan­do ga­nó diez ca­rre­ras se­gui­das te­nía la sen­sa­ción de que iba a es­tar ga­nan­do has­ta que se ju­bi­la­ra? M.M. No, por­que en las ca­te­go­rías más pe­que­ñas ya lo ha­bía vi­vi­do. Una tem­po­ra­da muy bue­na, otra que cues­ta más... Pe­ro sí que es cier­to que en ese mo­men­to qui­zá no lo aca­bas de va­lo­rar. No va­lo­ras una vic­to­ria co­mo to­ca. XL. ¿Y aho­ra sí? M.M. Sí. Aho­ra va­lo­ro su­bir al ca­jón, pe­ro, so­bre to­do, que­dar de­lan­te del ri­val di­rec­to o per­der po­cos pun­tos en una ca­rre­ra di­fí­cil. An­tes, pa­ra mí, per­der dos pun­tos era un desas­tre. XL. ¿Se ve más ma­du­ro? M.M. Apar­te de te­ner más ex­pe­rien­cia, a ve­ces nos ol­vi­da­mos de que soy muy jo­ven. Me ol­vi­do in­clu­so yo. Ten­go 23 años y, ade­más de ma­du­rar en la pis­ta, tam­bién es­toy ma­du­ran­do des­de un punto de vis­ta per­so­nal. Y es­to se no­ta. Cuan­do eres jo­ven, te di­cen: «Tí­ra­te por aquí», y te ti­ras. Aho­ra me lo di­cen y me ti­ro igual, pe­ro qui­zá den­tro de dos o tres años me lo pen­sa­ré un po­co más. XL. ¿Có­mo es su re­la­ción con Lo­ren­zo y Pe­dro­sa? M.M. Con Da­ni ten­go un po­co más de re­la­ción, por­que es mi com­pa­ñe­ro de equi­po y coin­ci­di­mos más ve­ces en even­tos. Pe­ro en el cir­cui­to ca­da uno va por su la­do y el com­pa­ñe­ro de equi­po siem­pre es el pri­mer ri­val. Y con Lo­ren­zo es cor­dial, pe­ro di­fí­cil­men­te nos ire­mos de fies­ta jun­tos... XL. ¿Pue­den ser ami­gos dos pi­lo­tos ri­va­les? M.M. Uf, es di­fí­cil. Por lo me­nos entre ri­va­les di­rec­tos. Si tú lu­chas por los pri­me­ros pues­tos pue­des ser ami­go de uno que es­té lu­chan­do del diez al quin­ce. Pe­ro si es­tá de­lan­te, por muy bue­na per­so­na que sea, siem­pre ha­brá ten­sión. XL. ¿Y qué tal con el nue­vo chi­co ma­lo, Jack Mi­ller, el que le hi­zo aque­lla pe­rre­ría a su her­mano Álex? M.M. Bueno, pe­rre­ría... XL. Lo em­bis­tió va­rias ve­ces...

"NO TEN­GO NO­VIA. CREO QUE EN UN FU­TU­RO SE­RÁ DI­FÍ­CIL SA­BER SI REAL­MEN­TE ES­TÁN CON­TI­GO POR AMOR O POR IN­TE­RÉS"

M.M. Sí, sí. Lo que hi­zo es­tu­vo ro­zan­do el lí­mi­te, pe­ro den­tro de las re­glas. Son co­sas que no se ha­cen, pe­ro yo me pon­go en su lu­gar. Te es­tás ju­gan­do el cam­peo­na­to de Mo­to2, tie­nes 18 años, ves que es­tás ahí cer­ca; pues te di­ces: «Si se cae el otro, pue­do ga­nar». Y lo in­ten­tas así. Ya pa­só y aho­ra hay buen ro­llo. XL. Pe­ro no to­do va­le, y más en un de­por­te de ries­go. M.M. Hu­bo ac­cio­nes muy al lí­mi­te. Na­die se ca­yó, por suer­te, y por ha­bi­li­dad de uno y otro. Los dos iban muy rá­pi­do. Di­rec­ción de ca­rre­ra tra­ba­ja pa­ra evi­tar es­tas co­sas, pe­ro yo en­tien­do que es di­fí­cil. XL. ¿Cues­ta su­bir­se a la mo­to des­pués de una des­gra­cia co­mo la de Luis Sa­lom, fa­lle­ci­do en Mont­me­ló el pa­sa­do 3 de ju­nio? M.M. Cues­ta. Los pi­lo­tos so­mos cons­cien­tes del ries­go que co­rre­mos, pe­ro no lo que­re­mos ver. En el pad­dock nun­ca se ha­bla de la muer­te. Pe­ro cuan­do pa­san co­sas co­mo la de Sa­lom, es ahí don­de, uf... Es­tos úl­ti­mos años he­mos te­ni­do una ra­cha muy ma­la: Si­mon­ce­lli, To­mi­za­wa... Lue­go te pue­des ti­rar diez años sin que pa­se na­da, pe­ro, al final, es un ries­go que es­tá pre­sen­te y cues­ta reac­cio­nar. En Mont­me­ló lo que nos ayu­dó fue que se cam­bió esa cur­va. Pe­ro, cla­ro, tar­de. No nos te­ne­mos que en­ga­ñar. To­dos co­no­cía­mos ese punto. Ha­bía­mos pues­to pro­tec­cio­nes, pe­ro no lo veía­mos tan pe­li­gro­so. Y has­ta que no pa­sa al­go no pien­sas en ello. XL. Us­ted ha via­ja­do por to­do el mundo, ¿dón­de vi­vi­ría? M.M. Cuan­do via­jas, va­lo­ras lo que tie­nes aquí. Si los otros vie­nen aquí de va­ca­cio­nes, se­rá por al­go. Tam­bién me gus­ta Ca­li­for­nia. A La­gu­na Se­ca so­lo he ido una vez, pe­ro me gus­tó el am­bien­te, por­que to­do el mundo va a su ro­llo. Y pue­des ir en cal­zon­ci­llos por la ca­lle que no se gi­ra­rá na­die. Y les en­can­ta el mo­to­cross, co­mo a mí. XL. ¿Cuan­do se ba­ja de la mo­to se abu­rre? M.M. Es que me gus­ta to­do lo que lle­ve rue­das, no sé por qué. La bi­ci, el mo­to­cross... Oja­lá el día de ma­ña­na ten­ga otra afición que no es­té re­la­cio­na­da con el mo­tor. XL. Si da­mos un pa­seo por el pue­blo, ¿pro­cu­ra­rá us­ted ca­mi­nar más rá­pi­do que yo? M.M. [Se ríe]. Mi her­mano y mi pre­pa­ra­dor se ca­brean mu­cho, por­que si va­mos en bi­ci­cle­ta yo siem­pre ten­go que ir me­dia rue­da por de­lan­te. XL. ¿Pien­sa en in­de­pen­di­zar­se o es­tá de­ma­sia­do a gus­to vi­vien­do con sus pa­dres? M.M. Hom­bre, lle­ga­rá la hora de dar el pa­so, pe­ro de mo­men­to no encuentro la ne­ce­si­dad. Sí que se me ha pa­sa­do por la ca­be­za bus­car una ca­sa por te­ner un es­pa­cio más pri­va­do; no por­que quie­ra una man­sión. Es­toy muy a gus­to en el ado­sa­do de mis pa­dres. XL. O sea, que no le van a sa­car de su cuar­to ni con es­pá­tu­la... M.M. A ver, sí me gus­ta­ría una ca­si­ta que se adap­te más a mi es­ti­lo. Que ten­ga un ga­ra­je am­plio pa­ra las mo­tos y eso... XL. Con­fie­se: ¿quién ha­ce la ca­ma, us­ted o su ma­dre? M.M. La ca­ma me la ha­go yo. Pe­ro mi ma­dre si­gue ha­cién­do­me la co­mi­da y ri­ñén­do­me cuan­do to­ca. XL. De­jó us­ted los es­tu­dios, a pe­sar de que iba bien. ¿Pien­sa re­to­mar­los al­gún día? M.M. Aca­bé la ESO, in­ten­té con­ti­nuar, pe­ro a los 15 ya es­ta­ba dan­do vuel­tas por el mundo. Y no po­día. Con­for­me vas cre­cien­do, las mo­tos te re­quie­ren más fí­si­ca­men­te y, al final, tie­nes que ele­gir un ca­mino. De mo­men­to no pien­so en vol­ver a es­tu­diar, pe­ro no lo des­car­to. Tam­po­co sé cuán­do me voy a re­ti­rar. Si me pre­gun­tas aho­ra, te di­ré que has­ta que el cuer­po aguan­te. A lo me­jor lle­go a los 30 o 35, pe­ro si no tie­nes mo­ti­va­ción más va­le re­ti­rar­se por­que pier­des la ga­rra. Y pue­de que en­ton­ces me ape­tez­ca es­tu­diar. XL. ¿Tie­ne no­via? M.M. No. XL. Pe­ro se li­ga­rá un mon­tón en los cir­cui­tos... M.M. ¡Qué va! Es don­de me­nos se te acer­can; hay fans, pe­ro tú es­tás cen­tra­do en lo tu­yo. Pien­sa que lle­ga­mos al cir­cui­to el miér­co­les por la no­che; el jue­ves es­tás con en­tre­vis­tas y pre­pa­ran­do to­do; vier­nes y sá­ba­do en­tre­nan­do, do­min­go la ca­rre­ra, y te vas. XL. ¿Es us­ted un sa­cer­do­te de la ve­lo­ci­dad? M.M. Ja­ja­ja, ¡tam­po­co! Cuan­do sal­go de fies­ta por Bar­ce­lo­na, es di­fe­ren­te. Soy rea­lis­ta. Si no fue­se quien soy, li­ga­ría me­nos de la mi­tad de lo que li­go aho­ra. Pe­ro tam­bién tie­nes que sa­ber di­fe­ren­ciar cuan­do una se te acer­ca por un te­ma o por otro. Creo que se­rá di­fí­cil en el fu­tu­ro acer­tar si real­men­te es­tán con­ti­go por amor o por in­te­rés. XL. ¿Le ha da­do tiem­po a ir a la pla­ya es­te ve­rano? M.M. No, ni quie­ro. Nun­ca me ha gus­ta­do el mar y aho­ra me­nos. Me pa­sa­ron por Fa­ce­book un ví­deo de un ti­bu­rón en Sa­lou. Es­ta­ba aquí cer­ca, eh. ¡Hay unos bi­chos en el mar!

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