En pri­mer plano. El clé­ri­go tur­co Fet­hu­llah Gü­len se defiende an­te las acu­sa­cio­nes del presidente Er­do­gan de es­tar de­trás del in­ten­to de gol­pe de Es­ta­do.

«El po­der ha in­to­xi­ca­do a Er­do­gan». El clé­ri­go Fet­hu­llah Gü­len se defiende de las acu­sa­cio­nes del presidente tur­co de es­tar de­trás del in­ten­to de gol­pe de Es­ta­do. Lo vi­si­ta­mos en su exi­lio, en las mon­ta­ñas de Pen­sil­va­nia.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR VEIT MEDICK Y RO­LAND NELLES

FET­HU­LLAH NOS RE­CI­BE EN UNA PE­QUE­ÑA HA­BI­TA­CIÓN DE SU RE­SI­DEN­CIA. A SU LA­DO, SO­BRE UNA ME­SI­TA AU­XI­LIAR, HAY UN MINIVENTILADOR Y UN VA­SO DE AGUA. LLEVA UN 'BLA­ZER' OS­CU­RO Y MOCASINES. EL RE­LI­GIO­SO QUIE­RE RE­BA­TIR UNA ACU­SA­CIÓN.

«Es­toy dis­pues­to a so­me­ter­me a la in­ves­ti­ga­ción de una co­mi­sión in­ter­na­cio­nal. Si me en­cuen­tra cul­pa­ble, yo mis­mo iré a la cá­ma­ra de eje­cu­ción. Pe­ro no pa­sa­rá, por­que yo no he he­cho na­da», di­ce. Gü­len se en­cuen­tra ba­jo el fo­co de la aten­ción in­ter­na­cio­nal. El presidente tur­co, Re­cep Tay­yip Er­do­gan, lo acu­sa a él y al in­flu­yen­te mo­vi­mien­to islamista que en­ca­be­za de ha­ber tra­ma­do, des­de Es­ta­dos Uni­dos, la re­cien­te in­ten­to­na mi­li­tar. El clé­ri­go vi­ve exi­lia­do en es­te país des­de 1999; en Tur­quía tie­ne de­ma­sia­dos enemi­gos. La gen­te de Er­do­gan le da a Hiz­met, su or­ga­ni­za­ción –que ges­tio­na en to­do el mundo una red de es­cue­las, em­pre­sas y me­dios de co­mu­ni­ca­ción–, el tra­ta­mien­to de gru­po te­rro­ris­ta. Pa­ra An­ka­ra, la re­si­den­cia de Gü­len, a un cen­te­nar de mi­llas de Nue­va York, es la se­de del mal. Las acu­sa­cio­nes de Er­do­gan son muy gra­ves. Sin em­bar­go, Gü­len in­sis­te en que no tie­ne re­la­ción con el gol­pe. «Ya he di­cho mu­chas ve­ces que es­toy en con­tra de cual­quier for­ma de vio­len­cia pa­ra con­se­guir fi­nes po­lí­ti­cos –e in­sis­te en su com­pro­mi­so con la de­mo­cra­cia–. Re­cha­zo los gol­pes mi­li­ta­res».

GUAR­DIAS ARMADOS CON­TRO­LAN EL EDI­FI­CIO

Pa­ra vi­si­tar a es­te hom­bre de 75 años, hay que pa­sar el con­trol de se­gu­ri­dad a la en­tra­da de la apar­ta­da fin­ca don­de vi­ve. Guar­dias armados con­tro­lan a to­dos los vi­si­tan­tes, tal y co­mo le acon­se­jó el FBI ha­ce unos años. El clé­ri­go re­ci­be re­gu­lar­men­te ame­na­zas de muer­te. En el área hay va­rios edi­fi­cios don­de los fie­les se en­tre­gan a la ora­ción. No se ve mu­cha gen­te hoy, so­lo un Pors­che to­do­te­rreno apar­ca­do. Nor­mal­men­te, vie­nen po­cas vi­si­tas; a los me­dios de co­mu­ni­ca­ción ra­ra vez se les per­mi­te el ac­ce­so. Gü­len vi­ve en la par­te tra­se­ra de la pro­pie­dad, la más re­ti­ra­da. Los vi­si­tan­tes tie­nen que qui­tar­se los zapatos o en­vol­vér­se­los en plás­ti­co an­tes de ac­ce­der a la re­si­den­cia. Ade­más, las mu­je­res de­ben cu­brir sus hom­bros. «Lo sen­ti­mos mu­cho, dis­cúl­pe­nos», di­ce uno de los asistentes, mien­tras ofre­ce un pa­ñue­lo.

La sa­la don­de nos re­ci­be es re­pre­sen­ta­ti­va. Mu­cho oro, mu­cha de­co­ra­ción, grue­sas alfombras... De las pa­re­des cuel­gan su­ras ('ca­pí­tu­los' o 'lec­cio­nes') del Co­rán, en la es­tan­te­ría se ali­nea una en­ci­clo­pe­dia so­bre el is­lam. En la librería se amon­to­nan ador­nos y re­cuer­dos: un he­li­cóp­te­ro de plás­ti­co, un glo­bo te­rrá­queo, un ja­rrón... Gü­len es­tá sen­ta­do en una bu­ta­ca de co­lor beis. Su as­pec­to es de de­bi­li­dad. Tie­ne pro­ble­mas de co­ra­zón y dia­be­tes, di­ce uno de sus ayu­dan­tes. Gü­len ha­bla en tur­co y en voz ba­ja so­bre Er­do­gan. Lo co­no­ce bien. Am­bos fue­ron alia­dos du­ran­te el as­cen­so del AKP, el par­ti­do del presidente tur­co; los unía el ri­go­ris­mo re­li­gio­so. Aho­ra se odian. Er­do­gan cree que Gü­len in­ten­ta dispu­tar­le el po­der. El clé­ri­go opi­na que su an­ti­guo so­cio, con­ver­ti­do en un ti­rano, quie­re des­ar­ti­cu­lar to­da for­ma de opo­si­ción. «Co­mo él mis­mo es un hom­bre se­dien­to de po­der, pien­sa que to­dos los de­más tam­bién lo son –afirma–. Er­do­gan pro­ce­de de un en­torno hu­mil­de, pe­ro aho­ra vi­ve en palacios. El éxi­to y el po­der lo han in­to­xi­ca­do».

EN EL DOR­MI­TO­RIO DE GÜ­LEN

Gü­len se pre­sen­ta a sí mis­mo co­mo el po­lo opues­to del presidente que go­bier­na en An­ka­ra. Su or­ga­ni­za­ción ges­tio­na una for­tu­na mi­llo­na­ria, pe­ro él se jac­ta de ape­nas po­seer bie­nes per­so­na­les. Vi­ve pa­ra su fe, di­cen sus ayu­dan­tes. La pe­que­ña ca­sa en la que re­si­de, y que abre pa­ra que la vi­si­te­mos, so­lo tie­ne dos ha­bi­ta­cio­nes. Duer­me en un col­chón ten­di­do en el sue­lo; en la es­tan­cia hay un es­cri­to­rio con li­bros, bo­tes de acei­te cor­po­ral, un pe­que­ño co­fre oto­mano... En la pa­red, una es­tam­pa de la Cú­pu­la de la Ro­ca, en Jerusalén –el lu­gar des­de el cual, se­gún los mu­sul­ma­nes, Maho­ma as­cen­dió a los cie­los pa­ra re­unir­se con Dios–, y la ban­de­ra tur­ca. To­da la re­si­den­cia es­tá he­cha pen­san­do en su se­gu­ri­dad. Las ven­ta­nas son opa­cas pa­ra di­fi­cul­tar la vi­sión. Las puer­tas de las ha­bi­ta­cio­nes so­lo se abren con tar­je­tas es­pe­cia­les. Un as­cen­sor lleva a Gü­len di­rec­ta­men­te al ga­ra­je, des­de don­de lo tras­la­dan al hos­pi­tal pe­rió­di­ca­men­te pa­ra sus re­vi­sio­nes. Ese es el úni­co mo­ti­vo por el que sa­le de la ca­sa, ase­gu­ra su gen­te. ¿Có­mo con­si­gue una per­so­na su­pues­ta­men­te tan re­traí­da cons­truir un mo­vi­mien­to tan gran­de e in­flu­yen­te co­mo el

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