His­to­ria. El­vis Pres­ley qui­so ser agen­te del FBI. Se lo pro­pu­so al presidente Ni­xon en la Ca­sa Blan­ca. Una pe­lí­cu­la, con Ke­vin Spa­cey, cuen­ta có­mo su­ce­dió.

Eso ex­cla­mó Ni­xon cuan­do su­po que iba a re­ci­bir a El­vis Pres­ley en el des­pa­cho oval de la Ca­sa Blan­ca. Ca­si me­dio si­glo des­pués de aquel encuentro, una pe­lí­cu­la re­ve­la cla­ves de aque­lla en­tre­vis­ta, la más de­li­ran­te de la his­to­ria re­cien­te de Es­ta­dos Uni­do

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR GHISLAIN LOUSTALOT

Se­ñor presidente, per­mí­ta­me que me pre­sen­te. Mi nom­bre es El­vis Pres­ley...». En el Boeing 747 de Ame­ri­can Air­li­nes que vo­la­ba entre Los Án­ge­les y Washington, El­vis es­cri­be apli­ca­da­men­te, con un bo­lí­gra­fo azul, so­bre el pa­pel de la com­pa­ñía aé­rea. Re­fle­xio­na, ta­cha, po­ne ma­yús­cu­las por to­das par­tes. Sus tra­zos no son siem­pre le­gi­bles.

es­cri­ta du­ran­te la no­che del do­min­go 20 al lu­nes 21 de di­ciem­bre de 1970 y des­ti­na­da a Ri­chard Ni­xon es alu­ci­nan­te. Su mano de­re­cha, Jerry Schilling, se en­te­ra de la exis­ten­cia de es­ta mi­si­va jus­to an­tes del ate­rri­za­je, pe­ro no se atre­ve a mo­di­fi­car ni una co­ma. No sa­le de su asom­bro. El­vis, el rebelde de los años cin­cuen­ta, ha­bla so­bre su in­quie­tud pa­trió­ti­ca, fus­ti­ga a los hip­pies, a los ro­jos y a la con­tra­cul­tu­ra. Ex­pli­ca que los lí­de­res de es­te mo­vi­mien­to de iz­quier­das, así co­mo los Pan­te­ras Ne­gras y los ar­tis­tas pop, no lo con­si­de­ran un enemi­go y que eso le per­mi­ti­ría in­fil­trar­se en es­tos mo­vi­mien­tos con fa­ci­li­dad. Ase­gu­ra ser un ex­per­to en pro­duc­tos ile­ga­les. «He es­tu­dia­do con pro­fun­di­dad las ra­mi­fi­ca­cio­nes de las re­des de la dro­ga y las téc­ni­cas de la­va­do de ce­re­bro de los co­mu­nis­tas. Ocu­po una posición cen­tral en ese mundo que me per­mi­ti­ría ob­te­ner una gran can­ti­dad de in­for­ma­ción», di­ce. En re­su­men, quie­re sal­var el mundo li­bre y, so­bre to­do, con­ver­tir­se en un agen­te au­tó­no­mo de la Agen­cia Fe­de­ral de nar­có­ti­cos y dro­gas pe­li­gro­sas. Schilling cree es­tar su­frien­do una alu­ci­na­ción. Co­no­ce la pa­sión de su ami­go y je­fe por las me­da­llas y las in­sig­nias de la Po­li­cía. Pe­ro, ¿El­vis, miem­bro del FBI? Al final de la quin­ta pá­gi­na, Pres­ley ha con­sig­na­do una de­ce­na de números de te­lé­fono en los que se lo pue­de lo­ca­li­zar: los de Gra­ce­land y sus ca­sas de Be­verly Hills y Palm Springs, y los tres números

El­vis le pro­po­ne a Ni­xon in­fil­trar­se en el mo­vi­mien­to 'hippy' y en los Pan­te­ras Ne­gras. "Soy ex­per­to en sus­tan­cias ile­ga­les", di­ce

per­so­na­les del co­ro­nel Par­ker, su má­na­ger. Tam­bién ha aña­di­do el de su ho­tel en Washington, don­de se alo­ja­rá «to­do el tiem­po que ha­ga fal­ta» ba­jo el nom­bre de Jon Bu­rrows en las sui­tes 505, 506 y 507. Cuan­do ba­ja del avión, Schilling to­da­vía es­tá des­orien­ta­do. «¿Dón­de va­mos?», in­quie­re. La son­ri­sa lle­na de sor­na del can­tan­te po­dría bas­tar­le co­mo res­pues­ta. «A la Ca­sa Blan­ca, por su­pues­to».

EL REY EN­TRA EN LA CA­SA BLAN­CA

El­vis & Ni­xon es el tí­tu­lo de la pe­lí­cu­la que re­cuer­da es­tos he­chos reales y que se es­tre­na en Es­pa­ña el pró­xi­mo día 26. El lu­nes 21 de di­ciem­bre de 1970, a las sie­te de la ma­ña­na, den­tro del co­che que se di­ri­ge ha­cia Pennsyl­va­nia Ave­nue, El­vis se acuer­da de có­mo Pris­ci­lla, su es­po­sa, y su pa­dre, Ver­non, le han echa­do la bron­ca la no­che an­te­rior. Su mu­jer y su pro­ge­ni­tor le ago­bian con re­pro­ches. «Ti­ras el di­ne­ro por la ven­ta­na», le di­cen. Pa­ra la úl­ti­ma fies­ta or­ga­ni­za­da en Gra­ce­land com­pró 10 Mer­ce­des y 30 ar­mas de fue­go pa­ra sus in­vi­ta­dos. El­vis tie­ne 35 años. Ha pues­to fin a su ca­rre­ra en Holly­wood el año an­te­rior. Y pa­re­ce ha­ber per­di­do al­go el rum­bo, aun­que ha re­gre­sa­do con un gran show te­le­vi­sa­do; ha sa­ca­do un LP, From El­vis in Memp­his, que ha per­ma­ne­ci­do en ca­be­za de las lis­tas de ven­tas du­ran­te vein­te se­ma­nas; y ha co­men­za­do una lar­ga se­rie de con­cier­tos en el In­ter­na­tio­nal Ho­tel de Las Ve­gas. El que se pre­sen­ta sin pre­vio avi­so en el ala nor­te de la Ca­sa Blan­ca, con el pe­lo lar­go, sor­ti­jas y ca­de­nas de oro, al cue­llo, y una gran ca­pa de ter­cio­pe­lo so­bre el hom­bro es un hom­bre ri­co y ce­le­bé­rri­mo. ¿Es Drá­cu­la? No, es el Rey. La car­ta que él mis­mo de­po­si­ta pa­ra el Je­fe, co­mo lla­ma a Ni­xon, por ló­gi­ca de­be­ría terminar en una pa­pe­le­ra. Pe­ro, con­tra to­do pro­nós­ti­co, lle­ga­rá al­gu­nas ho­ras más tar­de a su des­tino. Es el 'efec­to Pres­ley'.

El­vis se pre­sen­ta de im­pro­vi­so en la Ca­sa Blan­ca con el pe­lo lar­go, sor­ti­jas, ca­de­nas de oro y una gran ca­pa de ter­cio­pe­lo

Dwight Cha­pin, se­cre­ta­rio en­car­ga­do de la agen­da y de los des­pla­za­mien­tos de Ni­xon, y el con­se­je­ro Egil Krogh, un fan to­tal de El­vis, se ha­cen car­go del asun­to. A las 10, un me­mo­rán­dum acom­pa­ña­do de la car­ta llega a la me­sa del je­fe de ga­bi­ne­te, Bob Hal­de­man, que tras leer­lo es­cri­be al­gu­nas pa­la­bras con plu­ma es­ti­lo­grá­fi­ca al mar­gen: «Es­to es una bro­ma, ¿no?».

NI­XON SE NIE­GA A RE­CI­BIR­LO

Pe­ro se de­ja con­ven­cer. El ar­gu­men­to: Pres­ley, bien uti­li­za­do, pue­de ser muy útil al presidente en la gran cam­pa­ña an­ti­dro­ga que aca­ba de lan­zar. Hal­de­man tra­za en­ton­ces una 'A' so­bre el me­mo­rán­dum: Apro­ba­do. Cha­pin y Krogh se di­ri­gen con pres­te­za ha­cia el Des­pa­cho Oval, pro­po­nen a Ni­xon que re­ci­ba a El­vis ese mis­mo día so­bre las 12.30 ho­ras, du­ran­te la pau­sa que sue­le apro­ve­char pa­ra dor­mir una cor­ta sies­ta. Pri­me­ra reac­ción del Boss: «¿Quién es el im­bé­cil que ha or­ga­ni­za­do es­to?». Su ne­ga­ti­va es ca­te­gó­ri­ca. Pe­ro ¿por qué aca­bar re­ci­bién­do­lo? ¿Qué ocu­rre a con­ti­nua­ción? La te­sis de la pe­lí­cu­la: la hi­ja pe­que­ña del presidente, Ju­lie Ni­xon, es in­for­ma­da de la pe­ti­ción de El­vis y quie­re una fo­to de­di­ca­da, así que lla­ma a su pa­dre pa­ra ro­gár­se­lo.

Ni­xon con­si­de­ra que, bien uti­li­za­do, el Rey pue­de ser­vir­le pa­ra la cam­pa­ña an­ti­dro­ga que aca­ba de lan­zar. Le otor­gan una pla­ca del FBI

Jerry Schilling y Egil Krogh fue­ron los ase­so­res téc­ni­cos de la pe­lí­cu­la. ¿Es su­ya es­ta te­sis? Ofi­cial­men­te es el po­der de per­sua­sión de los hom­bres en la som­bra del presidente lo que con­si­guió el ob­je­ti­vo. No en vano El­vis Pres­ley aca­ba­ba de ser ele­gi­do de nue­vo co­mo una de las diez per­so­na­li­da­des más in­flu­yen­tes del país. Ni­xon pro­tes­ta, pe­ro ce­de. Con­ce­de cin­co mi­nu­tos de en­tre­vis­ta, ni uno más. La pe­lí­cu­la cuen­ta la lle­ga­da de El­vis al ala oes­te de la Ca­sa Blan­ca, acom­pa­ña­do de Schilling y de Sonny West, uno de los hom­bres pa­ra to­do de la 'ma­fia de Memp­his'.

PRES­LEY SE SIEN­TE EN CA­SA

Los pre­ce­de una se­cre­ta­ria: «Se­ñor Pres­ley, la Ca­sa Blan­ca es pre­cio­sa, ¿ver­dad?». Y él res­pon­de: «Sí, se pa­re­ce a mi ca­sa». En la pe­lí­cu­la el can­tan­te ha traí­do su co­lec­ción de in­sig­nias, fotos de su fa­mi­lia y un re­ga­lo que atra­vie­sa con di­fi­cul­tad el ar­co de los ser­vi­cios se­cre­tos: un Colt 45 de la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial con va­rias ba­las de pla­ta en un co­fre de ma­de­ra pre­cio­sa. El Rey y el Je­fe se lle­van 22 años y entre ellos me­dia un mundo. El encuentro de dos egos so­bre­di­men­sio­na­dos opues­tos en to­do tie­ne lu­gar, sin em­bar­go. Krogh lo re­cuer­da muy bien: «Yo te­nía las ma­nos heladas». El Je­fe no es un ti­po re­la­ja­do y con en­can­to per­so­nal, no le gus­tan las celebridades ni la pu­bli­ci­dad. A mi­tad de su pri­mer man­da­to, Ri­chard Ni­xon, el con­ser­va­dor, se pre­sen­ta a sí mis­mo co­mo ga­ran­tía de es­ta­bi­li­dad

y una mu­ra­lla con­tra el avan­ce de la con­tra­cul­tu­ra, las re­vuel­tas y las ma­ni­fes­ta­cio­nes que pro­cla­man la desobe­dien­cia civil, el se­xo li­bre y que se opo­nen a la gue­rra de Viet­nam. Tres­cien­tos es­ta­dou­ni­den­ses mue­ren ca­da se­ma­na en esa épo­ca. Ni­xon es un hom­bre aus­te­ro, du­ro, dis­cre­to, lleno de com­ple­jos. Nun­ca es­tá re­la­ja­do. In­clu­so en la in­ti­midad de su ca­sa lleva cha­que­ta y cor­ba­ta. Nin­guno de sus ami­gos lo lla­ma nun­ca por su nom­bre de pi­la. La ci­ta entre am­bos per­so­na­jes ro­za el ab­sur­do. La en­tre­vis­ta arran­ca con una se­sión de fotos me­mo­ra­ble. Los ne­ga­ti­vos de Ni­xon y de El­vis, ar­chi­va­dos por la Ca­sa Blan­ca, son aún hoy los más con­sul­ta­dos. Y tras las fotos, na­da más. Nin­gún tes­ti­go, nin­gu­na gra­ba­ción.

LA COM­PLI­CI­DAD

La en­tre­vis­ta se eter­ni­za. La pe­lí­cu­la se in­ter­na en ese es­pa­cio en blan­co. Los dos hom­bres mor­dis­quean M&MS y be­ben co­ca-co­la. Ha­blan de Woods­tock, el gran concierto hippy de 1969. «Una ex­cu­sa más pa­ra po­ner­se en bo­las», di­ce El­vis. Fus­ti­ga a los pe­rio­dis­tas y a los Beatles y cri­ti­ca el an­ti­ame­ri­ca­nis­mo de John Lennon, al que, sin em­bar­go, re­ci­bió en su ca­sa. Entre ellos se es­ta­ble­ce una co­rrien­te de com­pli­ci­dad. Ni­xon y Pres­ley tie­nen los mis­mos orígenes: uno es hi­jo de un ten­de­ro; el otro, de un apar­ce­ro. «Los dos he­mos sa­li­do de la na­da», con­fie­san.

DOS PA­TRIO­TAS UNI­DOS

So­bre to­do, son dos pa­trio­tas. Ni­xon sir­vió en la Ma­ri­na du­ran­te la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial, mien­tras que la

De lo que se di­jo en la ci­ta no hay tes­ti­gos ni gra­ba­cio­nes. So­lo cons­ta que iba a ser de cin­co mi­nu­tos y que se alar­gó

in­cor­po­ra­ción al Ejér­ci­to de El­vis, el 24 de mar­zo de 1958, pa­ra cum­plir sus dos años de ser­vi­cio mi­li­tar en Ale­ma­nia, fue un acon­te­ci­mien­to me­diá­ti­co, al igual que sus de­cla­ra­cio­nes: «El Ejér­ci­to pue­de ha­cer con­mi­go lo que quie­ra». El co­man­dan­te se­gun­do y el sar­gen­to tie­nen en co­mún un te­rror ab­so­lu­to ha­cia la des­truc­ción de la so­cie­dad ame­ri­ca­na. An­te la in­sis­ten­cia de su in­ter­lo­cu­tor, Ni­xon ha­ce pro­me­sas y El­vis ob­tie­ne fi­nal­men­te su pla­ca. ¿J. Ed­gar Hoo­ver, di­rec­tor del FBI, es­tá al co­rrien­te de esa en­tre­ga? Tie­ne un in­for­me de 683 pá­gi­nas so­bre Pres­ley.

LA CAÍ­DA DE LOS PRO­TA­GO­NIS­TAS

Su com­por­ta­mien­to en el es­ce­na­rio, ca­li­fi­ca­do de «striptease sin qui­tar­se la ro­pa», sus mo­vi­mien­tos de ca­de­ra, la his­te­ria que des­en­ca­de­na en los jó­ve­nes de am­bos se­xos, to­do es­tá con­sig­na­do en los in­for­mes. En al­gu­nos se lo ca­li­fi­ca in­clu­so co­mo «pe­li­gro pa­ra la se­gu­ri­dad de Es­ta­dos Uni­dos». La afición del Rey por las ar­mas y su adicción a los me­di­ca­men­tos son un se­cre­to a vo­ces. Pe­ro na­die pa­re­ce te­ner­lo en cuen­ta. Las ma­las len­guas di­rán que Pres­ley ne­ce­si­ta­ba una pla­ca del FBI pa­ra cir­cu­lar sin cor­ta­pi­sas con sus ar­mas y sus me­di­ca­men­tos. Cua­tro años más tar­de, al tiem­po que la sa­lud de El­vis se de­te­rio­ra, la gui­llo­ti­na política cae so­bre Ni­xon con el asun­to Wa­ter­ga­te. Cha­pin, Krogh y Hal­de­man son pro­ce­sa­dos, Ri­chard Ni­xon di­mi­te. El Je­fe y el Rey. Dos caí­das ver­ti­gi­no­sas. Pe­ro mien­tras que el pri­me­ro se ha con­ver­ti­do en el hom­bre más odia­do de Amé­ri­ca, El­vis Pres­ley, in­ven­tor del rock’n’roll y agen­te fe­de­ral au­tó­no­mo, se­gui­rá sien­do ob­je­to de de­vo­ción.

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