A fon­do.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR C. M. SÁN­CHEZ Y SAFIA KRIVDIC

Tras ca­si 45 años fun­cio­nan­do, el In­te­rrail no ha per­di­do su ro­man­ti­cis­mo. Más de 300.000 via­je­ros lo uti­li­zan ca­da año.

Lle­va 44 años fun­cio­nan­do y no ha per­di­do su ro­man­ti­cis­mo. Más de 300.000 via­je­ros uti­li­zan ca­da año el In­te­rrail, es­ta par­ti­cu­lar me­tá­fo­ra fe­rro­via­ria de la uni­dad eu­ro­pea. Le con­ta­mos la ex­pe­rien­cia de los usua­rios y los con­se­jos pa­ra que sea el via­je de su vi­da.

LE­TI­CIA CASAÚ Y ALI­CIA LÓPEZ, AM­BAS DE 19 AÑOS, SON DE CAR­TA­GE­NA Y CA­RA­VA­CA DE LA CRUZ. ES­TU­DIAN BIOTECNOLOGÍA.

¿Qué paí­ses vi­si­ta­ron? Fran­cia, Bél­gi­ca, Ho­lan­da, Alemania, Re­pú­bli­ca Che­ca, Hun­gría, Bos­nia y Croa­cia. Com­pra­mos los bi­lle­tes por in­ter­net, pe­ro fui­mos a una agen­cia de via­jes pa­ra con­tra­tar un se­gu­ro. ¿Lo me­jor? La gen­te que co­no­ci­mos y las pe­que­ñas vi­ven­cias: las cer­ve­zas en Mont­mar­tre, los pa­seos en ca­noa por el Sena, el atar­de­cer jun­to al mar en Du­brov­nik... Y las ho­ras en el tren no se te ha­cen lar­gas. Via­jas a otro rit­mo. ¿Y lo peor? Tu­vi­mos que com­par­tir ca­ma en un al­ber­gue por fal­ta de pla­zas. En la ha­bi­ta­ción ha­bía otras 14 per­so­nas. El tren que co­gi­mos en Croa­cia te­nía pro­ble­mas con los fre­nos y, ade­más, tu­vi­mos que ha­cer el tra­yec­to ti­ra­das en el sue­lo del va­gón, con otras 30 per­so­nas. Fue muy ago­bian­te.

Di­cen que el al­ma viaja más des­pa­cio que el cuer­po; que por eso, cuan­do ba­ja­mos de un avión, so­lo so­mos una car­ca­sa va­cía has­ta que el al­ma re­za­ga­da con­si­gue al­can­zar­nos. En el tren, más len­to, no po­de­mos huir de no­so­tros mis­mos, y nues­tros pen­sa­mien­tos aca­ban dis­cu­rrien­do a la ve­lo­ci­dad exac­ta del pai­sa­je que ve­mos por la ven­ta­ni­lla. Hay via­jes que tie­nen esa cua­li­dad de acom­pa­sar la men­te y el cuer­po, son ini­ciá­ti­cos por­que te ini­cian en la vi­da o te abren los ojos a otras ma­ne­ras de vi­vir. Y, so­bre to­do, por­que otros via­je­ros com­par­ten esa mis­ma vi­bra­ción, co­mo si sin­to­ni­za­ran una fre­cuen­cia es­pi­ri­tual co­lec­ti­va. En Europa hay dos via­jes ini­ciá­ti­cos que ha­bría que ha­cer al me­nos una vez en la vi­da: el Ca­mino de San­tia­go y el In­te­rrail. La prue­ba de que el In­te­rrail –que em­pe­zó en 1972– no ha per­di­do su ro­man­ti­cis­mo, es que 300.000 via­je­ros lo ha­cen ca­da año, con un in­cre­men­to que ron­da el 30 por cien­to en el último lus­tro, pe­se a la com­pe­ten­cia de las lí­neas aé­reas ba­ra­tas y aho­ra tam­bién de los au­to­bu­ses de ba­jo cos­te, co­mo Me­ga­bus o Flix­bus, sin con­tar Blab­lacar y otras pla­ta­for­mas de la eco­no­mía co­la­bo­ra­ti­va. El In­te­rrail es un pa­se que per­mi­te via­jar en tren (y tam­bién en fe­rri) du­ran­te un pe­rio­do va­ria­ble, des­de cin­co días has­ta un mes, y re­co­rrer un má­xi­mo de 30 paí­ses eu­ro­peos (in­clui­da Tur­quía) por una ta­ri­fa muy ase­qui­ble: des­de 200 eu­ros, la más ba­ra­ta. Pa­ra mu­chos jó­ve­nes es la pri­me­ra vez que via­jan de mo­chi­le­ros; su pri­me­ra aven­tu­ra fue­ra del ni­do. Sin em­bar­go, no es un via­je ex­clu­si­vo pa­ra me­no­res de 25 años (que es la edad lí­mi­te en la que los des­cuen­tos son ma­yo­res). Los adul­tos ya su­po­nen uno de

ca­da cin­co clien­tes de In­te­rrail. Y hay tam­bién abo­nos pa­ra fa­mi­lias y pa­ra ma­yo­res de 60. En to­tal son 250.000 ki­ló­me­tros de vía fé­rrea que se pue­den re­co­rrer de pun­ta a pun­ta de Europa, in­clui­do el Reino Uni­do que, por el mo­men­to, no se que­da fue­ra del cir­cui­to a pe­sar del bre­xit. Se pue­de em­pe­zar en Lis­boa y ter­mi­nar en Ate­nas, o sa­lir de Hel­sin­ki y aca­bar en Se­vi­lla. O de­jar­se lle­var por los ca­pri­chos de la se­ren­di­pia. Ca­da via­je­ro se ha­ce su pro­pia ru­ta, y hay bi­lle­tes a la me­di­da de ca­da pre­su­pues­to. Un re­co­rri­do pa­ra vol­ver a ca­sa ha­bien­do vi­vi­do pe­que­ñas aven­tu­ras que nos ha­cen cre­cer. Y de las que se sa­can lec­cio­nes pa­ra la vi­da. Qui­zá la me­jor ma­ne­ra de reivin­di­car el sue­ño de la uni­dad eu­ro­pea, en es­tos tiem­pos en los que es­tá sien­do tan cues­tio­na­do, es fluir por sus ve­ne­ra­bles ar­te­rias, un sis­te­ma cir­cu­la­to­rio que lle­va ahí des­de el si­glo XIX.

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