con… Desa­yuno de do­min­go

Me lla­mo Fran­cis­co Jo­sé Ar­cán­gel Ra­mos. Na­cí en Huel­va ha­ce 39 años y can­to fla­men­co des­de los nue­ve. El 24 de agos­to ac­túo, jun­to con las Vo­ces Búl­ga­ras, en el III Fes­ti­val de Fla­men­co On Fi­re, en Pam­plo­na.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario -

el can­taor Ar­cán­gel.

Xlse­ma­nal. Oi­ga, en su ca­so, ¿ni sa­ga ni gitanos, ver­dad? Ar­cán­gel. Na­da. No ten­go na­da que ver con el cli­ché tí­pi­co del can­taor: na­die de mi fa­mi­lia can­ta fla­men­co. Mi pa­dre tra­ba­ja­ba en una fá­bri­ca de elec­tri­ci­dad y mi ma­dre era ama de ca­sa. Me apun­té a un con­cur­so de fan­dan­gos en Huel­va y ahí na­ció to­do. XL. Em­pe­zó can­tan­do a los bai­lao­res, pe­ro tam­bién ha can­ta­do a to­re­ros. A. Can­tar al bai­le es nues­tro mé­to­do de apren­di­za­je más di­rec­to. Can­tar a un to­re­ro [a Ja­vier Con­de] mien­tras to­rea­ba fue al­go anec­dó­ti­co. XL. Es­tá el mun­do del to­ro pa­ra ale­grías. A. Creo que a la gen­te se le ha ido la pelota. En­tien­do per­fec­ta­men­te que ha­ya a quien no le gus­te el to­reo o el sa­cri­fi­cio de ani­ma­les, pe­ro equi­pa­rar la vi­da de una per­so­na a la de un ani­mal… Na­da jus­ti­fi­ca los co­men­ta­rios que se han he­cho en In­ter­net por la muer­te de un to­re­ro. A mí me han da­do mu­cha ca­ña por dar el pé­sa­me a la fa­mi­lia de Víc­tor Ba­rrio.

XL. Aca­ba de ter­mi­nar la gi­ra de Ta­blao, ¿qué tal le ha ido? A. Me­jor de lo que es­pe­ra­ba por­que, en ple­na glo­ba­li­za­ción, sa­lir con un es­pec­tácu­lo que no pue­den ver más de 150 per­so­nas no tie­ne na­da que ver con el mo­de­lo de ne­go­cio que se lle­va aho­ra. XL. De Des­pe­ña­pe­rros pa­ra arri­ba, ¿los ta­blaos vi­ven de tu­ris­tas? A. Es­ta res­pues­ta ne­ce­si­ta 15 mi­nu­tos, pe­ro es­tá cla­ro: si las gran­des fi­gu­ras se ga­nan la vi­da me­jor en los gran­des tea­tros y la afi­ción los ve allí, los ta­blaos tie­nen que re­plan­tear­se el ne­go­cio. XL. En el Tea­tro Real mon­tó el ta­blao en el es­ce­na­rio con un cen­te­nar de si­llas, sin ocu­par el res­to del afo­ro. A. Me gus­ta la in­ti­mi­dad. Te­ner al pú­bli­co ca­si pe­ga­do, re­nun­cian­do al es­plen­dor de un tea­tro co­mo el Real, es una su­ges­tión ma­ra­vi­llo­sa y, a la vez, una lo­cu­ra. La idea era asal­tar el gran tem­plo de la mú­si­ca clá­si­ca. XL. Ha di­cho: «No aguan­to Ope­ra­ción Triun­fo ni los pro­gra­mas de co­ra­zón». A. Es que no me gus­ta que la gen­te crea que un ar­tis­ta se ha­ce en una ho­ra, no es real. Y los pro­gra­mas de co­ra­zón no los so­por­to: el co­ra­zón tie­ne que ser­vir pa­ra que­rer a los de­más y ya es­tá. XL. «Soy un es­pe­cia­lis­ta en es­qui­var ha­cha­zos», di­ce. Ex­plí­que­se. A. Cuan­do eres un re­fe­ren­te en al­go, las ha­chas y los cu­chi­llos vie­nen vo­lan­do. Es­te es el país de la en­vi­dia: no to­le­ra el éxi­to del ve­cino. Sus­cri­bo lo que de­cía Pa­co Um­bral: «Da­me enemi­gos, que al­go bien es­ta­ré ha­cien­do».

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