Desa­yuno de do­min­go con…

Bue­nos Ai­res, 1960. Soy gui­ta­rris­ta, can­tan­te, com­po­si­tor y pro­duc­tor. Cuan­do te­nía 16 años, vi­ne con mi fa­mi­lia a Es­pa­ña. For­mé par­te del gru­po Te­qui­la y, lue­go, de Los Ro­drí­guez. 'La ma­na­da' es mi úl­ti­mo dis­co.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario -

Ariel Rot.

Xl­se­ma­nal. Aun­que pa­sen mil años, siem­pre se­rá re­cor­da­do por Te­qui­la. Ariel Rot. Te­qui­la y Los Ro­drí­guez du­ra­ron po­co –seis años ca­da uno–, pe­ro fue­ron mis pi­cos de po­pu­la­ri­dad, aun­que de­bía com­par­tir­los... [ríe]. XL. Cuen­tan que, en am­bos gru­pos, ter­mi­na­ron co­mo el ro­sa­rio de la au­ro­ra. A.R. ¿Y có­mo ter­mi­nó ese ro­sa­rio? XL. ¡Pues fa­tal! A.R. En­ton­ces, tam­po­co fue pa­ra tan­to; bueno, al­gu­nos sí. Si tie­nes ami­gos mú­si­cos, ha­cer un tra­ba­jo con ellos es lo ideal. Pe­ro tam­bién es nor­mal que los gru­pos aca­ben se­pa­rán­do­se. XL. ¿Qué le que­da de los vie­jos roc­ke­ros? A.R. Arru­gas, acha­ques, do­lo­res de es­pal­da, mu­chos ki­ló­me­tros re­co­rri­dos… Los vie­jos roc­ke­ros es­tán vie­jos. XL. ¿Se­xo, dro­ga y rock’n roll ya es his­to­ria? A.R. ¡No! Pe­ro ca­da co­sa por se­pa­ra­do. Las tres co­sas a la vez ya es im­po­si­ble. XL. Se que­ja de lo po­co que va la gen­te a los con­cier­tos de rock. A.R. Cuan­do es gra­tis, van mu­chos; cuan­do hay que pa­gar, van muy po­cos. Y cuan­do Fi­to & Fi­ti­pal­dis lle­na has­ta la ban­de­ra los lla­ma «ma­na­da bo­rre­guil». A.R. Con to­dos mis res­pe­tos, la crí­ti­ca no es a Fi­to, sino a un pú­bli­co ma­ni­pu­la­do que con­su­me lo que le di­cen; y que, pa­ra sen­tir­se cool, tie­ne que ir a uno o dos con­cier­tos al año y con­tar­lo lue­go en una bar­ba­coa en su ur­ba­ni­za­ción. XL. ¿Quié­nes van a sus con­cier­tos? A.R. Los que son muy cool [ríe]. Lo di­go con to­do el res­pe­to ha­cia mis co­le­gas, que no tie­nen la cul­pa. XL. ¿Quién la tie­ne? A.R. Los me­dios y la gen­te que co­me lo que les dan en la mano, en vez de ser un po­co más gour­mets y ha­cer­se su me­nú. XL. Por cier­to, ha­ce un par de años fue te­lo­ne­ro de los Ro­lling Sto­nes. A.R. Lo era Lei­va y me in­vi­tó a to­car un te­ma, pe­ro fue una ex­pe­rien­cia agri­dul­ce: te mal­tra­tan bas­tan­te. Sien­do tan gran­des, ¿qué ne­ce­si­dad tie­nen? XL. ¿Los Ro­lling lo mal­tra­ta­ron? A.R. Ellos di­rec­ta­men­te no: su equi­po. No te de­jan ver­los ni pre­sen­ciar la prue­ba de so­ni­do; te echan del es­ta­dio has­ta que aca­ban; lue­go, te dan dos mi­nu­tos pa­ra que prue­bes tú. Fue un po­co frus­tran­te. XL. Y eso que us­ted apren­dió a to­car la gui­ta­rra es­cu­chan­do a Keith Ri­chards. A.R. Sí, y que me mal­tra­ta­se Keith per­so­nal­men­te me en­can­ta­ría [ríe]. Yo me de­di­qué a es­to el día que vi a los Ro­lling Sto­nes en una pe­lí­cu­la. En­ton­ces de­ci­dí que que­ría ser un ro­lling. Y di­ga­mos que, de una ma­ne­ra más low cost, lo he con­se­gui­do.

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