Ca­da vez me gus­ta me­nos el te­nis

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Correo - JO­SÉ MA­NUEL BOU AGUI­LAR. SANLÚCAR LA MA­YOR (SE­VI­LLA) FRAN­CIS­CO JA­VIER SÁN­CHEZ GON­ZÁ­LEZ. CO­RREO ELEC­TRÓ­NI­CO

Aun­que Ra­fa Na­dal ha­ya da­do una lec­ción de es­fuer­zo ga­nan­do una me­da­lla de oro en do­bles y lu­chan­do por el bron­ce has­ta la ex­te­nua­ción, ca­da vez me de­pri­me más el te­nis. Cuan­do la ge­nia­li­dad se au­sen­ta, un par­ti­do de te­nis vie­ne a ser co­mo un de­ba­te de in­ves­ti­du­ra pa­ra pre­si­den­te de Go­bierno. Tú le pe­gas fuer­te a la bo­la pa­ra in­ten­tar sa­car­me fue­ra de la pis­ta, yo le pe­go más fuer­te aún; tú me ti­ras un pas­sing shot de co­rrup­ción y yo te de­vuel­vo otro igual o más lar­go; tú me ha­ces una de­ja­da de inep­ti­tud a la ho­ra de aca­bar con el pa­ro, y yo te de­vuel­vo más des­em­pleos... En es­to es­ta­mos, en dar y de­vol­ver sin que nin­guno de los con­ten­dien­tes cam­bie el sis­te­ma de jue­go pa­ra ga­nar el par­ti­do, y eso nos lle­va a unos inaca­ba­bles jue­gos y sets, con mu­chos deu­ce que se ha­cen eter­nos. ¡Ca­si un año de par­ti­do ya! Lle­ga­rá el mo­men­to en el que el pue­blo se sien­te en el ban­co, ese al­to que hay en las pis­tas de te­nis, y di­ga: «¡Nooo!». Y en­ton­ces... al maes­tro ar­me­ro. y que en in­fan­til true­que, te cam­bia be­sos por cho­co­la­te? Ríe con los ojos, y su mi­ra­da trans­mi­te luz y vida, es lim­pia y cris­ta­li­na. Re­fle­jo de una men­te don­de to­dos sus pen­sa­mien­tos son es­treno en­tre jue­gos y nue­vas ex­pe­rien­cias, que aún no ha te­ni­do tiem­po ni de te­ner me­mo­ria. Cuan­do ríe, su ri­sa es un de­rro­che des­bor­da­do, una mez­cla per­fec­ta de ale­grías, por la que vis­lum­bra­mos que exis­te la fe­li­ci­dad. Es una son­ri­sa blan­ca, co­lo­rea­da por la sim­pa­tía de un arcoíris com­ple­to. Es au­tén­ti­ca y ver­dad, ni una in­si­nua­ción de in­te­rés, no sa­be que exis­te la hi­po­cre­sía. Es es­pon­tá­nea e ines­pe­ra­da, to­tal y ple­na; cuan­do te al­can­za, ful­mi­na la tris­te­za, el desáni­mo. Qui­zá por­que ese ins­tan­te má­gi­co en el que Jai­me ríe ex­pre­sa un sen­ti­mien­to tan lim­pio y pu­ro que nos trans­por­ta a esa épo­ca in­fan­til, en la que co­mo él no te­nía­mos pa­sa­do ni me­mo­ria, co­mo di­ce la can­ción: «El al­ma sin me­dias sue­las».

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