RO­GER FE­DE­RER

"Ne­ce­si­to fue­go, di­ver­sión, pa­sión, vi­vir en un tor­be­llino"

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - En Primer Plano - POR SI­MON HATTENSTON / FO­TO­GRA­FÍA: MATHIAS BRASCHLER Y MONIKA FIS­CHER

Tie­ne fa­ma de ser «el hom­bre tran­qui­lo», pe­ro di­ce que el tenis es emo­ción en es­ta­do pu­ro. Y él no pien­sa re­nun­ciar a ella. A sus 35 años, los ru­mo­res de su re­ti­ra­da se mul­ti­pli­can, pe­ro ni si­quie­ra aho­ra, cuan­do se re­cu­pe­ra de una le­sión, se plan­tea de­jar­lo. Ha­bla­mos con el te­nis­ta in­com­bus­ti­ble.

Ro­ger Fe­de­rer qui­ta el en­vol­to­rio de su nue­va ra­que­ta con len­ti­tud, de­lei­tán­do­se, co­mo si fue­ra un ni­ño con un ca­ra­me­lo. Con un po­co de suer­te pue­de du­rar­le cin­co años, di­ce. Me pa­sa la ra­que­ta. No es­tá par­ti­cu­lar­men­te ten­sa ni pa­re­ce un mo­de­lo muy so­fis­ti­ca­do; lo mis­mo pue­de de­cir­se de su pro­pie­ta­rio.

Desde que ga­nó su pri­mer tor­neo im­por­tan­te, Fe­de­rer es co­no­ci­do por su ca­rác­ter tran­qui­lo y afa­ble. En la can­cha no gri­ta, no ha­ce mue­cas y ra­ra vez dis­cu­te las de­ci­sio­nes de los ár­bi­tros. Pe­ro el jo­ven Fe­de­rer era muy dis­tin­to. Siem­pre fue un de­por­tis­ta con un ta­len­to asom­bro­so, pe­ro su ac­ti­tud era un pro­ble­ma cons­tan­te. Cuan­do co­men­zó a com­pe­tir –a los ocho años–, era fre­cuen­te que se frus­tra­se, que se hi­cie­ra re­pro­ches, que gri­ta­se. «No era de los que siem­pre es­tán en­fa­da­dos. Más bien me sen­tía tris­te y de­cep­cio­na­do con­mi­go mis­mo». ¿En serio? Yo ha­bía oí­do que siem­pre ha­cía tri­zas sus ra­que­tas. Son­ríe. «Bueno, sí que se en­fa­da­ba. Pe­ro lo que ha­cía era lan­zar la ra­que­ta con­tra la red, con cier­to cui­da­do para que no se rom­pie­ra, por­que cos­ta­ba mu­cho di­ne­ro y mis pa­dres se hu­bie­ran pues­to furiosos. Re­trans­mi­tía ca­da uno de mis gol­pes en voz al­ta, me en­fa­da­ba y me de­cía que era im­po­si­ble ju­gar peor». En los tor­neos, los ár­bi­tros le te­nían que amo­nes­tar. «Mis pa­dres se enoja­ban mu­cho con­mi­go. Más de una vez se mar­cha­ron an­tes del fi­nal del par­ti­do». Fe­de­rer ga­nó el Tor­neo de Wim­ble­don en ca­te­go­ría jú­nior a los 16 años, pe­ro sus emo­cio­nes a flor de piel eran un pro­ble­ma. «La gen­te te­nía cla­ro que en uno u otro mo­men­to aca­ba­ría me­tien­do la pa­ta –re­cuer­da–. Mis ri­va­les creían que les bas­ta­ba con res­pon­der a mis gol­pes, por­que al fi­nal co­me­te­ría al­gún error de prin­ci­pian­te. Así que me es­for­cé en crear un au­ra de in­ven­ci­bi­li­dad, de ju­ga­dor muy co­rreo­so y du­ro de pe­lar». Para ello ne­ce­si­tó tiem­po; Fe­de­rer ob­tu­vo su pri­mer gran título con ca­si 22 años.

"SI SOY PU­RO FUE­GO, ME VUEL­VO LO­CO"

¿Di­ría que ha con­se­gui­do de­jar de ser un ju­ga­dor a lo Mcen­roe, pro­pen­so a los be­rrin­ches, para con­ver­tir­se en una fi­gu­ra a lo Bjorn Borg, más pa­re­ci­do a un sa­mu­rái del tenis? «Has­ta cier­to pun­to, pe­ro Borg era pu­ro hie­lo». Los hé­roes per­so­na­les de Fe­de­rer per­te­ne­cen a una ge­ne­ra­ción pos­te­rior y son te­nis­tas más ex­tro­ver­ti­dos, co­mo Go­ran Iva­ni­se­vic. Los en­tre­na­do­res le de­cían a Fe­de­rer que te­nía que to­mar­se el juego con más cal­ma y él es­ta­ba de acuerdo, pe­ro 'has­ta cier­to pun­to'. «Sen­tía la ne­ce­si­dad de ex­pre­sar mis emo­cio­nes. Ne­ce­si­ta­ba en­con­trar cier­to equi­li­brio. No po­día con­ver­tir­me en un ju­ga­dor de hie­lo. Yo ne­ce­si­to fue­go, di­ver­sión, pa­sión, vi­vir un tor­be­llino. Pe­ro lo ne­ce­si­to de una for­ma que me re­sul­te ma­ne­ja­ble. Si soy pu­ro fue­go, ter­mino por vol­ver­me lo­co. Me lle­vó dos años com­pren­der­lo. El pro­ce­so fue lar­go». En 2001, Fe­de­rer se hi­zo fa­mo­so al ven­cer a Pe­te Sam­pras en Wim­ble­don y du­ran­te los si­guien­tes seis años se con­so­li­dó co­mo el me­jor del mun­do. Con 17 Grand Slam, es el me­jor te­nis­ta mas­cu­lino de to­dos los tiem­pos. Sus ri­va­les más di­rec­tos, Pe­te Sam­pras y Ra­fa Na­dal, tie­nen 14 tí­tu­los ca­da uno. No­vak Djo­ko­vic, 12. ¿Na­dal ha si­do su ri­val prin­ci­pal? «En mi ca­so, sí. Los en­cuen­tros con­tra Na­dal siem­pre van a ser es­pe­cia­les... de­bi­do a la fi­nal de Wim­ble­don de 2008». Aquel par­ti­do fue épi­co. Al fi­nal, Na­dal ven­ció por 9-7 en el le­gen­da­rio quin­to set. Fe­de­rer re­co­no­ce que Na­dal siem­pre ha si­do su con­trin­can­te más di­fí­cil. «Ra­fa es zur­do y te en­vía unas bo­las con unos efec­tos in­creí­bles, nun­ca vis­tos. Tu­ve que cam­biar mu­chas co­sas para po­ner­me a su ni­vel». Fe­de­rer ha ju­ga­do con dis­ci­pli­na desde que te­nía 20 años, en la lí­nea del «hom­bre de hie­lo» al que an­tes se re­fe­ría. Pe­ro es fre­cuen­te que su «fue­go» apa­rez­ca al fi­nal de un tor­neo,

"CUAN­DO EM­PE­CÉ, RE­TRANS­MI­TÍA CA­DA GOL­PE, ME EN­FA­DA­BA... ERA PA­TÉ­TI­CO. MIS PA­DRES SE FUE­RON DEL PAR­TI­DO MÁS DE UNA VEZ"

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