PRE­MIOS PRIN­CE­SA DE AS­TU­RIAS 2016

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Premios Princesa De Asturias 2016 -

mun­do sin de­pre­sión? Se­ría mu­cho más pro­duc­ti­vo. XL. Se­ría un mun­do me­jor, sin du­da. H.H. Eso creo yo. An­tes del si­glo XX di­se­ñá­ba­mos ob­je­tos pa­ra ser uti­li­za­dos. Hoy se tra­ta de in­te­grar­los en nues­tro cuer­po. Nos fun­di­re­mos con lo que he­mos di­se­ña­do pa­ra am­pliar­nos, pa­ra ex­ten­der­nos, pa­ra ser me­jo­res. Se­rá una na­rra­ti­va do­mi­nan­te de es­te si­glo. XL. Men­cio­na us­ted a Oba­ma. ¿In­flu­ye quién es­té en el Go­bierno? H.H. In­flu­ye, sí. La úl­ti­ma Ad­mi­nis­tra­ción Bush in­vir­tió mu­cho en la lu­cha con­tra el si­da. Man­dó mi­llo­nes a Áfri­ca. Y gra­cias a eso la si­tua­ción es mu­cho me­jor hoy. ¡Quién lo hu­bie­se di­cho! Bush, que fue una ro­ca de gue­rra. XL. ¿Y si ga­na­se Trump? H.H. Nun­ca se sa­be. Po­dría in­cre­men­tar los fon­dos de­di­ca­dos a in­ves­ti­ga­ción. Pro­ba­ble­men­te no se­ría así, di­ría que Hi­llary es quien ha­ría eso, pe­ro… XL. ¿Es us­ted re­li­gio­so? H.H. Cre­cí en una fa­mi­lia me­no­ni­ta, en Pen­sil­va­nia, don­de la ma­yo­ría de la po­bla­ción es amish. Ten­go una im­pron­ta muy re­li­gio­sa. Los me­no­ni­tas y los amish son pa­ci­fis­tas de­vo­tos. Cuan­do el Nue­vo Tes­ta­men­to di­ce: «Benditos sean los pa­ci­fi­ca­do­res», ellos se lo to­man muy en se­rio. ¡Ni si­quie­ra vo­tan por mie­do a que el presidente em­pie­ce una gue­rra! Cre­cí en esa fi­lo­so­fía pa­ci­fis­ta. Y creo que mi mi­sión, mi de­seo pa­ra eli­mi­nar la dis­ca­pa­ci­dad, na­ce de al­gún mo­do de esa tra­di­ción. XL. ¿Có­mo fue el ac­ci­den­te don­de per­dió las dos pier­nas? H.H. Em­pe­cé a es­ca­lar con 7 años y de ado­les­cen­te ya era uno de los me­jo­res del país. Un día, a los 17, fui a Nue­vo Hamsp­hi­re pa­ra ha­cer una es­ca­la­da en hie­lo en el mon­te Washington. Cuan­do em­pe­za­mos, ha­cía un po­co de mal tiem­po, pe­ro las con­di­cio­nes co­men­za­ron a em­peo­rar. XL. ¿Qué hi­cie­ron? H.H. Co­me­ti­mos el error de se­guir su­bien­do ha­cia la ci­ma. Ca­si no po­día­mos man­te­ner­nos en pie por el vien­to. Es­tá­ba­mos atra­pa­dos. Era de no­che cuan­do lle­ga­mos a una zo­na ar­bo­la­da y hu­bie­se si­do sui­ci­da tra­tar de ir ha­cia la ci­ma. Los vientos eran for­tí­si­mos. XL. ¿In­ten­ta­ron ba­jar? H.H. Era lo úni­co que po­día­mos ha­cer, pe­ro la nie­ve nos lle­ga­ba has­ta la cin­tu­ra, a ve­ces has­ta el cue­llo. La úni­ca so­lu­ción era tra­tar de se­guir el cur­so de un río, pe­ro en esas con­di­cio­nes no sa­bes cuán­do ca­mi­nas so­bre la tie­rra o so­bre una fi­na ca­pa de hie­lo. Era fá­cil caer den­tro. En un mo­men­to de­ter­mi­na­do que­dé con me­dio cuer­po den­tro del agua, so­lo los bra­zos so­bre el hie­lo evi­ta­ban que me su­mer­gie­ra. Mi com­pa­ñe­ro, len­ta­men­te, me sa­có. Así es­tu­vi­mos cua­tro días, su­fri­mos hi­po­ter­mia y con­ge­la­ción. Ya no po­día­mos mo­ver­nos. Nos sa­ca­ron en he­li­cóp­te­ro. Era el peor ca­so de con­ge­la­ción que los mé­di­cos ha­bían vis­to en mu­chos años. Nues­tros pies eran blo­ques de hie­lo. XL. ¿Y có­mo fue su pri­me­ra ex­pe­rien­cia con las pró­te­sis? H.H. Me cho­có que fue­ran tan ri­dí­cu­la­men­te po­co so­fis­ti­ca­das. So­lo plás­ti­co, ma­de­ra y go­ma. XL. Y de­ci­dió me­jo­rar­las... H.H. Pen­sé: «Aho­ra mis­mo soy una pá­gi­na en blan­co, pue­do crear cual­quier es­truc­tu­ra que ima­gi­ne». De­ci­dí que no te­nían por qué imi­tar la for­ma hu­ma­na. XL. Es al­go que di­ce a me­nu­do: «No te­ne­mos por qué imi­tar el cuer­po hu­mano». H.H. Nues­tros cuer­pos son ex­tra­or­di­na­rios, pe­ro eso no quiere de­cir que no po­da­mos ha­cer­lo me­jor. XL. ¿Cuán­tas pier­nas bió­ni­cas tie­ne us­ted aho­ra mis­mo? H.H. Ten­go un par pa­ra ca­mi­nar, otro pa­ra co­rrer, uno pa­ra con­du­cir y cua­tro pa­res pa­ra es­ca­lar. ¡Mi ar­ma­rio tie­ne un as­pec­to muy cu­rio­so! XL. ¿Tie­ne con­tac­to con la gen­te que re­ci­be sus pró­te­sis bió­ni­cas? H.H. Nor­mal­men­te, no. Con al­gu­nos pa­cien­tes, sí. No sue­lo es­tar allí cuan­do se las po­nen, pe­ro veo tes­ti­mo­nios, veo ví­deos… Y es ma­ra­vi­llo­so. XL. Hay un ca­so muy cé­le­bre: el de la bai­la­ri­na Adrian­ne Has­let-da­vis, que per­dió su pie por las bom­bas del atentado du­ran­te el ma­ra­tón de Bos­ton, el 15 de abril de 2013... H.H. Aquí, en el la­bo­ra­to­rio, te­ne­mos que ha­cer prue­bas con hu­ma­nos, en­sa­yar co­sas que pue­den fun­cio­nar o no. Te­ne­mos una lis­ta de gen­te que vie­ne a pro­bar co­sas, ¡son los as­tro­nau­tas de hoy en día! Y exi­ge mu­cha pa­cien­cia, por­que mu­chos de los ex­pe­ri­men­tos no fun­cio­nan [se ríe]. Pe­ro cuan­do lo ha­cen es emo­cio­nan­te. Ella ha con­se­gui­do vol­ver a bai­lar. XL. Us­ted es­ta­ba ha­cien­do el Ca­mino de San­tia­go en Es­pa­ña cuan­do ocu­rrie­ron los ata­ques de Bos­ton… H.H. Sí. No lo ol­vi­da­ré nun­ca. An­da­ba en una bi­ci­cle­ta de mon­ta­ña, mien­tras que mis hi­jos y su ma­dre lo hi­cie­ron to­do a pie. Y la gen­te se ha­cía fotos con­mi­go… XL. To­da­vía no es­ta­mos acos­tum­bra­dos a ver a al­guien sin pier­nas rea­li­zan­do una ac­ti­vi­dad atlé­ti­ca. H.H. Cam­bia­rá. Re­cuer­do al­go que me pa­só ha­ce un año, en la épo­ca del ma­ra­tón de Bos­ton, en el ae­ro­puer­to de esa ciu­dad. Cuan­do via­jo, nor­mal­men­te lle­vó las per­ne­ras subidas pa­ra que se vean las pier­nas. Así, cuan­do atra­vie­so el con­trol de se­gu­ri­dad, no ten­go que ex­pli­car­les na­da: ya lo ven ellos. En el ae­ro­puer­to, cin­co per­so­nas me pre­gun­ta­ron si ha­bía co­rri­do el ma­ra­tón. Eso era im­pen­sa­ble ha­ce cin­co o diez años. Me veían co­mo un hom­bre bió­ni­co, per­fec­ta­men­te ca­paz. [Ríe]. Con po­der, con fuer­za. ¡Qué pro­gre­so!

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