PRE­MIOS PRIN­CE­SA DE AS­TU­RIAS 2016

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Premios Princesa De Asturias 2016 -

XL. Y, des­de en­ton­ces, su ca­sa se con­vir­tió en un ma­triar­ca­do to­tal: su ma­dre, sus hi­jas, su nie­ta… y Ar­man­do, su ma­ri­do. N.E. Éra­mos mu­chas mu­je­res ro­dean­do al po­bre Ar­man­do, sí [se ríe]. To­dos sus ami­gos de­cían: «¡Po­bre Ar­man­do, con tan­ta mu­jer en ca­sa!». Y es po­si­ble que en ca­sa lo ago­biá­ra­mos un po­co. XL. Se ca­só con 19 años. ¿Ar­man­do fue su gran amor? N.E. Fue ‘la per­so­na’. Fue el com­pa­ñe­ro que de­jó sus sue­ños de di­ri­gir y es­cri­bir pa­ra con­ver­tir­se en un gran hom­bre de tea­tro –que no lo era–, pa­ra que pu­die­ra cum­plir mis sue­ños. Sus pa­la­bras eran: «To­do es­to que tú sue­ñas no te va a ve­nir a bus­car, ten­dre­mos que sa­lir no­so­tros a bus­car­lo». Y sa­lió y fundó nues­tra com­pa­ñía de tea­tro. XL. En 1994 mu­rió. N.E. Sí, en­ton­ces pen­sé que to­do ha­bía ter­mi­na­do. No po­día ima­gi­nar que po­día se­guir en ese ni­vel. Ha­bía­mos he­cho Yer­ma, Las cria­das, Do­ña Ro­si­ta la soltera, Me­dea… Y ha­bía­mos re­co­rri­do el mun­do en­te­ro. Es­ta­ba con­ven­ci­da de que ha­bía ba­ja­do diez pel­da­ños. XL. Unos años an­tes de la muer­te de Ar­man­do tu­vo una de­pre­sión muy gran­de que la pa­ra­li­zó. N.E. Aque­lla de­pre­sión fue bas­tan­te inex­pli­ca­ble por­que se dio en un mo­men­to triun­fal pa­ra mí. Vi­vía en Lon­dres, don­de ha­bía pues­to en mar­cha La ca­sa de Ber­nar­da Alba, in­ter­pre­ta­da por Glen­da Jack­son; di­ri­gía una ópe­ra tras otra en el Co­vent Gar­den… XL. De he­cho la lla­ma­ban The Lady of Co­vent Gar­den. N.E. Es cier­to, te­nía mu­cho éxi­to. Pe­ro una ma­ña­na no pu­de le­van­tar­me de la ca­ma, es­ta­ba rí­gi­da, co­mo te­tra­plé­ji­ca. Lo­gré con mu­cho es­fuer­zo arras­trar­me has­ta el so­fá y me pu­se de ro­di­llas en el sue­lo has­ta que lle­gó un asis­ten­te y me ayu­dó a mo­ver­me. XL. Pe­ro con­si­guió es­tre­nar y que fue­ra un éxi­to. Lue­go re­gre­só a Ma­drid y es­tu­vo tres me­ses sin sa­lir de su ha­bi­ta­ción. N.E. Ar­man­do sos­te­nía que es­ta­ba can­sa­da y yo tam­bién; pe­ro mi hi­ja di­jo que eso era de­pre­sión. Yo que­ría es­tar siem­pre a os­cu­ras en mi cuar­to, sin li­bros ni te­le­vi­sión ni fa­mi­lia. No que­ría que na­die en­tra­se en mi cuar­to: ni Ar­man­do, ni si­quie­ra mi nie­ta Bár­ba­ra. Me ha­bía con­ver­ti­do en otra per­so­na, me vol­ví un zom­bi. Lo su­pe­ré cuan­do me tra­ta­ron con pas­ti­llas. XL. Y nun­ca más, gra­cias a Dios. N.E. Nun­ca más. To­do el mun­do es­tu­vo muy pen­dien­te de mí cuan­do mu­rió Ar­man­do pa­ra que no vol­vie­ra a caer. En­ton­ces fui a ver a un psi­quia­tra que me di­jo: «Tú es­tás tris­te por­que se te ha muer­to el ma­ri­do, no te ha­gas líos». Co­mo nun­ca su­pe cuál fue el mo­ti­vo real de mi de­pre­sión, se lo pre­gun­té al psi­quia­tra y me di­jo: «De­ja de bus­car el mo­ti­vo. Es­tá en un ca­jón ce­rra­do que no hay que abrir nun­ca, por­que es­tá lleno de cu­ca­ra­chas». XL. Ha re­co­no­ci­do mu­chas ve­ces que en Lon­dres se sen­tía muy so­la. ¿Por qué no re­gre­só a Es­pa­ña? N.E. Es­ta­ba muy so­la, es ver­dad; pe­ro el éxi­to me ha­cía se­guir allí. XL. En aque­lla épo­ca na­ció la amis­tad en­tre Glen­da Jack­son y us­ted. N.E. Aho­ra so­mos ami­gas y co­me­mos jun­tas con fre­cuen­cia. Nos hi­ci­mos ami­gas, pe­se al ca­rác­ter di­fí­cil de Glen­da en el tra­ba­jo. Sin em­bar­go, los fi­nes de se­ma­na to­do cam­bia­ba: me iba a co­mer a su ca­sa, ella co­ci­na­ba y yo la­va­ba los pla­tos. En­ton­ces, yo siem­pre pen­sa­ba: «Ma­ña­na to­do va a ir me­jor». Pues no: el ca­ri­ño con el que me re­ci­bía en su ca­sa no se man­te­nía des­pués en el tra­ba­jo. XL. ¿El lu­nes vol­vía a ser dis­tan­te? N.E. Po­día ser muy des­agra­da­ble. Ella man­te­nía que al tra­ba­jo no se va a ha­cer ami­gos y a mí aque­llo me cau­sa­ba cier­ta im­pre­sión, por­que yo al tra­ba­jo tam­bién voy a ha­cer ami­gos. No es que sea ne­ce­sa­rio, pe­ro es muy agra­da­ble tra­ba­jar con buen am­bien­te y con gen­te que te apre­cia y que tú apre­cias. Yo he he­cho re­la­cio­nes en el tra­ba­jo que han du­ra­do to­da la vi­da; re­la­cio­nes muy fuer­tes con de­ce­nas de com­pa­ñe­ros. XL. Des­de ha­ce años vi­ve más en Lon­dres que aquí. ¿Qué hu­bo de­trás del N.E. Una cam­pa­ña tre­men­da en con­tra de la inmigración: fue es­pan­to­sa. Uti­li­za­ban car­te­les con fotos de cien­tos de refugiados ha­cien­do co­las, fotos de ni­ños desarra­pa­dos y de­ba­jo po­nían: «Di no». Me que­dé ho­rro­ri­za­da, aquel país no po­día ser la In­gla­te­rra en la que yo vi­vía. Pa­re­cía el país más atra­sa­do del mun­do y más egoís­ta. Es­ta­mos ha­blan­do de un lu­gar don­de yo he co­no­ci­do a la gen­te más pre­cio­sa, cul­ta y ma­ra­vi­llo­sa de mi vi­da. XL. Más allá de los con­ser­va­do­res y la­bo­ris­tas, ¿hay dos In­gla­te­rras? N.E. Eso, se­gu­rí­si­mo. In­gla­te­rra aho­ra se di­vi­de en cla­sis­tas y xe­nó­fo­bos, por un la­do, y gen­te nor­mal, con­ser­va­do­ra o pro­gre­sis­ta, por el otro. A mí se me caía la ca­ra de ver­güen­za al leer los men­sa­jes xe­nó­fo­bos a fa­vor del bre­xit. XL. ¿Ima­gi­nó que po­día triun­far el N.E. No lo vi­mos ve­nir. Mis ami­gos in­gle­ses no sa­bían que es­ta gen­te exis­tía, na­die es­ta­ba asus­ta­do con el bre­xit. Aho­ra es­tán ab­so­lu­ta­men­te de­sola­dos. XL. Tam­po­co en Es­pa­ña te­ne­mos un pa­no­ra­ma idí­li­co. N.E. Des­de lue­go que no. Lo que es­tá ocu­rrien­do aquí tam­bién me pa­re­ce una au­tén­ti­ca ver­güen­za. Yo ha­ce tiem­po que vo­to a par­ti­dos, no a per­so­nas, pe­ro exi­jo a los po­lí­ti­cos que ten­gan al­tu­ra de mi­ras. XL. Na­ció en Hos­pi­ta­let de Llo­bre­gat y ejer­ce de ca­ta­la­na…

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