JON BON JO­VI

"Siem­pre me mos­queó ser 'el tío gua­pe­ras' al que tra­tan con des­pre­cio"

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Entrevista - POR DA­NIEL MÉN­DEZ

¿Se acuer­dan de él? Car­da­dos sal­va­jes, vi­deo­clips subidos de tono, or­gías y más de 130 mi­llo­nes de dis­cos ven­di­dos en 30 años de ca­rre­ra. En el nue­vo ál­bum de su ban­da, Jon Bon Jo­vi exor­ci­za fan­tas­mas y su­fri­mien­tos re­cien­tes y pa­sa­dos. Aho­ra bien, «¡que na­die llo­re por mí!», ad­vier­te. Al fin y al ca­bo, es una es­tre­lla del 'rock'... y de las gran­des.

JON BON JO­VI RE­CI­BE A XL­SE­MA­NAL en la sui­te de un lu­jo­so ho­tel lon­di­nen­se. A sus 54 años, es­te roc­ke­ro de Perth Am­boy (Nue­va Jer­sey) es­tá en ple­na promoción del nue­vo ál­bum de su ban­da, This hou­se is not for sa­le ['Es­ta ca­sa no se ven­de'], el de­ci­mo­ter­ce­ro en tres dé­ca­das de ca­rre­ra. Cer­cano y de buen hu­mor, du­ran­te la char­la abre la ven­ta­na pa­ra que en­tre ai­re fres­co y son­ríe a me­nu­do. Viste ca­mi­sa os­cu­ra y unos va­que­ros ele­gan­tes. Unas cuan­tas ca­nas aso­man don­de es­tu­vie­ra su cé­le­bre me­le­na. Es­tá sa­tis­fe­cho, aun­que los úl­ti­mos años no han si­do fá­ci­les. En 2013, Ri­chie Sam­bo­ra, el gui­ta­rris­ta que lle­va­ba en Bon Jo­vi des­de sus ini­cios, allá por 1983, de­jó la ban­da: un día, en ple­na gi­ra, no se pre­sen­tó al con­cier­to. Pa­ra re­ma­tar­lo, Bon Jo­vi el año pa­sa­do rom­pió con su dis­co­grá­fi­ca de to­da la vi­da y admite que se hun­dió. Pe­ro sa­lió a flo­te y aquí es­tá; el vie­jo John Fran­cis Bon­gio­vi, Jr.

Xl­se­ma­nal. Hay un te­ma en su nue­vo disco, The de­vil is in the tem­ple ['El dia­blo es­tá en el tem­plo'] don­de habla de la in­dus­tria dis­co­grá­fi­ca. Y no es muy op­ti­mis­ta... J.B.J. No. No creo que ha­ya mo­ti­vo pa­ra ser­lo. Atra­ve­sé un pe­rio­do muy di­fí­cil con mi com­pa­ñía de to­da la vi­da. No ha­cían promoción; ni una fo­to, un ví­deo… Na­da. Prác­ti­ca­men­te me­tían el disco en una bol­sa de pa­pel ma­rrón y te de­cían: «¡Que te jo­dan!». XL. Y al fi­nal, des­pués de más de tres dé­ca­das, cam­bió de dis­co­grá­fi­ca. J.B.J. Es­toy muy or­gu­llo­so de de­cir que he es­ta­do con una com­pa­ñía 33 años. ¡Du­ran­te to­do es­te tiem­po he te­ni­do una ban­da, una com­pa­ñía, una es­po­sa! [Se ríe]. Pe­ro

la leal­tad ya no pa­re­cía im­por­tar. ¡El éxi­to tam­po­co! Me pa­re­ció te­rri­ble. Pa­ra mí, cuan­do era pe­que­ño, el tem­plo era la com­pa­ñía dis­co­grá­fi­ca. El sue­ño era ese: es­tar allí, que gra­ba­ran tus can­cio­nes... ¡Con eso so­ña­ba! Y aho­ra ha cam­bia­do. Si tie­nes el éxi­to que yo he te­ni­do y, aun así, sur­gen es­tos obs­tácu­los, ima­gí­na­te lo que se­rá pa­ra los cha­va­les hoy con­se­guir ha­cer co­sas. Te rom­pe el co­ra­zón. XL. Habla de un tem­plo sim­bó­li­co. Pe­ro ¿es us­ted re­li­gio­so? J.B.J. Sí. Muy es­pi­ri­tual. Soy un hom­bre de fe y es­pi­ri­tua­li­dad. No voy a la igle­sia co­mo cuan­do era pe­que­ño, pe­ro creo mu­cho y ten­go mu­cha fe. XL. ¿Se ha sen­ti­do ex­plo­ta­do por la in­dus­tria? J.B.J. Hu­bo un pe­rio­do, ha­ce unos 25 años, en que es­tá­ba­mos ago­ta­dos. Tra­ba­ja­mos muy du­ro. Ha­cía­mos gi­ras don­de dá­ba­mos 245 con­cier­tos se­gui­dos. Nos que­mó. No es una his­to­ria ori­gi­nal, le ha pa­sa­do a mu­chas otras bandas. Na­die nos de­cía que es­tá­ba­mos tra­ba­jan­do de­ma­sia­do. Si real­men­te con­fías en el ar­tis­ta, de­be­rías ser ca­paz de de­cir­le que se va­ya a des­can­sar. XL. ¿Se arre­pien­te de al­go? J.B.J. No. Cual­quier error, co­sas de las que me pue­da arre­pen­tir, es par­te de la vi­da. XL. Di­ce que su mu­jer lo ha ayu­da­do a atra­ve­sar mo­men­tos du­ros, co­mo es­tos úl­ti­mos años. J.B.J. ¡Que na­die llo­re por mí! Es­toy bien, son­río la ma­yor par­te del tiem­po. ¡Apre­ta­ré bien fuer­te los dien­tes y se­gui­ré son­rien­do por to­dos vo­so­tros! [Se ríe]. Mi fa­mi­lia si­gue es­tan­do a mi la­do. Es una ben­di­ción y lo sé. XL. Hay otra can­ción del disco, Li­ving with the ghost ['Vi­vien­do con el fan­tas­ma'], don­de habla de la gen­te que se ha ido. ¿Se re­fie­re a Ri­chie Sam­bo­ra? J.B.J. No ha­ce fal­ta que te lo di­ga... XL. Re­fle­ja un mo­men­to di­fí­cil pa­ra us­ted y pa­ra la ban­da. J.B.J. Es cier­to que la gen­te no es­tá acos­tum­bra­da a ver­me tan vul­ne­ra­ble. En cual­quier ca­so, la vi­da es un lar­go via­je. Hay que con­ti­nuar: no vi­vi­ré en el pa­sa­do. XL. Y el éxi­to. ¿Es im­por­tan­te pa­ra us­ted? J.B.J. Lo veo co­mo un le­ga­do que es­tá ahí. No des­apa­re­ce­rá a me­nos que me lo car­gue ha­cien­do al­go dra­má­ti­co. No sé: sal­tar por la ven­ta­na... Pe­ro, tran­qui­lo, pro­ba­ble­men­te no lo ha­ga nun­ca. Mi le­ga­do es el que es. XL. No sal­ta­rá por la ven­ta­na, pe­ro en el pa­sa­do sí se ha sen­ti­do así. J.B.J. Hay una se­rie de pre­sio­nes que vie­nen con el tra­ba­jo, con el ne­go­cio. Pe­ro no me au­to­com­pa­dez­co. Es­ta­mos ha­blan­do de un tío que can­ta en una ban­da de rock. No voy a la gue­rra a de­fen­der mi país. No es­toy en Si­ria. ¡Soy un can­tan­te de rock! Eso no es na­da. XL. Su as­pec­to fí­si­co ha si­do im­por­tan­te. En oca­sio­nes se di­ría que de­ma­sia­do: su cor­te de pe­lo, su look... han cen­tra­do mu­chos ar­tícu­los. ¿De­ma­sia­dos? J.B.J. Me mo­les­ta­ba mu­cho cuan­do era más jo­ven. ¡Pe­ro ya na­die habla de eso! [Suel­ta una car­ca­ja­da]. Aho­ra, me lla­man «se­ñor…». Tam­po­co es una his­to­ria ori­gi­nal: lle­va pa­san­do des­de los Beatles. El tío gua­pe­ras al que tra­tan con des­pre­cio por ser­lo. ¡Có­mo me mos­quea­ba! Tra­ba­ja­mos muy du­ro, triun­fá­ba­mos. Y lue­go leías que so­lo era una ca­ra bo­ni­ta. Cin­co sin­gles en el nú­me­ro uno con el ál­bum New Jer­sey; nos va­mos de gi­ra has­ta que­mar­nos... To­do ese tra­ba­jo te­nía al­go de me­ca­nis­mo de de­fen­sa. XL. ¿Me­ca­nis­mo de de­fen­sa? J.B.J. Sí: se­guir lu­chan­do pa­ra de­mos­trar­les que se equi­vo­ca­ban. No es na­da nue­vo, le ha pa­sa­do a mu­cha gen­te. Lo que ocu­rre es que gen­te co­mo Guns N’ro­ses no pu­die­ron con ello. Su­cum­ben a la pre­sión. Bon Jo­vi en­con­tró la ma­ne­ra de con­ti­nuar. Lo úl­ti­mo que he leí­do es que One Di­rec­tion im­plo­sio­nó. Les ha pa­sa­do a mu­chas boy bands y girl bands. No­so­tros con­se­gui­mos sa­lir ade­lan­te. Tan­tas can­cio­nes, tan­tos dis­cos. Creo que ya he­mos de­ja­do atrás lo de la ban­da de niños bo­ni­tos. XL. De­be de ser du­ro com­pa­gi­nar la vi­da fa­mi­liar con gi­ras de año y me­dio. J.B.J. Mu­chí­si­mo. He pa­sa­do mu­cho tiem­po fue­ra de ca­sa. Me he per­di­do mu­chos cum­plea­ños, par­ti­dos de mis hi­jos... XL. Ha di­cho que no ha si­do un án­gel co­mo ma­ri­do… J.B.J. Lle­vo 27 años ca­sa­do con Do­rot­hea y mu­cho de es­te tiem­po lo he pa­sa­do en la ca­rre­te­ra, de gi­ra. Ga­jes del ofi­cio. XL. Tres dé­ca­das de ma­tri­mo­nio no es ha­bi­tual pa­ra una es­tre­lla del rock. J.B.J. Hay quien me quie­re con­ver­tir en el «chi­co de póster» pa­ra el ma­tri­mo­nio del rock and roll. Pe­ro Bono o Bru­ce Springs­teen lle­van tan­to tiem­po ca­sa­dos co­mo yo. Ten­go la ben­di­ción de con­tar con una mu­jer ma­ra­vi­llo­sa y cua­tro niños sa­nos. El rol de pa­dre de fa­mi­lia se pa­re­ce al de lí­der de un gru­po de mú­si­ca: eres par­te de un equi­po. Al­guien tie­ne que li­de­rar­lo, pe­ro es un tra­ba­jo de equi­po. En ca­sa no sal­dría­mos ade­lan­te sin mi mu­jer. Y en la ban­da, aun­que yo to­me las de­ci­sio­nes, no po­dría ha­cer­lo to­do. ¡No soy Prin­ce! Las con­tri­bu­cio­nes de to­dos son fun­da­men­ta­les pa­ra nues­tro éxi­to. XL. Pe­ro lo han acu­sa­do de lle­var la ban­da con mano de hie­rro. J.B.J. Me gus­ta el tra­ba­jo en equi­po, pe­ro yo soy el lí­der. Así ha si­do siem­pre y creo que no lo ha­bría he­cho de otro mo­do. No ten­go pro­ble­ma en equi­vo­car­me, pe­ro tie­ne que ser mi vi­sión, no po­dría ha­ber­lo he­cho de otra ma­ne­ra.

"Mi le­ga­do no des­apa­re­ce­rá, a me­nos que me lo car­gue ha­cien­do al­go dra­má­ti­co, co­mo sal­tar por una ven­ta­na"

XL. ¿Es más di­fí­cil li­de­rar una ban­da o sa­car ade­lan­te a una fa­mi­lia? J.B.J. [Pien­sa]. ¡No lo sé! Bue­na pre­gun­ta, si te lo plan­teas de ver­dad. ¡Por­que una ban­da de mú­si­ca no es más que una pan­di­lla de cha­va­les, y tus hi­jos creen que son adul­tos des­de que tie­nen cin­co años! Am­bos son un gran re­to. XL. Y us­ted ¿tam­bién pen­sa­ba que era un hom­bre des­de pe­que­ño? J.B.J. To­dos los cha­va­les sue­ñan con ser una es­tre­lla del rock. A los 16, 17 o 18 años ya da­ba con­cier­tos ile­gal­men­te en Nue­va Jer­sey (has­ta los 18 no po­día be­ber ni en­trar le­gal­men­te en ba­res o sa­las) y a los 20 con­se­guí un con­tra­to dis­co­grá­fi­co y no tu­ve que preo­cu­par­me por un tra­ba­jo, por có­mo pa­gar el al­qui­ler. ¡Fun­cio­nó! XL. Y en el ins­ti­tu­to ya ha­bía to­ca­do con Springs­teen… J.B.J. Sí, pe­ro no era tan gran­de en­ton­ces. Los gran­des eran Led Zep­pe­lin, Queen, AC/DC. Pe­ro Bru­ce nos gus­ta­ba a unos po­cos. XL. De la fa­mo­sa ecua­ción se­xo, dro­gas y rock and roll, pa­re­ce ha­ber­se li­bra­do de las dro­gas. J.B.J. Lo de las dro­gas no va con­mi­go. ¡Tu­ve suer­te! Al­gu­na ton­te­ría en el ins­ti­tu­to, pe­ro na­da que me­rez­ca la pe­na ni men­cio­nar. Al­go más que una bo­te­lla de vino nun­ca me ha in­tere­sa­do. ¡El vino sí! Tú eres es­pa­ñol, sa­bes lo ri­co que es ce­nar con una bue­na co­pa de vino. XL. Ha mos­tra­do mu­cho com­pro­mi­so po­lí­ti­co, con los de­mó­cra­tas. J.B.J. Soy de­mó­cra­ta. No lle­vo nin­gún ani­llo se­cre­to, pe­ro los apo­yo, des­de lue­go. XL. ¿Có­mo vi­ve las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les de es­te año? J.B.J. Ca­da vez que en­tro en una ha­bi­ta­ción y me en­cuen­tro con al­guien co­mo tú, le di­go: «Lo sien­to». [Car­ca­ja­da]. Por fa­vor, per­do­na a mi país. Es un mo­men­to de lo­cos en Amé­ri­ca y no sa­bes qué ocu­rri­rá. ¿Quién hu­bie­se di­cho que el bre­xit hu­bie­se te­ni­do lu­gar? Es­pe­ro que Es­ta­dos Uni­dos ha­ya apren­di­do vien­do aque­llo. XL. ¿Cree que ha si­do así? J.B.J. Ve­re­mos. Pe­ro es el mo­men­to más lo­co en la po­lí­ti­ca ame­ri­ca­na des­de que ten­go uso de ra­zón. XL. Se lo pre­gun­ta­ré de otro mo­do: ¿po­dría ga­nar Trump? J.B.J. ¡Es­pe­ro que no! Pe­ro su can­di­da­tu­ra ha da­do voz a un enor­me gru­po de­mo­grá­fi­co que ha vis­to có­mo se frus­tra­ban sus sue­ños: el del hom­bre ma­yor blan­co. Y pue­des en­ten­der sus frus­tra­cio­nes, sus mie­dos. No es al­go ex­clu­si­vo de Es­ta­dos Uni­dos. Mi­ra lo que ocu­rrió en Es­pa­ña ha­ce un par de años. La eco­no­mía ca­yó, ¡mu­cho! En Es­ta­dos Uni­dos mu­chos se han re­cu­pe­ra­do de lo que pa­só en 2008, pe­ro otros sim­ple­men­te han de­ja­do de bus­car tra­ba­jo. Se en­tien­de que es­tén de­cep­cio­na­dos. Pe­ro la bo­ca que es­tá trans­mi­tien­do su men­sa­je… po­dría ha­blar un po­co me­jor. Di­gá­mos­lo así. XL. Apo­yó a Obama, pe­ro tam­bién se ha mos­tra­do muy crí­ti­co con él. J.B.J. Sí. Me gus­ta­ría que hu­bie­ra ac­tua­do me­jor, y an­tes, en Si­ria. O a la ho­ra de con­tro­lar Irán. O su re­la­ción con Is­rael. Pe­ro nues­tra eco­no­mía es muy es­ta­ble, el des­em­pleo ha caí­do… El ba­lan­ce es po­si­ti­vo. Aun­que eso no im­pi­de que lo cri­ti­que. XL. ¿Y a Hi­llary Clin­ton? J.B.J. Real­men­te creo en ella más que en nin­gún otro. Es la que tie­ne más ex­pe­rien­cia, y eso es muy im­por­tan­te aho­ra mis­mo. Fue la pri­me­ra da­ma, así que co­no­ce la Ca­sa Blan­ca por den­tro. Se­na­do­ra por Nue­va York, así que co­no­ce los pue­blos y co­mu­ni­da­des pe­que­ños de un es­ta­do muy gran­de. ¡Nue­va York no es so­lo Man­hat­tan! Es un mi­cro­cos­mos de Es­ta­dos Uni­dos. Y co­mo se­cre­ta­ria de Es­ta­do con­si­guió lim­piar al­gu­nos de los pro­ble­mas crea­dos por Bush en cua­tro años. Es­pe­ro que ha­ga un gran tra­ba­jo. No lo sé, cla­ro. Na­die lo sa­be. Pe­ro tie­ne mi má­xi­mo res­pe­to. XL. Al­gu­nos ru­mo­res lo han si­tua­do en la es­ce­na po­lí­ti­ca… J.B.J. ¡Nun­ca! No ten­go nin­gún in­te­rés en ir por ahí dan­do apre­to­nes de ma­nos a la gen­te. No ve­rás un car­tel que di­ga «vo­te for Jon».

"Trump da voz al 'hom­bre ma­yor blan­co' que ha vis­to frus­tra­dos sus sue­ños. En­tien­do su de­cep­ción, pe­ro la bo­ca que trans­mi­te su men­sa­je po­dría ha­blar... un po­co me­jor"

CO­LE­GAS DE POR VI­DA Bon Jo­vi, la ban­da, man­tu­vo a cua­tro de sus miem­bros ori­gi­na­les has­ta ha­ce tres años. Un día, Ri­chie Sam­bo­ra, tan cé­le­bre por sus so­los co­mo por su al­coho­lis­mo, los plan­tó en un con­cier­to. Y no vol­vió.

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