DEBILITADOS POR EL PLO­MO

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Conocer Historia -

A tres ma­ri­ne­ros los en­te­rra­ron en la is­la de Bee­chey. El aná­li­sis de los ca­dá­ve­res in­di­ca que los hom­bres de la ex­pe­di­ción pu­die­ron su­frir una in­to­xi­ca­ción por plo­mo que los de­bi­li­tó y des­orien­tó. Eso ex­pli­ca que aban­do­na­ran el bar­co y que mu­rie­ran a con­ser­va­dos de tres ma­ri­ne­ros que en­con­tró un equi­po de cien­tí­fi­cos ca­na­dien­ses. Pa­re­ce que Fran­klin echó el an­cla fren­te a una pe­que­ña is­la lla­ma­da Bee­chey pa­ra pa­sar el pri­mer in­vierno. Allí mu­rie­ron aque­llos tres hom­bres. Fue­ron en­te­rra­dos en el per­ma­frost. El verano si­guien­te, los bar­cos si­guie­ron avan­zan­do a buen rit­mo, pe­ro el hie­lo sor­pren­dió a la ex­pe­di­ción al oes­te de la is­la del Rey Gui­ller­mo. Mu­rie­ron 9 ofi­cia­les y 15 ma­ri­ne­ros. Lo peor es que el hie­lo si­guió im­pi­dien­do avan­zar a los bar­cos du­ran­te to­do el verano has­ta en­la­zar con el si­guien­te in­vierno. pe­sar de te­ner ví­ve­res; en­tre ellos, la­tas de con­ser­va se­lla­das con plo­mo, un 've­neno' pre­sen­te tam­bién en las tu­be­rías de la máquina con la que se abas­te­cían de agua po­ta­ble. Si­guie­ron su­ce­si­vas ex­pe­di­cio­nes con el mis­mo re­sul­ta­do. Cua­tro años más tar­de cir­cu­la­ron por Lon­dres los in­for­mes del cien­tí­fi­co es­co­cés John Rae, que ha­bía con­ver­sa­do con los inuits de la cos­ta nor­te de Ca­na­dá. El an­ciano In-nook-poo-zhe-jook le ha­bló de aque­llos hom­bres blan­cos me­dio muertos que in­ten­ta­ban arras­trar un bote so­bre el hie­lo de la is­la del Rey Gui­ller­mo. Otros le con­ta­ron que los blan­cos se ha­bían con­ver­ti­do en ca­ní­ba­les. LA LU­CHA DE UNA ES­PO­SA. Lady Ja­ne en­vió su pro­pia ex­pe­di­ción a la is­la del Rey Gui­ller­mo. Ha­lla­ron un ex­tra­ño mon­tícu­lo de pie­dras. A su al­re­de­dor, res­tos de la equi­pa­ción de Fran­klin: un sex­tan­te, un ma­le­tín mé­di­co, la ta­pa de una ca­ja pa­ra trans­por­tar ar­mas... En me­dio del mon­tícu­lo ha­bía guar­da­do un pe­que­ño ci­lin­dro con un men­sa­je de los de­ses­pe­ra­dos hom­bres de la ex­pe­di­ción. Los bar­cos es­ta­ban atra­pa­dos en el hie­lo, de­cía la mi­si­va, y aña­día

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