"El te­nis es una es­cue­la de au­to­con­trol"

Ya es el me­jor de­por­tis­ta es­pa­ñol de la His­to­ria. Pe­ro le­jos de aco­mo­dar­se, el ma­llor­quín ad­mi­te que es­te no ha si­do su me­jor año, pe­se a ha­ber ga­na­do un oro olím­pi­co. Y si­gue bus­can­do sus lí­mi­tes. A sus 30 años, sue­ña con vol­ver a ser el nú­me­ro uno y con

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Se Habla De... - POR LU­KAS EBER­LE / FO­TO­GRA­FÍA: MAR­CEL HART­MANN

Cuan­do via­jas en avión a Ma­llor­ca, te en­cuen­tras de bru­ces con Ra­fael Na­dal na­da más ate­rri­zar.

En el ae­ro­puer­to de Pal­ma hay ins­ta­la­dos unos ex­po­si­to­res con fo­lle­tos azu­les jun­to a las es­ca­le­ras me­cá­ni­cas. Su ob­je­ti­vo es atraer a los tu­ris­tas a Ma­na­cor, al nue­vo cen­tro de­por­ti­vo de la es­tre­lla del te­nis. Ra­fael Na­dal, de 30 años, es uno de los pro­fe­sio­na­les de ma­yor éxi­to en la his­to­ria del te­nis. Ha ga­na­do nue­ve ve­ces Ro­land Ga­rros y es­tá con­si­de­ra­do el me­jor te­nis­ta de to­dos los tiem­pos so­bre tie­rra ba­ti­da. Y, aho­ra, el de­por­tis­ta es­pa­ñol se aca­ba de cons­truir en su ciu­dad na­tal un com­ple­jo de­por­ti­vo pen­sa­do co­mo cen­tro de en­tre­na­mien­to y academia de éli­te, don­de los jó­ve­nes ta­len­tos pue­dan ma­du­rar pa­ra con­ver­tir­se en es­tre­llas. La Ra­fa Na­dal Aca­demy es un in­ter­na­do con cen­tro de tec­ni­fi­ca­ción pa­ra 140 jó­ve­nes, con eda­des com­pren­di­das en­tre los 12 y los 18 años. Tan­to en las cla­ses co­mo en los en­tre­na­mien­tos es obli­ga­to­rio ha­blar in­glés. Son las diez de la ma­ña­na cuan­do Ra­fael Na­dal em­pie­za su en­tre­na­mien­to per­so­nal en la pis­ta cen­tral. Gol­pea las bo­las con fuer­za, sus ge­mi­dos re­sue­nan en to­do el com­ple­jo. Cuan­do dos bo­las se­gui­das aca­ban en la red, ex­cla­ma en ma­llor­quín: «Ves-te’n a pren­dre…», que se po­dría tra­du­cir co­mo «ve­te a to­mar…». To­ni Na­dal, su tío y en­tre­na­dor, se en­cuen­tra de­trás de él, con los bra­zos cru­za­dos. «Más des­pa­cio –le di­ce–, es­pe­ra más an­tes de ju­gar la bo­la». Dos ho­ras más tar­de, Ra­fa Na­dal vie­ne a la en­tre­vis­ta con un re­fres­co de co­la y una bol­sa de fru­tos se­cos. Xl­se­ma­nal. Si de ni­ño hu­bie­se ido a su academia de te­nis, ¿ha­bría ga­na­do más de esos 14 tor­neos del Grand Slam que hoy tie­ne? Ra­fael Na­dal. No, pen­sar eso se­ría una te­me­ri­dad. Y a los chi­cos tam­po­co les pro­me­te­mos que va­yan a ga­nar tal o cual tí­tu­lo. XL. ¿Qué les pro­me­ten en­ton­ces? R.N. Que pro­gre­sa­rán. Te­ne­mos en­tre­na­do­res con mu­cha ex­pe­rien­cia, que an­tes han en­tre­na­do a pro­fe­sio­na­les co­mo Car­los Mo­yá. Si las chi­cas y chi­cos apor­tan ta­len­to y ga­nas de tra­ba­jar, po­drán lle­gar a ser cam­peo­nes. XL. La es­cue­la de te­nis más fa­mo­sa es la IMG Aca­demy de Flo­ri­da, fun­da­da por Nick Bo­llet­tie­ri, to­da una le­yen­da del te­nis. An­dre Agas­si y Se­re­na Wi­lliams en­tre­na­ron allí. ¿Por qué el mun­do del te­nis ne­ce­si­ta la academia de Na­dal? R.N. La academia de Bo­llet­tie­ri es una ins­ti­tu­ción, pe­ro creo que aquí va­mos más con los tiem­pos. Ca­da chi­ca tie­ne su ca­rác­ter, ca­da chi­co tie­ne su ca­be­za. Los de­por­tis­tas jó­ve­nes tie­nen que ma­du­rar, me­jo­rar su per­so­na­li­dad. Aquí, ca­da en­tre­na­dor se ocu­pa de un má­xi­mo de tres chi­cos. Y mu­chos días yo es­toy pre­sen­te en los en­tre­na­mien­tos. Pa­ra mí es im­por­tan­te de­cir­les que to­dos pue­den ser una es­tre­lla, pe­ro tam­bién que de­ben ser una per­so­na. XL. ¿Có­mo se en­tre­na a los jó­ve­nes ta­len­tos? R.N. La fi­lo­so­fía de en­tre­na­mien­to la ha desa­rro­lla­do mi tío, su idea de un buen en­tre­na­mien­to de te­nis es sen­ci­lla: tie­nes que in­ten­tar ga­nar tiem­po. XL. ¿Y eso qué quie­re de­cir? R.N. To­das las dis­ci­pli­nas de­por­ti­vas es­tán pro­gre­san­do con­ti­nua­men­te, pe­ro to­das tie­nen una co­sa en co­mún: la ve­lo­ci­dad au­men­ta. En el te­nis es igual, la pe­lo­ta ca­da vez va más rá­pi­do. Si quie­res es­tar en­tre los me­jo­res, ne­ce­si­tas una bue­na téc­ni­ca y, lo que es aún más im­por­tan­te, un buen ojo. Si ves la pe­lo­ta an­tes, tie­nes más tiem­po pa­ra pen­sar có­mo y dón­de la vas a de­vol­ver. XL. ¿Có­mo se en­tre­na el ojo? R.N. Pa­ra los ju­ga­do­res jó­ve­nes es muy im­por­tan­te prac­ti­car otros de­por­tes de pe­lo­ta, co­mo el baloncesto o el te­nis de me­sa. En la pis­ta de te­nis, el ojo se me­jo­ra me­dian­te una es­pe­cie de so­bre­exi­gen­cia. Le pon­dré un ejem­plo: Andy Rod­dick, al gol­pear, con­si­gue una ve­lo­ci­dad de 220 ki­ló­me­tros por ho­ra. Si en­treno con él to­dos los días, lue­go

"EN MI ACADEMIA, NA­DIE VE­RÁ A UN CHI­CO TIRANDO LA RA­QUE­TA CON RABIA. SI LO HA­CE, SE­RÁ SO­LO UNA VEZ"

ten­dré ven­ta­ja fren­te a un ju­ga­dor que so­lo man­de la bo­la al otro la­do de la red a 190 ki­ló­me­tros por ho­ra. XL. So­lo unos po­cos chi­cos con­se­gui­rán dar el sal­to al te­nis pro­fe­sio­nal. ¿Qué ocu­rri­rá con los de­más? R.N. Aun­que no lo con­si­gan, es­pe­ra­mos que no se arre­pien­tan de ha­ber pa­sa­do por aquí. In­ten­ta­mos tras­mi­tir­les aque­llos va­lo­res que pue­dan ne­ce­si­tar en su vi­da, tan­to si lle­gan a ser de­por­tis­tas pro­fe­sio­na­les co­mo si no. XL. ¿Y cuá­les son esos va­lo­res? R.N. La hon­ra­dez, el es­fuer­zo, la amis­tad… to­do eso me mar­có a mí. XL. Mu­chos jó­ve­nes se sien­ten atraí­dos por otras dis­ci­pli­nas de­por­ti­vas, co­mo el ska­te y el surf, que ya son olím­pi­cas. ¿Por qué los ni­ños de hoy ten­drían que em­pe­zar a ju­gar al te­nis? R.N. Lo im­por­tan­te es que se mue­van. Lo que el te­nis pri­ma es el res­pe­to al ri­val, sa­ber com­por­tar­se en el cam­po. A lo lar­go de un par­ti­do hay mu­chos mo­men­tos en los que es­tás so­me­ti­do a ten­sión, en los que lu­chas con­tra ti mis­mo. El te­nis es una es­cue­la de au­to­con­trol. XL. Ima­gi­ne que un alumno le di­ce: «Quie­ro ser el nú­me­ro uno, ¿có­mo lo lo­gro?». ¿Cuál se­ría su res­pues­ta? R.N. Pro­ba­ble­men­te: ¡ol­ví­da­te de eso! XL. ¿Por qué? R.N. Por­que es muy di­fí­cil y por­que con­ver­tir­se en el me­jor ju­ga­dor del mun­do no de­be­ría ser el úni­co ob­je­ti­vo de un ni­ño. Se­ría una ac­ti­tud ne­ga­ti­va, per­ju­di­cial. Al ni­ño le di­ría: no pien­ses en el nú­me­ro uno, me­jor in­ten­ta com­ple­tar tu pro­gra­ma de hoy lo me­jor que pue­das, y ya ve­re­mos si al­gún día es­tás en el nú­me­ro uno o en el cien. XL. Se sue­le de­cir que, pa­ra triun­far, hay que plan­tear­se gran­des me­tas… R.N. Yo no me pa­ro a pen­sar en có­mo pue­do ga­nar el Open de Fran­cia del año que vie­ne. Pien­so a más cor­to pla­zo: pien­so en mi en­tre­na­mien­to de ma­ña­na, en lo que me gus­ta­ría con­se­guir en él.

Es im­por­tan­te va­lo­rar los pe­que­ños éxi­tos. XL. Us­ted em­pe­zó a en­tre­nar con su tío a los cua­tro años. ¿Qué re­cuer­da de aque­lla épo­ca? R.N. Me en­se­ñó muy pron­to a gol­pear­le fuer­te a la pe­lo­ta. Me de­cía: «Pri­me­ro tie­nes que ser ca­paz de ha­cer eso, lue­go ya nos ocu­pa­re­mos de que la pe­lo­ta pa­se al otro cam­po». XL. Una vez ga­nó un tor­neo ju­ve­nil en Su­dá­fri­ca. Ha­bía una fies­ta de bien­ve­ni­da or­ga­ni­za­da pa­ra su re­gre­so, pe­ro su tío la can­ce­ló y, en su lu­gar, pro­gra­mó una se­sión de en­tre­na­mien­to. ¿Le pa­re­cía mal ce­le­brar­lo? R.N. Pa­ra él, el te­ma de la mo­ral siem­pre ha si­do muy im­por­tan­te. Cuan­do me de­ja­ba la bo­te­lla de agua en ca­sa, no me per­mi­tía be­ber du­ran­te el en­tre­na­mien­to. Su es­tra­te­gia era en­se­ñar­me dis­ci­pli­na. Me con­ver­tí en un ju­ga­dor que se en­tre­ga al má­xi­mo en los en­tre­na­mien­tos y que pue­de con­fiar en su fuer­za de vo­lun­tad. XL. ¿Qué ni­vel de se­ve­ri­dad ha­ce fal­ta pa­ra for­mar a un ju­ga­dor de ca­te­go­ría mun­dial? R.N. Nues­tro de­por­te no es ma­te­má­ti­co. Lo que fun­cio­na con un ju­ga­dor pue­de ser un in­con­ve­nien­te en otro. Pe­ro en es­ta academia te­ne­mos una se­rie de re­glas, si es a eso a lo que se re­fie­re. No ve­rá a nin­gún ju­ga­dor jo­ven tirando su ra­que­ta con rabia. Y si lo ha­ce, se­rá so­lo una vez. XL. ¿Has­ta qué pun­to es us­ted un mo­de­lo pa­ra los jó­ve­nes? R.N. No usa­mos mi ca­rre­ra co­mo pa­trón. Hay ju­ga­do­res que po­drían apren­der al­go de mi for­ma de ju­gar al te­nis, pe­ro tam­bién hay otros que do­mi­nan al­gu­nas téc­ni­cas me­jor que yo. Por ejem­plo, en las cla­ses teó­ri­cas, a los chi­cos les po­ne­mos ví­deos de Ro­ger Fe­de­rer y No­vak Djo­ko­vic.

La úl­ti­ma vic­to­ria de Ra­fa Na­dal en un Grand Slam se re­mon­ta al Ro­land Ga­rros de 2014. Des­de en­ton­ces no le ha ido na­da bien en los gran­des tor­neos. En el Open de Australia del año pa­sa­do ca­yó en pri­me­ra ron­da, en el de Fran­cia tu­vo que re­ti­rar­se con do­lo­res en la mu­ñe­ca, a Wim­ble­don ni si­quie­ra fue... En los Jue­gos Olím­pi­cos de Río, Na­dal ga­nó la me­da­lla de oro en do­bles con Marc Ló­pez, su ma­yor éxi­to de es­te año. En es­tos mo­men­tos ocu­pa el nú­me­ro cin­co del ran­king mun­dial. Jun­to con el sui­zo Ro­ger Fe­de­rer, Na­dal mar­có una épo­ca en el mun­do del te­nis. A lo lar­go de va­rios años, am­bos ju­ga­do­res pro­ta­go­ni­za­ron due­los épi­cos, co­mo la fi­nal de Wim­ble­don de 2008. Na­dal ga­nó tras 4 ho­ras y 48 mi­nu­tos en un par­ti­do que es­tá con­si­de­ra­do co­mo la me­jor fi­nal en la his­to­ria de Wim­ble­don. Sin em­bar­go, la ca­rre­ra de Na­dal se en­cuen­tra en es­tos mo­men­tos mar­ca­da por las le­sio­nes y los pa­ro­nes. En los úl­ti­mos años ha pa­sa­do por dos ope­ra­cio­nes de ro­di­lla y tie­ne do­lo­res cró­ni­cos en el co­do y en el hom­bro. Su es­ti­lo in­ten­so de jue­go ha ido mi­nan­do su cuer­po y, al igual que ocu­rre en el ca­so de Ro­ger Fe­de­rer, mu­chos se pre­gun­tan si a Na­dal no se le ha­brá pa­sa­do ya el mo­men­to ideal pa­ra ha­ber pues­to fin a su ca­rre­ra.

XL. ¿Có­mo se le­van­ta de la ca­ma al día si­guien­te de ha­ber ju­ga­do un par­ti­do de cin­co sets? R.N. Con­si­go le­van­tar­me, eso se lo ase­gu­ro. Pe­ro no­to que es­toy can­sa­do. XL. Siem­pre se lo ha con­si­de­ra­do un gla­dia­dor, mien­tras que a Fe­de­rer se lo ve co­mo a un ar­tis­ta. ¿Ha sen­ti­do al­gu­na vez en­vi­dia por su li­ge­re­za a la ho­ra de ju­gar? R.N. Evi­den­te­men­te, me ha­bría gus­ta­do te­ner al­gu­nas de las cua­li­da­des de otros ju­ga­do­res, y de Ro­ger tam­bién, por su­pues­to. Pe­ro son mu­chos los ta­len­tos que cuen­tan: de­bes en­trar en la pis­ta con la ac­ti­tud ade­cua­da, ne­ce­si­tas te­ner la fuer­za su­fi­cien­te. Son ca­pa­ci­da­des que a otros ju­ga­do­res tam­bién les gus­ta­ría te­ner. XL. La su­per­fi­cie de las pis­tas de te­nis se ha ido ha­cien­do ca­da vez más len­ta, los in­ter­cam­bios de gol­pes son hoy más lar­gos. Y eso su­po­ne una so­bre­car­ga pa­ra el cuer­po. ¿Có­mo ve es­te cam­bio? R.N. An­tes tam­bién ha­bía in­ter­cam­bios lar­gos de gol­pes, el pun­to se cons­truía más des­pa­cio. Pe­ro la di­fe­ren­cia es que hoy se le im­pri­me mu­cha más

"LAS PE­LO­TAS TEN­DRÍAN QUE VO­LAR MÁS BA­JO. AL PÚ­BLI­CO NO LE GUS­TA EL TE­NIS DE GOL­PES VIO­LEN­TOS, QUE TO­DO SEA BUM, BUM, BUM" "NO ME IM­POR­TA­RÍA BA­TIR EL RÉ­CORD DE AGAS­SI (NÚ­ME­RO UNO A LOS 33 AÑOS). TEN­GO PA­SIÓN E ILU­SIÓN PA­RA CON­SE­GUIR­LO"

fuer­za al jue­go. Prác­ti­ca­men­te to­dos los ju­ga­do­res pue­den ha­cer un gol­pe ga­na­dor des­de cual­quier po­si­ción. Las bo­las vie­nen más rá­pi­das. Si quie­res al­can­zar­las, tie­nes que fre­nar muy rá­pi­do o cam­biar brus­ca­men­te de di­rec­ción. En esos mo­men­tos te pue­des le­sio­nar, es muy ma­lo pa­ra no­so­tros. XL. A los es­pec­ta­do­res les gus­ta el jue­go rá­pi­do y es­pec­ta­cu­lar. R.N. Pe­ro no les gus­ta que el te­nis se li­mi­te a gol­pes vio­len­tos y fuer­za bru­ta, que en la pis­ta to­do sea bum, bum, bum. El te­nis es bo­ni­to cuan­do se pue­de ver la tác­ti­ca, cuan­do los ju­ga­do­res no se li­mi­tan a reac­cio­nar, sino que pue­den pen­sar y ac­tuar. XL. ¿Qué cree que ten­dría que cam­biar? R.N. Las pe­lo­tas bo­tan muy al­to, eso per­mi­te que se las pue­da gol­pear des­de arri­ba ha­cia aba­jo. Y eso las ha­ce rá­pi­das. Pe­ro ten­drían que vo­lar más ba­jo, es una cues­tión del ma­te­rial. XL. Ga­nó a los 19 años el Open de Fran­cia y, des­de en­ton­ces, nin­gún ju­ga­dor tan jo­ven ha vuel­to a ga­nar otro tí­tu­lo en un tor­neo del Grand Slam. ¿Por qué ya no hay es­tre­llas jó­ve­nes en el te­nis? R.N. Nues­tro de­por­te se ha vuel­to más com­ple­jo. No siem­pre bas­ta con ju­gar muy bien. Tie­nes que po­der dar res­pues­tas a to­do y en to­do mo­men­to. No pue­des es­con­der­te. Es al­go que tie­ne que ver con la ma­du­rez, y es­ta so­lo se con­si­gue con los años. XL. Ha su­fri­do us­ted mu­chas le­sio­nes es­ta tem­po­ra­da. ¿Pien­sa de­jar­lo? R.N. No. Es­ta­ba bien pre­pa­ra­do, ha­bría po­di­do ser un gran año. El he­cho de que no ha­ya ido bien no va a ha­cer que de­je de se­guir tra­ba­jan­do. El año que vie­ne lu­cha­ré por lo im­por­tan­te. XL. An­dre Agas­si vol­vió a ga­nar el Open de Australia en 2003, y a sus 33 años fue el ju­ga­dor de ma­yor edad en al­can­zar el nú­me­ro uno. ¿Va a ba­tir su ré­cord? R.N. No me im­por­ta­ría. Ten­go la pa­sión por el te­nis y la ilu­sión que ne­ce­si­to pa­ra con­se­guir­lo.

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