JUAN MA­NUEL DE PRA­DA "Hay quien me quie­re ver muer­to"

Es­cri­to­res, crí­ti­cos, editoriales, me­dios de co­mu­ni­ca­ción… Juan Ma­nuel de Pra­da no deja tí­te­re con ca­be­za en su no­ve­la 'Mir­lo blan­co, cis­ne ne­gro'. Un des­car­na­do re­tra­to del mun­do li­te­ra­rio y sus va­ni­da­des. En es­ta entrevista ti­ra con ba­la.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Entrevista - POR VIR­GI­NIA DRA­KE / FO­TO­GRA­FÍA: AN­TÓN GOIRI

FUE MIR­LO BLAN­CO, sa­bo­reó las mie­les del éxi­to an­tes de tiem­po y pa­gó por ello. Abo­nó tam­bién la co­rres­pon­dien­te fac­tu­ra de quien se con­si­de­ra un reac­cio­na­rio que se re­vuel­ve con­tra la mo­der­ni­dad. Nun­ca for­mó par­te de la po­ma­da li­te­ra­ria y se sien­te or­gu­llo­so. Es­cri­to­res fa­mo­sos, agen­tes, crí­ti­cos li­te­ra­rios, editoriales, me­dios de co­mu­ni­ca­ción, je­rar­cas de la Igle­sia y ter­tu­lia­nos… todos, en el pun­to de mi­ra de Juan Ma­nuel de Pra­da, que, co­mo com­pro­ba­rá el lec­tor, tam­bién tiene mu­cho de cis­ne ne­gro. Xlse­ma­nal. Des­pués de es­cri­bir Mir­lo blan­co, cis­ne ne­gro (edi­to­rial Es­pa­sa), ¿se ha que­da­do sa­tis­fe­cho? Juan Ma­nuel de Pra­da. Te con­fe­sa­ré que su es­cri­tu­ra me re­sul­tó muy do­lo­ro­sa, por­que me he te­ni­do que mi­rar en el es­pe­jo. Pe­ro ha si­do una ex­pe­rien­cia li­be­ra­do­ra, pu­ri­fi­ca­do­ra y ca­tár­ti­ca. XL. ¿Es su no­ve­la más au­to­bio­grá­fi­ca? J.M.P. No, en reali­dad na­da me ha su­ce­di­do tal y co­mo lo cuen­to. Pe­ro mu­chas de las zo­zo­bras y an­he­los de los pro­ta­go­nis­tas son los míos. XL. ¿La so­cie­dad li­te­ra­ria es tan cruel y ca­na­lla co­mo la pin­ta? J.M.P. Creo que ha­go un re­tra­to de ella bas­tan­te be­nigno. Mi ex­pe­rien­cia fue más pe­no­sa que co­mo la re­tra­to en el li­bro, don­de pon­go bas­tan­te sar­cas­mo y sen­ti­do del hu­mor. XL. En­tre es­cri­to­res, ¿pe­rro co­me pe­rro? J.M.P. Sí, sin du­da al­gu­na. La so­cie­dad li­te­ra­ria es muy ca­ní­bal y muy en­do­gá­mi­ca. Pues­to que en ella las re­com­pen­sas ma­te­ria­les son muy es­ca­sas o inexis­ten­tes, se hi­per­tro­fian y se desa­rro­llan una se­rie de pa­sio­nes in­no­bles: la en­vi­dia, la va­ni­dad, la ira, el re­sen­ti­mien­to… Yo par­ti­ci­pé po­co de la vi­da li­te­ra­ria, pe­ro la he pa­de­ci­do. XL. ¿Es us­ted un án­gel pu­ro que pa­de­ce los pe­ca­dos ca­pi­ta­les de la so­cie­dad li­te­ra­ria, pe­ro que se man­tie­ne vir­gi­nal? J.M.P. Un an­ge­li­to des­de lue­go no soy ni lo pre­ten­de­ría, pe­ro no he par­ti­ci­pa­do de es­tos ri­tos ca­ní­ba­les por­que tu­ve la suer­te o la des­gra­cia de triun­far des­de fue­ra de Madrid. Y di­ga­mos que por ca­da es­cri­tor que triun­fa hay cien que no lo ha­cen y que for­man las

ca­ma­ri­llas en torno a las abe­jas rei­nas o los ma­chos al­fa. XL. En es­ta no­ve­la se pue­de ju­gar a adi­vi­nar qué es­cri­to­res es­tán de­trás de ca­da des­crip­ción. Pa­re­ce cla­ro que es­tán An­drés Tra­pie­llo, Fran­cis­co Um­bral… J.M.P. [Ríe]. Esos per­so­na­jes es­tán, sí; por­que de­ja­ron una hue­lla en mí; so­bre to­do en esos años ju­ve­ni­les, cuan­do pro­cu­ra­ron ha­cer­me mu­cho da­ño. XL. ¿Por qué se es­tro­peó la re­la­ción en­tre Um­bral y us­ted? J.M.P. Con Um­bral tu­ve una re­la­ción muy in­ten­sa. Yo le pro­fe­sa­ba una gran ad­mi­ra­ción. Le man­dé mi pri­mer li­bro –Co­ños– y él, de for­ma muy ge­ne­ro­sa y sin co­no­cer­me de na­da, pu­bli­có un ar­tícu­lo muy en­co­miás­ti­co por el cual me dio a co­no­cer. A par­tir de ahí ini­cia­mos una re­la­ción muy fuer­te, de maes­tro y dis­cí­pu­lo, que du­ró año y me­dio. Pe­ro Um­bral era un hom­bre muy di­fí­cil de tra­to y sos­pe­cho que más que un dis­cí­pu­lo lo que que­ría era un pigmeo que es­tu­vie­se a su som­bra y que no cre­cie­se. Cuan­do vio que yo sí iba a cre­cer, se re­vol­vió con­tra mí de for­ma muy do­lo­ro­sa. XL. J.M.P. Le en­tró un ata­que de cuer­nos con mi pri­me­ra no­ve­la, Las más­ca­ras del hé­roe, y me de­jó plan­ta­do en su pre­sen­ta­ción. Pien­so que era la no­ve­la que él hu­bie­ra desea­do es­cri­bir siem­pre por­que él me­ro­deó es­tas cues­tio­nes de la vi­da li­te­ra­ria y de los po­lí­ti­cos. Um­bral, ade­más, cons­pi­ró en­tre bas­ti­do­res para que la no­ve­la fue­se de­ni­gra­da y tra­ba­jó para boi­co­tear­la. A par­tir de ahí nues­tra re­la­ción se fue al ga­re­te. XL. ¿Có­mo fue su re­la­ción con Ca­mi­lo Jo­sé Ce­la? J.M.P. A Ce­la lo tra­té mu­cho tam­bién en aque­llos años. Fue una re­la­ción pa­cí­fi­ca, fe­cun­da y lu­mi­no­sa. No fue tan in­ten­sa co­mo la de Um­bral, pe­ro tam­po­co tan con­flic­ti­va. Yo lo co­no­cí ya apo­sen­ta­do en la glo­ria, cuan­do ya era No­bel y dis­fru­ta­ba de una plá­ci­da ve­jez al la­do de Ma­ri­na Cas­ta­ño. XL. Se ha es­cri­to tan­to so­bre la re­la­ción en­tre Ma­ri­na y Ce­la… J.M.P. En con­tra de lo que se es­tá di­cien­do aho­ra en su cen­te­na­rio, Ce­la ni es­ta­ba se­cues­tra­do por Ma­ri­na Cas­ta­ño ni ha­bía aban­do­na­do a sus amis­ta­des li­te­ra­rias para fre­cuen­tar a ban­que­ros y em­pre­sa­rios. XL. ¡Bueno…! Pa­re­ce que Ce­la sí se tra­ba­jó el apo­yo de cier­tos mi­llo­na­rios. J.M.P. Pe­ro lo hi­zo siem­pre. Es sa­bi­do que, en los años cin­cuen­ta y se­sen­ta, Ca­mi­lo Jo­sé Ce­la vi­vía gra­cias al di­ne­ro que le da­ba Huar­te. Al di­ne­ro, a los pi­sos, a las ca­sas, a los chó­fe­res… Ce­la siem­pre tu­vo una gran ha­bi­li­dad para vi­vir de los ri­cos y en su ve­jez tam­bién lo hi­zo. Pe­ro él es­ta­ba muy enamo­ra­do de Ma­ri­na y a mí me lo di­jo va­rias ve­ces. XL. Cuen­te có­mo se lo de­cía [ri­sas]. J.M.P. Pues me de­cía que era una mu­jer que lo po­nía muy ca­chon­do y que lo ha­cía muy fe­liz [ríe]. Ha­brá a quien le cai­ga me­jor o peor el Ce­la de sus úl­ti­mos años, pe­ro lo que no se pue­de es fal­si­fi­car su vi­da y ha­cer creer que fue un hom­bre fe­liz en las pri­me­ras dé­ca­das de su ca­rre­ra y que en las úl­ti­mas fue un car­ca­mal ma­ni­pu­la­do. Eso es fal­so. XL. ¿Us­ted se­ría ca­paz de aguan­tar me­dia vi­da al la­do de un es­cri­tor? J.M.P. So­lo si tu­vie­ra la vo­ca­ción de mu­jer ab­ne­ga­da y sa­cri­fi­ca­da. Vi­vir con un es­cri­tor es di­fí­cil por­que vi­ves con sus de­mo­nios in­te­rio­res; la crea­ción es un ti­rano que a ve­ces te lle­va has­ta el abis­mo. En mu­chas oca­sio­nes son las mu­je­res que vi­ven con los es­cri­to­res quie­nes los man­tie­nen cuer­dos, son el con­tra­pe­so que equi­li­bra su lo­cu­ra. XL. Ga­nó el Premio Pla­ne­ta con 26 años, vi­vía en Sa­la­man­ca y sor­pren­dió a pro­pios y ex­tra­ños que se lo die­ran; en­tre otras co­sas, por­que sue­le de­cir­se que es­te premio se da por en­car­go. J.M.P. Arras­tra esa fa­ma de que es­tá ama­ña­do, pe­ro la ver­dad es que en mi ca­so no so­lo no es­tu­vo ama­ña­do, sino que sos­pe­cho que fue una sor­pre­sa para los pro­pios miem­bros del ju­ra­do, en con­tra de las pre­vi­sio­nes que cir­cu­la­ban ese año. Es­toy se­gu­ro de que ha­bía otros can­di­da­tos a los que yo des­pla­cé. Hu­bo otro ca­so si­mi­lar con un es­cri­tor des­co­no­ci­do has­ta en­ton­ces –Juan Es­la­va Ga­lán– cu­ya no­ve­la gus­tó tan­to al ju­ra­do que de­ci­dió cam­biar los pla­nes pre­vis­tos: Juan le qui­tó el Premio Pla­ne­ta a Fernando Fer­nán Gó­mez, con el con­si­guien­te ca­breo de es­te. XL. Se le re­cuer­da co­mo un 'pi­ta­go­rín' que es­ta­ba de pron­to en to­das par­tes. J.M.P. Aho­ra soy un 'pi­ta­go­rón' [ríe]. En­ton­ces no sa­bía na­da, era un mu­cha­cho bas­tan­te cán­di­do y no te ima­gi­nas la can­ti­dad de le­ches que me lle­vé. Hu­bo gen­te que me gol­peó con en­sa­ña­mien­to, aun­que yo eso lo acep­té co­mo re­glas del jue­go. Sin em­bar­go, hu­bo ca­sos de ver­da­de­ra cruel­dad. XL. ¿Co­mo por ejem­plo? J.M.P. Qui­zá una de las per­so­nas que de for­ma más vil tra­tó de ha­cer­me da­ño en aque­lla ju­ven­tud fue An­drés Tra­pie­llo, que me ri­di­cu­li­za­ba en sus dia­rios de to­das las ma­ne­ras ha­bi­das y por ha­ber. Aun así, en­ca­jé aque­llo de­por­ti­va­men­te, has­ta que un día lle­gó a ha­cer un re­tra­to es­per­pén­ti­co de mi ma­dre, a la que no co­no­cía de na­da y vio un día fu­gaz­men­te por­que nos en­con­tra­mos con él en la ca­lle.

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