Pe­que­ñas in­fa­mias

El día del hue­vo

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Firmas - por Car­men Po­sa­das www.xlse­ma­nal.com/fir­mas

aho­ra que es­tá so­bre el ta­pe­te el de­ba­te «de­be­res es­co­la­res sí o no», me gus­ta­ría ha­blar­les de otros de­be­res que has­ta ha­ce po­co no exis­tían: los de­be­res de pa­dres. «¿No tie­nes frío con ese ves­ti­do tan ve­ra­nie­go?» –me atre­ví a pre­gun­tar el otro día a una co­no­ci­da al coin­ci­dir en el as­cen­sor. «No me que­da más re­me­dio –me res­pon­dió–, es la úni­ca pren­da ama­ri­lla de mi ves­tua­rio y hoy es el día del hue­vo». «¿El día del hue­vo? –re­pe­tí sor­pren­di­da (aun­que uno ya no de­be­ría asom­brar­se de na­da en es­te mun­do de nues­tros dis­la­tes)–. ¿De qué va eso?». El­sa –que así se lla­ma mi muy jo­ven ami­ga– me ex­pli­có en­ton­ces que en la guar­de­ría a la que lle­va a su hi­jo de diez me­ses son muy par­ti­da­rios de la par­ti­ci­pa­ción de los pa­dres en el tem­prano desa­rro­llo de los hi­jos y to­do el tiem­po es­tán or­ga­ni­zan­do ac­ti­vi­da­des di­ver­sas. «A ve­ces es el día del rui­do y te­ne­mos que lle­var cin­co o seis ca­chi­va­ches que pro­duz­can al­gún so­ni­do: un cas­ca­bel, una so­na­ja, una cam­pa­ni­ta. En otras oca­sio­nes es el día del tac­to y de­be­mos asis­tir con ob­je­tos ru­go­sos, li­sos, res­ba­lo­sos, et­cé­te­ra. En el día del hue­vo, he­mos de ir ves­ti­dos de ama­ri­llo e in­ven­tar­nos una can­ción con al­go re­la­cio­na­do con es­te co­lor para can­tar­les a los ni­ños en cla­se. No sé có­mo me las voy a arre­glar, es la ter­ce­ra vez en po­co tiem­po que pi­do per­mi­so en el tra­ba­jo, pe­ro, co­mo com­pren­de­rás, no pue­do fal­tar». Re­cor­dé en­ton­ces va­rias anéc­do­tas de mis hi­jas con sus re­to­ños. Co­mo la vez que Juan­cho, mi yerno, se que­dó has­ta las dos de la ma­dru­ga­da ha­cien­do re­nos de plas­ti­li­na (él es ar­qui­tec­to, per­fec­cio­nis­ta, y los re­nos pa­re­cían es­cul­tu­ras). Eran la con­tri­bu­ción de mi nie­ta al be­lén es­co­lar. Ape­nas te­nía dos años en­ton­ces, pe­ro los pa­dres aca­ba­ron com­pi­tien­do por quién ha­cía me­jor los re­nos. O esa otra oca­sión en la que mi hi­ja So­fía, que es mé­di­co, y a ve­ces lle­ga tar­de a ca­sa, tu­vo que lan­zar­se a la ca­lle en bus­ca de un chino de esos que no cie­rran nun­ca a ver si en­con­tra­ba un dis­fraz de árbol que, su­pues­ta­men­te, y para que to­do fue­ra muy pe­da­gó­gi­co y lleno de amor fi­lial, ella ten­dría que ha­ber con­fec­cio­na­do pri­mo­ro­sa­men­te con sus pro­pias ma­nos. «La mi­sión más di­fí­cil que nos han pues­to has­ta aho­ra en la guar­de de mi hi­jo –con­ti­nuó ex­pli­cán­do­me El­sa mien­tras ti­ri­ta­ba en su am­ba­rino ves­ti­di­to– fue que ca­da uno de los be­bés lle­va­se un pa­ñue­lo de cas­ta­ñe­ra. Na­die sa­bía qué de­mo­nios era un pa­ñue­lo de cas­ta­ñe­ra, aca­bé co­pián­do­lo de In­ter­net y me sa­lió fa­tal». ¿Có­mo se com­pa­ti­bi­li­za una vi­da la­bo­ral con te­ner que ir a me­dia ma­ña­na a con­tar cuen­tos en cla­se o can­tar can­cio­nes? ¿Qué tiene de pe­da­gó­gi­co que una ma­dre se vis­ta de ama­ri­llo en el día del hue­vo? ¿O que se vea obli­ga­do a lle­var a su hi­jo –de diez me­ses, re­cuer­den– a la guar­de­ría con un pa­ñue­lo de cas­ta­ñe­ra? ¿En qué mo­men­to se de­cre­tó que la edu­ca­ción de los ni­ños pa­sa por que a los pa­dres aho­ra se les pon­gan de­be­res? ¿Se es un mal pa­dre o ma­dre por no es­tar dis­po­ni­ble para es­tas ta­reas? En­tre to­das las ti­ra­nías a las que nos so­me­te esa pes­te mo­der­na de la co­rrec­ción po­lí­ti­ca, una de las peo­res es la que in­ten­ta ha­cer­nos sen­tir cul­pa­bles con res­pec­to a nues­tros hi­jos. Y re­sul­ta tan fá­cil, so­bre to­do en el ca­so de no­so­tras, las mu­je­res. En no me acuer­do qué pe­lí­cu­la nor­te­ame­ri­ca­na se re­crea­ba es­ta si­tua­ción que tal vez al­guno –o me­jor di­cho al­gu­na– de us­te­des ha­ya vi­vi­do. Ma­dre tra­ba­ja­do­ra y mul­ti­ta­rea re­ci­be una lla­ma­da te­le­fó­ni­ca. Es su hi­ja de cin­co años, que le re­pro­cha que no ha­ya he­cho la tar­ta de man­za­na ca­se­ra que am­bas de­ben lle­var al co­le­gio al día si­guien­te. Es tar­de, ya no le da tiem­po a co­ci­nar an­tes de que la ni­ña se va­ya a la ca­ma, así que com­pra una en la pa­na­de­ría de la es­qui­na. Al lle­gar a ca­sa (y a es­con­di­das de su hi­ja), la cha­fa un

¿En qué mo­men­to se de­cre­tó que la edu­ca­ción de los ni­ños pa­sa por que a los pa­dres aho­ra se les pon­gan de­be­res?

po­co y le po­ne azú­car glas por en­ci­ma para que pa­rez­ca he­cha en ca­sa. Al día si­guien­te, las otras ma­dres full ti­me moms –ma­dres a tiem­po com­ple­to, co­mo or­gu­llo­sa­men­te se ha­ce lla­mar es­ta nue­va es­tir­pe de mu­je­res– la mi­ran con des­pre­cio. «Ni si­quie­ra sa­be co­ci­nar –co­men­tan dis­pli­cen­tes–; el otro día tu­vo la ca­ra du­ra de pre­sen­tar­se aquí con un gua­ca­mo­le de bo­te». Ma­la co­sa, pien­so yo, que el amor pa­terno fi­lial se mi­da aho­ra por có­mo ha­ce uno el gua­ca­mo­le o por si se vis­te de ama­ri­llo o no en el día del hue­vo.

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