"Na­die en Holly­wood me quie­re pa­gar lo que yo quie­ro co­brar"

De­tes­ta la co­rrec­ción po­lí­ti­ca, no tie­ne fil­tro ni pu­bli­cis­ta que le pa­re los pies y, en cam­bio, le so­bra na­tu­ra­li­dad, sen­ti­do del hu­mor e iro­nía. La ac­triz Jen­ni­fer Law­ren­ce, que es­tre­na pe­lí­cu­la en di­ciem­bre, nos de­mues­tra que es exac­ta­men­te lo que cuen

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine En Portada -

ha pa­sa­do to­da la ma­ña­na po­san­do en un es­tu­dio de Los Án­ge­les y, cuan­do por fin lle­ga a la en­tre­vis­ta, Jen­ni­fer Law­ren­ce es­tá tan gua­pa co­mo sa­le en las fotos. Pue­de que más. Pe­ro la pro­ce­sión va por den­tro. «¡Odio las se­sio­nes de fotos! Se me dan fa­tal por­que no soy mo­de­lo y no sé po­sar. To­do ese ro­llo de pa­re­cer na­tu­ral cuan­do lo que real­men­te in­ten­tas es pa­re­cer del­ga­da es ex­tra­ñí­si­mo», di­ce. Law­ren­ce no es so­lo una es­tre­lla, es la ac­triz más im­por­tan­te del úl­ti­mo lus­tro. Na­die ha lo­gra­do lo que ella en los úl­ti­mos seis años: cua­tro no­mi­na­cio­nes al Os­car (y una es­ta­tui­lla por El la­do bueno de las co­sas) mien­tras se con­ver­tía en la pro­ta­go­nis­ta de la sa­ga Los jue­gos del ham­bre. Por eso, a sus 26 años tam­bién es la ac­triz mejor pa­ga­da de la in­dus­tria: en 2015 se em­bol­só 46 mi­llo­nes de dó­la­res, se­gún la re­vis­ta For­bes. Aho­ra, Law­ren­ce es­tre­na Passengers (30 de di­ciem­bre en ci­nes), en la que da vi­da a una de las pa­sa­je­ras de una na­ve es­pa­cial que trans­por­ta a mi­les de

POR IXO­NE DÍAZ LAN­DA­LU­CE/ FO­TO­GRA­FÍA: YU TSAI / REA­LI­ZA­CIÓN: RA­QUEL PELÁEZ

per­so­nas a un pla­ne­ta que es co­lo­nia de la Tie­rra. El via­je, en el que los pa­sa­je­ros van plá­ci­da­men­te dor­mi­dos en sus cá­ma­ras de sue­ño, tie­ne que du­rar 120 años, hasta que dos de ellos se des­pier­tan 90 años an­tes de tiem­po y em­pie­za la odi­sea... Xl­se­ma­nal. Es­tu­vo a pun­to de re­cha­zar es­te pa­pel. ¿Por qué tu­vo tan­tas du­das? Jen­ni­fer Law­ren­ce. To­dos los años me pa­sa lo mis­mo. Quie­ro ha­cer­me una pur­ga de ta­qui­lla­zos y ro­dar so­lo pe­lí­cu­las in­de­pen­dien­tes. Lue­go leo un guion que me pa­re­ce in­tere­san­te, pe­ro tie­ne un pre­su­pues­to gi­gan­tes­co. In­ten­to que no me gus­te. Tra­té de de­cir que no, pe­ro vol­ví a leer­lo y me en­can­tó… XL. Su per­so­na­je se em­bar­ca en un via­je de 120 años a un le­jano pla­ne­ta co­lo­nia. ¿Iría de vo­lun­ta­ria a una mi­sión si­mi­lar? J.L. De­pen­de­ría de lo mal que es­té el mun­do en ese mo­men­to. De una for­ma mu­cho más light, cuan­do rue­das una pe­lí­cu­la en una ciu­dad ex­tra­ña, lo úni­co que te man­tie­ne cuer­do es tu amor por tu tra­ba­jo. Pe­ro no vol­ver a ver nun­ca a tus ami­gos y tu fa­mi­lia es de­ma­sia­do... In­clu­so aho­ra, cuan­do vuel­vo a ca­sa tras un tour de pren­sa in­ter­na­cio­nal, gri­to: «¡Amé­ri­ca!» [ríe]. XL. Ha­blan­do de Amé­ri­ca... ¿Qué opi­na us­ted de Do­nald Trump? J.L. Vi­vi­mos en un mun­do te­rro­rí­fi­co. Da mu­cho mie­do. Cree­mos que he­mos avan­za­do mu­cho, pe­ro la his­to­ria tie­ne una for­ma si­nies­tra de re­pe­tir­se a sí mis­ma. Eso es to­do lo que voy a de­cir… Ade­más, ¡ya sa­bes por quién vo­té! XL. Us­ted ha con­tri­bui­do a cam­biar la va­lo­ra­ción de las su­per­pro­duc­cio­nes que tie­nen co­mo pro­ta­go­nis­ta a una mu­jer. ¿Or­gu­llo­sa? J.L. Por su­pues­to, pe­ro tam­po­co creo que sea al­go que ha­ya he­cho yo. Los jue­gos del ham­bre han des­ve­la­do la enor­me men­ti­ra que los gran­des es­tu­dios es­ta­ban con­tán­do­le al mun­do: que el pú­bli­co jo­ven co­nec­ta más con protagonistas mas­cu­li­nos. Esa sa­ga pro­bó que eso no es ver­dad. XL. Es us­ted una especie de uni­cor­nio en Holly­wood: es la es­tre­lla de una sa­ga mul­ti­mi­llo­na­ria y ga­na un Os­car con una cin­ta in­die. J.L. Creo que acer­té cuan­do me de­ci­dí a ha­cer Los jue­gos del ham­bre. Era una pe­lí­cu­la enor­me que me iba a cam­biar la vi­da y ha­bía mu­chas ra­zo­nes por las que po­dría ha­ber di­cho que no, pe­ro es­toy fe­liz de no ha­ber­lo he­cho.

XL. Ga­nar un Os­car con 22 años. ¿Qui­ta pre­sión a una ac­triz o se la po­ne? J.L. Con los pre­mios, lo mejor es no pen­sar en ellos. Son ma­ra­vi­llo­sos y es­toy muy agra­de­ci­da, pe­ro no pue­des de­jar que cam­bien tu ma­ne­ra de pen­sar. Se­ría el fin. Pe­ro sí, de al­gu­na ma­ne­ra sien­tes más pre­sión por­que las ex­pec­ta­ti­vas de la gen­te son muy al­tas. XL. ¿Le da pe­na ha­ber­se per­di­do una ado­les­cen­cia un po­co más nor­mal y co­rrien­te? J.L. ¡No! Mis años de ado­les­cen­te fue­ron ho­rri­bles. Me sen­tía muy des­gra­cia­da. XL. ¿Y eso por qué? J.L. Odia­ba ir al ins­ti­tu­to. Sim­ple­men­te, no era pa­ra mí. La in­ter­pre­ta­ción fue un des­cu­bri­mien­to ma­ra­vi­llo­so: me per­mi­tía ser crea­ti­va, via­jar… Es­toy fe­liz de ha­ber­me per­di­do el bai­le de gra­dua­ción y la uni­ver­si­dad. XL. Un ci­be­ra­ta­que de­jó al des­cu­bier­to que ha­bía co­bra­do un sa­la­rio muy in­fe­rior al de sus com­pa­ñe­ros. Des­pués es­cri­bió una car­ta abier­ta de­fen­dien­do la igual­dad sa­la­rial. ¿Ayu­dó a cam­biar al­go? J.L. Na­da. Si­go te­nien­do los mis­mos pro­ble­mas de siem­pre. Oja­lá pa­ra arre­glar un pro­ble­ma so­lo hu­bie­ra que de­nun­ciar­lo, pe­ro no es así. XL. Pe­ro es la ac­triz mejor pa­ga­da de Holly­wood. ¿Si­gue te­nien­do pro­ble­mas a la ho­ra de ne­go­ciar su sa­la­rio? J.L. Sí, aún ten­go que lu­char pa­ra con­se­guir más di­ne­ro. Na­die me quie­re pa­gar lo que yo quie­ro co­brar. Apren­dí que ten­go que lu­char por aque­llo que es jus­to sin preo­cu­par­me de lo que la gen­te di­ga de mí, que soy una ni­ña­ta

"MIS AÑOS DE ADO­LES­CEN­TE FUE­RON HO­RRI­BLES. ES­TOY FE­LIZ DE HA­BER­ME PER­DI­DO EL BAI­LE DE GRA­DUA­CIÓN"

"YO PA­REZ­CO UNA YONQUI CUAN­DO ES­TOY EN CA­SA. ¡SOY ASQUEROSA! EN NA­VI­DAD, NI NOS ARRE­GLA­MOS PA­RA CE­NAR"

con­sen­ti­da por el sim­ple he­cho de ser mu­jer. La exi­gen­cia úl­ti­ma es lo­grar la igual­dad sa­la­rial pa­ra to­das las mu­je­res y en cual­quier pro­fe­sión. Hay que pen­sar que, hasta ha­ce po­co, el se­gu­ro mé­di­co de las mu­je­res era más ca­ro que el de los hom­bres, ser mu­jer era co­mo una en­fer­me­dad pre­exis­ten­te… XL. ¿Cree que su de­nun­cia es­tá ayu­dan­do a otras mu­je­res? J.L. Oja­lá. Me gus­ta­ría que, al me­nos, hu­bie­ra ser­vi­do pa­ra que las mu­je­res no sien­tan mie­do de de­nun­ciar una in­jus­ti­cia. Tie­nes que de­cir­le al mun­do có­mo te de­be tra­tar. Y tie­nes que de­cir­le a tu je­fe cuán­to di­ne­ro quie­res ga­nar. XL. ¿Qué no es­pe­ra­ba de Holly­wood y le ha sor­pren­di­do en­con­trar? J.L. Lo ama­ble y ge­nui­na que es la gen­te. Mi ex­pe­rien­cia en Holly­wood ha si­do ma­ra­vi­llo­sa, pe­ro me da un po­co de re­pa­ro de­cir­lo... XL. ¿Por? J.L. Ca­da vez que lo di­go, mis ami­gos me di­cen: «Cla­ro, idio­ta, ¡to­do el mun­do es ma­jo con­ti­go!» [ríe]. Pe­ro es cier­to, sien­to que he co­no­ci­do a la gen­te más ge­nial del mun­do: el ra­ri­to de Wis­con­sin, el ra­ri­to de Mí­chi­gan… Es co­mo si to­dos nos en­con­trá­ra­mos aquí. Holly­wood es una co­mu­ni­dad de bi­chos ra­ros. Cla­ro que tam­bién hay per­so­nas a las que odio a muer­te [ríe]. So­lo una o dos... XL. Su pe­que­ña lis­ta ne­gra. J.L. No es una lis­ta ne­gra, es más en plan «me das ab­so­lu­ta­men­te igual». Aún los sa­lu­do, pe­ro no me gus­tan [ríe]. XL. Ha di­cho que hay días que abo­rre­ce su tra­ba­jo. ¿Por qué? J.L. Por­que no ten­go con­trol so­bre cier­tas si­tua­cio­nes. Si un pa­pa­ra­zi me si­gue, nos sa­ca fotos a mis ami­gas y a mí en bi­ki­ni y me arrui­na las va­ca­cio­nes, no pue­do ha­cer na­da. Así que me que­jo y, a ve­ces, llo­ro. Y me en­cie­rro en ca­sa y mis ami­gos vie­nen a ver­me. XL. ¿Quién se en­car­ga de de­cir­le las co­sas tal y co­mo son? J.L. To­do el mun­do que for­ma par­te de mi vi­da y con la que ten­go una re­la­ción es­tre­cha. Me sien­to atraí­da por la gen­te real que tie­ne los pies en la tie­rra. Tu­ve la suer­te de cre­cer en Ken­tucky y te­ner una vi­da nor­mal. Co­noz­co la di­fe­ren­cia en­tre la reali­dad y mi reali­dad, que son dos co­sas muy dis­tin­tas. XL. Por cier­to, ¿le gus­ta la Na­vi­dad o es de las que abo­rre­cen es­ta épo­ca del año? J.L. La Na­vi­dad es ge­nial cuan­do eres un ni­ño, lue­go te con­vier­tes en adul­to y… ¡apes­ta! De­bes rom­per­te la ca­be­za pa­ra de­ci­dir los re­ga­los. Pe­ro aho­ra ten­go so­bri­nos y to­do es di­ver­ti­do de nue­vo. XL. ¿Y se vis­ten de ti­ros lar­gos o ce­nan en va­que­ros, jer­sey y cal­ce­ti­nes? J.L. ¿Pe­ro es que hay gen­te que se arre­gla pa­ra ce­nar con su fa­mi­lia? XL. A mí tam­bién me pa­re­ce men­ti­ra, pe­ro me cons­ta que exis­te… J.L. Yo pa­rez­co una yonqui cuan­do es­toy en ca­sa. ¡Soy asquerosa! Ni nos arre­gla­mos ni te­ne­mos asien­tos asig­na­dos en la me­sa ni na­da pa­re­ci­do. So­mos una fa­mi­lia muy po­co or­ga­ni­za­da. Esas fa­mi­lias en las que to­dos son muy res­pe­tuo­sos me re­sul­tan es­ca­lo­frian­tes. Una vez es­tu­ve en una ca­sa en la que los her­ma­nos se pe­dían per­mi­so to­do el ra­to pa­ra cual­quier co­sa. Y yo pen­sa­ba: «¡Es­to es ra­rí­si­mo!». XL. En su ca­sa son un po­co más sal­va­jes… J.L. Sí. No so­mos edu­ca­dos, no so­mos lim­pios… XL. Eso va a so­nar fa­tal… J.L. Es ver­dad. ¡So­mos muy lim­pios! [Ríe]. Lo que pa­sa es que mis her­ma­nos y yo so­mos muy bor­des en­tre no­so­tros y eso, en cier­to mo­do, me re­sul­ta re­con­for­tan­te. Qui­zá por eso, cuan­do al­guien es gro­se­ro con­mi­go, me sien­to de in­me­dia­to có­mo­da con esa per­so­na.

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