"EN EL TENIS HAY MU­CHAS EN­VI­DIAS. NO ES TAN BO­NI­TO CO­MO LO PIN­TAN"

Es la ca­pi­ta­na de las se­lec­cio­nes mas­cu­li­na y fe­me­ni­na de tenis. La pri­me­ra mu­jer al fren­te de am­bas. Un hi­to más en una ca­rre­ra que tu­vo su mo­men­to cum­bre en 1994, cuan­do ga­nó Wim­ble­don fren­te a Na­vra­ti­lo­va. Pe­ro tan­to en­ton­ces co­mo aho­ra su dis­cre­ción h

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine En Portada -

aca­ba de re­no­var por quin­to año co­mo ca­pi­ta­na de la se­lec­ción na­cio­nal de tenis fe­me­nino (Co­pa Fe­de­ra­ción) y por ter­cer año co­mo ca­pi­ta­na de la se­lec­ción na­cio­nal de tenis mas­cu­lino (Co­pa Da­vis). A sus 44 años, es­ta ara­go­ne­sa de Mon­zón vi­ve uno de sus me­jo­res mo­men­tos pro­fe­sio­na­les y per­so­na­les. Y se no­ta. Du­ran­te la en­tre­vis­ta que man­tu­vi­mos con ella en Barcelona, no per­dió la son­ri­sa ni un se­gun­do. Xl­se­ma­nal. ¿Por qué se ha re­tra­sa­do tan­to su re­no­va­ción al fren­te de la se­lec­ción de tenis? Con­chi­ta Martínez. Me ha pa­sa­do otros años, que al fi­nal aca­bas fir­man­do en di­ciem­bre, ca­si cuan­do se ter­mi­na tu con­tra­to, y des­de lue­go no es lo ideal por­que la in­cer­ti­dum­bre no es bue­na. Pe­ro son di­rec­ti­vos nue­vos, ha en­tra­do un nue­vo pre­si­den­te y su­pon­go que ten­drían que ha­blar con los ju­ga­do­res… XL. ¿Ha ro­to mu­chos te­chos de cris­tal? C.M. Al­gu­nos. Es­toy muy or­gu­llo­sa de mi ca­rre­ra, en­tre otras co­sas por­que es muy di­fí­cil cum­plir 18 años en ella. XL. ¿Ha su­fri­do zan­ca­di­llas o pu­ña­la­das? C.M. Sí, sí; en el mun­do del tenis se dan mu­chas en­vi­dias y hay mu­chos in­tere­ses… No to­do es tan bo­ni­to co­mo lo pin­tan, pe­ro yo tien­do a ol­vi­dar los ma­los ro­llos. XL. ¿Qué di­ría de su fa­mi­lia? C.M. Mi fa­mi­lia es lo mejor que me ha po­di­do pa­sar, me han de­ja­do vi­vir mi sue­ño. Mis pa­dres son unas per­so­nas su­per­hu­mil­des, gen­ti­les y muy dul­ces. Mi ma­dre al prin­ci­pio es­ta­ba muy a re­ga­ña­dien­tes con­mi­go, pe­ro mi pa­dre me apo­yó des­de el pri­mer mo­men­to. XL. ¿A qué se de­di­ca­ba él? C.M. Lle­va­ba la con­ta­bi­li­dad en una em­pre­sa que se lla­ma­ba Hi­dro­ni­tro y mi ma­dre era ama de ca­sa. XL. Des­de su ca­sa se veían dos pis­tas de tenis y un fron­tón. C.M. Yo veía ju­gar a los em­plea­dos de la em­pre­sa don­de tra­ba­ja­ba mi pa­dre, hasta que un día me de­ci­dí a ju­gar yo so­la. Fue amor a pri­me­ra vis­ta. Me ima­gi­na­ba que la pa­red del fron­tón eran Na­vra­ti­lo­va y Mcen­roe. A los 12 años in­gre­sé en la Re­si­den­cia Blu­me de Barcelona. De­jé los es­tu­dios en oc­ta­vo de EGB. XL. A los 12 años sa­lió de su ca­sa ya pa­ra siem­pre. C.M. El pri­mer año lo pa­sé fa­tal por­que echa­ba mu­cho de me­nos a to­dos. No era lo mis­mo vi­vir en Mon­zón que en una re­si­den­cia pa­ra de­por­tis­tas de éli­te le­jos de tu ca­sa. Los fi­nes de se­ma­na co­gía un tren que tar­da­ba tres ho­ras y los pa­sa­ba con mi fa­mi­lia. XL. ¿Du­dó en al­gún mo­men­to si va­lía la pe­na se­guir? C.M. No, to­do me com­pen­sa­ba con tal de de­di­car­me al tenis. Mi ma­dre era la que peor lo lle­va­ba e in­ten­tó dar la ba­ta­lla pa­ra que no me fue­se con 12 años a Barcelona. Pe­ro yo te­nía clarísimo que lo que que­ría en la vi­da era eso. XL. ¿Quién se en­car­ga­ba de lle­var los te­mas eco­nó­mi­cos de una ado­les­cen­te? C.M. Mi pa­dre, lo ha he­cho siem­pre. La idea es que tú pue­das es­tar con­cen­tra­da en tu ca­rre­ra y la gen­te que te ro­dea se en­car­gue de lo de­más; y mi pa­dre lo si­gue ha­cien­do a pe­sar de que tie­ne 82 años: lo lla­mo con­ti­nua­men­te pa­ra to­do. XL. Su ca­rre­ra pro­fe­sio­nal ha es­ta­do muy li­ga­da en el tiem­po a la de Arantxa Sán­chez Vi­ca­rio. Sin em­bar­go, la re­la­ción en­tre Arantxa y sus pa­dres y her­ma­nos ha ter­mi­na­do en los juz­ga­dos. C.M. Me da mu­cha pe­na; me sor­pren­dió, pe­ro ahí no voy a en­trar por­que ahí hay dos par­tes: es­tá Arantxa, que tie­ne su for­ma de pen­sar, y su fa­mi­lia, que tie­ne otra. Yo so­lo pue­do respetar y sen­tir mu­cho que una fa­mi­lia se rom­pa. Pe­ro... bueno: unos ha­brán vi­vi­do lo su­yo y los otros, lo otro. XL. ¿Si­gue te­nien­do re­la­ción con ella? C.M. La veo de vez en cuan­do en los tor­neos, pe­ro no coin­ci­di­mos mu­cho. XL. Jun­tas nos die­ron la mejor épo­ca del tenis es­pa­ñol fe­me­nino que se re­cuer­da.

C.M. No sé si fue o no la mejor, pe­ro es cier­to que fue muy bue­na [son­ríe]. XL. Ha­ce cua­tro años, Arantxa pre­sen­tó su di­mi­sión co­mo ca­pi­ta­na de la se­lec­ción es­pa­ño­la de tenis fe­me­nino. En­ton­ces se di­jo que us­ted ha­bía apro­ve­cha­do la di­mi­sión de Arantxa pa­ra ofre­cer­se a sus­ti­tuir­la. C.M. No, no; la par­te fe­me­ni­na del tenis tu­vo en­ton­ces un en­fren­ta­mien­to con la Fe­de­ra­ción, es­cri­bie­ron una car­ta en con­tra del pre­si­den­te y Arantxa se unió a ellas. Esa fue la ra­zón por la que di­mi­tió po­co des­pués. Yo no me me­tí en me­dio de na­da. XL. Di­cen de us­ted que es con­ci­lia­do­ra, ¿se mo­ja cuan­do hay que mo­jar­se? C.M. Por su­pues­to, y sé dar un pu­ñe­ta­zo en la me­sa cuan­do hay que dar­lo. XL. Cuan­do ha­ce dos años la hi­cie­ron ca­pi­ta­na de la Co­pa Da­vis sus­ti­tu­yó a Ga­la León –la pri­me­ra mu­jer en di­ri­gir a los chi­cos–, que no lle­gó a de­bu­tar por­que a los seis me­ses te­nía a to­dos los ju­ga­do­res en con­tra. C.M. Es­ta­mos en las mis­mas que an­tes: re­cu­rrie­ron a mí sin que yo in­ter­fi­rie­se en na­da. Yo di­ri­gía la Co­pa Fe­de­ra­ción cuan­do me lla­ma­ron y me pi­die­ron que hi­cie­ra un fa­vor al tenis. XL. ¿Se lo ofre­cie­ron de ma­ne­ra pro­vi­sio­nal, pa­ra sa­lir del pa­so? C.M. Los he­chos ha­blan por sí so­los… Pe­ro yo an­tes de acep­tar me ase­gu­ré de que no se tra­ta­ba de un ofre­ci­mien­to pa­ra ta­par par­ches. Ha­blé con to­dos pa­ra sa­ber si era una pro­pues­ta en fir­me, por­que pa­ra ta­par un par­che no hu­bie­se en­tra­do. XL. Ra­fa Na­dal lle­gó a de­cir de Ga­la León:

"Con los chi­cos es más fá­cil for­mar un equi­po por­que ellos lo tie­nen muy cla­ro. Se reúnen, lo ha­blan y se po­nen de acuer­do"

«Es co­mo si me po­nen a mí a di­ri­gir un hos­pi­tal». ¿Es di­fí­cil pa­ra una mu­jer di­ri­gir a los chi­cos y, en es­pe­cial, a es­tre­llas con­sa­gra­das? C.M. ¡Pa­ra na­da! La ver­dad es que a mí me es­tá en­can­tan­do [ríe] y con Ra­fa me lle­vo muy bien. XL. ¿Son bien­man­da­dos? C.M. Sí, aun­que yo no soy de or­de­nar las co­sas por­que sí. Yo soy con­ver­sa­do­ra, me gus­ta ha­blar con los ju­ga­do­res y con sus en­tre­na­do­res, y no im­po­ner mi ley. Pe­ro si en un mo­men­to de­ter­mi­na­do veo que al­go es ro­jo, lo ha­bla­mos. XL. ¿Cuál es el mo­men­to más di­fí­cil o más con­flic­ti­vo de su tra­ba­jo? C.M. Cuan­do tie­nes que for­mar equi­po y la gen­te no es­tá por la la­bor. En el ca­so de los chi­cos sue­le ser más fá­cil por­que ellos lo tie­nen muy cla­ro y se reúnen y lo ha­blan y se po­nen de acuer­do. XL. Dí­ga­me, ¿dón­de ga­na más di­ne­ro: al fren­te de la se­lec­ción mas­cu­li­na o de la fe­me­ni­na? C.M. No ten­go dos suel­dos, se me ofre­ció una can­ti­dad por el con­jun­to. XL. En­ton­ces, ¿no ga­na un di­ne­ral por ha­cer do­ble­te? C.M. ¡No, pa­ra na­da! No sé lo que co­bra un se­lec­cio­na­dor de fut­bol, pe­ro igual me da mil vuel­tas. XL. ¿Qué tal se le dan los ne­go­cios? C.M. No me gus­ta arries­gar. Soy muy con­ser­va­do­ra con los te­mas eco­nó­mi­cos, es al­go que me ha in­cul­ca­do mi pa­dre. Yo soy más de «piano piano si arri­va lon­tano» ('po­co a po­co se lle­ga le­jos'). XL. ¿Po­dría vi­vir el res­to de su vi­da sin tra­ba­jar? C.M. Sí, yo creo que me po­dría re­ti­rar si qui­sie­ra; aun­que to­do de­pen­de de la vi­da que desee lle­var ca­da uno.

"Yo no me me­to en la vi­da personal de los te­nis­tas. Co­noz­co a Ana Bo­yer y a Al­ba Ca­rri­llo. Al­ba era una chi­ca muy di­ver­ti­da, pe­ro, cla­ro, lue­go sa­len a la luz his­to­rias..."

XL. Se re­ti­ró un día an­tes de cum­plir 34 años, ¿le cos­tó adap­tar­se a la vi­da sin com­pe­ti­ción? C.M. ¡Pa­ra na­da! Es­tu­ve a pun­to de ha­cer­lo un año an­tes, pe­ro a úl­ti­ma ho­ra de­ci­dí se­guir. Cuan­do to­mé la de­ci­sión fi­nal, es­ta­ba ya to­tal­men­te pre­pa­ra­da y eso fue muy bueno. Ese mis­mo año em­pe­cé a co­men­tar par­ti­dos en un canal de te­le­vi­sión y en­tre­né a al­gu­na ju­ga­do­ra que me lo pi­dió. Si­go vin­cu­la­da al tenis y, sal­vo la com­pe­ti­ción –que no la echo de me­nos ni me ha­ce fal­ta–, lo de­más lo ten­go. XL. Al­gu­nos te­nis­tas tie­nen pa­re­jas muy co­no­ci­das, acu­den a cier­tos sa­raos y los per­si­guen los pa­pa­ra­zis –pien­so en Fe­li­ciano Ló­pez o Fer­nan­do Ver­das­co–, ¿es­to afec­ta a sus ca­rre­ras? C.M. Pues de­pen­de. Yo des­de lue­go no me me­to en su vi­da personal, ellos es­tán fe­li­ces así y yo no ten­go na­da que de­cir. Lo que pue­de in­fluir es que la re­la­ción no va­ya bien y se ten­ga que di­vor­ciar y lo pa­se mal co­mo aho­ra lo es­tá pa­san­do Fe­li­ciano… XL. ¿Ha co­no­ci­do a Al­ba Ca­rri­llo y a Ana Bo­yer? C.M. Sí, a las dos y el tra­to que he­mos te­ni­do ha si­do bueno. A Ana la co­noz­co me­nos, he­mos es­ta­do al la­do vien­do al­gún par­ti­do y se los ve muy cen­tra­dos a ella y a Fer­nan­do. Al­ba era to­tal­men­te di­fe­ren­te: una chi­ca muy di­ver­ti­da pe­ro, cla­ro, cuan­do lue­go sa­len a la luz es­tas his­to­rias… XL. ¿Los te­nis­tas li­gan lo quie­ren? C.M. ¡Ja­ja­ja! No es tan fá­cil, no te creas: son de­ma­sia­dos via­jes muy se­gui­dos. XL. ¿Se con­si­de­ra pre­su­mi­da? C.M. No mu­cho [ríe]. XL. ¿Pa­ra us­ted ha si­do di­fí­cil lle­var una vi­da de pa­re­ja es­ta­ble? C.M. La vi­da pa­ra la pa­re­ja del de­por­tis­ta es sa­cri­fi­ca­da por­que su vi­da personal pa­sa a un se­gun­do plano. Es más di­fí­cil te­ner una pa­re­ja es­ta­ble. XL. ¿Có­mo ha evi­ta­do que los pa­pa­ra­zis se me­tan en su vi­da? C.M. De en­tra­da por­que yo no vi­vo de eso y he tra­ta­do de no ex­po­ner­me co­mo otras per­so­nas. Mi vi­da pri­va­da se lla­ma 'pri­va­da' por al­go. No soy de ir a al­fom­bras ro­jas. XL. ¿Han in­ten­ta­do los di­fe­ren­tes co­lec­ti­vos bus­car su apo­yo pa­ra cam­pa­ñas de nor­ma­li­za­ción? C.M. No, yo pro­cu­ro no ex­po­ner­me y me han de­ja­do bas­tan­te tran­qui­la. XL. ¿Es op­ti­mis­ta con la ac­tual si­tua­ción po­lí­ti­ca? C.M. No [ro­tun­da]. ¿Al­guien pue­de ser op­ti­mis­ta con la co­rrup­ción que hay y con to­do lo que es­tá sa­lien­do? XL. ¿Ha te­ni­do al­gún pro­ble­ma por ser se­lec­cio­na­do­ra na­cio­nal y vi­vir en Ca­ta­lu­ña en es­tos mo­men­tos? C.M. ¡Pa­ra na­da! Por su­pues­to yo no quie­ro que ha­ya in­de­pen­den­tis­mo ni co­sas ra­ras, pe­ro vi­vo ab­so­lu­ta­men­te tran­qui­la aquí en Ca­ta­lu­ña. Es­te año, yo he via­ja­do mu­chí­si­mo y no he no­ta­do mu­cho la cris­pa­ción. XL. ¿Se sien­te un po­co ca­ta­la­na? C.M. No, me sien­to muy ara­go­ne­sa, que es lo que soy [ríe]; pe­ro es­toy muy agra­de­ci­da de có­mo me ha aco­gi­do Ca­ta­lu­ña du­ran­te mu­chí­si­mo tiem­po. XL. ¿Ha te­ni­do siem­pre en Es­pa­ña el di­ne­ro que ha ga­na­do? C.M. En Es­pa­ña y en otros si­tios, pe­ro siem­pre to­do de­cla­ra­do, por su­pues­to. He te­ni­do di­ne­ro en An­do­rra por­que du­ran­te una tem­po­ra­da tu­ve re­si­den­cia an­do­rra­na. XL. ¿No va a sa­lir su nom­bre en al­gún pa­pel de Pa­na­má o de otro pa­raí­so fis­cal? C.M. No, pue­des es­tar bien se­gu­ra. XL. ¿Ha sen­ti­do de­seos de ser ma­dre? C.M. No, nun­ca he te­ni­do ese sen­ti­mien­to de ma­ter­ni­dad. Co­mo tía me de­fien­do bien, aun­que cua­tro de mis so­bri­nos vi­ven en Ma­drid y otro, en Mon­zón; así que no nos ve­mos mu­cho. XL. ¿Es ver­dad que no sa­be dón­de es­tá la ra­que­ta con la que ga­nó Wim­ble­don? C.M. Es ver­dad. Ha­ce dos años hi­ce unas obras en ca­sa y, des­de en­ton­ces, no sé dón­de es­tá la ra­que­ta, si se ha per­di­do, si es­tá guar­da­da en al­gún si­tio, si la he re­ga­la­do… So­lo sé que no la ten­go. XL. ¿Có­mo va a ce­le­brar es­ta Na­vi­dad? C.M. Co­mo to­das. Mi fa­mi­lia vie­ne a Barcelona y lo ce­le­bra­mos en mi ca­sa. Mis pa­dres vi­ven, tie­nen 82 y 80 años. Al prin­ci­pio ve­nían a ca­sa por­que yo te­nía que en­tre­nar. Pe­ro ya se ha que­da­do así ins­tau­ra­do. XL. ¿Y jue­ga a la lo­te­ría? C.M. Mi fa­mi­lia jue­ga, yo na­da. XL. ¿Na­da? ¿Por no gas­tar, por­que cree que no le va a to­car…? [Ri­sas]. C.M. No, por­que es­toy se­gu­ra de que per­de­ría el dé­ci­mo, no sa­bría dón­de lo he pues­to e igual me to­ca y ni me en­te­ro. XL. ¡Qué ex­cu­sa! ¿Se con­si­de­ra una mu­jer ge­ne­ro­sa? C.M. Un po­co de to­do: soy ge­ne­ro­sa y tam­bién me gus­ta aho­rrar. No ha­go gas­tos in­ne­ce­sa­rios. Vi­vo co­mo quie­ro, pe­ro tam­po­co de­rro­cho: a lo mejor no me com­pro una jo­ya, pe­ro me voy a co­mer a El Ce­ller de los her­ma­nos Ro­ca. XL. Cuen­tan que tie­ne bue­na mano con la co­ci­na. C.M. La ver­dad es que sí. Ade­más de co­mer bien, me gus­ta co­ci­nar y me in­tere­sa el mun­do de las bo­de­gas y el vino.

"Yo no in­ter­fe­rí pa­ra na­da en lo que ocu­rrió con Ga­la León. A mí me lla­ma­ron des­pués y me pi­die­ron que hi­cie­ra un fa­vor al tenis"

PAL­MA­RÉS DE LU­JO En 18 años de ca­rre­ra ju­gó más de 1000 par­ti­dos y con­ta­bi­li­zó 739 vic­to­rias. Ga­nó tres me­da­llas olím­pi­cas. Lle­gó a dispu­tar dos fi­na­les de Gran Slam (Ro­land Ga­rros y Aus­tra­lia) y es la úni­ca es­pa­ño­la que ha ga­na­do Wim­ble­don. Fue con­tra Na­vra­ti­lo­va en 1994.

Con­chi­ta con los te­nis­tas de la se­lec­ción, Fe­li­ciano Ló­pez, David Fe­rrer, Ra­fa Na­dal y Marc Ló­pez. El pró­xi­mo año lu­cha­rán por la Co­pa Da­vis, que al equi­po es­pa­ñol se le re­sis­te des­de 2009. RE­CU­PE­RAR LA CO­PA PER­DI­DA

UNA FA­MI­LIA UNI­DA Con­chi­ta tie­ne una ex­ce­len­te re­la­ción con sus pa­dres. De he­cho, su pa­dre si­gue lle­van­do sus cuen­tas, aun­que ya ha cum­pli­do 82 años. Su ma­dre, que al prin­ci­pio era re­ti­cen­te a que ini­cia­se su ca­rre­ra de te­nis­ta, aho­ra es su má­xi­mo apo­yo.

AMI­GAS Y RI­VA­LES Las ca­rre­ras pro­fe­sio­na­les de Con­chi­ta y Arantxa Sán­chez Vi­ca­rio co­rrie­ron pa­ra­le­las y, en mu­chas oca­sio­nes, la de Arantxa en­som­bre­ció la de la ara­go­ne­sa. «Ser ami­gas y ri­va­les no era fá­cil de lle­var», re­co­no­ce Con­chi­ta.

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