UCRA­NIA, LA GUE­RRA OL­VI­DA­DA

Trin­che­ras, in­ter­cam­bios de dis­pa­ros, muer­tos... A pe­sar del al­to el fue­go y de las ne­go­cia­cio­nes, la gue­rra en Ucra­nia no se de­tie­ne. Las po­si­cio­nes no avan­zan, ni en el fren­te ni en los des­pa­chos. Via­ja­mos al úl­ti­mo con­flic­to eu­ro­peo po­co an­tes de que D

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Enprimerplano -

DE­FEN­DER LA PA­TRIA se­ría más sen­ci­llo si los sol­da­dos tu­vie­ran pi­las. El apa­ra­to de vi­sión noc­tur­na, por ejem­plo, fun­cio­na­ría. Son las tres de la ma­dru­ga­da y las ti­nie­blas se ex­tien­den so­bre el fren­te. Vi­ta­li, al que lla­man Awer, mi­ra en­tre los sa­cos te­rre­ros. Su ar­ma es un ve­tus­to Ka­lash­ni­kov de 1963. A lo le­jos re­tum­ba la ar­ti­lle­ría. De vez en cuan­do ta­ble­tea una ame­tra­lla­do­ra. En­tre los in­ter­cam­bios de ba­las se pro­du­cen lar­gos in­ter­va­los de inac­ti­vi­dad y abu­rri­mien­to. En la po­si­ción ve­ci­na, al­guien ha es­cri­to en una pa­red: «Ni una guar­dia noc­tur­na sin 250 gra­mos». Se re­fie­re al vod­ka. Así es la gue­rra en el es­te de Ucra­nia, un con­flic­to que ni si­quie­ra exis­te, vi­gen­te co­mo si­gue el al­to el fue­go pac­ta­do en los pri­me­ros acuer­dos de Minsk –se han fir­ma­do dos– ha­ce dos años. So­lo en el ba­ta­llón de Awer, sin em­bar­go, han muer­to 5 sol­da­dos y 67 han re­sul­ta­do he­ri­dos en los úl­ti­mos tres me­ses.

IN­MO­VI­LIS­MO. El úl­ti­mo acer­ca­mien­to en­tre las par­tes se pro­du­jo en oc­tu­bre, cuan­do el pre­si­den­te ru­so Vla­dí­mir Pu­tin, que in­ci­tó a los se­pa­ra­tis­tas a ini­ciar el con­flic­to y los ha fi­nan­cia­do y res­pal­da­do hasta hoy, acu­dió a una nue­va ron­da de ne­go­cia­cio­nes en Ber­lín. Las cues­tio­nes fun­da­men­ta­les son qué in­fluen­cia ten­drá Ru­sia so­bre Ucra­nia, el es­ta­tus de la re­gión pro­rru­sa del Don­bass y la vo­lun­tad de Kiev de re­cu­pe­rar el con­trol so­bre sus fron­te­ras. Tras las con­ver­sa­cio­nes, las par­tes se com­pro­me­tie­ron a ela­bo­rar una «ho­ja de ru­ta». ¿Se­rá una más? En el ba­ta­llón de Awer no rei­na el op­ti­mis­mo. La mo­ral tam­po­co es­tá al­ta. Con el al­ba, el je­fe de su gru­po des­pier­ta a los hom­bres. «¡Le­van­tad de una vez, jo­der!», ru­ge Ser­géi, al que lla­man Nie­bla. Duer­men en una ca­sa de cam­pe­si­nos por la que co­rre­tean los ra­to­nes du­ran­te la no­che. La vi­vien­da per­te­ne­ce a una fa­mi­lia del pue­blo que odia al Ejér­ci­to ucra­niano.

El hi­jo lu­cha en el otro ban­do, con los se­pa­ra­tis­tas. Al­gu­nas ma­ña­nas, la dueña en­tra de mal hu­mor en la co­ci­na y les co­bra tres eu­ros por ca­be­za por la elec­tri­ci­dad. El jar­dín y las ha­bi­ta­cio­nes pa­re­cen un ver­te­de­ro. Hay la­tas va­cías y plás­ti­cos en el ba­ño, una cu­ba con agua col­ga­da so­bre un fre­ga­de­ro en el pa­tio. La le­tri­na es­tá en la otra pun­ta del jar­dín, en di­rec­ción a los se­pa­ra­tis­tas. Por eso, na­die lle­va lu­ces cuan­do va allí por la no­che. Los sol­da­dos han col­ga­do un pós­ter so­bre un agu­je­ro de ba­la en la pa­red. En el so­fá des­can­sa Rus­lan, po­li­tó­lo­go del oes­te de Ucra­nia. Ba­jo la ven­ta­na, cu­bier­ta con una col­cha, duer­me Ro­man, El Ita­liano. Ha­ce dos años re­gre­só des­de la Tos­ca­na, don­de ha­bía emi­gra­do con sus pa­dres, pa­ra com­ba­tir en el Don­bass. Mis­ha, el co­ci­ne­ro que lus­tra sus bo­tas to­das las ma­ña­nas, ron­ca en la ha­bi­ta­ción de al la­do. Awer se ha he­cho un si­tio en el sue­lo, ro­dea­do por su co­lec­ción de uni­for­mes, cha­le­cos an­ti­ba­las y ca­mi­se­tas con em­ble­mas ucra­nia­nos. Pre­fe­ri­ría pa­sar al ata­que, lu­char. «Pe­ro aquí es­ta­mos, es­pe­ran­do a que nos cai­gan en­ci­ma los mi­si­les», se sin­ce­ra. ¿Y de ver­dad ne­ce­si­ta Ucra­nia la re­gión de Don­bass? «A es­ta gen­te no la cam­bia­re­mos nun­ca», di­ce. En­tre los hom­bres cir­cu­la la his­to­ria de un bo­rra­cho que se lle­vó una gra­na­da al ba­ño por si ha­bía un ata­que y per­dió las dos pier­nas cuan­do ex­plo­tó. El co­man­dan­te del ba­ta­llón la cuen­ta a me­nu­do. El vod­ka es un pro­ble­ma en el fren­te. Al­gu­nos man­dos atan a los bo­rra­chos a las fa­ro­las o los me­ten en jau­las o po­zos.

TEN­SIÓN CI­VIL. Awer y sus com­pa­ñe­ros tie­nen que pre­sen­tar­se hoy en el cen­tro de man­do, en Mar­jin­ka, una lo­ca­li­dad don­de se sue­len pro­du­cir si­tua­cio­nes des­agra­da­bles con los ve­ci­nos. «Dis­pa­ráis con­tra nues­tras ca­sas –gri­ta una an­cia­na an­te una tien­da de ul­tra­ma­ri­nos que ven­de in­clu­so cuan­do arre­cian los com­ba­tes, y em­pu­ja a Awer–. ¡De­jad de ha­cer­lo de una mal­di­ta vez!». Awer man­tie­ne la cal­ma. «¿Có­mo va­mos a dis­pa­rar con­tra vues­tras ca­sas des­de aquí? –pre­gun­ta–. ¡Los dis­pa­ros vie­nen del otro la­do!». Es nor­mal que a los sol­da­dos tam­bién se les acer­que gen­te men­di­gan­do. Aquí son quie­nes más di­ne­ro ga­nan: 11.000 griv­nas al mes, unos 395 eu­ros. Las pen­sio­nes me­dias en Ucra­nia ron­dan los 50 eu­ros. En el pue­blo ca­si na­die tie­ne tra­ba­jo, las fá­bri­cas de los al­re­de­do­res echa­ron el cie­rre ha­ce tiem­po. El pro­pio Awer era di­se­ña­dor grá­fi­co en una agen­cia de pu­bli­ci­dad de Kiev. Pe­ro lle­gó la re­vo­lu­ción y se alis­tó vo­lun­ta­rio en el ba­ta­llón Don­bass. De su pri­mer com­ba­te ha­ce ya dos años,

LOS SOL­DA­DOS SE SIEN­TEN ABAN­DO­NA­DOS. TE­MEN QUE EN UCRA­NIA YA NA­DIE CREA EN SU LU­CHA

POR BET­TI­NA SENGLING / FOTOS: DI­MI­TRI BELIAKOV

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