pri­mer plano. En

En los úl­ti­mos 25 años ha exa­mi­na­do a un cuar­to de mi­llón de per­so­nas, unos 30 re­fu­gia­dos al día. Es el úni­co mé­di­co per­ma­nen­te de Lam­pe­du­sa, la is­la ita­lia­na a la que lle­gan más in­mi­gran­tes. A al­gu­nos so­lo les de­di­ca se­gun­dos, a otros los re­cuer­da de por

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR JO­NAT­HAN STOCK / FO­TO­GRA­FÍA: MA­RIA FECK

El úni­co mé­di­co fi­jo de la is­la ita­lia­na de Lam­pe­du­sa ha asis­ti­do ya a 250.000 re­fu­gia­dos, 30 ca­da día. El hom­bre que lle­va 25 años so­co­rrien­do in­mi­gran­tes nos cuen­ta una reali­dad que a ve­ces cues­ta mi­rar.

En una is­la en me­dio del mar, de­trás de las adel­fas en flor, de­ba­jo de una fo­to del San­to Pa­dre, hay sen­ta­do un hom­bre de as­pec­to can­sa­do al que sus ami­gos lla­man Pie­tro y al que todo el mun­do co­no­ce co­mo «il dot­to­re», 'el doc­tor'. La is­la en la que tra­ba­ja no es co­mo las otras is­las. La cruz de la igle­sia es­tá he­cha con re­mos, y ba­jo el agua hay una ima­gen de la Vir­gen cui­dan­do a los muer­tos. Se cree que Sha­kes­pea­re si­tuó aquí su dra­ma La tem­pes­tad, y en el cementerio hay mu­chas tum­bas sin nom­bre. Pie­tro Bar­to­lo na­ció en Lam­pe­du­sa ha­ce 60 años. Su pa­dre era pes­ca­dor. Si te due­le el es­tó­ma­go, si tie­nes ta­qui­car­dias, vas a ver a Bar­to­lo; en reali­dad, es es­pe­cia­lis­ta en gi­ne­co­lo­gía, pe­ro aquí se en­car­ga de todo. Esa es su vi­da du­ran­te el día. Por la no­che co­mien­za su otra vi­da, cuan­do los tu­ris­tas duer­men y la guar­dia cos­te­ra lo lla­ma. «Pie­tro, duo­cen­to –le di­cen–, fra un'ora»: 'han lle­ga­do 200 re­fu­gia­dos, tie­ne que pre­sen­tar­se en una ho­ra'. Y Bar­to­lo sa­le de la ca­ma, se vis­te y ba­ja al mue­lle, a don­de lle­van las em­bar­ca­cio­nes. Allí les tien­de la mano a las 200 per­so­nas que lle­gan al puer­to, lue­go bus­ca en su piel ras­tros de sar­na y les exa­mi­na las in­gles y los ojos. Bus­ca sín­to­mas de hi­po­ter­mia, des­hi­dra­ta­ción, que­ma­du­ras, trau­ma­tis­mos, las con­se­cuen­cias más fre­cuen­tes del via­je de hui­da. De­ri­va­rá los ca­sos gra­ves a Si­ci­lia, in­gre­sa­rá a las em­ba­ra­za­das, re­gis­tra­rá los muer­tos, ol­vi­da­rá a los sa­nos. es­ta­ba he­la­da. Lla­mé a gri­tos a mi pa­dre, una vez, dos ve­ces, pe­ro el bar­co no se de­tu­vo. Me que­dé flo­tan­do so­lo en me­dio del mar. Tar­da­ron tres ho­ras en en­con­trar­me. Es­tu­ve sin po­der ha­blar du­ran­te días. Pen­sé: mo­rir­se es así. Y de­ci­dí ha­cer­me mé­di­co. Cuan­do mi­ro a los re­fu­gia­dos a los ojos, en el mue­lle, vuel­vo a pen­sar en aquel ins­tan­te de mi vi­da. En­tien­do a es­tas per­so­nas. Soy un hi­jo del mis­mo mar. Por eso, me he que­da­do. XL. Du­ran­te su vi­si­ta a Lam­pe­du­sa, el Pa­pa Francisco di­jo que vi­vi­mos en una so­cie­dad del bie­nes­tar, en una her­mo­sa bur­bu­ja de ja­bón que nos lle­va a la in­di­fe­ren­cia ha­cia los de­más, a una es­pe­cie de glo­ba­li­za­ción de la in­di­fe­ren­cia. P.B. Es­te año que aho­ra ter­mi­na han muer­to en el mar más per­so­nas que nun­ca. Y lo peor es que ya no le in­te­re­sa a na­die. Son so­lo ci­fras. A la gen­te le da pe­na, la ma­yo­ría son bue­nas per­so­nas, sí, pe­ro lue­go se ol­vi­dan. XL. Ha te­ni­do que ver mu­chas co­sas... P.B. Con ca­da bar­co que lle­ga, me pre­gun­to qué me es­pe­ra. Nun­ca sé cuál de to­das las es­pe­cia­li­da­des mé­di­cas que no es­tu­dié me va a to­car apli­car. E in­clu­so co­mo gi­ne­có­lo­go ten­go que ha­cer co­sas pa­ra las que na­die me for­mó. Me gus­ta­ría en­se­ñar­les al­go... [Bar­to­lo bus­ca en el mó­vil una fo­to. Es una ima­gen te­rri­ble. Mues­tra a una mu­jer jo­ven en car­ne vi­va].

P.B. Lo que ven en es­ta fo­to son las con­se­cuen­cias de que­ma­du­ras quí­mi­cas se­ve­ras. Se pro­du­cen por la com­bi­na­ción de agua sa­la­da, ori­na y ga­so­li­na que se acu­mu­la en el fon­do de las em­bar­ca­cio­nes de los re­fu­gia­dos. Los más afec­ta­dos son las mu­je­res y los ni­ños. Son las le­sio­nes de ma­yor gra­ve­dad que he te­ni­do que tra­tar en 25 años. Empecé a ver­las so­lo ha­ce un par de años, des­de el co­mien­zo de la mi­sión ita­lia­na Ma­re Nos­trum. XL. ¿Por qué en­ton­ces? P.B. Por­que des­de en­ton­ces a los re­fu­gia­dos se los re­co­ge más cer­ca de la cos­ta li­bia. Así que, en vez de bar­cas de ma­de­ra, los tra­fi­can­tes usan lan­chas neu­má­ti­cas con pe­que­ños mo­to­res de ga­so­li­na pa­ra aho­rrar di­ne­ro. Lo nor­mal es que los pro­pios re­fu­gia­dos ten­gan que ir re­lle­nan­do el de­pó­si­to del mo­tor con unos bi­do­nes que lle­van. En al­ta­mar es fá­cil que se de­rra­me al­go. Las mu­je­res van sen­ta­das en el fon­do de las em­bar­ca­cio­nes con sus hi­jos en bra­zos. Allí aba­jo, el agua del mar se mez­cla con la ga­so­li­na. Al ca­bo de unas ho­ras, cuan­do la ro­pa se em­pa­pa con es­ta mez­cla, en­tra en con­tac­to con la piel. Al prin­ci­pio, la sen­sa­ción es de un ca­lor agra­da­ble, pe­ro lue­go la piel em­pie­za a que­mar­se. Las con­se­cuen­cias son muy di­fí­ci­les de tra­tar... y a me­nu­do mor­ta­les. Re­sul­ta tris­te: Eu­ro­pa que­ría ayu­dar, y en su lu­gar lo que ha­ce es cau­sar he­ri­das nue­vas.

"¿Có­mo podemos ver a los re­fu­gia­dos co­mo in­va­so­res? No son enemi­gos. Son víc­ti­mas. Y son mu­chos me­nos. Lle­ga un re­fu­gia­do por ca­da 1400 eu­ro­peos. ¿Eso nos da mie­do?"

XL. ¿Có­mo se po­dría re­du­cir la mor­tan­dad? P.B. Te­ne­mos que ha­cer que la tra­ve­sía sea más se­gu­ra. Te­ne­mos que en­con­trar for­mas le­ga­les de que los re­fu­gia­dos ven­gan a Eu­ro­pa. Y te­ne­mos que me­jo­rar las con­di­cio­nes de vi­da de la gen­te en sus paí­ses de ori­gen. Has­ta que eso se con­si­ga, lo que ri­ge es la ley del mar, que aquí to­dos los pes­ca­do­res res­pe­tan des­de ha­ce si­glos: a los náu­fra­gos se los ayu­da. Es una ley sen­ci­lla que a ve­ces, creo yo, en tie­rra fir­me se les ol­vi­da. XL. Los go­bier­nos con­ser­va­do­res y los par­ti­dos de de­re­cha eu­ro­peos de­fien­den una po­lí­ti­ca de di­sua­sión. ¿Qué opi­na us­ted al res­pec­to? P.B. A mu­chos re­fu­gia­dos les pi­do que me cuen­ten sus his­to­rias. Son per­so­nas que han su­fri­do gue­rras, ham­bre, ma­los tra­tos… o que sim­ple­men­te no veían un fu­tu­ro en su país. Han cru­za­do a pie el Sáha­ra, han pa­sa­do años es­cla­vi­za­dos en Li­bia. Los han gol­pea­do y vio­la­do, se han gas­ta­do todo su di­ne­ro en el via­je. No quie­ren in­va­dir­nos. Lo que quie­ren es vi­vir aquí con dig­ni­dad. Eso es todo. XL. ¿En­tien­de que ha­ya mu­cha gen­te que sien­ta mie­do ante las al­tas ci­fras de re­fu­gia­dos? P.B. Sí, lo pue­do en­ten­der. A ve­ces, por cul­pa de las no­ti­cias, a los re­fu­gia­dos no se los per­ci­be co­mo per­so­nas, sino so­lo co­mo ci­fras, y se ge­ne­ra esa im­pre­sión de que se es­tá pro­du­cien­do una in­va­sión. Pe­ro so­lo in­va­de un enemi­go que es más fuer­te, por su ar­ma­men­to o por su sim­ple nú­me­ro. Y es­ta gen­te no es más fuer­te que no­so­tros. Tam­po­co nos su­pe­ran en nú­me­ro. Y, so­bre todo, no son nues­tros enemi­gos. Son víc­ti­mas. Son vul­ne­ra­bles, igual que no­so­tros. Y son mu­chos me­nos. En la Unión Eu­ro­pea vi­ven 500 mi­llo­nes de per­so­nas. En 2016 han lle­ga­do unos 350.000

Qre­fu­gia­dos por mar. Un re­fu­gia­do nue­vo por ca­da 1400 eu­ro­peos. Es co­mo una per­so­na más en un pue­blo en­te­ro. ¿Eso nos tie­ne que dar mie­do? XL. ¿Có­mo ha cam­bia­do su vi­da a con­se­cuen­cia de los re­fu­gia­dos? P.B. No lo sé, so­lo co­noz­co es­ta vi­da. Adop­té a un ni­ño que lle­gó por mar. Ha­ce un par de años me dio un in­far­to. Y a ve­ces pien­so que no pue­do con todo. Pe­ro ¿ve esas dos ca­jas gran­des de ahí, lle­nas de ju­gue­tes? Son do­na­cio­nes que man­dan des­de todo el mun­do. La mi­tad es pa­ra los re­fu­gia­dos, la otra mi­tad es pa­ra el co­le­gio de Lam­pe­du­sa. Me pa­re­ce bien, tam­bién ne­ce­si­tan ju­gue­tes. XL. Des­pués de todo lo que ha vis­to, ¿se ha acos­tum­bra­do a su tra­ba­jo? P.B. Me lo di­ce mu­cho la gen­te: «Bah, se­gu­ro que ya te has acos­tum­bra­do». Me ayu­da­ría mu­cho ha­ber­me acos­tum­bra­do. Ha­ce un par de años es­ta­ba en el mue­lle y lle­gó una mu­jer que tam­bién ha­bía da­do a luz a un be­bé en el mar, so­lo que es­ta vez am­bos ha­bían muer­to. Les pu­se a los dos en el mis­mo ataúd. To­da­vía es­ta­ban uni­dos por el cor­dón um­bi­li­cal, no los se­pa­ré. ¿Có­mo pue­de al­guien acos­tum­brar­se a co­sas co­mo esa? No te acos­tum­bras a la pro­fa­na­ción que sig­ni­fi­ca te­ner que cor­tar un de­do o una ore­ja de un ca­dá­ver y man­dar­lo al la­bo­ra­to­rio a que re­gis­tren su ADN, pa­ra que los pa­dres ten­gan la cer­te­za de que su hi­jo falleció. Ca­da vez que abro una de las bol­sas verdes en las que se me­te a los ca­dá­ve­res es co­mo si fue­se la pri­me­ra vez. XL. ¿Su tra­ba­jo le per­si­gue en sus sue­ños? P.B. Sue­ño mu­cho. No son sue­ños bue­nos. A ve­ces to­da­vía sue­ño que me cai­go por la bor­da, so­lo que aho­ra na­die vie­ne a res­ca­tar­me. Una pe­sa­di­lla. Pe­ro se han ido su­man­do otras pe­sa­di­llas nue­vas. Hay un sue­ño que me acom­pa­ña des­de ha­ce años. Subo a un bar­co de re­fu­gia­dos, ayu­da­mos a la gen­te a pa­sar a la pa­tru­lle­ra. Ve­mos que de­ba­jo de los re­fu­gia­dos hay otra cu­bier­ta. Abri­mos la es­co­ti­lla y bus­ca­mos su­per­vi­vien­tes. Pe­ro no hay su­per­vi­vien­tes. Los muer­tos no son adul­tos, son chi­cos y chi­cas. Ten­go que ca­mi­nar so­bre los ca­dá­ve­res por­que no hay si­tio. Veo en las pa­re­des hue­llas de ma­nos, son de co­lor ro­jo. Cuan­do me acer­co, me doy cuen­ta de que son de san­gre. Hue­llas de ma­nos en­san­gren­ta­das. Es­tas per­so­nas que­rían sa­lir y se han des­tro­za­do las ma­nos en el in­ten­to. Pe­ro des­gra­cia­da­men­te no es una pe­sa­di­lla. Me pa­só real­men­te ha­ce aho­ra seis años. XL. Pa­re­ce us­ted can­sa­do. P.B. ¿Can­sa­do? Cla­ro que es­toy can­sa­do. Es­pe­ro que es­te tra­ba­jo se aca­be ya de una vez. Pe­ro soy mé­di­co. Ten­go que con­ti­nuar.

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