Desa­yuno de do­min­go con… Car­men Li­na­res.

Car­men Li­na­res

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario -

Li­na­res (Jaén), 1951. Can­tao­ra y ma­dre de tres hi­jos. Pre­sen­to el dis­co-li­bro 'Ver­so a ver­so, ho­me­na­je al 75.º aniver­sa­rio de Mi­guel Her­nán­dez' en el Cir­co Pri­ce (Ma­drid) el 26 de enero. En fe­bre­ro sa­le a la ven­ta.

Xl­se­ma­nal. ¿Qué ha­ce sa­can­do un dis­co tan bo­ni­to des­pués de Re­yes...? Car­men Li­na­res. Es un dis­co atem­po­ral: no pa­sa­rá de mo­da pa­ra quien le in­tere­se el fla­men­co y le gus­te la poe­sía de Mi­guel Her­nán­dez. XL. No es us­ted la fla­men­ca tí­pi­ca: ojos cla­ros, dic­ción per­fec­ta, voz ra­ja­da pe­ro no bron­ca; no se apa­lea el pe­cho, no se tra­ga sí­la­bas… No sé si es­to es un pi­ro­po. C.L. Di­cen que se me en­tien­de cuan­to can­to y lo agra­dez­co: bus­co cui­dar las le­tras del fla­men­co, que son ex­tra­or­di­na­rias. Y soy atí­pi­ca, sí; no soy el pro­to­ti­po de can­tao­ra ra­cial. XL. Can­ta des­de los 9 años y cum­pli­rá 50 so­bre el es­ce­na­rio, ¿se las sa­be to­das? C.L. ¡Qué va! Siem­pre se apren­de al­go. Ha ido to­do muy rá­pi­do, pe­ro he vi­vi­do mu­chas co­sas: mo­men­tos muy di­fí­ci­les, muy dra­má­ti­cos y muy fe­li­ces. Hu­bo de to­do. Mi vi­da ha si­do ple­na. XL. Em­pe­zó bai­lan­do en ta­blaos de Ma­drid, hoy lle­nos de tu­ris­tas co­mien­do ja­món... C.L. An­tes tam­bién. Ha­bía un pa­se pa­ra tu­ris­tas y lue­go, so­bre las 12, sa­lían Ca­ma­rón, Mo­ren­te, Se­rra­ni­to, La Per­la… XL. Su nom­bre es Car­men Pacheco, y Jua­ni­to Val­de­rra­ma se lo cam­bió por Car­men Li­na­res… ¡No se es­tru­jó el coco! C.L. Sí, pe­ro no lo hi­zo co­mo una proeza [ríe]. Po­ner­se el nom­bre del pue­blo de uno era tí­pi­co, so­bre to­do cuan­do de Li­na­res son tam­bién Rap­hael, An­drés Se­go­via, Pa­lo­mo Li­na­res… Sa­le mu­cho ar­te de allí: so­mos muy echa­dos p'alan­te. XL. Es­tu­dió me­ca­no­gra­fía y ta­qui­gra­fía tras el ba­chi­lle­ra­to, pe­ro fue su pa­dre quien le di­jo que no se po­día des­per­di­ciar su ar­te. C.L. En las fa­mi­lias siem­pre ha­bía un pa­dre, un her­mano, un no­vio que te echa­ba pa­ra atrás si in­ten­ta­bas ser ar­tis­ta. A mí, al re­vés: mi pa­dre y mi ma­ri­do siem­pre me ani­ma­ron a ser can­tao­ra. He te­ni­do mu­chí­si­ma suer­te. XL. Sin em­bar­go, di­ce que no lle­va­ría a sus hi­jos a nin­gún con­cur­so de te­le­vi­sión. C.L. Yo par­ti­ci­pé en va­rios en la ra­dio y, si ga­na­ba, me da­ban una mu­ñe­ca. Tu­ve una in­fan­cia nor­mal. No pon­dría a un hi­jo mío a tra­ba­jar tan pron­to, aun­que sea can­tan­do. Los ni­ños tie­nen que ju­gar y es­tu­diar. El tra­ba­jo ya ven­drá. XL. Se di­ce que tie­ne el tras­te­ro más lu­jo­so de su co­mu­ni­dad de ve­ci­nos. C.L. ¡Ja­ja­ja! Es que ahí guar­do mu­chas pla­cas y pre­mios; pe­ro es­tán muy bien cui­da­dos. Me han da­do tan­tos ca­ta­vi­nos de Montilla y tan­tas es­cul­tu­ras que no me ca­ben en ca­sa. XL. ¿Es cier­to que no sa­be bai­lar se­vi­lla­nas? C.L. Sí, en una fies­ta bai­lo a mi ai­re. No dis­tin­go la pri­me­ra de la se­gun­da [ríe]. Cuan­do me ju­bi­le, qui­zá las apren­da.

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