El la­do más ín­ti­mo de Glo­ria Fuer­tes, en el cen­te­na­rio de su na­ci­mien­to

Sus poe­mas in­fan­ti­les acom­pa­ña­ron a to­da una ge­ne­ra­ción. Pe­ro Glo­ria Fuer­tes fue mu­cho más que 'Un glo­bo, dos glo­bos, tres glo­bos'. So­li­ta­ria, fe­mi­nis­ta, les­bia­na, com­pro­me­ti­da... Las he­re­de­ras de su le­ga­do nos des­ve­lan su la­do ín­ti­mo.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR FÁTIMA URIBARRI

Cuan­do sus ami­gos la vi­si­ta­ban en su pi­so, cer­ca de la Cas­te­lla­na, en Ma­drid, a me­nu­do le lle­va­ban una bo­te­lla de whisky (que le en­can­ta­ba) o un ju­go­so len­gua­do, pa­ra que ella no gas­ta­ra. Es­tos mis­mos ami­gos se que­da­ron ató­ni­tos cuan­do Glo­ria Fuer­tes mu­rió, en 1998, y su­pie­ron que te­nía cien mi­llo­nes de pe­se­tas en el ban­co, un di­ne­ral que le­gó en su tes­ta­men­to a La Ciu­dad de los Mu­cha­chos. De­vol­vía así a los ni­ños la for­tu­na que con­si­guió gra­cias a ellos.

EN ES­PA­ÑA, GLO­RIA FUER­TES era la de­cla­ma­do­ra de poe­mas pa­ra ni­ños que apa­re­cía en Un glo­bo, dos glo­bos, tres glo­bos (la le­tra de la sin­to­nía del pro­gra­ma era uno de sus poe­mas) o La man­sión de los Plaff. Glo­ria fue una su­per­es­tre­lla de la te­le y la ra­dio. «Era di­fí­cil an­dar con ella por la ca­lle, la pa­ra­ba to­do el mun­do», cuen­ta Pa­lo­ma Por­pet­ta, pre­si­den­ta de la Fun­da­ción Glo­ria Fuer­tes y he­re­de­ra, con su her­ma­na Mar­ta, de los de­re­chos de au­tor de la es­cri­to­ra. En el ex­tran­je­ro, sin em­bar­go, Glo­ria Fuer­tes es una poe­ta fun­da­men­tal de la pos­gue­rra es­pa­ño­la. En Es­ta­dos Uni­dos hay has­ta 12 es­tu­dio­sos es­pe­cia­li­za­dos en ella y do­ce­nas de te­sis doc­to­ra­les. Tam­bién la apre­cian en No­rue­ga: su fo­to ha ador­na­do la co­la de avio­nes

de la flo­ta de Nor­we­gian Air­li­nes. Hay se­su­dos es­tu­dios so­bre su poe­sía so­cial, su eta­pa de mi­li­tan­cia en el mo­vi­mien­to li­te­ra­rio del postis­mo o so­bre su es­pe­cial es­ti­lo que mez­cla lo real y lo fic­ti­cio, en su len­gua­je co­lo­quial y de­sen­fa­da­do, tan rompe­dor. Su obra es mu­cho más que La ga­ta chun­da­ra­ta y La oca lo­ca. Fue una fi­gu­ra de la li­te­ra­tu­ra de pri­mer or­den. «Ella y Ga­brie­la Mis­tral son las úni­cas mu­je­res in­clui­das en la an­to­lo­gía Nor­ton que agru­pa a cien poe­tas en len­gua cas­te­lla­na», cuen­ta Pa­lo­ma Por­pet­ta. Tam­bién Jai­me Gil de Bied­ma se­lec­cio­nó sus ver­sos en im­por­tan­tes co­lec­cio­nes en las que com­par­tió pro­ta­go­nis­mo con Gabriel Ce­la­ya (ami­go su­yo), Jo­sé Agustín Goy­ti­so­lo o Jo­sé Hie­rro. Fran­cis­co Nie­va (otro gran ami­go) ala­bó su «in­ven­ción de imá­ge­nes, de gi­ros y so­no­ri­da­des lle­nos de ca­li­dad y de sor­pre­sa».

POE­MAS AU­TO­BIO­GRÁ­FI­COS

So­li­ta­ria, re­li­gio­sa, les­bia­na, enamo­ra­di­za, sol­te­ra, fe­mi­nis­ta, fu­ma­do­ra em­pe­der­ni­da (mu­rió de cán­cer de pul­món), mo­te­ra (iba en Ves­pa en los años cin­cuen­ta), pa­ci­fis­ta, cas­ti­za, poe­ta (no 'poe­ti­sa', que no le gus­ta­ba esa pa­la­bra, cuen­ta Pa­lo­ma Por­pet­ta), to­do eso era Glo­ria Fuer­tes. Lo con­tó ella mis­ma en sus poe­mas, muy au­to­bio­grá­fi­cos, aun­que tam­bién me­tía 'mor­ci­llas' que le di­ver­tían. En mu­chos ver­sos des­nu­dó sus ver­da­des: sus amo­res, por ejem­plo. El pri­me­ro fue Ma­no­lo, su no­vio que se fue vo­lun­ta­rio a la gue­rra y no vol­vió. De él ha­bla en Car­ta de la eme: «Ma­no­lo mío: mi ma­dri­le­ño mar­cho­so, ma­du­ro me­lo­co­tón ma­lea­ble...». Im­por­tan­te fue Car­los Ed­mun­do de Ory, com­pa­ñe­ro li­te­ra­rio en el postis­mo. Se cru­za­ron poe­mas. A él le di­ce en Los bra­zos de­sier­tos: «¡Te quie­ro, aun­que la vi­da no lo quie­ra!». Pe­ro su gran amor fue una mu­jer, Phyllis Turn­bull, his­pa­nis­ta que co­no­ció en la se­de ma­dri­le­ña del Ins­ti­tu­to In­ter­na­cio­nal. Allí acu­dió Glo­ria en 1953 a es­tu­diar in­glés y bi­blio­te­co­no­mía. Phyllis y Glo­ria es­tu­vie­ron jun­tas 15 años. «No ocul­tó su les­bia­nis­mo, lo co­no­cían sus ami­gos y, aun­que en su obra ha­bla del amor en ge­ne­ral, a ve­ces lo men­cio­na, co­mo cuan­do di­ce 'me nom­bra­ron pa­tro­na de los amo­res prohi­bi­dos'», ex­pli­ca Pa­lo­ma Por­pet­ta. Phyllis le des­cu­brió las be­cas Full­bright. Gra­cias a una de ellas, Glo­ria –que no ha­bía es­tu­dia­do en la uni­ver­si­dad– se con­vir­tió en pro­fe­so­ra uni­ver­si­ta­ria de es­pa­ñol en Es­ta­dos Uni­dos de 1961 a 1963. La relación con Phyllis ter­mi­nó en 1970, un año des­pués mu­rió la nor­te­ame­ri­ca­na. Glo­ria que­dó de­vas­ta­da. Adel­ga­zó y plas­mó en sus poe­mas un do­lor des­ga­rra­dor. Era otra pérdida. «To­dos los míos han muer­to ha­ce años / y es­toy más so­la que yo mis­ma», la­men­ta en No­ta au­to­bio­grá­fi­ca. Los per­dió a to­dos. A An­ge­lín, el pe­que­ño de los cin­co her­ma­nos (Glo­ria era la cuar­ta), lo atro­pe­lla­ron cuan­do ella

En el ex­tran­je­ro se la va­lo­ra co­mo una poe­ta fun­da­men­tal de la pos­gue­rra es­pa­ño­la

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