Ávi­la y su Al­ma­cén

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Firmas - Por

ye­rra aquél que le ten­ga mie­do a Ávi­la por el frío in­vierno. Es un frío muy aco­ge­dor, se­co, cor­tan­te, va­so­cons­tric­tor, que in­vi­ta al vino y las co­sas. Cuan­do me acer­qué aún no se ha­bía ava­lan­za­do so­bre la Pe­nín­su­la la pa­sa­da ola de frío po­lar, pe­ro aun así los cue­llos pe­dían bu­fan­da. Un par de no­ches en el Pa­la­cio Los Ve­la­da, fren­te a la ca­te­dral de piedra san­gran­te, es buen abri­go pa­ra des­pués pa­sear la mu­ra­lla por to­do lo al­to. Ávi­la con­ser­va pri­mo­ro­sa­men­te los lien­zos y to­rreo­nes de los casi tres ki­ló­me­tros de pri­mo­ro­sa mu­ra­lla que ro­dea su cas­co cen­tral e his­tó­ri­co. Me pa­sa con es­ta obra del si­glo XII más o me­nos lo mis­mo que con el acue­duc­to de Se­go­via: me con­gra­tu­lo del mi­la­gro que su­po­ne que nin­gún mu­ní­ci­pe o re­ye­zue­lo en tan­tí­si­mos si­glos ha­ya de­ci­di­do ti­rar­los con la ex­cu­sa del progreso y de la nu­la ne­ce­si­dad de sus es­truc­tu­ras. El vien­to del nor­te vie­ne bra­vo, pe­ro el pa­seo y la vis­ta son con­mo­ve­do­res. Co­mo lo es la visita, que acon­se­jo len­ta, a una de las ca­te­dra­les más sor­pren­den­tes de la cris­tian­dad, la pri­me­ra de las gó­ti­cas, con apun­tes tam­bién re­na­cen­tis­tas, y con el re­cuer­do a Adol­fo Suá­rez en su claus­tro ba­jo el epi­ta­fio «la con­cor­dia fue po­si­ble». La fo­to­gra­fía de Ávi­la des­de Los Cua­tro Pos­tes es asom­bro­sa, fan­tás­ti­ca, in­creí­ble. Y al in­te­rior le su­ce­de otro­sí. Pa­sear la piedra abu­len­se en­tre las som­bras in­ter­mi­ten­tes de Te­re­sa de Ce­pe­da es es­tar in­vi­ta­do al per­ma­nen­te asom­bro. Hay que ir a Ávi­la a bus­car a San­ta Te­re­sa, en su ca­sa na­tal, en La En­car­na­ción o en San Jo­sé. O en las ye­mas. O en los pu­che­ros, don­de tam­bién es­tá Dios, a de­cir de la Doc­to­ra de la Igle­sia. Los pu­che­ros en Ávi­la me de­pa­ra­ron al­gu­nos gran­des mo­men­tos. Al igual que Gra­na­da o León, las con­su­mi­cio­nes en los ba­res abu­len­ses van acom­pa­ña­das de una tapa cor­te­sía de la ca­sa. Son ta­pas con­sis­ten­tes, ojo, no un pla­ti­to cual­quie­ra de ca­cahue­tes. En El To­rreón, fren­te a la ca­te­dral, un par de vinos me su­pu­sie­ron una pe­que­ña so­pa cas­te­lla­na y un mon­ta­di­to de car­ne de la tie­rra. Lue­go yo me cal­cé unas pa­ta­tas re­vol­co­nas que no se las sal­ta­ba cual­quie­ra. Y, ya pues­tos, un chu­le­tón. Y lue­go a pa­sear del Mer­ca­do Chi­co al Mer­ca­do Gran­de, las dos pla­zas cla­ves de Ávi­la, to­do tan cui­da­do y me­di­do, equi­li­bra­do, res­pe­tuo­so… has­ta que te en­cuen­tras con la ma­ma­rra­cha­da ar­qui­tec­tó­ni­ca de la que no se li­bra ciu­dad nin­gu­na: en la por­ti­ca­da pla­za gran­de, la de San­ta Te­re­sa, con el preciosista San Pe­dro al fon­do y la pro­pia puer­ta de la mu­ra­lla, al ar­qui­tec­to Mo­neo se le ocu­rrió di­se­ñar un edi­fi­cio inex­pli­ca­ble. El re­sul­ta­do es una abe­rra­ción, por muy ma­gis­tral que sea Mo­neo, que lo es y en más de una oca­sión me he pos­tra­do an­te obras su­yas. Co­mo es­cri­ben en un blog de ar­qui­tec­tu­ra, «Mo­neo es una va­ca sa­gra­da, sí, pe­ro tam­bién las va­cas ha­cen ca­ca». La po­lé­mi­ca en la ciu­dad fue in­men­sa y has­ta la pro­pia Unesco se lle­vó las ma­nos a la ca­be­za. Pe­ro ya es­tá he­cho. Me­nos mal que te­nía a mano El Al­ma­cén, de Isa­do­ra Beo­tas y Ju­lio Del­ga­do, al otro la­do del puen­te, en la Ávi­la Out­door. Vi­ví en esa ca­sa un par de mo­men­tos inol­vi­da­bles: el co­chi­ni­llo ca­ra­me­li­za­do me­jor que he pro­ba­do un mi vi­da y unos hue­vos con ca­ra­bi­ne­ros ab­so­lu­ta­men­te es­tu­pe­fa­cien­tes. An­tes lo di to­do con un ni­do de mor­ci­lla ex­cep­cio­nal y al­gu­na me­nu­den­cia más. Pe­ro ese co­chi­ni­llo se ha que­da­do a vi­vir con­mi­go. Des­hue­sar­lo, re­or­ga­ni­zar­lo, com­pac­tar­lo y lue­go ca­ra­me­li­zar­lo es un pro­ce­so de días, pe­ro va­le el es­fuer­zo si

Vi­ví en esa ca­sa un par de mo­men­tos inol­vi­da­bles: el co­chi­ni­llo ca­ra­me­li­za­do me­jor que he pro­ba­do [n mi vi­da

Qel re­ga­lo es el que es. Con las ca­be­zas de los ca­ra­bi­ne­ros Isa­do­ra ha­ce una suer­te de pil­pil, pa­cien­te­men­te, y si­túa un hue­vo con al­gu­nas pa­pas en lo al­to con re­sul­ta­do de­mo­le­dor. Gran bo­de­ga y tra­to ex­cep­cio­nal. Uno de esos si­tios que jus­ti­fi­can un via­je. Ávi­la me­re­ce un re­pa­so, unos días, un pa­seo, una evo­ca­ción se­gu­ra. Es una vis­ta aé­rea de una suer­te de mís­ti­ca. Pa­ra re­gre­sar per­ma­nen­te­men­te.

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