Mil días, to­dos igua­les en­tre

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine A Fondo -

sí. En el ins­tan­te en que su­po que ha­bía per­di­do a su mu­jer y a sus hi­jos, de 13 y 17 años, pa­ra Ghys­lain Wat­tre­los el tiem­po se de­tu­vo. Des­de en­ton­ces de­di­ca ca­da mi­nu­to a bus­car la ver­dad. El 4 de di­ciem­bre des­em­bar­có, jun­to con otros seis fa­mi­lia­res de víc­ti­mas del vue­lo MH370 de Ma­lay­sia Air­li­nes, en Madagascar. Las olas ha­bían lle­va­do has­ta allí unos res­tos que po­drían per­te­ne­cer al avión si­nies­tra­do. Ghys­lain no es el úni­co que con­ti­núa, in­can­sa­ble, su in­ves­ti­ga­ción. Tam­bién es­tán Gra­ce, Nat­han, Tang, Ng, Jiang Hui y Bais­han, chi­nos y ma­la­sios que han per­di­do a un pa­dre, a una ma­dre, a una es­po­sa, a un ma­ri­do, a un hi­jo... 239 per­so­nas des­apa­re­ci­das, en­tre pa­sa­je y tri­pu­la­ción. Wat­tre­los de­jó su tra­ba­jo co­mo ejecutivo en La­far­ge [mul­ti­na­cio­nal fran­ce­sa de ma­te­ria­les de cons­truc­ción] pa­ra de­di­car­se a in­ves­ti­gar qué pa­só. «Ten­go un hi­jo de 23 años que ha per­di­do a su ma­dre, a su her­mano y a su her­ma­na. Le de­bo res­pues­tas». Wat­tre­los es­cu­cha aten­to y ob­ser­va los ges­tos del ins­pec­tor ma­la­sio, el se­ñor Khan, que se ha reuni­do con ellos en Madagascar. «La ver­dad es que es ex­tra­ño que es­te hom­bre ha­ya ve­ni­do has­ta aquí –mur­mu­ra Wat­tre­los–. Pa­re­ce que Ma­la­sia es­tá cam­bian­do de es­tra­te­gia. Se es­tá dan­do cuen­ta de que no ten­drá ayu­da pa­ra avan­zar en la in­ves­ti­ga­ción. Aus­tra­lia, Es­ta­dos Uni­dos, Gran Bre­ta­ña... es­toy con­ven­ci­do de que es­tos paí­ses nos ocul­tan in­for­ma­ción». La no­che del 8 de mar­zo de 2014, el vue­lo MH370 cor­tó to­das sus co­mu­ni­ca­cio­nes ape­nas dos ho­ras des­pués de des­pe­gar de Kua­la Lum­pur con di­rec­ción a Pe­kín, pe­ro los sa­té­li­tes de la com­pa­ñía bri­tá­ni­ca In­mar­sat si­guie­ron de­tec­tan­do unos 'pings' o se­ña­les del avión du­ran­te las si­guien­tes cin­co ho­ras. In­mar­sat es una em­pre­sa de ser­vi­cios de sa­té­li­te con co­ber­tu­ra en casi to­do el pla­ne­ta. En­tre sus clien­tes des­ta­can las agen­cias gu­ber­na­men­ta­les. Los pings son sim­ples se­ña­les téc­ni­cas que no per­mi­ten de­ter­mi­nar la tra­yec­to­ria exac­ta de un vue­lo (es so­lo un men­sa­je de 'es­toy en­cen­di­do'), pe­ro gra­cias a es­tas se­ña­les se de­fi­nió un pe­rí­me­tro de bús­que­da. Cuan­do men­cio­na­mos In­mar­sat, Wat­tre­los es­bo­za una son­ri­sa iró­ni­ca. «Esa com­pa­ñía es­tá li­ga­da a los ser­vi­cios de in­te­li­gen­cia y re­tie­nen in­for­ma­ción», di­ce. El pe­rí­me­tro de bús­que­da se es­ta­ble­ció cer­ca de las cos­tas de Aus­tra­lia. Que los pri­me­ros res­tos del avión apa­re­cie­ran pró­xi­mos a Áfri­ca era ex­pli­ca­ble por las co­rrien­tes ma­ri­nas. Sin em­bar­go, de la trein­te­na de res­tos ya in­ven­ta­ria­dos, so­lo tres han si­do ofi­cial­men­te atri­bui­dos al Boeing des­apa­re­ci­do. Y esos tres fue­ron en­con­tra­dos al­re­de­dor de is­la Mau­ri­cio, la is­la Reunión y la is­la de Pem­ba, en aguas de Tan­za­nia. Es­te úl­ti­mo frag­men­to, un fla­pe­rón ex­te­rior de­re­cho, fue ob­je­to de una aten­ción es­pe­cial: es­ta­ba en po­si­ción re­trac­ta­da y eso sig­ni­fi­ca que el MH370 no ha­bría

in­ten­ta­do ame­ri­zar, sino que se ha­bría es­tre­lla­do des­cen­dien­do en es­pi­ral a gran ve­lo­ci­dad. Era una pis­ta, pe­ro in­su­fi­cien­te pa­ra res­pal­dar nin­gu­na teo­ría en con­cre­to. So­lo hay una co­sa so­bre la que to­dos los ex­per­tos pa­re­cen es­tar de acuer­do: lo qué su­ce­dió en el vue­lo MH370 aque­lla no­che fue un ac­to de­li­be­ra­do. ¿Pe­ro de quién y por qué?

TRA­BA­JAN­DO EN ELLO. En el ho­tel de Madagascar, el se­ñor Khan po­ne a dis­po­si­ción de los fa­mi­lia­res de las víc­ti­mas ma­pas cu­bier­tos por pun­tos blan­cos, los lu­ga­res en los que fla­pe­ro­nes, alas y ale­ro­nes po­drían en­ca­llar, se­gún los da­tos del ocea­nó­gra­fo aus­tra­liano Cha­rit­ha Pat­tia­rat­chi. En agos­to de 2014, su tra­ba­jo in­di­có ya una po­si­ble con­cen­tra­ción de res­tos al­re­de­dor de la is­la Reunión. El des­cu­bri­mien­to del fla­pe­rón un año des­pués le dio la ra­zón. Blai­ne Gib­son tam­bién re­fuer­za los da­tos del pro­fe­sor. Es­te an­ti­guo abo­ga­do es­ta­dou­ni­den­se, aho­ra aven­tu­re­ro y hom­bre de ne­go­cios, es un apa­sio­na­do del misterio del MH370: «Cuan­do el fla­pe­rón se en­con­tró en

"Aus­tra­lia, Es­ta­dos Uni­dos, Gran Bre­ta­ña... Es­tos paí­ses nos ocul­tan in­for­ma­ción. Es­toy con­ven­ci­do de que el avión fue abatido por un es­ta­do", di­ce el pa­dre de las víc­ti­mas

is­la Reunión, en ju­lio de 2015, su­pe que el avión se ha­bía es­tre­lla­do al oes­te del océano Ín­di­co –ex­pli­ca–. Des­de en­ton­ces bus­co sin des­can­so».

LOS MEN­SA­JES DE OTROS. Al fran­cés Ghys­lain Wat­tre­los le lle­gan nue­vos men­sa­jes cons­tan­te­men­te. «Las fa­mi­lias es­ta­mos en con­tac­to per­ma­nen­te –cuen­ta–. Pe­ro re­ci­bo, ade­más, mu­chos men­sa­jes de gen­te des­co­no­ci­da. Uno me di­ce que tie­ne in­for­ma­ción con­fi­den­cial; otro me acon­se­ja que des­con­fíe de al­guien...». Wat­tre­los tie­ne que le­van­tar­se tem­prano al día si­guien­te. Quie­re via­jar a Toa­ma­si­na, una ciu­dad por­tua­ria al es­te de Madagascar. Le es­pe­ra una nue­va no­che de in­som­nio. Des­de el 8 de mar­zo de 2014 no duer­me. Le da igual, di­ce que dor­mi­ta­rá en el avión. Es el úni­co si­tio en el que en­cuen­tra al­go de se­re­ni­dad. En Toa­ma­si­na en­ca­de­na­rá con­fe­ren­cias de pren­sa, reunio­nes con el al­cal­de, con los pes­ca­do­res. «Hay que crear una ca­de­na pa­ra en­con­trar los res­tos», re­pi­te. Su mo­ti­va­ción si­gue in­tac­ta. Wat­tre­los se acuer­da del día en que pu­so el pie en Madagascar por pri­me­ra vez: fue ha­ce 30 años, en un via­je de ena­mo­ra­dos con su mu­jer. Su te­lé­fono lo in­te­rrum­pe. Es Blai­ne Gib­son. Aca­ban de des­cu­brir un tro­zo de pe­cio en Ria­ke Beach, a 122 ki­ló­me­tros de allí: su es­truc­tu­ra en ni­do de abe­ja in­di­ca que es la de un Boeing 777. El 16 de agos­to apa­re­ció otro res­to si­mi­lar cer­ca. «Es­pe­re­mos que es­tos tro­zos no aca­ben en ma­las ma­nos –di­ce Wat­tre­los–. Me nie­go a que se lo en­tre­guen a las au­to­ri­da­des ma­la­sias. Nun­ca sa­bes en quién pue­des con­fiar». Ca­da vez es­tá más con­ven­ci­do de que no so­lo cuen­ta con alia­dos en es­ta bús­que­da. «Un avión no des­apa­re­ce así co­mo así –re­fle­xio­na–. En mi opi­nión, fue abatido por un Es­ta­do que ac­tual­men­te se nie­ga a re­co­no­cer­lo».

"Ten­go un hi­jo de 23 años que ha per­di­do a su ma­dre, a su her­mano y a su her­ma­na. Le de­bo res­pues­tas"

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