Da­vid Gis­tau "Yo no soy dó­cil ni con los po­lí­ti­cos ni con los edi­to­res. No me he arru­ga­do nun­ca"

Es el 'en­fant te­rri­ble' de su ge­ne­ra­ción, el áci­do ar­ti­cu­lis­ta y ter­tu­liano que cam­bió en los no­ven­ta la for­ma de ha­cer aná­li­sis po­lí­ti­co en los me­dios. Da­vid Gis­tau nos re­ci­be en su ca­sa pa­ra ha­blar de to­do ello y de su nue­va no­ve­la: 'Gol­pes ba­jos'.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Entrevista - POR VIR­GI­NIA DRA­KE / FO­TO­GRA­FÍA: AN­TÓN GOI­RI

De ma­dre fran­ce­sa, Da­vid Gis­tau fue edu­ca­do en el co­le­gio Saint-exu­péry de Ma­drid. Tie­ne 46 años, es­po­sa ar­gen­ti­na y cua­tro hi­jos. De guio­nis­ta de sket­ches te­le­vi­si­vos pa­só a ejer­cer de co­rres­pon­sal y re­dac­tor en va­rios de los prin­ci­pa­les pe­rió­di­cos es­pa­ño­les, des­de cu­yas pá­gi­nas se con­vir­tió en po­co tiem­po en el en­fant te­rri­ble de su ge­ne­ra­ción, con su ma­ne­ra pro­caz y pre­coz de ana­li­zar la po­lí­ti­ca. Asi­duo ter­tu­liano y ar­ti­cu­lis­ta de los más des­ta­ca­dos me­dios –ABC, COPE, On­da Ce­ro, Te­le­cin­co–, aca­ba de pu­bli­car su ter­ce­ra no­ve­la, Gol­pes ba­jos (La Es­fe­ra de los Li­bros), de la que nos ha­bla en es­te en­cuen­tro que man­tu­vi­mos en su ca­sa ma­dri­le­ña. Xlse­ma­nal. Cuan­do em­pe­zó a des­ta­car en es­ta pro­fe­sión, era el chi­co ma­lo e irre­ve­ren­te que se atre­vía con to­do. ¿Es la nue­va for­ma de ha­cer pe­rio­dis­mo? Da­vid Gis­tau. Fue in­vo­lun­ta­rio, yo no bus­ca­ba po­ses. Creo que in­vo­lun­ta­ria­men­te hi­ce al­go nue­vo. Ve­nía de ha­cer chis­tes en el pro­gra­ma de Pepe Na­va­rro y, de un día pa­ra otro, me die­ron una co­lum­na po­lí­ti­ca. Se creó una fi­gu­ra un po­co ex­cén­tri­ca sin que yo me pro­pu­sie­ra ser­lo. XL. El pe­rio­dis­mo es una pro­fe­sión muy vo­ca­cio­nal. Sin em­bar­go, pa­re­ce que en su caso fue casi por ca­sua­li­dad. D.G. Yo me hi­ce pe­rio­dis­ta pa­ra di­ver­tir­me. Me di­je­ron que te­nía que tra­ba­jar en la sec­ción de es­pec­tácu­los por­que es don­de es­ta­ba la fies­ta, te acos­ta­bas tar­de, ibas a es­tre­nos, be­bías y co­no­cías mu­je­res, ac­tri­ces… XL. Su pa­dre tra­ba­ja­ba en el dia­rio Pue­blo, ¿por él to­mó con­tac­to con es­ta pro­fe­sión? D.G. Mi pa­dre era abo­ga­do, un se­ñor se­rio y en­cor­ba­ta­do que en­tró en un pe­rió­di­co y se jun­tó con la ca­na­lles­ca, y eso aca­bó con su tie­su­ra y con su ma­tri­mo­nio. Me me­tió en ese am­bien­te, me lo dio a co­no­cer y a mí me fas­ci­nó. XL. ¿Por qué no aca­bó la ca­rre­ra? D.G. Por­que me pu­se a tra­ba­jar y ter­mi­né de­ján­do­la col­ga­da. Es al­go que me re­pro­cho, no es un ejem­plo que se­guir. XL. ¿Lo pien­sa aho­ra por­que tie­ne tres hi­jos? D.G. Cua­tro. La pe­que­ña tie­ne un mes y el ma­yor, sie­te años. Con cier­ta edad y cua­tro hi­jos, se­guir im­pos­tan­do ser bohe­mio te con­vier­te en un idio­ta. Yo no es­toy en ese es­ta­dio de vi­da. Cuan­do lo es­tu­ve, lo apu­ré, lo vi­ví y lo dis­fru­té; pe­ro aho­ra es­toy en otro. XL. Así que ejer­ce de pa­dre res­pon­sa­ble. D.G. Sí; yo soy pa­dre vo­ca­cio­nal por­que, ade­más, lo fui tar­dío. Mi pri­mer hi­jo lo tu­ve con 39 años y la pe­que­ña la he te­ni­do con 46. A mí la pa­ter­ni­dad no vino a aguar­me la fies­ta, la fies­ta ha­bía ter­mi­na­do ya. XL. Se ca­sa con una por­te­ña, y Ar­gen­ti­na em­pa­pa sus li­bros y sus co­lum­nas. ¿Có­mo co­no­ció a su mu­jer? D.G. En 2001 fui a Bue­nos Ai­res a vi­si­tar a un ami­go y la co­ne­xión con la ciu­dad fue tan in­ten­sa que me que­dé a vi­vir seis años. A mi mu­jer la co­no­cí en la sa­la de es­pe­ra del den­tis­ta. XL. ¡Qué mal si­tio! D.G. Ma­lí­si­mo, sí. Nos cru­za­mos va­rias ve­ces en­tran­do y sa­lien­do con la bo­ca he­cha pol­vo y nos pre­gun­tá­ba­mos si do­lía mu­cho o no. Y el flechazo en nues­tro caso fun­cio­nó. XL. Pa­ra us­ted, Pa­co Um­bral fue un cla­ro re­fe­ren­te del pe­rio­dis­mo. D.G. Sí, yo fui uno de los chi­cos que en los no­ven­ta sen­tían fas­ci­na­ción por Um­bral. Lue­go tu­ve una re­la­ción per­so­nal con él sin­ce­ra y tar­día, por­que ya es­ta­ba muy ma­yor y en­fer­mo. Al fi­nal, mi re­la­ción no se ba­sa­ba en la ad­mi­ra­ción li­te­ra­ria ni éra­mos maes­tro y dis­cí­pu­lo, éra­mos sim­ple­men­te dos ami­gos. XL. Hoy pa­re­ce un chi­co bueno, pa­dre res­pon­sa­ble, dó­cil… D.G. Es la im­pos­ta­ción per­fec­ta a la sa­li­da de los tri­bu­na­les [ríe]. Bueno, en eso me he con­ver­ti­do, pe­ro yo no soy dó­cil tra­ba­jan­do y me­nos con el po­der. In­ten­to no ser dó­cil ni con los po­lí­ti­cos ni con los edi­to­res. Creo ser ca­paz de en­fren­tar­me a to­dos ellos pa­gan­do el pre­cio que ha­ya que pa­gar. So­lo soy dó­cil en mis re­la­cio­nes per­so­na­les. XL. ¿No ha te­ni­do que pa­sar por el aro con cua­tro hi­jos en ca­sa? D.G. Es­to es par­te del jue­go. Yo no me he arru­ga­do nun­ca. XL. Por­que es us­ted ri­co por su ca­sa, por­que he­re­dó de una tía en Cuen­ca… D.G. No, na­da de eso. Siem­pre he ju­ga­do a la ru­le­ta ru­sa y nun­ca me sa­lió ba­la. Por en­fren­tar­me a las co­sas, nun­ca he pa­ga­do un pre­cio tan gran­de co­mo el de no po­der tra­ba­jar. Si me pa­sa­ra eso aho­ra, me ren­di­ría, pe­ro de mo­men­to he ju­ga­do a es­te jue­go y me ha sa­li­do bien. La au­to­cen­su­ra y la aco­mo­da­ción con la ex­cu­sa de que ten­go hi­jos me pa­re­ce la per­ver­sión ma­yor del al­ma que pue­de ha­cer un pe­rio­dis­ta.

"El Gobierno ac­tual es es­pe­cial­men­te no­ci­vo pa­ra el pe­rio­dis­mo. Nun­ca co­mo aho­ra se lla­ma al pe­rió­di­co pa­ra ver si te des­pi­den o pa­ra que­jar­se de al­go" "En mi ca­sa vi­vi­mos del suel­do que yo traigo. Soy un ma­cho pro­vee­dor y ten­go que ma­tar bi­son­tes to­das las se­ma­nas"

XL. ¿Su mu­jer tra­ba­ja? D.G. No, aho­ra es­tá de­di­ca­da a los ni­ños. Ella es cantante de mu­si­ca­les. De he­cho, cuan­do nos co­no­ci­mos, es­ta­ba can­tan­do en Cats y yo tu­ve que ver la fun­ción cua­tro ve­ces se­gui­das has­ta con­se­guir lle­var­la a ce­nar. XL. Ha ejer­ci­do es­ta pro­fe­sión con tres pre­si­den­tes de Gobierno: Az­nar, Za­pa­te­ro y Ra­joy. ¿Qué tal le fue con ca­da uno? D.G. Nun­ca co­mo aho­ra se lla­ma al pe­rió­di­co pa­ra ver si te des­pi­den o pa­ra que­jar­se de al­go. El Gobierno ac­tual es es­pe­cial­men­te no­ci­vo pa­ra el pe­rio­dis­mo, es­toy seguro de ello. Y no le echo la cul­pa a Ra­joy por­que des­de­ña a los pe­rio­dis­tas, no le im­por­tan na­da. Yo le echo la cul­pa a la vi­ce­pre­si­den­ta y a la se­cre­ta­ria de Es­ta­do de Co­mu­ni­ca­ción. Creo que son dos per­so­nas ab­so­lu­ta­men­te re­pre­so­ras que reac­cio­nan con­tra el pe­rio­dis­ta y me cons­ta que han pe­di­do y ob­te­ni­do la sa­li­da o la en­tra­da de gen­te en los me­dios de co­mu­ni­ca­ción; in­clu­so que han cas­ti­ga­do a pe­rio­dis­tas, no me ca­be la me­nor du­da. XL. ¿Ha su­fri­do us­ted esa pre­sión? D.G. La he su­fri­do re­la­ti­va­men­te, tam­po­co me voy a mar­ti­ri­zar: ha ha­bi­do que­jas, in­ten­tos… pe­ro no he de­ja­do de tra­ba­jar nun­ca. No pre­ten­do con­ver­tir­me en un hé­roe de la li­ber­tad de ex­pre­sión; yo he te­ni­do una vi­da fá­cil en ese sen­ti­do, no me ha fal­ta­do tra­ba­jo y ha­go un po­co lo que quiero. XL. ¿Con Za­pa­te­ro le fue me­jor? D.G. Za­pa­te­ro pu­do ser un pre­si­den­te ne­fas­to en mu­chas co­sas, pe­ro fue un ti­po que acep­tó bas­tan­te bien el jue­go del pe­rio­dis­mo, de la crí­ti­ca y de de­jar en paz a la gen­te. XL. ¿Y con Az­nar? D.G. Con Az­nar yo era un pe­rio­dis­ta de­ma­sia­do jo­ven y, co­mo to­da­vía no es­ta­ba en cier­tas es­fe­ras, no me en­te­ré mu­cho de có­mo fun­cio­na­ba esa en­do­ga­mia. Aho­ra que es­toy me­ti­do en cier­tas po­ma­das y que ma­ne­jo más in­for­ma­ción, soy más cons­cien­te de cier­tas co­sas. XL. ¿Cree que tie­ne el su­fi­cien­te po­der pa­ra ser me­nos vul­ne­ra­ble? D.G. ¿Po­der? No. Creo que ten­go, co­mo mu­chos co­mu­ni­ca­do­res, ca­pa­ci­dad de inf­luen­cia en la gen­te y creo que ten­go cre­di­bi­li­dad pa­ra ejer­cer­la. Pe­ro de ahí a con­ver­tir­me en un pe­tu­lan­te que se sien­te ca­paz de cam­biar un Gobierno o la his­to­ria de un país... pues no. XL. ¿Hay so­bre­do­sis de opi­nión? D.G. ¡Sin du­da! Pa­re­ce que pa­ra ser al­guien den­tro del pe­rio­dis­mo es­pa­ñol tie­nes que emi­tir opi­nio­nes po­lí­ti­cas. XL. De­be de es­tar muy bien que a uno le pa­guen por pen­sar y con­tar su pa­re­cer. D.G. Ni si­quie­ra les pa­gan por pen­sar, les pa­gan por opi­nar, que es al­go mu­cho más sen­ci­llo que el pen­sa­mien­to. Es el tra­ba­jo ideal: te vas a to­mar un ca­fé a la ra­dio, te po­nen un mi­cró­fono y te de­di­cas a emi­tir opi­nio­nes li­ge­ras, lo mis­mo que si es­tu­vie­ras en un bar. Ideal, es ideal; pe­ro ad­mi­ra­ble no es. XL. Oi­ga, no se pa­se, que us­ted to­ma ca­fés en la ter­tu­lia de Car­los He­rre­ra, en la de Ana Ro­sa Quin­ta­na y vie­ne de las de Su­san­na Gri­so y Car­los Al­si­na. D.G. A la de Ana Ro­sa he ido una vez y no sé si voy a se­guir. A mí la te­le no

me gus­ta mu­cho. Raúl del Po­zo di­ce: «Un me­dio en el que se fi­jan más en tu cha­que­ta que en tu fra­se no es pa­ra no­so­tros». XL. ¿Có­mo an­da de au­to­es­ti­ma? D.G. Nun­ca he te­ni­do pro­ble­mas de au­to­es­ti­ma por­que nun­ca he te­ni­do un al­to con­cep­to de mí mis­mo. A di­fe­ren­cia de lo que le pa­sa a mu­cha gen­te, no ten­go mi au­to­es­ti­ma de­po­si­ta­da en mi ofi­cio, por eso no he sa­cri­fi­ca­do na­da por ejer­cer­lo. Mis hi­jos no han de­ja­do de ver a su pa­dre por la no­che y mi fa­mi­lia no ha es­ta­do des­aten­di­da. XL. Qui­zá por­que no pi­sa la re­dac­ción. D.G. Yo no soy ese ti­po que se en­tre­ga en sa­cer­do­cio a la es­cri­tu­ra por­que es más im­por­tan­te in­clu­so que su fa­mi­lia. A mí no me vas a pi­llar en eso. XL. ¿Es ver­dad que se dio de ba­ja de Twit­ter pa­ra no leer crí­ti­cas, ni bue­nas ni ma­las? D.G. Es to­tal­men­te ver­dad. Me di de ba­ja de ese lin­cha­dor con­ti­nuo y me man­ten­go al mar­gen de lo que cuen­ten de mí en las re­des so­cia­les por­que me pa­re­ce más sa­lu­da­ble. No quiero una reac­ción –ni po­si­ti­va ni ne­ga­ti­va– a lo que yo ha­go, por­que no la ne­ce­si­to. XL. ¿Es una pose eso de no ir nun­ca a vo­tar y con­tar­lo? D.G. Es una reali­dad y lo con­té por­que me hi­cie­ron esa pre­gun­ta di­rec­ta. XL. Di­ce que no vo­ta por­que no mi­li­ta en nin­gún par­ti­do, pe­ro no ha­ce fal­ta mi­li­tar pa­ra vo­tar. D.G. Pe­ro sí creer­se lo que di­cen, ¿no? Yo no soy un an­ti­sis­te­ma, ojo. Pe­ro ¿por qué voy a vo­tar a unos se­ño­res que ca­da vez que sa­len en te­le­vi­sión se me po­ne una me­dia son­ri­sa de ‘no te creo’? XL. ¿Qui­zá por­que hay que ser prác­ti­co y vo­tar al mal me­nor? ¿Por qué es me­jor de­ci­dir a que de­ci­dan por ti? ¿Por qué es un ejer­ci­cio de res­pon­sa­bi­li­dad? D.G. Ad­mi­to que hay mo­men­tos es­pa­ño­les –y es­te es uno de ellos– en los que hay que te­ner más com­pro­mi­so cí­vi­co del que ten­go, lo ad­mi­to; so­bre to­do si pue­des dar un vo­to de con­ten­ción a co­sas que te re­sul­tan pe­li­gro­sas. Yo vo­ta­ría con­tra Po­de­mos, por ejem­plo, por­que es un pe­li­gro pa­ra mi vi­da; lo que no quie­re de­cir que vo­ta­ría en­tu­siás­ti­ca­men­te al PP o al PSOE. Me gus­ta más el vo­to en con­tra que el vo­to de con­vic­ción. XL. Di­ce que ha vuel­to a bo­xear. ¿Cuán­do em­pe­zó? D.G. Yo bo­xea­ba con 15 años con los chi­cos del ba­rrio. XL. Pe­ro si us­ted no es un chi­co de ba­rrio. D.G. Soy un chi­co de ba­rrio, pe­ro no de ba­rrio chun­go. XL. Hay es­cri­to­res que se am­pa­ran en la no­ve­la pa­ra lan­zar dar­dos en­ve­ne­na­dos con­tra per­so­na­jes muy co­no­ci­dos. Y en su úl­ti­mo li­bro hay cla­ros ejem­plos. No sé yo si en la Ca­sa de Al­ba van a es­tar muy con­ten­tos con su lec­tu­ra. D.G. En es­ta no­ve­la, to­do es fic­ción. Yo no sé na­da de esa gen­te, no los co­noz­co ni sé de sus vi­das. Si los hu­bie­ra que­ri­do se­ña­lar, ha­bría puesto sus nom­bres. XL. En­tre sus per­so­na­jes hay una du­que­sa se­vi­lla­na que tie­ne un hi­jo que se de­di­ca a los ca­ba­llos; al que us­ted des­cri­be co­mo un fan­tas­ma, co­bar­de y de­ge­ne­ra­do, que or­ga­ni­za fies­tas mor­bo­sas en el pa­la­cio de su ma­dre. D.G. ¿Quie­re es­to de­cir que las co­sas que yo cuen­to son reales? Pues no. Ne­ce­si­ta­ba un cli­ché se­vi­llano que me vi­nie­ra bien pa­ra con­tar una his­to­ria in­ven­ta­da. ¿Tú crees que al­gún miem­bro de la fa­mi­lia Al­ba tie­ne ra­zo­nes pa­ra creer que yo he con­ta­do su vi­da en es­te li­bro? Si la gen­te no dis­tin­gue la fic­ción de un tra­ba­jo pe­rio­dís­ti­co, el pro­ble­ma lo tie­ne la gen­te, no yo. XL. Las mu­je­res tam­po­co sa­len muy bien pa­ra­das. Las que nos son pros­ti­tu­tas son am­bi­cio­sas pre­sen­ta­do­ras de te­le­vi­sión sin es­crú­pu­los, dis­pues­tas a ma­tar­se en­tre ellas. D.G. Es una no­ve­la ne­gra de gen­te jo­di­da a un la­do y a otro del mun­do so­cial. El gáns­ter sa­le mal, el du­que sa­le mal y las mu­je­res tam­bién. Pa­ra cum­plir una cuo­ta con el fe­mi­nis­mo, ¿de­bo me­ter una mu­jer im­pe­ca­ble en una his­to­ria en la que no ca­be? Pues no. XL. Dí­ga­me, ¿es us­ted un buen ti­po? D.G. Mmmm… Sí, yo creo que sí; aun­que soy un po­co co­lé­ri­co. XL. ¡Qué mie­do con ese ta­ma­ño! [1,86 me­tros y casi 100 ki­los]. D.G. No soy co­lé­ri­co en el as­pec­to fí­si­co, pe­ro soy muy in­to­le­ran­te con cier­tas co­sas y ten­go reac­cio­nes muy ‘ta­jan­tes’, que ma­ni­fies­to con mal ge­nio y que me lle­van a un pun­to don­de la di­plo­ma­cia no va­le. Me pue­do le­van­tar de pron­to y mar­char­me de un pro­gra­ma en di­rec­to por­que me da to­do igual. XL. ¿Pa­ra cuán­do esa no­ve­la so­bre Bue­nos Ai­res? D.G. No lo sé. A lo me­jor no vuel­vo a es­cri­bir un li­bro nun­ca más. Es un tra­ba­jo muy jo­di­do, y es­cri­bir li­bros no es mi pro­fe­sión. A lo me­jor es­ta no­ve­la no le gus­ta un ca­ra­jo a na­die… Y, si es así, ¿pa­ra qué se­guir? XL. ¿Se ven­die­ron bien sus otros li­bros? D.G. No. Yo no he ven­di­do bien un li­bro nun­ca. Cuan­do es­cri­bí los pri­me­ros, te­nía otra edad. En ca­sa vi­vi­mos del suel­do que yo traigo, no hay na­da guar­da­do. Soy un ma­cho pro­vee­dor y ten­go que ma­tar bi­son­tes to­das las se­ma­nas.

"No vo­to. ¿Por qué voy a vo­tar a unos se­ño­res que ca­da vez que sa­len por te­le­vi­sión se me po­ne una me­dia son­ri­sa de 'no te creo'?" "He si­do pa­dre tar­dío. A mí la pa­ter­ni­dad no vino a aguar­me la fies­ta, la fies­ta ha­bía ter­mi­na­do ya"

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