Ja­ne Goo­dall "Los hu­ma­nos, co­mo es­pe­cie, va­mos ha­cia atrás"

Es­ta mu­jer re­vo­lu­cio­nó nues­tras ideas so­bre los pri­ma­tes ha­ce seis dé­ca­das. Hoy, a sus 82 años, Ja­ne Goo­dall vi­ve en­tre­ga­da a una cau­sa ca­da vez más ur­gen­te: sal­var el pla­ne­ta. Sa­be que no lo tie­ne na­da fá­cil.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Conocer Primatología - POR FER­NAN­DO GOITIA / FO­TO­GRA­FÍA: CAR­LOS LU­JÁN

ES SU VOZ, SU MI­RA­DA, esa paz in­te­rior, esa cal­ma pro­fun­da; tam­bién sus ma­nos, su cuer­po apa­ren­te­men­te frá­gil, pe­ro aún dis­pues­to, a sus casi 83 años, pa­ra en­ca­de­nar via­jes por el mun­do sin ape­nas des­can­so. Ja­ne Goo­dall hip­no­ti­za a su au­dien­cia. Y lo sa­be, apro­ve­cha ese don –así lo lla­ma ella– pa­ra re­clu­tar mi­llo­na­rios por la de­fen­sa de la na­tu­ra­le­za y edu­car a ni­ños y jó­ve­nes en el cui­da­do ur­gen­te del pla­ne­ta. Es­ta pri­ma­tó­lo­ga bri­tá­ni­ca, con­ser­va­cio­nis­ta y Men­sa­je­ra de la Paz de Na­cio­nes Uni­das, cu­yas an­dan­zas en­tre chim­pan­cés, allá por 1960, la con­vir­tie­ron en un icono mun­dial, re­pre­sen­ta co­mo na­die la de­fen­sa de la bio­di­ver­si­dad. Apro­ve­chan­do su bre­ve pa­so por Ma­drid, don­de re­co­gió el Pre­mio a la Per­so­na­li­dad Am­bien­tal del Año, en­tre­ga­do por Eco­vi­drio, com­par­tió re­cuer­dos e in­quie­tu­des con Xlse­ma­nal. Xlse­ma­nal. Di­ce us­ted que he­mos fa­lla­do co­mo es­pe­cie... Ja­ne Goo­dall. Sí. Más que evo­lu­cio­nar, va­mos ha­cia atrás. ¿Có­mo es po­si­ble que la cria­tu­ra más in­te­li­gen­te que ha pi­sa­do es­te pla­ne­ta es­té des­tru­yen­do su pro­pio ho­gar? XL. Qui­zá no sea­mos tan in­te­li­gen­tes... J.G. [Se ríe]. Des­de lue­go, en eso no lo de­mos­tra­mos. Su­fri­mos una des­co­ne­xión en­tre el ce­re­bro y el co­ra­zón. XL. La His­to­ria de la hu­ma­ni­dad no mues­tra esa co­ne­xión de la que ha­bla. Es más un re­la­to de cruel­dad y lu­chas de po­der... J.G. Cier­to, pe­ro siem­pre, en to­das las épo­cas, hay per­so­nas ex­cep­cio­na­les que han ido de­fi­nien­do eso que lla­ma­mos hu­ma­ni­dad: Man­de­la, Ghan­di... XL. O us­ted... J.G. ¿Yo? [Se ríe]. Mi tra­ba­jo, si aca­so, es for­mar, a tra­vés de la edu­ca­ción, a más gen­te co­mo ellos. Al na­cer, re­ci­bí dos do­nes: un cuer­po re­sis­ten­te que con casi 83 me per­mi­te se­guir

lu­chan­do, y el otro es la co­mu­ni­ca­ción. Siem­pre he si­do muy tí­mi­da... XL. Na­die lo di­ría... J.G. Pues es así. Aho­ra bien, cuan­do subo a un es­tra­do pa­ra ha­blar an­te una gran au­dien­cia, es di­fe­ren­te. En­ton­ces sur­ge la ma­gia y la otra Ja­ne acu­de en mi ayu­da [se ríe]. XL. ¿Y cuán­do na­ció esa otra Ja­ne? ¿En­tre chim­pan­cés qui­zá allá por 1960? J.G. Al­go nue­vo na­ció en­ton­ces, eso seguro. No pa­sas por una ex­pe­rien­cia co­mo esa y sigues igual... XL. A us­ted la en­vió a es­tu­diar a los chim­pan­cés Louis Lea­key. El cien­tí­fi­co que si­tuó en Áfri­ca el ori­gen del ser hu­mano con­fió en us­ted, una jo­ven sin ex­pe­rien­cia ni tí­tu­los. ¿Así de sen­ci­llo? J.G. Pues sí. Ni si­quie­ra me dio con­se­jos. Sim­ple­men­te: «Ve allí, Ja­ne, y apren­de to­do lo que pue­das» [son­ríe]. Y eso hi­ce. Yo no te­nía mé­to­do cien­tí­fi­co. Te­nía, eso sí, cua­der­nos de no­tas, unos bi­no­cu­la­res y mi fas­ci­na­ción por la vi­da sal­va­je [ríe]. XL. Años des­pués, Lea­key en­vió a Dian Fos­sey con los go­ri­las a Ruan­da [la pe­lí­cu­la Go­ri­las en la niebla cuen­ta su his­to­ria] y a Bi­ru­tè Gal­di­kas con los oran­gu­ta­nes a Bor­neo. Tres mu­je­res... J.G. Él creía que las mu­je­res so­mos me­jo­res ob­ser­va­do­res. Pa­ra ser una bue­na ma­dre hay cier­tas cua­li­da­des fun­da­men­ta­les: pa­cien­cia, em­pa­tía, ob­ser­va­ción y ha­bi­li­dad pa­ra man­te­ner uni­da a la fa­mi­lia. Pues bien, to­das esas cua­li­da­des ayu­dan a ob­ser­var a un gru­po de ani­ma­les. Prin­ci­pal­men­te, la pa­cien­cia. XL. Us­ted tie­ne un hi­jo. ¿Ob­ser­var a las chim­pan­cés, su mo­do de ser ma­dres, fue una inf­luen­cia en ese as­pec­to? J.G. ¡Oh, sí, mu­chí­si­mo! Las ma­dres chim­pan­cés son pa­cien­tes y pro­tec­to­ras, pe­ro sin lle­gar a la so­bre­pro­tec­ción. Son to­le­ran­tes, pe­ro sa­ben im­po­ner dis­ci­pli­na. Son ca­ri­ño­sas, jue­gan con sus pe­que­ños. Y lo más im­por­tan­te: los apo­yan en to­do mo­men­to. Si, por ejem­plo, se pe­lean con otro ejem­plar, aun­que sea un in­di­vi­duo de ma­yor ran­go o edad, no du­dan en in­ter­ve­nir a fa­vor de su hi­jo. Cuan­do yo fui ma­dre, di­ga­mos que fui del ti­po de las que co­gían a su hi­jo en bra­zos cuan­do llo­ra­ba [se ríe]. XL. Re­pa­san­do la cro­no­lo­gía de sus ob­ser­va­cio­nes, pa­cien­cia a us­ted, des­de lue­go, no le fal­tó... J.G. Pues sí, por­que lle­gué el 4 de ju­lio a Gom­be [en Tan­za­nia] y has­ta el 30 de oc­tu­bre no ob­ser­vé el pri­mer gran ha­llaz­go, cuan­do los vi co­mer car­ne, des­mon­tan­do la idea de que los chim­pan­cés eran ve­ge­ta­ria­nos. Fue­ron días muy ex­ci­tan­tes: cin­co días des­pués vi a dos de ellos fa­bri­car he­rra­mien­tas pa­ra ex­traer ter­mi­tas de sus ni­dos. Aque­llo echa­ba aba­jo la idea de que so­lo los hu­ma­nos so­mos ca­pa­ces de crear he­rra­mien­tas. XL. Us­ted es la úni­ca per­so­na que ha si­do acep­ta­da por un gru­po de chim­pan­cés... J.G. ¡Casi me cos­tó más que me acep­ta­ran los cien­tí­fi­cos! [Se ríe]. Cuan­do fui a Cam­brid­ge –pa­ra sa­car­me un doc­to­ra­do en eto­lo­gía–, me re­ci­bie­ron con un: «¡Lo que us­ted ha he­cho no es cien­cia! No pue­de po­ner­les nom­bres a los chim­pan­cés. De­be nu­me­rar­los. Tam­po­co pue­de ha­blar so­bre la per­so­na­li­dad de ca­da uno ni afir­mar que po­sean un pen­sa­mien­to ra­cio­nal. Y, des­de lue­go, no di­ga que sien­ten emo­cio­nes. To­do eso es ex­clu­si­vo de los hu­ma­nos. ¿Lo ha en­ten­di­do?». XL. Pe­ro us­ted no lo en­ten­dió... J.G. ¿Sa­bes qué? En el fon­do sa­bían que te­nía ra­zón, pe­ro, cla­ro, te­nían que de­cir: «No po­de­mos pro­bar­lo. Por lo tan­to, no exis­te». XL. Hoy sue­na ex­tra­ño que se nie­guen emo­cio­nes a un si­mio o a un pe­rro...

"El mun­do se es­tá con­vir­tien­do en un lu­gar que da mu­cho mie­do. Ne­ce­si­ta­mos que la gen­te se mo­vi­li­ce"

J.G. Sí, ya na­die se lo cues­tio­na. Hay cien­tí­fi­cos que es­tu­dian la in­te­li­gen­cia en aves, pul­pos y en to­do ti­po de cria­tu­ras, pe­ro las co­sas eran muy dis­tin­tas en­ton­ces... La gen­te jo­ven no pue­de ima­gi­nar cuán­to. XL. ¿Cree que, en aquel en­ton­ces, ca­re­cer de co­no­ci­mien­tos y mé­to­do cien­tí­fi­co la ayu­dó en su in­ves­ti­ga­ción? J.G. Lo hi­zo to­do más in­tui­ti­vo. Mi gran inf­luen­cia, un pro­fe­sor muy es­pe­cial que tu­ve en mi in­fan­cia, fue mi pe­rro Rusty. Me en­se­ñó que los ani­ma­les tie­nen emo­cio­nes y que aque­llos cien­tí­fi­cos es­ta­ban equi­vo­ca­dos. Esa con­vic­ción me dio el co­ra­je pa­ra acer­car­me a los chim­pan­cés y ver­los de un mo­do más hu­mano. XL. Los cien­tí­fi­cos sue­len ha­cer­se más pre­gun­tas so­bre la na­tu­ra­le­za que el res­to de los mor­ta­les. ¿Re­cuer­da cuál fue la pri­me­ra pa­ra us­ted?

"¡Me cos­tó más que me acep­ta­ran los cien­tí­fi­cos que los chim­pan­cés! Me de­cían que yo no ha­cía cien­cia"

J.G. ¿De dón­de sa­len los hue­vos de las ga­lli­nas? Con cua­tro años. Pa­sé cua­tro ho­ras es­con­di­da den­tro del ga­lli­ne­ro es­pe­ran­do a que una pu­sie­ra un hue­vo. Mi ma­dre es­tu­vo a pun­to de lla­mar a la Po­li­cía, cla­ro [se ríe]. Por suer­te tu­ve una ma­dre ma­ra­vi­llo­sa y com­pren­si­va que, en vez de echar­me la bron­ca, cuan­do apa­re­cí, se sen­tó a es­cu­char mi fas­ci­nan­te his­to­ria so­bre lo que aca­ba­ba de pre­sen­ciar. XL. Ha­bla de su ma­dre con de­vo­ción... J.G. ¿Tú te ima­gi­nas a una chi­ca di­cién­do­le a su ma­dre en los años cua­ren­ta o cin­cuen­ta: «Ma­má, quiero vi­vir en Áfri­ca pa­ra ob­ser­var y es­cri­bir so­bre ani­ma­les»? Pues mi ma­dre, le­jos de qui­tár­me­lo de la ca­be­za, me ani­mó: «Ja­ne –me di­jo–, si real­men­te deseas al­go, tra­ba­jas du­ro, apro­ve­chas las opor­tu­ni­da­des y nun­ca te rin­des, en­con­tra­rás tu ca­mino pa­ra al­can­zar tus sue­ños». XL. De ni­ña le re­ga­la­ron un chim­pan­cé de pe­lu­che, otra inf­luen­cia en su vi­da. ¿Lo con­ser­va? J.G. Oh, sí, pe­ro no sa­le de ca­sa. Es­tá ya muy vie­ji­to. Re­cuer­do que, cuan­do me lo re­ga­la­ron, al­gu­nos ami­gos de mis pa­dres fue­ron muy crí­ti­cos; de­cían que me iba a asus­tar y me pro­vo­ca­ría pe­sa­di­llas. Ima­gí­na­te [se ríe]. XL. En abril cum­ple 83 años. He leído que es­tá de via­je 300 días al año y lle­va así ya... ¿Cuál es su se­cre­to? J.G. [Se ríe]. La vo­lun­tad de se­guir ade­lan­te, su­pon­go. No me gus­ta via­jar, pe­ro no me que­da más re­me­dio. De to­dos mo­dos, me re­ser­vo tres se­ma­nas en agos­to pa­ra ir a Bour­ne­mouth, mi ho­gar. Y des­can­so sie­te días en­tre via­jes. XL. ¿Tie­ne nie­tos? J.G. Tres. Uno en In­gla­te­rra, así que lo veo allí. Los otros dos y mi hi­jo, en Tan­za­nia, don­de voy dos ve­ces al año. XL. Tras seis dé­ca­das de activismo me­dioam­bien­tal. ¿En qué cree que he­mos avan­za­do? J.G. Bueno, ca­da vez más gen­te en­tien­de que hay que cui­dar el pla­ne­ta, pe­ro... XL. ¿Pe­ro...?

"Al na­cer, re­ci­bí dos do­nes: un cuer­po re­sis­ten­te y la ca­pa­ci­dad de co­mu­ni­car"

J.G. El pro­ble­ma es que hoy las ame­na­zas son más gra­ves y se re­quie­re un cam­bio ur­gen­te de nues­tros há­bi­tos. La gen­te, ade­más, es­tá per­dien­do la es­pe­ran­za de que eso sea po­si­ble, y sin es­pe­ran­za la gen­te no ac­túa: ¿pa­ra qué? Por eso tra­ba­ja­mos tan du­ro con nues­tro pro­gra­ma pa­ra jó­ve­nes. Si las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes no cui­dan de la bio­di­ver­si­dad, no tie­ne sen­ti­do lu­char. XL. ¿Có­mo lo arre­gla­mos? J.G. Mi­re, los gran­des pro­ble­mas del mun­do, en mi opi­nión, son: es­ta so­cie­dad co­di­cio­sa y ma­te­ria­lis­ta, el cre­ci­mien­to de la po­bla­ción, la po­bre­za y la fal­ta de edu­ca­ción. Las per­so­nas no en­tien­den el efec­to acu­mu­la­ti­vo de las de­ci­sio­nes que to­man ca­da día. XL. Pe­ro re­co­no­ce­rá que las de­ci­sio­nes de al­gu­nos in­flu­yen más que otras... J.G. Ah, sí. Hay in­di­vi­duos, em­pre­sa­rios, go­ber­nan­tes... que pue­den mar­car una gran di­fe­ren­cia. Hay que lle­gar a ellos. El otro día, en Ho­lan­da, co­no­cí a un se­ñor muy ri­co que ado­ra los co­ches de­por­ti­vos. Es­ta­ba a pun­to de com­prar­se uno nue­vo y, tras es­cu­char mi con­fe­ren­cia, se dio cuen­ta de que no lo ne­ce­si­ta­ba. ¿Sa­be lo que hi­zo? Do­nó ese di­ne­ro a nues­tros pro­yec­tos en Áfri­ca. Es­tas co­sas ha­cen una gran di­fe­ren­cia. XL. ¿Có­mo ve el mun­do des­pués del bre­xit, la vic­to­ria de Do­nald Trump, la cri­sis mi­gra­to­ria y el as­cen­so de la ex­tre­ma de­re­cha en Eu­ro­pa? J.G. El mun­do se es­tá con­vir­tien­do en un lu­gar que da mu­cho mie­do. El bre­xit y la vic­to­ria de Trump tie­nen la mis­ma raíz. Una am­plia ma­yo­ría de la po­bla­ción es­tá in­dig­na­da. Sien­ten que han si­do ex­clui­dos y desean cam­bios. Des­de mi pers­pec­ti­va, es­to so­lo sig­ni­fi­ca que son tiem­pos du­ros y de­be­mos lu­char más fuer­te. Ne­ce­si­ta­mos que la gen­te co­noz­ca los pro­ble­mas, se mo­vi­li­ce y lla­me la aten­ción de los me­dios. Hay mu­chas men­ti­ras y des­in­for­ma­ción. Mu­cha gen­te cree que In­ter­net es co­mo un Dios y se creen to­do lo que ven ahí. Pien­se en Trump; uti­li­za Twit­ter co­mo prin­ci­pal pla­ta­for­ma de co­mu­ni­ca­ción. XL. Trump nie­ga el cam­bio cli­má­ti­co... J.G. Sí, y es muy pe­li­gro­so. Pe­ro, co­mo siem­pre, de­be­mos mi­rar el la­do po­si­ti­vo; es el úni­co mo­do de con­ti­nuar. Chi­na, por ejem­plo, aca­ba de anun­ciar que a fi­na­les de año prohi­bi­rá la ven­ta de mar­fil. Es el ma­yor im­por­ta­dor del mun­do, así que esa es una se­ñal po­si­ti­va. ¿Co­no­ce el do­cu­men­tal The Ivory Ga­me, pro­du­ci­do por Leo­nar­do Di­ca­prio? Mues­tra el co­mer­cio mun­dial de mar­fil y hu­bie­se me­re­ci­do ga­nar un Os­car. Es­ta­dos Uni­dos es el se­gun­do ma­yor im­por­ta­dor y na­die lo sa­be. XL. Una cri­sis eco­nó­mi­ca co­mo la que vi­vi­mos no pa­re­ce te­rreno pro­pi­cio pa­ra su men­sa­je, con gen­te ne­ce­si­ta­da de em­pleos y de­más... J.G. Es cier­to. Se es­pe­ra que la gen­te con­su­ma más pa­ra sa­lir de la cri­sis, pe­ro eso aca­ba­rá des­tru­yen­do el pla­ne­ta. He ha­bla­do so­bre ello con mu­chos eco­no­mis­tas. Les di­go: «Ur­ge en­con­trar otro mo­de­lo eco­nó­mi­co. ¿No se dan cuen­ta?». Mu­chos, des­pués de es­cu­char­me, me di­cen: «Ja­ne, la pró­xi­ma vez que to­me una de­ci­sión o ase­so­re a otros me ase­gu­ra­ré de pen­sar con mi co­ra­zón tan­to co­mo con mi ca­be­za». De­be­mos traer el co­ra­zón de vuel­ta.

"Mi gran pro­fe­sor fue mi pe­rro Rusty. Él me en­se­ñó que los ani­ma­les tie­nen sen­ti­mien­tos"

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