PAU "La muer­te a mí no me ron­da. La lle­vo den­tro"

El can­tan­te de Ja­ra­be de Pa­lo lu­cha con­tra un cán­cer des­de ha­ce año y me­dio. Pe­ro no se rin­de. Lo de­mues­tra con un nue­vo dis­co, una gi­ra y una bio­gra­fía: '50 pa­los' (Edi­to­rial Pla­ne­ta). En es­ta en­tre­vis­ta, Pau Do­nés ex­pli­ca lo que po­dría pa­re­cer inex­pli­ca

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine En Portada - POR VIR­GI­NIA DRAKE / FO­TO­GRA­FÍA: ANTÓN GOIRI

Ju­lio, 2015. Re­gre­sa de una gi­ra por Es­ta­dos Uni­dos, le due­le el es­tó­ma­go y se acer­ca al hos­pi­tal pa­ra que lo vean.Una se­ma­na des­pués le ex­tir­pan un tu­mor ma­ligno en el co­lon. Días más tar­de le po­nen nom­bre al cau­san­te del cán­cer que pa­de­ce: se tra­ta de una mu­ta­ción del on­co­gén BRAF. Es una no­ti­cia muy ma­la, so­lo el vein­te por cien­to de los en­fer­mos so­bre­vi­ve más de cin­co años. Agos­to, 2015. Pau tie­ne me­tás­ta­sis en el hí­ga­do. Es­ta vez le ex­tir­pan do­ce tu­mo­res. La qui­mio­te­ra­pia que re­ci­be es es­pe­cial­men­te du­ra. Me­ses des­pués com­po­ne la mú­si­ca y le­tra de su úl­ti­ma can­ción, Hu­mo, prepara un dis­coa­ni­ver­sa­rio y em­pie­za a es­cri­bir su bio­gra­fía. Enero, 2017. Es in­ter­ve­ni­do de nue­vo. Han apa­re­ci­do tres tu­mo­res más en el in­tes­tino. El 1 de fe­bre­ro, quin­ce días des­pués de su ter­ce­ra ope­ra­ción, Pau Do­nés con­ce­de es­ta en­tre­vis­ta. Muy fla­co y can­sa­do, me cues­ta em­pe­zar nues­tra conversación. No quie­ro he­rir­lo ni me­ter el de­do en una lla­ga abier­ta que se­gu­ro es­cue­ce de­ma­sia­do. Se lo di­go. Me cla­va la mi­ra­da, me da la mano –muy fría– y me son­ríe: «Tú, a tum­ba abier­ta. Quie­ro res­pon­der­te a to­do». Xlse­ma­nal. ¿Qué tal es­tás? Pau Do­nés. Hoy, un po­co jo­di­do. Es­ta ma­ña­na me han me­ti­do un chu­te de qui­mio y el in­tes­tino an­da muy re­vuel­to. XL. Pa­ra­do­jas de la vi­da, es­tás más gua­po que nun­ca. P.D. Con to­das las co­sas que me me­ten, lle­vo una vi­da muy sa­na y la piel lo agra­de­ce. Mi­ra qué sua­ve la ten­go [se ríe]. Pe­ro debe de ser de fa­mi­lia, mi pa­dre tie­ne 84 años y es­tá es­tu­pen­do. XL. ¿Por qué quie­res ha­blar de es­to? P.D. Por­que al cán­cer hay que dar­le vi­si­bi­li­dad. Me in­tere­sa deses­tig­ma­ti­zar la en­fer­me­dad. Pe­ro no quie­ro que pa­rez­ca que el cán­cer es el pro­ta­go­nis­ta de to­do por­que, des­de lue­go, de mi vi­da no lo es. No sé si me voy a sal­var, pe­ro doy la ca­ra por­que, en teo­ría, los fa­mo­sos y los ri­cos no tie­nen cán­cer. Pues sí, igual que to­dos. Doy la ca­ra pa­ra de­cir que yo sí lo ten­go y pa­ra ex­pli­car de qué va el asun­to. XL. La ca­ra y más co­sas: se pu­bli­có tu fo­to­gra­fía des­nu­do y mos­tran­do una enor­me ci­ca­triz en tu cuer­po. P.D. Es­ta­ba en esa cam­pa­ña por la nor­ma­li­za­ción del cán­cer. Qui­se dar un pa­so más y de­cir: «Es­te soy yo con cán­cer, ¿qué pa­sa?». Es­ta­ba muy fla­qui­to, co­mo aho­ra, pe­sa­ba 64 ki­los. XL. ¿Qué pa­sa por tu ca­be­za cuan­do te ex­pli­can tu diag­nós­ti­co? P.D. En re­la­ción con si me voy a mo­rir o no, na­da. No ten­go mie­do a mo­rir­me. Yo sé que lle­vo la muer­te en­ci­ma. La muer­te a mí no me ron­da, la lle­vo den­tro, con­mi­go. Ten­go un gen que ha mu­ta­do y que pro­vo­ca tu­mo­res. ¡Es lo que hay! XL. Te han di­cho que so­lo hay un 20 por cien­to de po­si­bi­li­da­des de vi­vir más de cin­co años. P.D. ¡Pues ya son 20! Y yo quie­ro ser uno de esos. No te cortes, pre­gún­ta­me a sa­co: ¿y si se me re­pro­du­ce, qué? ¡Pues cha­pa y pin­tu­ra! ¿Y si me voy, qué? ¡Pues a otra co­sa, ma­ri­po­sa! XL. Pre­fie­ro no pen­sar en eso. P.D. ¡Co­ño! A mí tam­bién me gus­ta­ría no pen­sar en el cán­cer ni en que den­tro de cin­co años ya no es­toy aquí. Quie­ro vi­vir otros 20. Ya no he vuel­to a pre­gun­tar cuán­to tiem­po me que­da de vi­da por­que no me importa sa­ber­lo. XL. En tu bio­gra­fía, no de­jas de de­cir que el cán­cer te ha he­cho muy fe­liz. P.D. Pa­ra mí, el cán­cer es muy po­co im­por­tan­te y no me va a arrui­nar la vi­da; en to­do ca­so, me va a ma­tar. Yo sé que el cán­cer me va a ma­tar un día y, cuan­do eso pa­se, ya es­tá; pe­ro, mien­tras es­té vi­vo, me in­tere­sa muy po­co. XL. Pe­ro te cui­das y lu­chas con­tra él. P.D. Sí, ha­go lo po­si­ble pa­ra que no me ma­te: he de­ja­do de be­ber; co­mo co­mi­da que no ali­men­ta el cán­cer sino que lo mata de ham­bre, me me­to in­fu­sio­nes pa­ra te­ner el cuer­po su­per­lim­pio y pre­pa­ra­do pa­ra cuan­do con­tra­ata­que. ¡Y ya es­tá! Esa es la re­la­ción que ten­go con el cán­cer. Y si se me cae el pe­lo con la qui­mio pe­ro eso ha­ce que vi­va un año más, ¡que se me cai­ga! No pa­sa na­da.

XL. ¿Y dón­de es­tá la fe­li­ci­dad? P.D. El cán­cer me ha he­cho muy fe­liz por­que me es­ta­ba per­dien­do mu­chas co­sas de la vi­da. XL. ¿Por ejem­plo? P.D. A mi hi­ja. Yo es­ta­ba me­ti­do en una bo­la e iba a to­da hos­tia en una ta­bla de surf en­ci­ma de la ola. En­ton­ces, me caí. En los úl­ti­mos ocho años ha ha­bi­do mu­chos con­cier­tos, mu­chos dis­cos, me iba de co­jo­nes… Pe­ro, tío, ¿y tu vi­da? Es­ta hos­tia que me ha da­do el cán­cer me ha he­cho vol­ver a la vi­da. XL. ¿Por eso di­ces que par­tes de ce­ro? P.D. ¡Exac­to! He re­cu­pe­ra­do co­sas que me ha­cen muy fe­liz, por­que yo no era un tío fe­liz an­tes del cán­cer y aho­ra lo soy. ¿Dón­de es­ta­ba mi fe­li­ci­dad? XL. Has vi­vi­do la vi­da a to­pe, de­jas­te las dro­gas a tiem­po, has via­ja­do, te apa­sio­na tu tra­ba­jo, has te­ni­do éxi­to con la mú­si­ca y con las mu­je­res, tie­nes una hi­ja es­tu­pen­da, un pa­dre y her­ma­nos que te ado­ran, mu­chos ami­gos… P.D. De to­do eso me ha­bía ol­vi­da­do, es­ta­ba en la ola. Gra­cias a es­te to­que de aten­ción me he po­di­do dar cuen­ta de las co­sas bue­nas que me han pa­sa­do y he vuel­to a sen­tir emo­cio­nes que ha­bía de­ja­do de sen­tir; y, so­bre to­do, he vuel­to a ilu­sio­nar­me por la vi­da. XL. Pe­ro eso no quie­re de­cir que el cán­cer te ha­ga fe­liz. P.D. A mí sí; aho­ra, me emo­ciono de una for­ma muy bes­tia. Re­cuer­do un día, du­ran­te la qui­mio, que no po­día ape­nas an­dar y me fui a un pra­do con mis dos pe­rra­zos y me can­sé mu­cho y me tum­bé en la hier­ba y me dor­mí. Des­per­té una ho­ra des­pués y la sen­sa­ción que tu­ve en ese mo­men­to fue ma­ra­vi­llo­sa. Me da­ba el sol en la ca­ra y sen­tí bie­nes­tar y pla­cer. Ha­cía lus­tros que no te­nía una sen­sa­ción igual. Los pe­rros es­ta­ban echa­dos a mi la­do, es­pe­ran­do a que me le­van­ta­ra. No pue­do ex­pli­car la emo­ción tan enor­me que tu­ve en ese ins­tan­te: es inex­pli­ca­ble. Si no tu­vie­ra cán­cer, no dis­fru­ta­ría de es­tas emo­cio­nes. XL. Es la su­bli­ma­ción del mal. P.D. Eso es la fe­li­ci­dad. ¡Ríe­te de la más po­ten­te de las dro­gas! Ha­bía vuel­to a sen­tir el sol en lu­gar de es­tar to­can­do en un club de Nue­va York, que es don­de de­bía es­tar. El cán­cer ha he­cho que esa sen­sa­ción la ha­ya te­ni­do al­gu­nas ve­ces más y, jo­der, es ma­ra­vi­llo­so. XL. Di­ces que has re­cu­pe­ra­do la re­la­ción con tu hi­ja. ¿Qué tal pa­dre eres? P.D. Ten­drías que pre­gun­tár­se­lo a ella. Creo que des­de que ejer­zo me quie­re un po­qui­to más. Cuan­do Sara na­ció, yo me fui de ca­sa, me fui de gi­ra ocho o nue­ve me­ses se­gui­dos. In­ten­té dar mu­cha ca­li­dad al tiem­po que le he dis­pen­sa­do, pe­ro ha si­do muy po­co. Aho­ra la he re­cu­pe­ra­do y por eso di­go que no me quie­ro mo­rir, por­que la gen­te que me quie­re no se lo me­re­ce; y ella por su­pues­to que no. XL. Tie­ne 13 años. ¿Ha­blas de tu en­fer­me­dad con Sara? P.D. Cla­ro. Ha­bla­mos del cán­cer y de que pue­de ser muy gra­ve. No ha­bla­mos di­rec­ta­men­te de la muer­te, pe­ro sí de lo mu­cho que la quie­ro y de que voy a pe­lear pa­ra no de­jar­la so­la. XL. Di­ces que yen­do al mer­ca­do sien­tes que la gen­te te evi­ta, co­mo si tu­vie­ras una en­fer­me­dad con­ta­gio­sa.

"Dis­fru­to con la tris­te­za y con la me­lan­co­lía; pe­ro con la pe­na no. La pe­na es muy jodida. Es de­mo­le­do­ra"

P.D. El cán­cer pro­vo­ca re­cha­zo. Los fa­mi­lia­res no lo dicen por­que pien­san que es una man­cha en la fa­mi­lia. Mu­chos en­fer­mos no lo dicen por mie­do al re­cha­zo, por­que te re­cha­zan. Hay ami­gos que de­jan de lla­mar­te por el mie­do que les pro­vo­ca el ver que, si tú lo tie­nes, ellos pue­den te­ner­lo tam­bién. Es una en­fer­me­dad muy te­mi­da. XL. Una cu­rio­si­dad: ¿si­gues li­gan­do mu­cho? P.D. ¡Mo­go­llón! Por­que soy un tío muy sim­pá­ti­co y muy li­gón. Y so­bre to­do li­go con las ex por­que, aun­que a ve­ces el amor que nos tu­vi­mos des­pués se con­vir­tió en odio, aho­ra es chu­lí­si­mo. XL. ¡Te es­tás acos­tan­do con tus ex! P.D. Con al­gu­nas sí. A raíz del cán­cer he re­cu­pe­ra­do la re­la­ción por­que me han vuel­to a lla­mar des­pués de mu­chos años. XL. Cuen­tas en el li­bro que una de las que te lla­mó tam­bién te­nía cán­cer. P.D. Me lla­mó des­pués de 20 años sin ver­nos y fue pre­cio­so ha­cer el amor con ella: allí los dos, con to­do el me­lo­co­tón ese que te­nía­mos en­ci­ma, que­rién­do­nos otra vez tan­to y gus­tán­do­nos otra vez tan­to… Y rién­do­nos a pe­sar de to­do. XL. Por cier­to, se­gún has es­cri­to, con la fa­mo­sa fla­ca cu­ba­na no tu­vis­te na­da por­que a la fla­ca le gus­ta­ban las mu­je­res. P.D. ¡Ja­ja­ja! No lo ha­bía con­ta­do nun­ca, pe­ro fue así. La co­no­ci­mos en Cu­ba y le pe­di­mos que vi­nie­se unos días a nues­tro ho­tel pa­ra gra­bar el vi­deo­clip del dis­co y la pu­si­mos a dor­mir en el cuar­to de Eva, una de las que ve­nía con no­so­tros. Al se­gun­do día, Eva pi­dió que la pa­sa­ran a mi cuar­to por­que lo de­bió de ver cla­ro [se ríe]. La fla­ca es­tu­vo va­rios días dur­mien­do en mi cuar­to y yo me enamo­ré de ella, pe­ro ni ca­so, cla­ro. ¡Me que­dé a dos ve­las! Por eso es­cri­bí eso de que «por un be­so de la fla­ca yo da­ría lo que fue­ra». Era ver­dad. XL. ¿Si­gues pen­san­do que la pa­re­ja es el ce­men­te­rio del amor? P.D. ¡Ab­so­lu­ta­men­te! La pa­re­ja crea unos víncu­los de po­se­sión y ex­clu­si­vi­dad que lle­va­mos fa­tal. Yo soy un al­ma li­bre y no so­por­to que me aten. Lo úni­co que le pi­do a una mu­jer es que com­par­ta lo me­jor de ella con­mi­go por­que yo voy a com­par­tir lo me­jor de mí con ella. XL. Has di­cho: «En el amor soy un ka­mi­ka­ze; en el se­xo, un apren­diz; y en las emo­cio­nes, un des­equi­li­bra­do». P.D. ¡Por eso es­cri­bo can­cio­nes! [Se ríe]. Esa es la de­fi­ni­ción más exac­ta de mí. En el amor soy un ka­mi­ka­ze por­que voy a sa­co siempre, co­mo en ca­si to­das las co­sas que me pro­pon­go. XL. En un par de me­ses em­pie­zas la gi­ra de 50 pa­los, ya tie­nes 16 con­cier­tos pro­gra­ma­dos. ¿Aguan­ta­rás el tro­te? P.D. Creo que sí, por­que de mo­men­to no me va bien mo­rir­me [son­ríe]. La gi­ra va del 3 de ma­yo al 10 de ju­nio. XL. 50 pa­los es un do­ble ál­bum con 19 de las me­jo­res can­cio­nes de Ja­ra­be… y una iné­di­ta: Hu­mo. P.D. Que­ría que hu­bie­se una can­ción nue­va, es­cri­ta pa­ra la oca­sión. Es un te­ma muy es­pe­cial, ¿lo has oí­do? XL. Sí, el ál­bum en­te­ro es pre­cio­so, tu voz sue­na me­jor que nun­ca y las nuevas ver­sio­nes son in­creí­bles. Pe­ro Hu­mo es la can­ción más tris­te que he oí­do ja­más. P.D. Un día me le­van­té y vi que se me es­ca­pa­ba la vi­da… En­ton­ces, me pu­se a es­cri­bir­la. ¡Es un can­to a la vi­da! XL. ¡Es una des­pe­di­da! «Aho­ra que so­lo me que­da es­pe­rar a que lle­gue la ho­ra. / Aho­ra que ya no me importa que la vi­da se vista de ne­gro / abrá­za­me fuer­te, amor, te lo rue­go, por si es­ta fue­ra la úl­ti­ma vez». ¿Tú no llo­ras nun­ca? P.D. Se me hu­me­de­cen los ojos cuan­do la can­to. Es­pe­ro no rom­per­me en el es­ce­na­rio y can­tar­la has­ta el fi­nal. XL. A ve­ces da la sen­sa­ción de que dis­fru­tas con la tris­te­za… P.D. ¡A to­pe! Dis­fru­to con la tris­te­za y con la me­lan­co­lía, pe­ro no con la pe­na. Cuan­do la tris­te­za se acer­ca a la pe­na es muy jodida, no mo­la. La pe­na es de­mo­le­do­ra y por su cul­pa vi­ví uno de los peo­res mo­men­tos de mi vi­da tras la muer­te de mi ma­dre. XL. Tú eres el ma­yor de cua­tro her­ma­nos y, cuan­do te­nías 16 años, tu ma­dre se sui­ci­dó. P.D. Ima­gí­na­te, con 16 años, que te sen­tías el pu­to amo del mun­do. A esa edad yo era lo más bes­tia que se pue­de ser, iba dis­pa­ra­do y, de gol­pe, tu­ve que ha­cer de ma­dre por­que era el ma­yor. Fue muy di­fí­cil y la ca­gué mu­chas ve­ces. Fue una eta­pa muy po­ten­te. XL. El im­pac­to de la muer­te de tu ma­dre se re­fle­ja en ca­da ca­pí­tu­lo de tu bio­gra­fía. P.D. Fue un gol­pe muy du­ro. Pa­sé de ser un ado­les­cen­te lo­co y es­tú­pi­do que iba so­bra­do a ser un adul­to en ple­na ado­les­cen­cia. Apren­dí muy rá­pi­do el

"¡Li­go mo­go­llón! So­bre to­do con mis ex. Una me lla­mó, tam­bién te­nía cán­cer, y fue pre­cio­so ha­cer el amor con ella"

sen­ti­do de la res­pon­sa­bi­li­dad, apren­dí a pe­lear en la vi­da y, de un día pa­ra otro, per­dí el mie­do a vi­vir y a mo­rir. XL. Po­día ha­ber si­do al re­vés, que te en­tra­ra mie­do a la muer­te. P.D. No, por­que es al­go que no do­mi­nas; por lo tan­to, tran­qui­lo. La muer­te de mi ma­dre me en­se­ñó a amar a to­pe la vi­da. En es­tos 50 años hay cua­tro mo­men­tos que me han mar­ca­do: la muer­te de mi ma­dre, ha­cer­me mú­si­co, el na­ci­mien­to de mi hi­ja y el cán­cer. En dos de ellos, me gus­ta­ría no ha­ber es­ta­do. XL. En esos dos mo­men­tos, ¿nun­ca tu­vis­te la ten­ta­ción de ir­te tú tam­bién? P.D. No, has­ta el mo­men­to nun­ca ha es­ta­do en mi ca­be­za qui­tar­me la vi­da, pre­ci­sa­men­te por­que ella se la qui­tó. Ha si­do al con­tra­rio: vi­vir aquel pro­ce­so tan du­ro hi­zo que yo me enamo­ra­ra de la vi­da. Eso fue lo que ella nos qui­so trans­mi­tir: «Chi­cos, a mí no me va bien pe­ro si a vo­so­tros os gus­ta vi­vir: pa'lan­te». En­ton­ces me con­ver­tí en Juan sin Mie­do. To­do me la traía flo­ja. XL. ¿A qué se de­di­ca­ba tu pa­dre? P.D. Me gus­ta­ría de­cir que era ban­que­ro y que man­da­ba [son­ríe]; pe­ro no: tra­ba­ja­ba en un ban­co, en las ofi­ci­nas. XL. A los 13 años, hi­per­ac­ti­vo y dis­lé­xi­co, un pro­fe­sor le di­jo a tu ma­dre que eras un zo­te, un ce­ro a la iz­quier­da. P.D. Le di­je­ron que era un re­tra­sa­do por­que no sa­bía leer y me pa­sa­ba el día dan­do sal­tos, que no ser­vía pa­ra na­da. Si­go sien­do un ce­ro a la iz­quier­da, dis­lé­xi­co e hi­per­ac­ti­vo, pe­ro es­ta ti­po­lo­gía de per­so­na­jes ser­vi­mos pa­ra la mú­si­ca… Y pa­ra mu­chas otras co­sas. XL. ¿Lo pa­sas­te mal en el co­le­gio? P.D. Con los pro­fe­so­res sí; con los ami­gos no. En­tre otras co­sas por­que te­nía bas­tan­te ma­la le­che y, cuan­do un ni­ño se reía de mí, le me­tía un buen via­je. Te­nía ma­las pul­gas [se ríe]. XL. Con­tra to­do pro­nós­ti­co, te li­cen­cias­te en Eco­nó­mi­cas.

"Con mi hi­ja ha­blo de que pue­de ser muy gra­ve. Voy a pe­lear pa­ra no de­jar­la so­la"

P.D. A mi pa­dre le ha­cía ilu­sión y con­vi­ni­mos en eso. Des­pués de lo que ha­bía pa­sa­do en ca­sa, una de las de­ci­sio­nes que to­mé fue la de de­jar de dar por cu­lo a to­dos. Mi pa­dre era de pue­blo, le ha­bía cos­ta­do mu­cho lle­gar a don­de ha­bía lle­ga­do y te­nía en la ca­be­za que de mú­si­co me iba a mo­rir de ham­bre. Pe­ro, co­mo se ha vis­to, mi vo­ca­ción era esa y fui mú­si­co a sa­co. XL. Cuen­tas que tu ma­dre, en cam­bio, se dio rá­pi­da­men­te cuen­ta de ello. P.D. Ella vio que en cuanto me po­nía mú­si­ca yo me tran­qui­li­za­ba y, en cuanto lle­ga­ba a ca­sa, ba­ja­ba del ar­ma­rio el to­ca­dis­cos y me po­nía mú­si­ca. Pe­ro me ha ido bien ha­ber es­tu­dia­do Eco­nó­mi­cas y ha­ber tra­ba­ja­do en una agen­cia de pu­bli­ci­dad al aca­bar la ca­rre­ra, so­bre to­do a la ho­ra de en­fren­tar­te a las mul­ti­na­cio­na­les de la mú­si­ca en una épo­ca en la que en es­te país las dis­co­grá­fi­cas ma­ne­ja­ban mu­cho di­ne­ro. XL. ¿Es ver­dad que ibas a cam­pa­men­tos de ve­rano del Opus Dei? P.D. Sí [se ríe] y nos da­ban Ca­mino, el li­bro de Es­cri­vá de Ba­la­guer, pa­ra que lo le­yé­ra­mos. Mis pa­dres no eran del Opus Dei, pe­ro sí eran sim­pa­ti­zan­tes. XL. ¿Y de aque­llo no que­dó na­da? P.D. ¡Na­da! Yo de­jé de creer el día que me di­je­ron que si te mas­tur­ba­bas te que­da­bas cie­go. Y, cla­ro, ha­bía que ele­gir: creer en Dios o ha­cer­se pa­jas. Y lo tu­ve cla­ro [se ríe]. XL. Pe­ro los cu­ras ya no dicen esas co­sas. P.D. No sé a qué igle­sias irás tú, pe­ro hay mu­chas en las que se si­guen oyen­do co­sas pa­re­ci­das. Pe­ro aque­llo no fue el mo­ti­vo prin­ci­pal, es­tá cla­ro [se ríe]. De­jé de creer por­que ya no me creía na­da de lo que in­ten­ta­ban me­ter­me en la ca­be­za. La fe me­te mu­chos mie­dos –por mi cul­pa, por mi cul­pa…– y yo ya no los ten­go. XL. Di­ces que un día le pe­dis­te a Dios un mi­la­gro y no te lo con­ce­dió. P.D. Sí, le pe­dí que re­su­ci­ta­se a mi ma­dre y no lo hi­zo. XL. ¡Pe­ro, hom­bre! Eso no es po­si­ble. P.D. ¿Por qué no? Eso se­ría un mi­la­gro. ¿Por qué a Lá­za­ro sí y a mi ma­dre no? ¿Por qué con unos ha­cen mi­la­gros y con otros no? XL. ¿No has sen­ti­do la ten­ta­ción de pen­sar que hay otra vi­da? P.D. No. Soy li­bre por­que no ten­go ni mie­do ni fe. A mí me importa so­lo la vi­da de aho­ra. Yo res­pe­to las creen­cias de ca­da uno, pe­ro a mí no me in­tere­sa pen­sar en el cie­lo ni en al­guien que me pro­te­ge. En to­do ca­so, me pro­te­ge mi ma­dre, pe­ro na­die más. [En la de­di­ca­to­ria del li­bro po­ne: «A mi ma­dre, Nuria, que en el cie­lo vi­ve»]. XL. ¿Es ver­dad que no has leí­do más de me­dia do­ce­na de li­bros? P.D. Sí, por­que soy dis­lé­xi­co. La lec­tu­ra me ha cos­ta­do siempre mu­cho y ha si­do un trau­ma, por­que se han reí­do siempre de mí. Ade­más, me abu­rro le­yen­do, siempre he te­ni­do co­sas más in­tere­san­tes que ha­cer: por ejem­plo, to­car un ins­tru­men­to o es­cri­bir una can­ción. Yo no leo, pe­ro es­cri­bo; co­mo tam­bién to­co y com­pon­go sin te­ner ni pu­ta idea de sol­feo. XL. Por cier­to, ¿si­gues vo­tan­do en blan­co? P.D. No, en las dos úl­ti­mas elec­cio­nes vo­té a un par­ti­do. Pe­ro to­da­vía no me ex­pli­co có­mo no se han pues­to de acuer­do los po­lí­ti­cos jó­ve­nes de Po­de­mos, Ciu­da­da­nos y el PSOE pa­ra echar a los de siempre, con la co­rrup­ción que ha ha­bi­do. XL. De pa­dre ara­go­nés y ma­dre ca­ta­la­na, na­cis­te en Bar­ce­lo­na. ¿Eres in­de­pen­den­tis­ta? P.D. El in­de­pen­den­tis­mo me ocu­pa muy po­co tiem­po, pa­ra mí es un te­ma po­co im­por­tan­te, es más bien un ins­tru­men­to po­lí­ti­co de ma­ni­pu­la­ción y con­trol de po­der. Me to­ca los hue­vos que se jue­gue con es­to pa­ra con­fun­dir y co­mo ar­ma po­lí­ti­ca de po­der. Ade­más, los ca­ta­la­nes em­pe­za­ría­mos que­rien­do ser in­de­pen­dien­tes del res­to de Es­pa­ña; y lue­go los de Gerona, de Ta­rra­go­na; y los de Bar­ce­lo­na, de los de Sa­ba­dell; por­que los ca­ta­la­nes so­mos así. Yo no soy in­de­pen­den­tis­ta en na­da en la vi­da. Yo no quie­ro ser in­de­pen­dien­te de ti. XL. Pau, cuí­da­te y no te mue­ras nun­ca. P.D. De mo­men­to, tran­qui­li­dad: ten­go mu­chas ilu­sio­nes por de­lan­te.

"Es­ta en­fer­me­dad me ha he­cho muy fe­liz por­que me es­ta­ba per­dien­do mu­chas co­sas de la vi­da. No ten­go mie­do"

«Mi pa­dre te­nía en la ca­be­za que de mú­si­co me iba a mo­rir de ham­bre. Pe­ro mi ma­dre, en cuanto yo lle­ga­ba a ca­sa, ba­ja­ba del ar­ma­rio el to­ca­dis­cos y me po­nía un dis­co». LA MÚ­SI­CA, MI VI­DA

CUAN­DO TO­DO EM­PE­ZÓ

MI MA­DRE ES­TÁ EN EL CIE­LO Do­nés te­nía 16 años cuan­do su ma­dre [en la foto, con 4] se sui­ci­dó. «Nun­ca ha es­ta­do en mi ca­be­za qui­tar­me la vi­da, pre­ci­sa­men­te por­que ella se la qui­tó. Vi­vir aquel pro­ce­so tan du­ro hi­zo que me enamo­ra­ra de la vi­da». Pri­ma­ve­ra de 1997. Su pri­mer dis­co, La fla­ca, lle­va­ba ca­si un año en el mer­ca­do, pe­ro na­die co­no­cía a Ja­ra­be de Pa­lo. En­ton­ces gra­ba­ron un anun­cio pa­ra Du­ca­dos en Nue­va York –es­ta foto se to­mó en un des­can­so del ro­da­je– y lle­gó el bom­ba­zo.

RE­CU­PE­RAR UN TE­SO­RO

El mú­si­co con su hi­ja, que aho­ra tie­ne 13 años, en un es­tu­dio de gra­ba­ción. «Cuan­do Sara na­ció, me fui de gi­ra nue­ve me­ses se­gui­dos. In­ten­té dar ca­li­dad al tiem­po que le he dis­pen­sa­do, pe­ro ha si­do po­co. Por ella no me quie­ro mo­rir».

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