BA­JO EL AS­FAL­TO

Dro­ga­dic­tos, sin­te­chos, mar­gi­na­dos y pe­rros con­vi­ven en el sub­sue­lo de Bu­ca­rest. Un fo­tó­gra­fo ita­liano se ha atre­vi­do a aden­trar­se en esos tú­ne­les de la ca­pi­tal ru­ma­na don­de se mez­clan el ho­rror, la mi­se­ria y el com­pa­ñe­ris­mo. Se lo mos­tra­mos.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Una Historia En Imágenes - FO­TO­GRA­FÍAS: MAS­SI­MO BRAN­CA

LAS CA­TA­CUM­BAS DEL SI­GLO XXI

Cien­tos de hom­bres y mu­je­res sin te­cho so­bre­vi­ven jun­tos en los tú­ne­les de la ca­le­fac­ción de la ca­pi­tal ru­ma­na. Su lí­der es un hom­bre que se ha­ce lla­mar Bru­ce Lee (en el agu­je­ro de en­tra­da a su re­fu­gio) y que, a mo­do de go­rro y adorno, sue­le cu­brir­se el pe­lo con Au­ro­lac, un di­sol­ven­te tó­xi­co al que mu­chos es­tán en­gan­cha­dos.

EL AGU­JE­RO DEL RÉ­GI­MEN

Du­ran­te la dic­ta­du­ra, Ceau­ces­cu hi­zo cons­truir en Bu­ca­rest un sis­te­ma de tú­ne­les pa­ra lle­var la ca­le­fac­ción a to­da la ciu­dad. Na­da más caer el ré­gi­men en 1989, en esos tú­ne­les em­pe­za­ron a ins­ta­lar­se los pri­me­ros sin­te­chos que huían del frío y que no hi­cie­ron más que au­men­tar los si­guien­tes años por la rui­na eco­nó­mi­ca. En es­te la­be­rin­to es di­fí­cil encontrar un lu­gar pri­va­do, pe­ro es el úni­co ho­gar que ellos co­no­cen.

LA HIS­TO­RIA DE BRU­CE LEE

Cuan­do el fo­tó­gra­fo en­tró por pri­me­ra vez en los tú­ne­les, lo que más le sor­pren­dió fue el olor a gui­so re­cién he­cho. Bru­ce Lee se ocu­pa de que ha­ya siempre una co­mi­da ca­lien­te al día. Él, que fue un be­bé aban­do­na­do por sus pa­dres, qui­so crear un ho­gar pa­ra los mi­se­ra­bles que com­par­ten tú­ne­les con él. No le re­sul­tó di­fí­cil aglu­ti­nar­los y or­ga­ni­zar­los. Tie­ne 'la­bia' y, se­gún dicen, ma­de­ra de pre­di­ca­dor. Lo mis­mo que siempre lo si­guen los pe­rros, lo si­guen al­gu­nos hom­bres. Tam­po­co le fal­ta 'ca­rác­ter'. Aho­ra es­tá en pri­sión, con­de­na­do por trá­fi­co de dro­gas.

SA­LIR DE LAS TI­NIE­BLAS

Bru­ce Lee 'ci­vi­li­zó' una par­te de los tú­ne­les. Pu­so a los chi­cos a tra­ba­jar, a pin­tar pa­re­des, a cons­truir ba­ños... Y les pa­ga­ba por ello. Bru­ce se en­car­ga de que en el in­fra­mun­do ha­ya elec­tri­ci­dad con ge­ne­ra­do­res que ha ido 'con­si­guien­do'. Has­ta lle­ga­ron a te­ner un te­le­vi­sor. Pe­ro a ve­ces se va la luz y vuel­ven las ve­las.

LA HIS­TO­RIA DE CA­TA­LI­NA

A Ca­ta­li­na le gus­ta es­cri­bir. Po­co más se pue­de ha­cer en los tú­ne­les. Ca­ta­li­na es adic­ta a la he­roí­na y se­ro­po­si­ti­va. Cre­ció en un or­fa­na­to por­que sus pa­dres no po­dían man­te­ner­la. Apren­dió a bus­car­se la vi­da. Más tar­de, cuan­do sus pa­dres vol­vie­ron a ha­cer­se car­go de ella, pen­sa­ron que era una sal­va­je in­do­ma­ble. La in­ter­na­ron de nue­vo en una re­si­den­cia pa­ra me­no­res. Y allí des­cu­brió las dro­gas. Ca­ta­li­na te­nía 18 años cuan­do se in­yec­tó la úl­ti­ma do­sis de he­roí­na ha­ce unos me­ses. Una agu­ja le trans­mi­tió una in­fec­ción que le da­ñó el ce­re­bro. Tras dos días en co­ma, su co­ra­zón ya no qui­so se­guir la­tien­do. Le de­jó una no­ta al fo­tó­gra­fo: «Soy adic­ta y siempre lo se­ré, así son las co­sas. Es mi des­tino».

LO QUE EL OJO NO VE... O NO QUIE­RE VER

Un ta­xi pa­sa fren­te a la es­ta­ción cen­tral de Bu­ca­rest. Al fon­do se ve a una per­so­na aden­trán­do­se en las pro­fun­di­da­des. Mas­si­mo Bran­ca, el fo­tó­gra­fo, re­pa­ró ahí mis­mo en esos tú­ne­les cuan­do vi­si­ta­ba Bu­ca­rest co­mo tu­ris­ta. Y en lu­gar de mi­rar pa­ra otro la­do de­ci­dió aden­trar­se en ellos. Du­ran­te los úl­ti­mos años ha vuel­to en nu­me­ro­sas oca­sio­nes.

UNA FA­MI­LIA ATÍ­PI­CA

Quie­nes vi­ven ba­jo tie­rra en Bu­ca­rest se con­si­de­ran una gran fa­mi­lia y vi­ven co­mo tal. El fo­tó­gra­fo quie­re reivin­di­car­los: «La mi­se­ria si­gue, es cier­to, pe­ro Bru­ce Lee les ofre­ció al­go de dig­ni­dad». Lo que no im­pli­ca ne­gar lo ob­vio: mu­chos de ellos de­lin­quen pa­ra so­bre­vi­vir o pa­ra dro­gar­se, y en los úl­ti­mos me­ses la Po­li­cía ha lle­va­do a ca­bo va­rias re­da­das por la alar­ma de los ciu­da­da­nos.

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