A CUA­TRO MA­NOS

Son pa­re­ja y, a ve­ces, es­cri­ben en equi­po. Lo­ren­zo Sil­va y Noe­mí Tru­ji­llo pu­bli­can su ter­ce­ra no­ve­la jun­tos. Nos ci­ta­mos con el ma­tri­mo­nio en su co­ci­na pa­ra que nos cuen­ten la re­ce­ta de su éxi­to.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Come & Lo - TEX­TO Y FO­TOS: DA­NIEL MÉN­DEZ

No po­día ser de otro mo­do. Lo­ren­zo Sil­va y Noe­mí Tru­ji­llo se co­no­cie­ron en una li­bre­ría ha­ce ya 16 años. Des­de en­ton­ces han te­ni­do una hi­ja, han mon­ta­do una edi­to­rial y han es­cri­to tres no­ve­las jun­tos, ade­más, cla­ro es­tá, de los di­ver­sos ar­te­fac­tos li­te­ra­rios que han crea­do ca­da uno por su cuen­ta. Sil­va, por ejem­plo, ade­más de ejer­cer co­mo 'car­te­ro' de Xlse­ma­nal y con­tar con pre­mios co­mo el Na­dal y el Pla­ne­ta, es au­tor de la sa­ga po­li­cia­ca pro­ta­go­ni­za­da por los guar­dias ci­vi­les Be­vi­lac­qua y Cha­mo­rro y ha es­cri­to una lar­ga lis­ta de li­bros de ficción y no ficción, re­la­tos, cuentos y no­ve­las in­fan­ti­les y ju­ve­ni­les. Tru­ji­llo, por su par­te, es­cri­be versos des­de los 12 años –ga­nó con 14 su pri­mer ga­lar­dón– y ha pu­bli­ca­do va­rios vo­lú­me­nes de poe­sía, cuentos y no­ve­las ju­ve­ni­les. Noe­mí, bar­ce­lo­ne­sa de 41 años, y Lo­ren­zo, ma­dri­le­ño de 50, nos re­ci­ben en la co­ci­na de su cha­lé, en un pue­blo to­le­dano. Aquí, don­de se reúnen ca­da 15 días con to­dos sus hi­jos –ella tie­ne una hi­ja de otro ma­tri­mo­nio y él, otros dos–, nos ha­blan en­tre fo­go­nes de El pa­la­cio de Pet­ko [edi­to­rial Har­per Co­llins], la úl­ti­ma no­ve­la que han es­cri­to jun­tos y que lle­ga es­te miér­co­les a las li­bre­rías.

Xlse­ma­nal. Pu­bli­can 'a cua­tro ma­nos' El pa­la­cio de Pet­ko, pe­ro no es la pri­me­ra vez que es­cri­ben una no­ve­la jun­tos…

Noe­mí Tru­ji­llo. Ya lo he­mos he­cho otras ve­ces, sí. Se pue­de de­cir que te­ne­mos cier­ta prác­ti­ca [son­ríe]. Lo­ren­zo Sil­va. Jun­tos he­mos he­cho tres no­ve­las lar­gas, pe­ro tam­bién ha ha­bi­do co­sas más cor­tas que no han lle­ga­do a sa­lir. XL. ¿A quién se le ocu­rrió lo de es­cri­bir jun­tos? Lo­ren­zo. La pri­me­ra no­ve­la, Suad [2013], fue idea de Noe­mí. Me con­tó la historia de una ni­ña saha­raui que ha­bía co­no­ci­do en Vi­la­de­cans y nos ani­ma­mos; las otras dos fue­ron ideas mías. Con Suad ga­na­mos el pre­mio La Brú­ju­la. Noe­mí. Es un pre­mio que me ha­ce es­pe­cial ilu­sión, por­que la ca­sa es­tá lle­na de re­co­no­ci­mien­tos de Lo­ren­zo y al­gu­nos míos, pe­ro ese lo ga­na­mos jun­tos. XL. El pa­la­cio de Pet­ko nos tras­la­da al año 2215, don­de ava­ta­res y hu­ma­nos con­vi­ven, se pue­den

ha­cer via­jes vir­tua­les y ya no que­dan animales ni ár­bo­les en la Tie­rra. ¡Me­nu­do fu­tu­ro nos pin­tan! Noe­mí. Yo soy muy crí­ti­ca con la tec­no­lo­gía. Me pa­re­ce que tie­ne un impacto en nues­tras vi­das del que a ve­ces no somos cons­cien­tes. Me da pe­na que la gen­te ocu­pe más par­te de su tiem­po en su vi­da vir­tual que en su vi­da real. Por eso, me ape­te­ció mu­cho es­cri­bir es­ta no­ve­la. Lo­ren­zo. En reali­dad pre­sen­ta una so­cie­dad en la que la úni­ca po­si­bi­li­dad de vi­da pla­cen­te­ra es a tra­vés de la reali­dad vir­tual, que te ofre­ce ali­cien­tes in­fi­ni­tos. Noe­mí. En nues­tra so­cie­dad, la lec­tu­ra es­tá des­in­cen­ti­va­da. Es importante re­fle­xio­nar so­bre el ti­po de vi­da que que­re­mos. XL. En sus li­bros jun­tos siem­pre hay va­lo­res co­mo la amis­tad, el bien, el mal, el per­dón… ¿Son as­pec­tos ne­ce­sa­rios en las no­ve­las de ado­les­cen­tes? Lo­ren­zo. Yo nun­ca pre­ten­do ha­cer di­dác­ti­ca de va­lo­res a tra­vés de la li­te­ra­tu­ra, pe­ro sí que es in­tere­san­te –no so­lo pa­ra los jó­ve­nes– in­vi­tar a re­fle­xio­nes mo­ra­les y me­ter al lec­tor en ese ba­rro. XL. ¿Y có­mo es la di­ná­mi­ca: uno in­ves­ti­ga y se do­cu­men­ta mien­tras el otro es­cri­be, ca­da uno es­cri­be un capítulo y reta al otro a con­ti­nuar…?

Noe­mí. No fun­cio­na así. Cuan­do ha­ce­mos jun­tos un pro­yec­to, es por­que ha ha­bi­do al­go que nos ha mo­ti­va­do a los dos. Lo ha­bla­mos an­tes, va­mos con­sen­suan­do la no­ve­la pa­so a pa­so y ca­da uno va sa­can­do tiem­po pa­ra es­cri­bir­la. XL. ¿Pe­ro quién es el capitán del bar­co cuan­do em­pie­zan a es­cri­bir la no­ve­la?

Noe­mí. Él [son­ríe]. Lo­ren­zo es un gran na­rra­dor, tie­ne mucha más ex­pe­rien­cia y es­truc­tu­ra muy bien. Mi for­ma de es­cri­tu­ra es más des­or­de­na­da. Él es más exi­gen­te y yo, más es­pon­tá­nea. Nos com­ple­men­ta­mos. Lo­ren­zo. Noe­mí apor­ta al­go que tie­ne mu­cho va­lor: el alien­to poé­ti­co lle­va­do a la pro­sa. Tam­bién ha apor­ta­do mu­cho al ca­rác­ter de los per­so­na­jes fe­me­ni­nos. En los tres ca­sos, los pro­ta­go­nis­tas han si­do fe­me­ni­nos y Noe­mí les ha da­do la ga­rra. XL. ¿Pue­de una no­ve­la ser mo­ti­vo de dis­cu­sión cuan­do se es­cri­be a me­dias?

Lo­ren­zo. Dis­cu­tir no, pe­ro dis­cre­par sí. Mu­chas ve­ces. Noe­mí. Al­gu­na vez nos en­fa­da­mos por al­go que el otro te ha qui­ta­do. Lo­ren­zo. Es­cri­bir jun­tos es apren­der a ne­go­ciar. Si no con­ven­ces al otro de al­go que has pues­to, lo tie­nes que qui­tar. Siem­pre es­toy dis­pues­to a ra­zo­nar to­do lo que ha­go. A ve­ces co­rre­gi­mos los tex­tos jun­tos, pe­ro el tra­ba­jo es se­cuen­cial. XL. ¿Qué ma­nías de es­cri­tor tie­nen? Noe­mí. Lo­ren­zo se con­cen­tra tan­to que, a ve­ces, ni si­quie­ra se acuer­da de co­mer. Lo­ren­zo. ¿Ma­nías? Yo, ninguna. Es­cri­bo en un cuar­to que ni si­quie­ra tie­ne puerta y, aun­que tra­ba­jo me­jor en silencio, he te­ni­do que ha­cer­lo en el tren, en el me­tro, en ae­ro­puer­tos y con ni­ños al­re­de­dor. Es­cri­bo de cual­quier ma­ne­ra. XL. Mucha gen­te tra­ba­ja con su pa­re­ja, pe­ro ¿pue­de re­sul­tar ago­bian­te pa­sar el día jun­tos?

Noe­mí. No, no; es to­do lo con­tra­rio. Ca­da uno tie­ne su tra­ba­jo y Lo­ren­zo, ade­más, via­ja mu­chí­si­mo, tie­ne sus ac­tos, sus co­sas... Es­to es una for­ma de ver­nos un po­co más. Yo, al me­nos, lo vi­vo así. Es una ma­ne­ra de com­par­tir las co­sas con él. XL. Por cier­to, se­ñor 'car­te­ro', ¿le en­se­ña a Noe­mí las car­tas de los lec­to­res de Xlse­ma­nal? Lo­ren­zo. Sí, mu­chas ve­ces. Ha­ce unas se­ma­nas coin­ci­dió que ca­si to­das eran bue­ní­si­mas y le leí dos o tres pa­ra que me ayu­da­ra a ele­gir la ga­na­do­ra en­tre dos. Me cos­ta­ba de­ci­dir­me y le pe­dí opi­nión. Com­par­tí lo que me di­jo y ele­gí la me­jor. XL. He leí­do ca­si una de­cla­ra­ción de amor de Noe­mí: «Sin Lo­ren­zo no exis­ti­ría na­da de lo que amo: ni mi poe­sía ni mi edi­to­rial».

Noe­mí. Sí, es cier­to. Yo tra­ba­ja­ba en Cul­tu­ra del Ayun­ta­mien­to de Castelldefels, pe­ro en 2011, tras seis años y cin­co opo­si­cio­nes, no con­se­guí

la pla­za en pro­pie­dad; mi mun­do en­te­ro se vino aba­jo y fue un ver­da­de­ro shock. Un día, al lle­gar a ca­sa le di­je a Lo­ren­zo que que­ría mon­tar una edi­to­rial y no tar­dó ni un mi­nu­to en de­cir­me que se aso­cia­ría con­mi­go. Así na­ció Pla­ya de Áka­ba, que ya ha cum­pli­do cua­tro años. Y, aun­que es­tá sien­do du­ro, es la lo­cu­ra más bo­ni­ta de mi vi­da. XL. ¿Có­mo se co­no­cie­ron? Noe­mí. En una li­bre­ría, en la pre­sen­ta­ción de un li­bro. Lo­ren­zo. Po­co des­pués del 11-S, en 2001. Sie­te años des­pués em­pe­za­mos a vi­vir jun­tos. XL. Años más tar­de se ca­sa­ron y for­ma­ron una fa­mi­lia con hi­jos de aquí y de allá.

Noe­mí. Yo ten­go una hi­ja de 15 años y con Lo­ren­zo ten­go a Nu­ria, que tie­ne 4. Él, a su vez, tie­ne dos hi­jos de su an­te­rior ma­tri­mo­nio. Lo­ren­zo. Con mi hi­ja Lau­ra, que tie­ne 18 años, tam­bién es­cri­bí un li­bro a me­dias, pe­ro fue ella quien me pu­so a tra­ba­jar so­bre una idea su­ya. XL. Com­par­ten tra­ba­jo, ca­sa, hi­jos y afi­cio­nes, ¿hay al­go que no com­par­tan? [Ri­sas].

Noe­mí. Com­par­ti­mos mu­chas co­sas. Él me ha­bla de sus ideas, de sus pro­yec­tos y yo tam­bién. Nos gus­ta leer, es­cri­bir, via­jar, ir al ci­ne y al tea­tro… Lo­ren­zo. Pre­ci­sa­men­te, la co­ci­na es al­go que nin­guno de los dos dis­fru­ta­mos con mucha pa­sión. XL. ¿Y quién man­da en los fo­go­nes? Lo­ren­zo. Ella. Es mu­cho me­jor co­ci­ne­ra que yo. Re­co­noz­co que soy un co­ci­ne­ro muy me­dio­cre, aun­que no me importa con­ver­tir­me en su pin­che. Noe­mí. Nues­tra vi­da es un po­co des­or­ga­ni­za­da y es muy di­fí­cil que él es­té en ca­sa a la ho­ra de co­mer. La co­ci­na siem­pre es un po­co im­pro­vi­sa­da. Lo­ren­zo. La co­ci­na es una ac­ti­vi­dad muy bo­ni­ta, pe­ro pa­ra el que tie­ne tiem­po. Me gus­ta­ría vol­ver a ha­cer mi­nia­tu­ras y co­ci­nar, aun­que creo que hoy día los chefs es­tán so­bre­va­lo­ra­dos [se ríe]. XL. ¿Pe­ro les gus­ta co­mer bien? Lo­ren­zo. No soy un tra­gal­da­bas ni un apa­sio­na­do de la co­mi­da. Pre­fie­ro co­mer bien que mal, cla­ro; pe­ro no pier­do ni el cu­lo ni la car­te­ra por una bue­na me­sa. XL. Pues es­ta vez les va a to­car pre­pa­rar­se la co­mi­da jun­tos. ¿Qué tie­nen pen­sa­do ha­cer?

Noe­mí. Unos ro­lli­tos de sal­món con que­so y en­sa­la­da de rú­cu­la.

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