DON­NA LEON

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Entrevista - POR FÁ­TI­MA URIBARRI / FO­TO­GRA­FÍA: GABY GER STER

ES­TÁ IN­DIG­NA­DA. POR EL DESAS­TRE ME­DIOAM­BIEN­TAL, LO DI­FÍ­CIL QUE ES VI­VIR EN VE­NE­CIA Y LA IG­NO­RAN­CIA DE SUS COM­PA­TRIO­TAS ES­TA­DOU­NI­DEN­SES. HA­BLA­MOS DE TO­DO ESO Y DE SU NUE­VA NO­VE­LA, 'RES­TOS MOR­TA­LES', CON ES­TA ES­CRI­TO­RA SU­PER­VEN­TAS ENAMO­RA­DA DE ITA­LIA.

Es muy me­nu­da. Y ma­to­na. Una mu­jer bra­va, sin pe­los en la len­gua, muy li­bre. Tam­bién es en­can­ta­do­ra y apa­sio­na­da: po­ne vo­ces, ac­túa, suel­ta ex­pre­sio­nes en ita­liano, se ríe... Xlse­ma­nal. ¡Ya no vi­ve en Ve­ne­cia to­do el año! Don­na Leon. No me que­da­ré más de una se­ma­na se­gui­da has­ta oc­tu­bre por­que es in­so­por­ta­ble. Lle­gan has­ta 70.000 tu­ris­tas que se agol­pan sobre la mis­ma zo­na. No se pue­de ca­mi­nar. Pa­re­ce que es­tás en Shang­hái. Pre­fie­ro ir­me que vol­ver­me lo­ca. Me he vuel­to co­mo los ve­ne­cia­nos, que año­ro los vie­jos tiem­pos, cuan­do po­días com­prar bo­to­nes o una agu­ja de co­ser a la vuel­ta de la es­qui­na. Aho­ra, ahí hay un ba­zar chino o una tien­da de sou­ve­nirs. Así que, en lu­gar de con­ver­tir­me en una per­so­na an­ti­pá­ti­ca, me voy a mi ca­sa de las mon­ta­ñas en Sui­za: allí no hay gen­te, es­ta­mos las va­cas y yo. Y pue­do se­guir yen­do a la ópe­ra y ver a mis ami­gos. XL. Di­cen los ve­ne­cia­nos que son una es­pe­cie en ex­tin­ción. D.L. Lo son. Van a des­apa­re­cer. Aho­ra hay unos 50.000 re­si­den­tes, cuan­do yo lle­gué en los años se­sen­ta ha­bía más de 100.000. Y eso que ha ve­ni­do mu­cha gen­te de fue­ra, del res­to de Ita­lia y del ex­tran­je­ro, pe­ro es bueno y ma­lo: bueno por­que aña­de di­ver­si­dad y ma­lo por­que no vi­ven allí, pa­san so­lo tem­po­ra­das. Y cuan­do es­tán, se van a Louis Vuit­ton y gas­tan allí mu­cho di­ne­ro, pe­ro la ciu­dad no se en­ri­que­ce con ellos. Odio ser tan ve­ne­cia­na en es­to de que el di­ne­ro im­por­ta, pe­ro los ve­ne­cia­nos lo ne­ce­si­tan y el tu­ris­mo no es la vía. XL. ¿Qué se pue­de ha­cer? D.L. Ab­so­lu­tamn­te na­da. Es un pro­ble­ma glo­bal re­sul­ta­do del ca­pi­ta­lis­mo. Se ha des­trui­do mu­cho pa­ra crear ri­que­za, y co­mo Ve­ne­cia es úni­ca y es bo­ni­ta, la gen­te se fi­ja en ella, pe­ro es­tá su­ce­dien­do en to­das par­tes. XL. ¿Por qué Ve­ne­cia enamo­ra tan­to? D.L. Por lo mis­mo por lo que la gen­te se ta­túa. XL. ¿Có­mo? D.L. Es una mo­da. Es un fe­nó­meno es­to de los ta­tua­jes: en los úl­ti­mos años, de re­pen­te, to­dos se los ha­cen por ra­zo­nes pa­ra mí des­co­no­ci­das. No co­noz­co a na­die que ni se le ocu­rra ha­cer­se uno. ¡Ah!, bueno sí: mi her­mano se hi­zo uno ha­ce 60 años, una no­che de bo­rra­che­ra. XL. A Ve­ne­cia se via­ja des­de ha­ce si­glos. D.L. Pe­ro an­tes era más di­fí­cil lle­gar y aho­ra es muy fá­cil. XL. Su pri­mer via­je a Ita­lia fue a Ro­ma. D.L. Sí, te­nía 23 años. Fui a Ita­lia con una ami­ga ita­loa­me­ri­ca­na. Era una com­pa­ñe­ra de la uni­ver­si­dad. Un año des­pués de ha­ber­nos gra­dua­do, me lla­mó y me di­jo: «Quie­ro ir a Ro­ma a es­tu­diar pin­tu­ra, pe­ro mis pa­dres no me de­jan ir so­la. ¿Te gus­ta­ría ve­nir a Ro­ma un par de me­ses?». Yo es­ta­ba ha­cien­do el doc­to­ra­do y tra­ba­jan­do en tex­tos pu­bli­ci­ta­rios en Nue­va York. No me gus­ta­ba ese tra­ba­jo. Di­je ¿por qué no? XL. Sin­tió un flechazo con Ita­lia. D.L. Con los ita­lia­nos. Me en­can­tó la gen­te, qui­zá por­que pro­ven­go de una par­te de Amé­ri­ca don­de son mu­cho más for­ma­les y más fríos: no de­mues­tran el en­fa­do o los afec­tos. Bueno, mis pa­dres sí lo ha­cían, pe­ro no ha­bía ex­pe­ri­men­ta­do el con­tac­to fí­si­co en pú­bli­co en los Es­ta­dos Uni­dos. Y de re­pen­te es­ta gen­te ma­ra­vi­llo­sa, to­dos que­rién­do­me, be­sán­do­me, to­cán­do­me y ofre­cién­do­me co­mi­da de­li­cio­sa y ca­fé. ¡Ah!, en­ton­ces to­mé mi pri­mer ca­pu­chino... Me que­dé un año. Tra­ba­jé co­mo guía tu­rís­ti­ca y me en­can­tó. XL. Le sor­pren­die­ron mu­chas co­sas. D.L. Yo ve­nía de un si­tio don­de uno no to­ca­ba a la gen­te, no be­bía un ca­fé es­pe­cial ni can­ta­ba en la ca­lle, y uno no po­día com­prar un pe­rió­di­co co­mu­nis­ta. ¿Ver un pe­rió­di­co co­mu­nis­ta? [Ha­ce as­pa­vien­tos]. No que­da­ban le­jos los tiem­pos del se­na­dor Mccarthy. Me sor­pren­día to­do por­que era una es­tú­pi­da e ig­no­ran­te ame­ri­ca­na que no ha­bía vis­to una idea al­ter­na­ti­va del mun­do. Por eso es­toy tan con­ten­ta de ha­ber sa­li­do de allí y de ha­ber per­ma­ne­ci­do fue­ra. XL. ¿Ha cam­bia­do mu­cho Es­ta­dos Uni­dos des­de en­ton­ces? D.L. Sí, mu­cho. Aho­ra es más es­tú­pi­do e ig­no­ran­te to­da­vía. XL. ¿Va mu­cho por allí? D.L. De vez en cuan­do, a ver a mi fa­mi­lia, aun­que aho­ra ya so­lo me que­da mi

"MIS ABUE­LAS ERAN IR­LAN­DE­SAS, PE­RO TAM­BIÉN TEN­GO SAN­GRE ES­PA­ÑO­LA: MI ABUE­LO PA­TERNO ERA DE LEÓN"

her­mano. Cuan­do ten­go con­tac­to con los ame­ri­ca­nos, des­cu­bro que son to­da­vía más ig­no­ran­tes: no sa­ben na­da de geo­gra­fía ni de His­to­ria ame­ri­ca­na ni de lo que po­ne en la Cons­ti­tu­ción ni de que hay una Cor­te Su­pre­ma... No sa­ben que es­tán lu­chan­do en gue­rras por to­das par­tes, no sa­ben na­da. Y a la vez que son tan ig­no­ran­tes es­tán ab­so­lu­ta­men­te con­ven­ci­dos de que han en­con­tra­do la ver­dad, y eso es muy pe­li­gro­so. XL. No es muy op­ti­mis­ta. D.L. No lo soy con na­da. No pue­do ser­lo por­que leo de­ma­sia­do sobre eco­lo­gía. Soy una eco­lo­gis­ta ca­tas­tro­fis­ta: creo que la si­tua­ción del pla­ne­ta es mu­cho peor de lo que ima­gi­na­mos. Se de­rri­ten enor­mes ma­sas de hie­lo en Groen­lan­dia y cre­ce el ni­vel del mar. Y es­to afec­ta a Nue­va York, Mar­se­lla, Londres, Mia­mi... En Mia­mi he vis­to do­cu­men­ta­ción sobre es­te pro­ble­ma, pe­ro lo que ha­cen es aña­dir are­na a las pla­yas por­que no quie­ren que la gen­te se dé cuen­ta de que las pla­yas es­tán des­apa­re­cien­do por­que el ni­vel del mar es­tá cre­cien­do. En Ca­ro­li­na del Nor­te, los fun­cio­na­rios no pue­den ha­blar del ca­len­ta­mien­to glo­bal y he leí­do que tam­po­co se pue­de tra­tar en las es­cue­las. XL. ¿Es­tá preo­cu­pa­da con Do­nald Trump? D.L. Lo úni­co que me preo­cu­pa de él es que ha co­lo­ca­do en la agen­cia de pro­tec­ción me­dioam­bien­tal a un hom­bre que no cree en el ca­len­ta­mien­to glo­bal. Lo de­más no im­por­ta. XL. ¿Y el mu­ro con Mé­xi­co? D.L. Eso es bla­bla­blá, ¿con qué di­ne­ro va a le­van­tar­lo? [Ha­ce un ges­to muy ita­liano de que es una fan­fa­rro­ne­ría]. Tres mi­nu­tos. Ese es el tiem­po que sus se­gui­do­res son ca­pa­ces de man­te­ner la aten­ción, y no en­tien­den na­da, por eso le han vo­ta­do. A Trump no lo veo co­mo un pe­li­gro tre­men­do. XL. ¿Por qué ha ga­na­do? D.L. A los ame­ri­ca­nos les en­can­ta te­ner mie­do. Vi­ven en Ha­llo­ween. Les en­can­ta te­ner mie­do del zi­ka, del ébo­la, de es­to o de aque­llo. No les dan mie­do las ar­mas, sino co­sas ra­ras: la gue­rra ató­mi­ca, in­va­sio­nes... Te­ne­mos que vi­gi­lar las fron­te­ras [di­ce en tono muy gra­ve]. ¿Nos van a in­va­dir los ca­na­dien­ses? Es pa­la­bre­ría, pe­ro se la creen. El cie­rre de la agen­cia de

"LOS AME­RI­CA­NOS VI­VEN EN HA­LLO­WEEN. LES EN­CAN­TA TE­NER MIE­DO DE IN­VA­SIO­NES Y CO­SAS RA­RAS"

pro­tec­ción del me­dioam­bien­te, eso sí es un pe­li­gro. XL. De eso tra­ta su pró­xi­ma no­ve­la, Res­tos mor­ta­les.

D.L. El me­dioam­bien­te es lo úni­co im­por­tan­te. Creo que los bár­ba­ros es­tán a las puer­tas y es ho­ra de que reac­cio­ne­mos. Es tiem­po de preo­cu­par­se. En se­rio. Y lo peor es que creo que lo que he­mos he­cho has­ta 2017 es su­fi­cien­te pa­ra pro­vo­car nues­tra des­truc­ción. XL. Su de­tec­ti­ve, Gui­do Bru­net­ti, si­gue sien­do el ma­ri­do per­fec­to. ¿Ha es­ta­do ca­sa­da? D.L. No, nun­ca. Creo que el ma­tri­mo­nio de Bru­net­ti lo he sa­ca­do de mi in­fan­cia. Ten­go que con­fe­sar es­to: he vi­vi­do en una fa­mi­lia fe­liz. Mis pa­dres bro­mea­ban cons­tan­te­men­te. Ha­cían chis­tes, iro­ni­za­ban, al­go muy ir­lan­dés: mis abue­las eran ir­lan­de­sas y, por cier­to, mi abue­lo pa­terno era es­pa­ñol, de León. XL. ¿Qué pro­fe­sión te­nían sus pa­dres? D.L. Muy tra­di­cio­nal to­do: él era con­ta­ble y ella, se­cre­ta­ria a tiem­po par­cial pa­ra po­der de­di­car­se a cui­dar­nos a mi her­mano y a mí. XL. ¿De ellos le vie­ne la afi­ción por los li­bros y la música? D.L. Por los li­bros sí. Los dos leían cons­tan­te­men­te. Por la música no sé. Me en­se­ña­ron música de pe­que­ña, pe­ro no la apren­dí: no sé leer un pen­ta­gra­ma. Pe­ro, se­gún la es­cu­cha­ba, me gus­ta­ba. Me com­pra­ba dis­cos de Tchai­kovsky, De­bussy, Ra­vel y otra mu­cha gen­te que aho­ra no es­cu­cho. So­lo es­cu­cho música ba­rro­ca, aca­bo de es­tar en un fes­ti­val de Han­del con la or­ques­ta con la que tra­ba­jo. XL. ¿Cuál es su co­me­ti­do en la or­ques­ta Il Po­mo d'oro? D.L. Ha­blo, pre­sen­to co­sas al pú­bli­co. Tra­ba­jo mu­cho con ellos. Es muy di­ver­ti­do. Voy a los en­sa­yos, a las gra­ba­cio­nes y a los con­cier­tos. Son bue­ní­si­mos. Tam­bién doy mi opi­nión sobre los can­tan­tes. XL. Ade­más, son sus ami­gos. La amis­tad sa­le mu­cho en sus no­ve­las. D.L. La amis­tad nor­mal­men­te du­ra más que el ma­tri­mo­nio. Es bas­tan­te ha­bi­tual te­ner dos o tres an­ti­guos y bue­nos ami­gos. Yo he te­ni­do ami­gos du­ran­te 40 y 50 años. XL. ¿Por qué es­ta di­fe­ren­cia? D.L. La di­fe­ren­cia es que, cuan­do una re­la­ción es ro­mán­ti­ca, apa­re­cen la idea de po­se­sión y los ce­los. Mien­tras que no eres due­ño de un ami­go ni lo pre­ten­des, ni tie­nes hi­jos o di­ne­ro en co­mún. Sen­ci­lla­men­te lo quie­res. To­do es vo­lun­ta­rio en la amis­tad. XL. Pe­ro la gen­te bus­ca pa­re­ja. D.L. Por­que ne­ce­si­ta a al­guien que co­ci­ne y la­ve los pla­tos [se ríe]. XL. ¿Qué opi­na de las con­ti­nua­cio­nes de sa­gas de­tec­ti­ves­cas de au­to­res fa­lle­ci­dos co­mo ha pa­sa­do con Agat­ha Ch­ris­tie, Ray­mond Chand­ler o Stieg Larsson? D.L. No lo en­tien­do. Tam­bién lo han he­cho con Ja­ne Aus­ten y Dic­kens: han ter­mi­na­do sus li­bros, aun­que ellos no de­ja­ron no­tas. Creo que es des­ho­nes­to, a no ser que pon­gas «es­cri­to a la ma­ne­ra de Chand­ler», pe­ro no lo lees a él, sino a otro que lo imi­ta. ¿Por qué quie­ren imi­ta­cio­nes? Que lean a Chand­ler. Ten­go que acor­dar­me de po­ner es­to en mi tes­ta­men­to, que na­die ha­ga 'Don­na Leon dos', es mi ex­pre­so de­seo [se ríe]. XL. La lio bue­na con su opi­nión sobre el éxi­to de la tri­lo­gía Mi­llen­nium, de Stieg Larsson. D.L. Hi­ce lo que no hay que ha­cer: no

Qhay que ha­blar mal de tus co­le­gas. Pe­ro en­cuen­tro sus li­bros tan pa­to­ló­gi­cos que lo di­je. Leí el pri­me­ro, no pu­de con los otros. El se­xo es­ta­ba siem­pre re­la­cio­na­do con vio­len­cia y agre­sión. Me pa­re­ció pa­to­ló­gi­co: ya te­ne­mos su­fi­cien­te en es­te mun­do, no ne­ce­si­ta­mos 10 o 20 mi­llo­nes de per­so­nas le­yen­do eso. Su­pon­go que lo que me cho­có es que tu­vie­ra tan­to éxi­to, por­que no es un buen li­bro y los per­so­na­jes son to­tal­men­te in­ve­ro­sí­mi­les. XL. Gus­ta­ron mu­cho. D.L. Lo sé. Tam­bién gus­tan los ta­tua­jes. Leí un ar­tícu­lo sobre la dark­net, la web un­der­ground don­de es­tá to­do lo ilí­ci­to: trá­fi­co de dro­gas y ar­mas... Leí que la mi­tad de lo que hay allí es por­no­gra­fía in­fan­til. Así que el ar­gu­men­to de que 'es lo que le gus­ta a la gen­te' no es una de­fen­sa de su ca­li­dad. Que gus­ten a la gen­te no sos­tie­ne la ca­li­dad de los li­bros. Sien­to que Larsson mu­rie­ra jo­ven, pe­ro sus li­bros son ver­gon­zo­sos. XL. ¿Y por qué a la gen­te le gus­ta leer sobre ase­si­na­tos? D.L. No lo sé, es una pre­gun­ta muy re­tó­ri­ca. Si vi­nie­ran unos ex­tra­te­rres­tres a la Tie­rra, ve­rían a una es­pe­cie que gas­ta la ma­yor par­te de su tiem­po de ocio vien­do có­mo les su­ce­den co­sas ma­las a otros miem­bros de su es­pe­cie. Los pá­ja­ros no ha­cen eso ni los leo­nes ni las abe­jas. Lo ha­ce­mos no­so­tros. Y en­con­tra­mos pla­cer en ello. Yo vi­vo de ello, no me opon­go de­ma­sia­do, créa­me [di­ce rien­do].

"SIEN­TO QUE STIEG LARSSON MU­RIE­RA JO­VEN, PE­RO SUS LI­BROS DE LA TRI­LO­GÍA 'MI­LLEN­NIUM' SON VER­GON­ZO­SOS"

"LO QUE YA HE­MOS HE­CHO AL PLA­NE­TA ES SU­FI­CIEN­TE PA­RA PRO­VO­CAR NUES­TRA DES­TRUC­CIÓN"

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