Es­ta es mi fa­mi­lia

Tras su gran ex­po en el Me­tro­po­li­tano de Nue­va York, Max Beck­mann –ti­tán del ex­pre­sio­nis­mo prohi­bi­do por los na­zis– bri­lla tam­bién en el Thyssen de Ma­drid.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Conocer Cómo Mirar Un Cuadro... -

1. La com­po­si­ción: a un la­do, el au­tor y su mu­jer

La inusual es­ce­na fa­mi­liar no mues­tra una con­vi­ven­cia fe­liz, sino a ca­da fi­gu­ra su­mer­gi­da en su pro­pio mun­do, co­mo si de ex­tra­ños se tra­ta­ra. La es­ce­na es­tá di­vi­di­da ver­ti­cal­men­te en dos par­tes. En la par­te de la iz­quier­da, el ma­tri­mo­nio mal ave­ni­do: un ma­ri­do apá­ti­co que no pres­ta aten­ción a su es­po­sa pro­vo­ca­ti­va. Una fi­gu­ra re­li­gio­sa se aso­ma a su la­do de for­ma iró­ni­ca. En la par­te de­re­cha se en­cuen­tra el res­to de la fa­mi­lia.

2. Los per­so­na­jes: pa­rien­tes y ros­tros reales

El ar­tis­ta se re­tra­ta a sí mis­mo es­ti­ra­do en un ban­co y con mi­ra­da abu­rri­da. La mu­jer que es­tá a su la­do, de es­pal­das y con el ros­tro re­fle­ja­do en el es­pe­jo, es su pri­me­ra es­po­sa, la can­tan­te Mi­na Beck­mann-tu­be. La an­cia­na que se cu­bre el ros­tro con una mano es su sue­gra, y la que se aco­da en la me­sa con la mi­ra­da per­di­da es su cu­ña­da. La mu­jer que lee el pe­rió­di­co no es­tá iden­ti­fi­ca­da, mien­tras que el ni­ño que es­tá en el sue­lo es su hi­jo Pe­ter.

3. Su hue­lla: in­flu­yó en Sal­va­dor Da­lí

Max Beck­mann fue un per­so­na­je so­li­ta­rio, in­de­pen­dien­te y uno de los ar­tis­tas ale­ma­nes más des­ta­ca­dos del si­glo pa­sa­do iden­ti­fi­ca­do con el es­ti­lo ex­pre­sio­nis­ta. Tam­bién fue pre­cur­sor del mo­vi­mien­to ar­tís­ti­co lla­ma­do nue­va ob­je­ti­vi­dad, que in­flu­yó, en­tre otros ar­tis­tas, en el jo­ven Sal­va­dor Da­lí. Max Beck­mann se mos­tró a sí mis­mo a me­nu­do en sus obras y con­tó en ellas epi­so­dios de su pro­pia vi­da.

4. El es­pa­cio: claus­tro­fó­bi­co

El ex­pre­sio­nis­mo que prac­ti­ca­ba Max Beck­mann era ator­men­ta­do, con nue­vas pers­pec­ti­vas ro­tas y des­fi­gu­ra­das, co­mo es­ta ha­bi­ta­ción claus­tro­fó­bi­ca que aco­ge per­so­nas con va­rios ani­ma­les, plan­tas y mue­bles de una for­ma caó­ti­ca. Las fi­gu­ras, si­tua­das a dies­tro y si­nies­tro, pro­du­cen en el es­pec­ta­dor una sen­sa­ción de vér­ti­go y an­gus­tia.

5. Sím­bo­los: la lla­ma del amor

Su pa­so por la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial le de­jó se­cue­las psi­co­ló­gi­cas que cam­bia­ron su obra. Es­te cua­dro lo pin­tó en 1920, con los ho­rro­res vi­vi­dos muy re­cien­tes. En la obra, de as­pec­to caó­ti­co, sin em­bar­go, to­do tie­ne su sen­ti­do: la ve­la en­tre él y Mi­na es­tá apa­ga­da en se­ñal de desamor, mien­tras que las ve­las en­cen­di­das ilu­mi­nan a las per­so­nas con las que el ar­tis­ta man­te­nía un afec­to vi­vo.

6. Los na­zis: obra ve­ta­da

Al igual que les su­ce­dió a otros de sus con­tem­po­rá­neos, co­mo Ot­to Dix o Au­gust Mac­ke, la obra de Beck­mann fue in­clui­da en el ca­tá­lo­go de 'ar­te de­ge­ne­ra­do' del Par­ti­do Na­zi. Ve­ta­ron sus cua­dros en mu­seos y ga­le­rías y con­vir­tie­ron su ar­te en ob­je­to de bur­la. A los na­zis no les gus­ta­ba su li­bre uti­li­za­ción de las for­mas, las pro­por­cio­nes y el co­lor.

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