Ha­bla­mos de po­li­ti­ca?

NOR­TE­AME­RI­CANO FREEMAN, BRI­TÁ­NI­CO CAI­NE. DOS LE­YEN­DAS DEL CI­NE CU­YOS PAÍ­SES OCU­PAN HOY EL CEN­TRO DE LA AC­TUA­LI­DAD. CON­VER­TI­DOS EN JU­BI­LA­DOS JUS­TI­CIE­ROS CON­TRA LA BAN­CA EN SU NUE­VA PE­LÍ­CU­LA, ES­TOS DOS ABUE­LOS DE HOLLY­WOOD TIE­NEN TO­DA­VÍA MU­CHO QUE DE­CIR.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine - POR FER­NAN­DO GOI­TIA FO­TO­GRA­FÍA: SA­RAH DUNN

"YO NO LE TEN­GO MIE­DO A TRUMP. PE­RO PA­RE­CE QUE NO CO­NO­CE NUES­TRA CONS­TI­TU­CIÓN" –FREEMAN– "LOS BRI­TÁ­NI­COS NO PO­DE­MOS SE­GUIR GO­BER­NA­DOS POR UN PU­ÑA­DO DE BU­RÓ­CRA­TAS DES­DE BRUSELAS" –CAI­NE–

UN CRUEL LA­BE­RIN­TO FA­MI­LIAR

Freeman ha te­ni­do dos es­po­sas y es pa­dre de cua­tro hi­jos de tres ma­dres dis­tin­tas. Ha­ce dos años su­frió el gran gol­pe de su vi­da, cuan­do su nie­ta E'de­na Hi­nes [a la de­re­cha con Freeman y su se­gun­da esposa] fue ase­si­na­da por su no­vio. El jo­ven, dro­ga­do, la apu­ña­ló en ple­na ca­lle al grito de: «¡Sa­lid de su cuer­po, de­mo­nios!». or­gan Freeman y Mi­chael Cai­ne son gran­des ami­gos. No hay du­da. Que­da cla­ro en cuan­to en­tran en la ha­bi­ta­ción del lu­jo­so ho­tel don­de re­ci­ben a Xlse­ma­nal, en una ne­va­da ma­ña­na neo­yor­qui­na. No se han sen­ta­do to­da­vía y el guan­te or­to­pé­di­co gris que cu­bre la mano iz­quier­da de Freeman da pie a un co­men­ta­rio ma­li­cio­so de Cai­ne. «No lo lle­va por­que ha­ga frío, ojo», ad­vier­te el ac­tor bri­tá­ni­co. «No, no, es por un ac­ci­den­te que su­frí en 2008, vol­vien­do a ca­sa una no­che. Es­toy vi­vo de mi­la­gro –re­fie­re Freeman; ha­blar pau­sa­do, mi­ra­da que exi­ge aten­ción ple­na a su in­ter­lo­cu­tor–. Mi co­che dio va­rias vuel­tas de cam­pa­na y la mano se me que­dó pa­ra­li­za­da. Co­mo no la mue­vo, de­bo lle­var un guan­te pa­ra que ha­ga pre­sión; ya sa­bes, que flu­ya la san­gre y no se me hin­che». A su la­do, ya sen­ta­do, Cai­ne, ce­jas ar­quea­das y do­bles in­ten­cio­nes, se­ña­la ha­cia aba­jo y dis­pa­ra: «Sí, cla­ro, ya se sa­be, so­bre to­do a cier­tas eda­des, que to­do lo que no se uti­li­za se atro­fia». Las car­ca­ja­das re­sue­nan en la estancia. Es so­lo una in­tro­duc­ción a esa so­ca­rro­ne­ría

tan bri­tá­ni­ca de Cai­ne, es­cul­pi­da en una in­fan­cia en­tre car­ga­men­tos de pes­ca­do en los mue­lles de Lon­dres, don­de tra­ba­ja­ba su pa­dre. «Bueno, ¿qué más quie­res sa­ber?», zan­ja Freeman, fin­gien­do se­rie­dad, in­vi­tan­do a ini­ciar una char­la cu­ya ex­cu­sa es el es­treno [el 12 de abril] de Un gol­pe con es­ti­lo, su sexta pe­lí­cu­la jun­tos en nue­ve años. tras­la­da al sud­es­te asiático y pier­den su pen­sión. Son las ra­zo­nes que lle­van a sus per­so­na­jes en Un gol­pe con es­ti­lo a rea­li­zar un atra­co. ¿Em­pa­ti­zan con ellos? Freeman. Oh, sí, com­ple­ta­men­te. Ese ban­co se me­re­ce ser atra­ca­do, ¿no? Cai­ne. Por su­pues­to. XL. En la vi­da real, ¿creen que es­tos an­cia­nos ha­brían vo­ta­do a Trump? Cai­ne. Me te­mo que sí. Freeman. Es muy po­si­ble, sí. Son el ti­po de gen­te al que se di­ri­gió en la campaña. Trump, sin du­da, eli­gió muy bien su mensaje y a quién lan­zár­se­lo. XL. Mu­chos atri­bu­yen la vic­to­ria de Trump y la del a una mis­ma raíz: la in­dig­na­ción de las cla­ses tra­ba­ja­do­ras lo­ca­les, que se sien­ten aban­do­na­das por

"YO QUIE­RO SA­BER QUIÉN EN­TRA EN MI PAÍS. DI­CEN QUE NO HAY EM­PLEO PA­RA LOS BRI­TÁ­NI­COS. ¿NO TEN­DRÁ QUE VER CON LA EMI­GRA­CIÓN?" –CAI­NE–

las éli­tes y te­men a la in­mi­gra­ción... Cai­ne. Oh, sí. El brexit triun­fó por si­mi­la­res ra­zo­nes que Trump. A mí, de to­dos mo­dos, más que la in­mi­gra­ción, que va a con­ti­nuar por­que las em­pre­sas ne­ce­si­tan mano de obra, me in­dig­na la pér­di­da de so­be­ra­nía. No po­de­mos se­guir go­ber­na­dos por un pu­ña­do de bu­ró­cra­tas sin ros­tro des­de Bruselas. XL. Hoy, nue­ve me­ses des­pués del re­fe­rén­dum, ¿si­gue vien­do to­do ba­jo el mis­mo pris­ma? Cai­ne. Si­go es­tan­do a fa­vor, sí. Mi­ra, un día vi que un tal Junc­ker le de­cía a mi pri­mer mi­nis­tro lo que es­te de­bía ha­cer en su pro­pio país. Me di­je: «Pe­ro, hom­bre, ¿quién es es­te tal Junc­ker?». Y cuan­do vi quién era, pen­sé: «¡Có­mo! ¡El ex pri­mer mi­nis­tro de Lu­xem­bur­go le es­tá di­cien­do a Da­vid Ca­me­ron lo que tie­ne que ha­cer!». Por Dios, ¡pe­ro si yo cre­cí pen­san­do que Lu­xem­bur­go era una emi­so­ra de ra­dio y no un país! [Se ríen]. XL. En to­do ca­so, tan­to Trump co­mo los par­ti­da­rios del brexit lan­za­ron men­sa­jes an­ti­in­mi­gra­ción, con tintes ra­cis­tas... Cai­ne. Yo no soy ra­cis­ta, des­de lue­go. Freeman. Sí, pues yo... To­dos so­mos per­so­nas. No nos de­fi­ne ser ne­gros ni blan­cos ni mu­sul­ma­nes ni cris­tia­nos... Cai­ne. Yo es­toy a fa­vor de la in­mi­gra­ción, pe­ro con­tro­la­da. Quie­ro sa­ber quién en­tra en mi país. No so­lo por­que se pue­dan co­lar te­rro­ris­tas y gen­te que vie­ne a de­lin­quir –ase­si­nos, vio­la­do­res...– a los que lue­go no po­de­mos de­por­tar; tam­bién hay gen­te que vie­ne pa­ra ser tra­ta­da gra­tis en nues­tro sis­te­ma sa­ni­ta­rio, que nos cues­ta mi­llo­nes de li­bras al año. El sis­te­ma de sa­lud y el de vi­vien­da es­tán al bor­de de la quie­bra. Di­cen que no hay ser­vi­cios, ca­sas y em­pleos su­fi­cien­tes pa­ra la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Y di­go yo: ¿ten­drá es­to al­go que ver con de­jar en­trar a dos mi­llo­nes de in­mi­gran­tes? Y hay quien di­ce que eso no tie­ne na­da que ver... XL. Ese es el ar­gu­men­to de Trump pa­ra sos­te­ner su po­lí­ti­ca an­ti­mi­gra­to­ria... Freeman. Sí, ese es el mensaje que ha lle­va­do a Trump a la Ca­sa Blan­ca. Y al­go de eso hay, aun­que da la im­pre­sión de que es­te hom­bre no co­no­ce bien lo que per­mi­te y lo que no per­mi­te nues­tra Cons­ti­tu­ción. Ya he­mos vis­to que los tri­bu­na­les le han pa­ra­do los pies... Cai­ne. Y eso que vo­so­tros te­néis un gran con­trol so­bre quien en­tra. Yo vi­ví aquí diez años y tu­ve que ha­cer mi­les de trá­mi­tes y pro­bar que te­nía di­ne­ro, ca­sa, tra­ba­jo; que, si me arrui­na­ba, te­nía quien res­pon­die­ra por mí... Mu­chas tra­bas. Pe­ro en In­gla­te­rra cual­quie­ra lle­ga, re­ci­be un sub­si­dio y le pagan la vi­vien­da. No to­dos, pe­ro mu­chos se apro­ve­chan de ese sis­te­ma. En­tien­do que es im­por­tan­te man­te­ner una puer­ta abier­ta, pe­ro lo que su­ce­de aho­ra no pue­de ser. XL. A ve­ces da la im­pre­sión de que Trump in­ter­pre­ta­ra un pa­pel, un per­so­na­je muy ela­bo­ra­do que lo ha lle­va­do al des­pa­cho oval. ¿Qué opi­nan de él co­mo ac­tor? Cai­ne. Bueno, po­dría de­cir­se que ha ga­na­do el Os­car, ¿no? [Se ríen]. Pe­ro te di­ré una co­sa, si ob­ser­vas el len­gua­je cor­po­ral de los se­res hu­ma­nos, cuan­to más po­de­ro­sos y se­gu­ros de sí mis­mos son, me­nos ges­tos ha­cen y más des­pa­cio ha­blan. A me­di­da que ba­jas en la es­ca­la so­cial, la gen­te ha­bla más rá­pi­do y ges­ti­cu­la más. Es el re­cur­so que tie­nen pa­ra que les pres­tes aten­ción. Freeman. Trump no res­pon­de a ese pa­trón del po­de­ro­so y se­gu­ro de sí mis­mo, des­de lue­go. Ges­ti­cu­la mu­cho y de for­ma muy for­za­da. Son ges­tos ner­vio­sos. Oba­ma era mu­cho más co­me­di­do. Cai­ne. Sí, no se le ve muy natural. Es cu­rio­so, por­que siem­pre se di­ce de él que lo es y que suel­ta lo pri­me­ro que le vie­ne a la ca­be­za, pe­ro a mí me pa­re­ce un hom­bre muy in­se­gu­ro. XL. ¿Y de dón­de sa­ca us­ted esa teo­ría so­bre el len­gua­je cor­po­ral y el po­der? Cai­ne. ¿Has vis­to Zu­lú? En esa pe­lí­cu­la, mi pri­mer gran pa­pel, yo era un ofi­cial bri­tá­ni­co con mu­cha au­to­ri­dad y es­tu­dié el len­gua­je cor­po­ral de los po­de­ro­sos. Me fi­jé mu­cho en el prín­ci­pe Phi­lip, que siem­pre ca­mi­na con las ma­nos cruzadas a la es­pal­da. La gen­te le abre las puer­tas, lo de­fien­den si es ata­ca­do..., no ne­ce­si­ta te­ner­las de­lan­te [se ríen]. Ade­más, ha­bla des­pa­cio, no le­van­ta la voz y to­dos le pres­tan aten­ción. Lo cier­to es que re­sul­tó un po­co con­tra­pro­du­cen­te co­mo mo­de­lo pa­ra mí. ¡Ca­si me des­pi­den! XL. ¿Y eso? Cai­ne. Lle­vá­ba­mos dos se­ma­nas ro­dan­do en Áfri­ca y, des­pués de ha­ber en­via­do a Paramount al­go de ma­te­rial, Stan­ley Ba­ker –pro­ta­go­nis­ta y pro­duc­tor de la pe­lí­cu­la– re­ci­bió el si­guien­te mensaje: «Des­pi­de al ac­tor ese que ha­ce del te­nien­te Brom­head. ¡No sa­be qué ha­cer con sus ma­nos!» [se ríen a car­ca­ja­das]. XL. Aque­lla cin­ta, sin em­bar­go, fue su gran pla­ta­for­ma de lan­za­mien­to...

"PA­SA­DO EL 'SHOCK', CON­FÍO EN QUE TRUMP SEA UN BUEN PRE­SI­DEN­TE. AL HOM­BRE NO LE GUS­TA PER­DER... VE­RE­MOS" –FREEMAN– "DE­JÉ DE BE­BER, DE SA­LIR; NO TO­MO AZÚ­CAR, SAL NI GLU­TEN... ¡IGUAL ME MUE­RO DE TAN­TO CUI­DAR­ME!" –CAI­NE–

Cai­ne. Así es, pe­ro hay gen­te muy ob­tu­sa en es­te mun­di­llo. Es más, con mi si­guien­te tra­ba­jo The Ip­cress fi­le, me pa­só otra co­sa... Yo era un es­pía, lle­va­ba ga­fas y pa­ra se­du­cir a una mu­jer me iba de com­pras y la in­vi­ta­ba a ce­nar. Pues, un día, el di­rec­tor re­ci­bió un te­le­gra­ma de la pro­duc­to­ra: «Nos preo­cu­pa el pro­ta­go­nis­ta: ha­ce la com­pra, co­ci­na y lle­va ga­fas. ¡Pa­re­ce ho­mo­se­xual!» [más car­ca­ja­das]. En fin, era 1965. XL. Us­ted, se­ñor Freeman, ha si­do dos ve­ces pre­si­den­te de Es­ta­dos Uni­dos [Deep im­pact y Ob­je­ti­vo: La Ca­sa Blan­ca]. ¿Qué se sien­te en la piel de al­guien tan po­de­ro­so? Freeman. Tam­po­co di­ría que he es­ta­do en su piel. En to­do ca­so, no de­be de ser fá­cil. Si pien­so en los pre­si­den­tes que ha ha­bi­do des­de mi in­fan­cia, li­de­ran­do al país en to­das las gue­rras y líos en los que nos he­mos me­ti­do, los ima­gino des­pier­tos to­da la no­che dán­do­le vuel­tas a sus pró­xi­mas de­ci­sio­nes... Cai­ne. Oye, en­ton­ces fuis­te un pre­si­den­te ne­gro mu­cho an­tes que Oba­ma. Freeman. Sí, cla­ro [se ríen]. Aun­que re­cuer­do que con Deep im­pact [1998] mu­chos de­cían que el país no es­ta­ba preparado pa­ra un pre­si­den­te ne­gro... XL. ¿In­ter­pre­tar a Man­de­la fue qui­zá más en­ri­que­ce­dor? Freeman. Es que Man­de­la fue un hé­roe de ver­dad, un hom­bre muy va­lien­te, pe­ro ama­ble y com­pa­si­vo. Fue muy in­tere­san­te, pe­ro re­crear a una per­so­na real es so­lo mí­mi­ca, imi­tar sus ges­tos.

Cai­ne. ¿Sa­bías que hi­ce del pre­si­den­te sud­afri­cano Fre­de­rik de Klerk? 'Mi' Man­de­la fue Sid­ney Poi­tier. No sé si te he con­ta­do que fui­mos a ce­nar una no­che con De Klerk y que, días des­pués, Man­de­la in­vi­tó so­lo a Sid­ney, pe­ro a mí no por­que... Bueno, da igual. El ca­so es que, cuan­do re­gre­só de la ce­na, me con­tó: «¿Sa­bes lo pri­me­ro que me ha pre­gun­ta­do Man­de­la?: '¿A qué se de­di­ca, se­ñor Poi­tier?'» [se ríen]. No sa­bía quién era. XL. Ha­blan­do de Poi­tier, ¿no fue él la pri­me­ra op­ción pa­ra ha­cer de chó­fer en Pa­sean­do a Miss Daisy?

Freeman. Sí, es cier­to. Yo te­nía ya 50 años, es­ta­ba en una obra en Nue­va York y oí que Bru­ce Be­res­ford, el di­rec­tor, an­da­ba por allí. Al aca­bar la fun­ción, le pre­gun­té: «En­ton­ces, ¿es mío el pa­pel?». ¿Sa­bes qué me res­pon­dió?: «Es que eres un po­co jo­ven» [car­ca­ja­das]. Que­rían a Poi­tier. En­ton­ces, él re­cha­zó el pa­pel y les di­jo: «Me­jor con­tra­táis al cha­val» [más ri­sas]. XL. El éxito le lle­gó a us­ted a los 50... Freeman. Así es, aun­que lle­va­ba ya un par de años ha­cien­do bas­tan­te ci­ne. Pe­ro bueno, siem­pre me las arre­glé. Ser­ví en las Fuer­zas Aé­reas, fui bai­la­rín y tra­ba­jé sir­vien­do hot­dogs an­tes de vi­vir de la in­ter­pre­ta­ción. Ahí es cuan­do em­pe­cé a li­gar [se ríen]. Fui un po­co ca­sa­no­va yo... Cai­ne. ¿Sa­bes qué? Las chi­cas fue­ron lo que me tra­jo a mí a es­ta pro­fe­sión. Un día, con 14 años, vi que la cla­se de tea­tro es­ta­ba lle­na de chi­cas gua­pí­si­mas y pen­sé que, si me apun­ta­ba, co­mo yo era bas­tan­te zo­te en esas cues­tio­nes, igual me to­ca­ba ha­cer una es­ce­na ro­mán­ti­ca y po­día be­sar a al­gu­na [se ríen a car­ca­ja­das]. XL. Y us­ted, se­ñor Cai­ne, ¿qué tra­ba­jos reali­zó an­tes de de­di­car­se a es­to? Cai­ne. En­va­sar man­te­qui­lla en una fá­bri­ca. Aca­ba­ba de li­cen­ciar­me del Ejér­ci­to, don­de es­tu­ve de los 18 a los 20 años... No sé si sa­be que ser­ví en Co­rea y que en­tré en com­ba­te. Aque­llo, por cier­to, cam­bió mi vi­da. El pri­mer día me di­je a mí mis­mo: «Mi­chael, lle­gó la ho­ra: ¿echa­rás a co­rrer en cuan­to apa­rez­ca el enemi­go?». Y no lo hi­ce. El pro­ble­ma es que lue­go pi­llé ma­la­ria ce­re­bral, me en­via­ron a ca­sa y pa­sé 11 días ata­do a una ca­ma y con cal­man­tes. Ca­si me mue­ro. Esas dos ex­pe­rien­cias me hi­cie­ron apre­ciar la vi­da co­mo nun­ca. Freeman. ¿Y la his­to­ria de la man­te­qui­lla? ¡He­mos he­cho seis pe­lí­cu­las jun­tos y no te la he oí­do con­tar nun­ca! XL. Sí, de­cía que tra­ba­jó con man­te­qui­lla jus­to an­tes de ser ac­tor... Cai­ne. Ah, sí, sí. Te­nía un je­fe, ya ma­yor, que me di­jo: «Mu­cha­cho, un jo­ven co­mo tú, sano y fuer­te, no de­be­ría es­tar aquí. Di­me, ¿no hay na­da a lo que te quie­ras de­di­car?». Le di­je que que­ría ser ac­tor, pe­ro que an­da­ba un po­co per­di­do. Mi pa­dre car­ga­ba pes­ca­do y mi ma­dre era asis­ten­ta, así que eso de ir a la Es­cue­la de Ar­te Dra­má­ti­co nun­ca en­tró en mis pla­nes. Yo apren­dí ob­ser­van­do a la gen­te en el me­tro, en el au­to­bús... XL. Le di­jo a su je­fe en la fá­bri­ca de man­te­qui­lla que que­ría ser ac­tor... Cai­ne. Sí, en­ton­ces, me res­pon­dió:

«Va­mos a ver, cha­val. Mi hi­ja es can­tan­te y sue­le com­prar es­te pe­rió­di­co, The Sta­ge. Cóm­pra­lo y mi­ra los anun­cios». Res­pon­dí a uno que so­li­ci­ta­ba un asis­ten­te de di­rec­ción de es­ce­na ca­paz de ha­cer pe­que­ños pa­pe­les y me co­gie­ron. Pri­me­ro, una fra­se; lue­go, dos, cua­tro, ocho; y de re­pen­te... Freeman. De re­pen­te eras Mi­chael Cai­ne... Cai­ne. [Se ríe]. Eso es. Pa­sé nue­ve años en pe­que­ños tea­tros has­ta que, un día, ac­tué en el West End. Por fin ha­bía lle­ga­do has­ta allí, es­ta­ba fe­liz y, de pron­to, en la pri­me­ra no­che, allí es­ta­ba Stan­ley Ba­ker, pro­duc­tor y pro­ta­go­nis­ta de Zu­lú. Nun­ca vol­ví a su­bir­me a un es­ce­na­rio. XL. Es­ta es, co­mo de­cían, la sexta pe­lí­cu­la que ha­cen jun­tos en los úl­ti­mos nue­ve años. ¿Coin­ci­den­cia? Cai­ne. Di­ga­mos que hay de­ce­nas de es­tre­llas jó­ve­nes y atrac­ti­vas, pe­ro no mu­chas le­yen­das de 80 años en el mer­ca­do [se ríen]. Freeman. O se han re­ti­ra­do o es­tán en­fer­mos o es­tán muer­tos... To­ca ma­de­ra. Cai­ne. Cuan­do me pre­gun­tan si quie­ro lle­gar a los cien, co­sa que su­ce­de ca­da vez más [se ríen], siem­pre res­pon­do que no, que no me lo po­dré per­mi­tir. Ten­go un ni­vel de vi­da muy al­to y al­gún día de­ja­ré de tra­ba­jar. Pre­fie­ro mo­rir­me a vi­vir de nue­vo en an­tros co­mo en los que vi­ví de jo­ven. No más gran­des que es­ta ha­bi­ta­ción. Y la ca­ma en me­dio. Freeman. Lo de­cía Sop­hie Tuc­ker. «He si­do po­bre y he si­do ri­ca y ser ri­ca es mu­cho me­jor». Cai­ne. Oh, sí, es mu­chí­si­mo me­jor. XL. ¿Y us­ted, se­ñor Freeman, pien­sa en es­to de lle­gar a los cien años? Freeman. A mí me gus­ta­ría vi­vir pa­ra siem­pre. Soy de­ma­sia­do cu­rio­so pa­ra mo­rir [son­ríe]. Cai­ne. Yo ten­go tres nie­tos. De­jé de be­ber, de sa­lir; no to­mo azú­car ni sal ni glu­ten; he per­di­do 14 ki­los... Igual me mue­ro de tan­to cui­dar­me, la ver­dad, pe­ro ca­da año me­re­ce la pe­na. Mi­les y Alle­gra, las ge­me­las, tie­nen seis y Tay­lor, el chi­co, sie­te. Me gus­ta­ría se­guir aquí cuan­do sean ado­les­cen­tes. XL. Tie­nen 83 años [Cai­ne] y 79 [Freeman]. ¿Ne­ce­si­tan tra­ba­jar pa­ra pa­gar fac­tu­ras? Freeman. Oh no, po­dría­mos lle­var años re­ti­ra­dos, pe­ro es que es­to es muy di­ver­ti­do. Cai­ne. Y nos si­guen ofre­cien­do bue­nos guio­nes. En reali­dad, uno no de­ja el ci­ne; el ci­ne te de­ja a ti. Un día, el te­lé­fono de­ja de so­nar y... De to­dos mo­dos, es­to nun­ca se ha­ce por di­ne­ro. Freeman. To­tal­men­te. Si tra­ba­jas por di­ne­ro, nun­ca tie­nes su­fi­cien­te. Mi­ra a Trump, es mi­llo­na­rio y to­da­vía quie­re más. Por eso si­gue in­ten­tan­do en­ga­ñar­nos... XL. ¿Cree que es­tá en la Ca­sa Blan­ca pa­ra ga­nar más di­ne­ro? Freeman. A ver, yo soy po­si­ti­vo. Vo­té a Hi­llary y tras las elec­cio­nes sen­tí que es­tá­ba­mos sal­tan­do al abis­mo, pe­ro, pa­sa­do el shock, es­pe­ro –de­seo, más bien– que Trump sea un buen pre­si­den­te. No ten­go mie­do. Al hom­bre no le gus­ta per­der... Ya ve­re­mos. XL. ¿Al­guno de us­te­des ha per­di­do al­gún ami­go o se ha dis­tan­cia­do de fa­mi­lia­res por di­fe­ren­cias po­lí­ti­cas? Freeman. No. Por di­ne­ro sí [se ríen], pe­ro nun­ca he de­ja­do que la po­lí­ti­ca se me­tie­ra tan­to en mi vi­da. Cai­ne. Yo nun­ca he si­do una per­so­na muy po­li­ti­za­da. He vo­ta­do la­bo­ris­ta y con­ser­va­dor; lo más ade­cua­do en ca­da mo­men­to. Vo­té a Blair, a Ca­me­ron, a Mag­gie Thatcher, pe­ro no a Ja­mes Ca­llag­han, su pre­de­ce­sor, que au­men­tó los malditos im­pues­tos en un 82 por cien­to. Esa fue la ra­zón por la que pa­sé diez años en Be­verly Hills. Lo cier­to es que de­bo es­tar­le agra­de­ci­do por­que lo pa­sé de ma­ra­vi­lla [se ríen]. Pe­ro, de otro mo­do, nun­ca ha­bría de­ja­do In­gla­te­rra. XL. ¿Echan de me­nos aque­llos tiem­pos? Freeman. Pien­so más en el pre­sen­te y en lo que sur­gi­rá ma­ña­na. Nun­ca he si­do nos­tál­gi­co. Cai­ne. Yo tam­po­co. ¿Quién di­jo aque­llo de: «El pa­sa­do es un país ex­tran­je­ro; allí las co­sas se ha­cen de otra ma­ne­ra»? ¿So­mer­set Maug­ham? XL. Es la fra­se ini­cial de El men­sa­je­ro, la gran no­ve­la de L. P. Hartley... Freeman. Una fra­se muy in­te­li­gen­te, sin du­da. Cai­ne. Te di­ré otra. «Los nie­tos lle­nan un es­pa­cio en tu co­ra­zón que no sa­bías que es­ta­ba vacío». Es ab­so­lu­ta­men­te cier­to. Hay una co­ne­xión es­pe­cial. Si te fi­jas, am­bos te­ne­mos ga­nas cons­tan­tes de de­cir­les a los pa­dres: «¡Por fa­vor, ya dé­ja­me en paz!». Com­par­ten eso: un enemi­go co­mún [car­ca­ja­das]. XL. Le sa­can 40 años al di­rec­tor de Un gol­pe con es­ti­lo. ¿Apro­ve­cha­ron su edad y su le­yen­da pa­ra in­ti­mi­dar­lo? Freeman. Oh, sí, sí. Cuan­to más ma­yor, me­jor te tra­tan. A no­so­tros no nos gus­ta mu­cho que nos di­ri­jan y a es­tos jó­ve­nes les pue­des de­cir: «¡Cá­lla­te la bo­ca!» [se ríen]. Ya sa­bes, no le di­ces a una le­yen­da: «A ver, tú, aho­ra haz tal y tal...». Es más en plan: «Se­ñor Freeman, ¿si no es mu­cha mo­les­tia, po­dría...?» [se ríen]. Cai­ne. De to­dos mo­dos, yo siem­pre he pre­fe­ri­do a los di­rec­to­res que te dan li­ber­tad. Es­to me lo en­se­ñó John Hus­ton ro­dan­do El hom­bre que pu­do rei­nar: «El se­cre­to pa­ra di­ri­gir una pe­lí­cu­la es el cas­ting. Si eli­ges bien a los ac­to­res, el res­to vie­ne so­lo». Nun­ca me di­jo lo que te­nía que ha­cer. Con él era en plan: «Si te pagan un mon­tón de pas­ta por ha­cer es­te tra­ba­jo, es por­que sa­bes có­mo se ha­ce. No ne­ce­si­tas que te di­ga lo que tie­nes que ha­cer» [se ríen]. Freeman. Te­nía to­da la ra­zón.

"A MÍ ME GUS­TA­RÍA VI­VIR PA­RA SIEM­PRE. SOY DE­MA­SIA­DO CU­RIO­SO PA­RA MO­RIR­ME" –FREEMAN–

MI RE­FU­GIO «La amo», ase­gu­ra Cai­ne de Sha­ki­ra, es­ta Miss Gua­ya­na –ter­ce­ra en Miss Mun­do 1967– por la que se ob­se­sio­nó al ver­la en un anun­cio en 1971. Se ca­sa­ron en Las Ve­gas dos años des­pués. Tie­nen una hi­ja, Na­tas­ha, y tres nie­tos, que vi­ven en Su­rrey (In­gla­te­rra), a 20 mi­nu­tos unos de otros. «Te­ne­mos pis­ci­na y ci­ne, así que siem­pre es­tán en ca­sa», di­ce Cai­ne, un abue­lo muy de­di­ca­do.

AN­CIA­NOS AN­TI­SIS­TE­MA

Cai­ne, Freeman y Alan Ar­kin pro­ta­go­ni­zan Un gol­pe con es­ti­lo, en la que un trío de ju­bi­la­dos atra­ca un ban­co. El gol­pe tie­ne un do­ble de­to­nan­te: los tres se que­dan sin pen­sión cuan­do su em­pre­sa se des­lo­ca­li­za a Viet­nam y uno de ellos pier­de su ca­sa atra­pa­do en una ma­ra­ña de cláu­su­las hi­po­te­ca­rias. Sin du­da, muy ac­tual.

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