Desa­yuno de do­min­go con…

Amé­ri­ca Jo­va Soy la ma­dre de Alas­ka. Na­cí en La Ha­ba­na, Cu­ba, ha­ce 88 años y aca­bo de pu­bli­car mi bio­gra­fía: 'Me­mo­rias de Amé­ri­ca: de Cu­ba a Alas­ka' (Edi­cio­nes Mar­tí­nez Ro­ca).

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario -

Amé­ri­ca Jo­va.

Xl­se­ma­nal. ¡Cuán­tas co­sas cuen­ta que le han pa­sa­do! ¿Se­rán to­das verdad? Amé­ri­ca Jo­va. ¡To­das lo son! No me ha da­do tiem­po a abu­rrir­me nun­ca. XL. ¿Có­mo se lle­ga tan vi­tal a su edad? A.J. Co­mo po­co, pe­ro bien. Pe­so 34 ki­los y nun­ca co­mo na­da cru­do: ni ver­du­ras ni en­sa­la­das ni fru­ta; tam­po­co prue­bo el pes­ca­do. Co­mo car­ne, ja­món, fri­jo­les, que­so, ga­lle­ti­cas y el dul­ce que quie­ro… XL. ¿Es cier­to que nun­ca ha fre­ga­do pla­tos? A.J. Siem­pre he pre­fe­ri­do tra­ba­jar pa­ra pa­gar a quien lo ha­ga. Co­mo no en­su­cio y so­lo uso mi cuar­to, el ba­ño y la co­ci­na, no le doy tan­to tra­ba­jo a la asis­ten­ta. XL. Oi­ga, si tie­ne la ca­sa aba­rro­ta­da de fi­gu­ri­tas re­li­gio­sas. ¿Prac­ti­ca la san­te­ría? A.J. Me gus­ta mu­cho y cui­do bien a mis santos: les pon­go pu­ros, vino. Los mi­mo pa­ra que cui­den de mí. Pe­ro no ha­go ama­rres ni bru­je­rías, soy muy ca­tó­li­ca. XL. Ha si­do marchante de jo­yas, gancho en las me­sas de pó­ker, pe­lu­que­ra en Har­lem, apo­de­ra­da de un to­re­ro… A.J. He tra­ba­ja­do has­ta cuan­do no lo ne­ce­si­ta­ba. Mi pa­dre era in­ge­nie­ro y

vi­vía­mos muy bien: te­nía­mos sir­vien­tes, una bue­na ca­sa… Pe­ro he tra­ba­ja­do siem­pre y he sa­li­do ade­lan­te, pe­se a que a ve­ces me han ro­ba­do por­que soy ton­ta. XL. ¿Y aho­ra de qué vi­ve? A.J. De mi hi­ja: es ma­ra­vi­llo­sa y la ado­ro. Y Ma­rio me gus­tó des­de el pri­mer día, es muy bueno y mu­cho más sim­pá­ti­co que Alas­ka, se pa­re­ce a mí más que ella. XL. El pri­mer no­vio de ella no le gus­tó, ¿no? A.J. Era ar­qui­tec­to, muy buen chi­co, pe­ro no pa­ra ella. Vi­vía aquí con­mi­go mien­tras que Alas­ka vi­vía en el cha­lé. A los dos me­ses de co­no­cer a Ma­rio, me lla­mó des­de Las Ve­gas pa­ra de­cir­me que se ha­bían ca­sa­do. Yo en­ton­ces le di­je que a ver có­mo me sa­ca­ban a Pe­dro de ca­sa... XL. De ni­ña, cuen­ta, man­da­ba a su sir­vien­ta a pa­rar el au­to­bús mien­tras us­ted se ves­tía. A.J. Sí, Jo­se­fi­na con­ver­sa­ba con el con­duc­tor de la gua­gua mien­tras yo me arre­gla­ba. En Cien­fue­gos éra­mos pi­jos que no ne­ce­si­tá­ba­mos di­ne­ro pa­ra en­trar en la so­cie­dad, bas­ta­ba un ape­lli­do. XL. ¡Alas­ka con una ma­dre pi­ja! No le pega. A.J. Bue­nooo… ella es me­dio pi­ja, ¡eh! Si pu­die­ra, tam­bién pa­ra­ría el au­to­bús... XL. Di­ce: «Así te ven, así te tra­tan». A.J. Yo, el cu­lo siem­pre con­tra la pa­red. Si me va mal, na­die se en­te­ra; si te va mal, no te lla­man. Si vas de mi­se­ra­ble, te tra­tan de mi­se­ra­ble. La gen­te no ayu­da al que es­tá aba­jo, ayu­da al que es­tá bien. XL. ¿Es verdad que vo­ta a Ra­joy? A.J. Soy muy de de­re­chas y siem­pre vo­to al PP, a Ra­joy o al que es­té: soy cu­ba­na an­ti­gua. Fui fi­de­lis­ta has­ta que lle­gó al po­der y arrui­nó el país.

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