EL HOM­BRE DE MO­DA

Cha­que­tas, 'bom­bers', 'bi­kers', cor­ta­vien­tos... El en­tre­tiem­po lle­ga a la mo­da mas­cu­li­na. Des­cu­bre có­mo lu­cir­la con el ac­tor Álex Gon­zá­lez mien­tras nos ha­bla de su nue­va pe­lí­cu­la, 'Ór­bi­ta 9'.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Ella & El - POR Da­niel Mén­dez FO­TO­GRA­FÍAS Ma­rio Sie­rra ES­TI­LIS­MO Jo­sé He­rre­ra

De la ca­za­do­ra mo­te­ra al cor­ta­vien­tos. El ac­tor Álex Gon­zá­lez nos pre­sen­ta la mo­da de en­tre­tiem­po.

"En nues­tro gre­mio nos da­mos mu­cha im­por­tan­cia, pe­ro es mu­cho más re­le­van­te el tra­ba­jo de una pro­fe­so­ra de pri­ma­ria"

LA CI­TA SE CIE­RRA en el úl­ti­mo mo­men­to. Álex, que lle­va más de un año y me­dio vi­vien­do en Los Án­ge­les, apro­ve­cha una vi­si­ta a Es­pa­ña pa­ra aten­der a Xl­se­ma­nal. Lle­ga de buen hu­mor, sin aso­mo de jet lag. Y ha­bla de su úl­ti­ma pe­lí­cu­la, una his­to­ria de amor con tin­tes fu­tu­ris­tas lla­ma­da Ór­bi­ta 9, y tam­bién de amor, fa­mi­lia, pa­pa­ra­zis, mie­dos pro­fe­sio­na­les…

Xl­se­ma­nal. Cam­bia us­ted de ter­cio con es­ta pe­lí­cu­la. Álex Gon­zá­lez. En cier­to mo­do, sí. Ca­si to­dos los per­so­na­jes que he po­di­do ha­cer has­ta aho­ra han si­do muy fí­si­cos. Ese es­te­reo­ti­po he­roi­co del ti­po que sal­va a la chi­ca y esas co­sas [ríe]. Y el per­so­na­je de Álex en Ór­bi­ta 9 me in­tere­sa­ba por pro­bar el an­ti­hé­roe, un ti­po que no es­té tan­to en lo fí­si­co co­mo en la ca­be­za. XL. ¿Un re­to? Á.G. Siem­pre lo es. En es­te ca­so, yo me ima­gi­na­ba a un cien­tí­fi­co que ni si­quie­ra sa­bía co­rrer bien. Me in­tere­sa­ba es­te per­fil más ce­re­bral, cam­biar in­clu­so mi ma­ne­ra de an­dar. XL. Lle­va tiem­po ins­ta­la­do en Los Án­ge­les. ¿Ga­nas de po­ner tie­rra de por me­dio? Á.G. No es tan ex­tre­mo. Afor­tu­na­da­men­te lle­va­ba mu­cho tiem­po sin pa­rar de tra­ba­jar, me vi con unos me­ses li­bres y pen­sé en me­jo­rar mi in­glés. Ade­más, me he apun­ta­do a cla­ses de in­ter­pre­ta­ción y vuel­vo a ser el apren­diz del que no se es­pe­ra na­da. XL. Que siem­pre es un ali­vio... Á.G. ¡Sin du­da! Por­que te pue­des per­mi­tir fa­llar y no pa­sa na­da. Pe­ro des­pués de unos me­ses em­pe­cé a tra­ba­jar con un agen­te allí y tu­ve la suer­te de que, en el pri­mer cas­ting que hi­ce, me die­ron el pro­ta­go­nis­ta. Era una se­rie ma­ra­vi­llo­sa que se lla­ma­ba Ci­ti­zen. No se lle­gó a gra­bar el se­gun­do ca­pí­tu­lo… pe­ro si­go en Los Án­ge­les. XL. Se fue en un mo­men­to dul­ce: des­pués del éxi­to de El Prín­ci­pe. Á.G. Fue uno de los me­jo­res de mi ca­rre­ra. En Es­pa­ña no te­ne­mos un au­tén­ti­co star sys­tem, pe­ro lo más pa­re­ci­do que hay te lo brin­da la te­le­vi­sión. Es lo que más po­pu­la­ri­dad da y tam­bién con­du­ce a más ofer­tas de tra­ba­jo. Un pro­duc­tor pre­fie­re me­ter

"Me fui a Los Án­ge­les por­que soy un ago­nías y em­pe­cé a pen­sar que el éxi­to que ha­bía te­ni­do aquí no du­ra­ría mu­cho" "Cuan­do Do­nald Trump qui­tó el es­pa­ñol de la web de la Ca­sa Blan­ca, me asus­té. Es un gol­pe sim­bó­li­co a la co­mu­ni­dad his­pa­na"

en su pe­lí­cu­la a un ac­tor que ya sa­be que ha co­nec­ta­do con cin­co mi­llo­nes de es­pec­ta­do­res. XL. ¿Y no era me­jor apro­ve­char el ti­rón des­de aquí? Á.G. Yo soy un ago­nías y em­pe­cé a pen­sar que to­do eso no du­ra­ría mu­cho. ¿Y si el año que vie­ne no ten­go tra­ba­jo? Así que hi­ce las ma­le­tas con una pe­que­ña am­bi­ción. No la de con­ver­tir­me en una es­tre­lla ni per­se­guir el sue­ño ame­ri­cano, pe­ro sí am­pliar el ne­go­cio. XL. En Los Án­ge­les ha­brá re­cu­pe­ra­do la in­ti­mi­dad. Á.G. Sí, lo ne­ce­si­ta­ba. Vino a ver­me un ami­go y nos fui­mos a la pla­ya. Es al­go que no ha­bía po­di­do ha­cer los úl­ti­mos años. Que no se me ma­lin­ter­pre­te. No ne­ce­si­ta­ba huir de los pa­pa­ra­zis, pe­ro nun­ca vie­ne mal ser anó­ni­mo. XL. ¿Có­mo lle­va que lo per­si­gan? Á.G. Hu­bo un mo­men­to en que yo no te­nía mu­chas he­rra­mien­tas y le da­ba mu­cha im­por­tan­cia. Pe­ro, una vez que lo in­cor­po­ras, lo ves co­mo al­go re­la­cio­na­do con tu tra­ba­jo. XL. ¿Gajes del ofi­cio? Á.G. Ca­da tra­ba­jo tie­ne co­sas bue­nas y co­sas ma­las… Aun­que me gus­ta­ría que no exis­tie­ra, cla­ro. Hay al­go que mo­ral­men­te no en­tien­do muy bien. La fo­to de un pa­pa­ra­zi no se co­no­ce co­mo 'fo­to pres­ta­da' o 'fo­to to­ma­da'. Se lla­ma 'fo­to ro­ba­da'. Ha­blan­do co­mo ciu­da­dano del mun­do –más que co­mo al­guien que lo su­fre–, me pa­re­ce que nos han en­ga­ña­do un po­co con to­do es­to. XL. ¿En qué sen­ti­do? Á.G. Si di­go que me mo­les­ta, me con­tes­tan: «Es que eres un per­so­na­je pú­bli­co». Va­le, lo com­pro, aun­que no es­té de acuer­do. Pe­ro, si se tra­ta de un per­so­na­je pú­bli­co, ¿por qué al­guien de­ci­de pri­va­ti­zar­lo y sa­car­le par­ti­do ven­dien­do fotos su­yas? No en­tien­do que se pue­da co­mer­ciar con eso. Pe­ro in­sis­to, no lo lle­vo mal. Lo acep­to y creo que el se­cre­to es ser fle­xi­ble y no dar­le tan­ta im­por­tan­cia. XL. No to­dos lo vi­ven igual. Á.G. Y esa es otra co­sa que me mo­les­ta un po­co de nues­tro gre­mio: creo que nos da­mos de­ma­sia­da im­por­tan­cia. ¡No lo es tan­to! La sanidad, la edu­ca­ción, la po­lí­ti­ca… Eso sí lo es. El tra­ba­jo de una pro­fe­so­ra de pri­ma­ria que edu­ca a 25 ni­ños que se­rán el fu­tu­ro de nues­tro país es mu­cho más re­le­van­te que el de un ac­tor. XL. ¿A sus hi­jos no les re­co­men­da­ría la pro­fe­sión de ac­tor? Á.G. Te doy la res­pues­ta po­li­te y de uno que quie­re ser pa­dre: me ima­gino que apo­ya­ré a mis hi­jos pa­ra que sean lo que ellos quie­ran ser. Vi­vi­mos en una so­cie­dad... Mis her­ma­nos pe­que­ños tie­nen 21 y 23 años. Tie­nen una for­ma­ción ma­ra­vi­llo­sa; son in­te­li­gen­tes, cul­tos, con mu­cha in­te­li­gen­cia emo­cio­nal. Es­tán in­fi­ni­ta­men­te más pre­pa­ra­dos que yo a su edad. Pe­ro, aun así, tie­nen mu­chas du­das. La ma­yor par­te de las ve­ces to­ma­mos de­ci­sio­nes se­gún lo que otros quie­ren que ha­ga­mos. Yo a mis hi­jos, co­mo a cual­quier ami­go, le su­ge­ri­ría que ce­rra­sen los ojos y to­ma­sen la de­ci­sión con el es­tó­ma­go y no con la ca­be­za. XL. En­ton­ces, ¿quie­re te­ner hi­jos? Á.G. Creo en la fa­mi­lia y si­go pen­san­do que el es­ta­do ideal es en pa­re­ja, aun­que lle­vo sol­te­ro tres años. Aho­ra pon­go to­da la ener­gía en lo pro­fe­sio­nal, pe­ro no me gus­ta­ría con­ver­tir­me en un ac­tor muy exi­to­so y no te­ner con quién com­par­tir­lo. Pre­fie­ro te­ner me­nos pre­mios y ro­dar me­nos películas y po­der pa­sar más tiem­po con mi fa­mi­lia cuan­do la ten­ga. Sue­na a res­pues­ta ama­ble, pe­ro es así. XL. ¿Es di­fí­cil com­pa­gi­nar la fa­mi­lia y la ca­rre­ra de ac­tor? Á.G. Me pa­re­ce un equi­li­brio muy com­pli­ca­do. Aho­ra mis­mo, si tu­vie­ra pa­re­ja, no po­dría ha­cer lo que es­toy ha­cien­do. A me­nos que fue­se una per­so­na muy to­le­ran­te, muy com­pren­si­va. Por otro la­do, no ten­go pa­re­ja por­que no me sien­to ca­paz de dar­le esa es­ta­bi­li­dad ne­ce­sa­ria a otra per­so­na. Es­to es co­mo cuan­do ha­ces un cas­ting. Yo a ve­ces iba a ha­cer una prue­ba e iba pen­san­do so­lo en que me die­ran el pa­pel. Pe­ro des­pués caí en la cuen­ta de que un di­rec­tor va a ro­dar una pe­lí­cu­la ca­da dos años si tie­ne suer­te. Por eso, aho­ra, cuan­do voy a un cas­ting, pien­so: «Te de­seo lo me­jor, que en­cuen­tres lo que es­tás bus­can­do». Y es­to es lo que yo ten­go que ofre­cer. XL. ¿Y en la pa­re­ja ocu­rre lo mis­mo? Á.G. Con la pa­re­ja pa­sa un po­co eso, sí. A ve­ces nos em­pe­ña­mos en en­con­trar a al­guien que sea su­fi­cien­te pa­ra no­so­tros. Pe­ro ¿y al re­vés? Tú tam­bién tie­nes que ser su­fi­cien­te pa­ra esa otra per­so­na. ¿Tú qué tie­nes que ofre­cer? Y yo aho­ra no sé qué ten­go que ofre­cer. El año pa­sa­do es­ta­ba en Los Án­ge­les, pe­ro vo­lé no sé cuán­tas ve­ces a Es­pa­ña. Lue­go es­tu­ve en Co­lom­bia… ¡Qué lo­cu­ra pa­ra otra per­so­na es­tar con al­guien que se mue­ve tan­to! Yo qué sé. Más que una en­tre­vis­ta pa­re­ce que es­toy en el psi­có­lo­go. XL. Su vi­da sen­ti­men­tal atrae mu­cha aten­ción, ¿no? Á.G. Ah, no sé. Su­pon­go que exis­te una ofer­ta por­que hay de­man­da. Yo creo que el ser hu­mano por na­tu­ra­le­za es un po­co co­ti­lla. Pe­ro tam­bién me pa­re­ce que es una co­sa que se pue­de do­mi­nar.

Es un mal há­bi­to. Yo lo in­ten­to con­tro­lar. El otro día al­guien me di­jo: «¿Has vis­to lo que ha he­cho no sé quién?». Mi­ra, no me pres­to a eso. XL. ¿Se con­si­de­ra un sex sym­bol? Á.G. [Ríe]. Te di­go la ver­dad, yo me veo re­sul­tón. Me gus­ta agra­dar. Pe­ro ¿sex sym­bol? ¡No! Ten­go ami­gos que han es­ta­do con mu­chas más chi­cas que yo, que ade­más sue­lo en­la­zar re­la­cio­nes lar­gas. Tam­po­co ten­go tiem­po pa­ra an­dar tan­to por ahí con chi­cas. XL. ¿Si­gue te­nien­do mie­do a la pre­ca­rie­dad? Á.G. Ca­da día de mi vi­da. Y ca­da vez que ter­mino de tra­ba­jar pien­so que no me van a vol­ver a lla­mar. Hoy, to­dos te­ne­mos ese mie­do. En es­tos mo­men­tos, ya no hay na­da se­gu­ro. Aho­ra mis­mo ha­cien­do es­ta en­tre­vis­ta ten­go ese mie­do. ¡Es ho­rri­ble! No me per­mi­te dis­fru­tar al cien por cien. Y to­mo de­ci­sio­nes co­mo el ir­me a Los Án­ge­les… Es­toy sien­do un in­mi­gran­te que vie­ne a bus­car tra­ba­jo, y eso na­ce del mie­do a que­dar­me sin tra­ba­jo en Es­pa­ña. XL. In­mi­gran­te en la Amé­ri­ca de Do­nald Trump. Á.G. ¡In­mi­gran­te en una si­tua­ción pri­vi­le­gia­da! A mí no me to­ca dor­mir en la ca­lle co­mo a mu­chos otros. Por un la­do, lo de Do­nald Trump yo lo vi­vo con mi mie­do per­so­nal: un eu­ro­peo en Es­ta­dos Uni­dos con un vi­sa­do de tra­ba­jo de tres años. Pe­ro, por en­ci­ma de eso, me preo­cu­pa por­que pa­re­cía que so­lo iba a ser agre­si­vo du­ran­te las elec­cio­nes, pe­ro es­tá cum­plien­do con lo que di­jo. XL. ¿Có­mo se vi­ve des­de allí? Á.G. La vez que real­men­te me asus­té fue el día des­pués de la to­ma de po­se­sión: qui­tó el es­pa­ñol de la web de la Ca­sa Blan­ca. ¡Mie­do! Pue­de pa­re­cer una ton­te­ría com­pa­ra­do con co­sas más im­por­tan­tes, co­mo que se reúna con Tai­wán pa­ra pro­vo­car a Chi­na o que Le Pen lo apo­ye des­de Fran­cia y pue­da ga­nar allí… Pe­ro es un gol­pe sim­bó­li­co a la co­mu­ni­dad his­pa­na de Es­ta­dos Uni­dos.

CHA­QUE­TA, de Herno; PO­LO, de Fred Perry by Raf Si­mons; y VA­QUE­RO, de Le­vi's.

COR­TA­VIEN­TOS y PAN­TA­LÓN, de Salvatore Ferragamo; DE­POR­TI­VAS, de New Ba­lan­ce; y PUL­SE­RAS, de Lu­xen­ter.

BOM­BER de an­te, de Boss; PO­LO, de Fred Perry; y PAN­TA­LÓN, de Just Ca­va­lli.

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